Porque donde unas cuencas vacías amanezcan
ella pondrá dos piedras de futura mirada y
hará que nuevos brazos y nuevas piernas
crezcan en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado que retoño:
porque aún tengo la vida.
Miguel Hernandez
Misterios de la providencia.
El Anciano de Fuegovivo tenía claro que la simple casualidad no podía explicar aquella larga cadena de acontecimientos, parecía que una mano invisible había estado atando cabos para que todo llegase al punto donde se encontraba. Pese a que servía al culto del Fuego del Corazón, estaba demasiado ligado a los placeres terrenales para considerarse un místico y además su mentalidad de sanador, modelada en el estudio de la medicina desde muy joven era demasiado práctica para profundizar en los misterios del destino y la magia. Sin embargo esta vez no podía ignorar esa extraña sensación, ese hormigueo en el estomago, como si lo tuviese lleno de peces diminutos, de que algo mas poderoso que ellos había jugado en su favor. Agradecía que hubiese sido así, pero no sabía si le gustaba reconocerse como una marioneta manejada por fuerzas desconocidas y tal vez caprichosas. Sacudió la cabeza alejando de si aquellas divagaciones que de poco le servían en aquel momento y giró la silla de ruedas donde estaba sentado. Se la habían fabricado a toda prisa, colocando un viejo sillón de mimbre sobre unas ruedas de madera, el resultado era un armatoste inmenso que crujía penosamente al más mínimo movimiento y que pesaba tanto que moverla con magia suponía menos esfuerzo que tratar de empujarla. No todo eran desventajas, al menos podía tener las piernas estiradas y no tenía que pasarse el día tumbado en la cama. Ordenó a la silla que lo acercará al gran ventanal que presidía la habitación.
En aquellas montañas el invierno era cruel y pese a que Fuegovivo estaba a poca altura y protegido del viento por el bosque pronto la nieve haría muy difícil llegar hasta allí. La mayoría de los habitantes del santuario habían marchado al refugio de invierno cuatro días antes, situado en un emplazamiento secreto del valle que solían compartir con los clanes nómadas de centauros. No era algo realmente necesario, el santuario rara vez se quedaba totalmente aislado y gracias a la bondad de los Árboles de Fuego el clima siempre era mas calido que en el exterior. Aun así cada otoño los sanadores de Fuegovivo abandonaban el santuario de la montaña, dejando como guardianes a unos poco acólitos y a un Anciano que se encargaba de mantener el orden. El resto se dividían y mientras la mitad de ellos se instalaban en el valle, la otra mitad lo hacían en la Corte, como invitados especiales de la Reina, de este modo la ciudad no se quedaba sin sus inestimables servicios médicos, ni los enfermos tenían que subir a la montaña. Cuando alguien preguntaba a uno de los Ancianos la razón de estos peregrinajes el aludido solía encogerse de hombros y contestar “Es cuestión de supervivencia” y no mentía, solo que no se trataba de sobrevivir al invierno, sino a algo mucho mas siniestro. Durante la Guerra de la Reina Durmiente los lideres sidhe se reunieron con los Ancianos para prohibirles que prestaran ayuda al ejercito rebelde. Los sátiros pidieron una breve tregua para pensar su respuesta. La tregua se agotó y no hubo respuesta. Fuegovivo atendía a ambos ejércitos sin hacer excepciones.
Entonces llegaron ellos.
Una noche los goblin bajaron de la montaña como lobos. Ni los moribundos en sus lechos se libraron de sus cuchillos. Esos fueron los afortunados. Tras la carnicería llegaron las llamas, la pura barbarie, el terror. El Anciano recordaba aquellos días, su abuelo y su hermano murieron aquella noche terrible. Nadie acudió a socorrerles, los sidhe ignoraron sus súplicas y cuando el ejercito de la Dama Recorretuneles llegó ya era demasiado tarde, solo podían recoger la cenizas y llorar. Vidas perdidas, siglos de conocimiento que se desvanecieron en un instante.
Los pocos que lograron sobrevivir se refugiaron con los centauros, al acabar la guerra el santuario se reconstruyó pese a que nunca recuperó su grandeza. Entonces se decidió dividir las sedes, la de invierno permanecería en secreto y los acólitos estarían repartidos. No volverían a enfrentarse a la extinción.
Durante muchos años el Anciano había luchado por no odiarse a si mismo. Sobrevivir no era sencillo cuando la conciencia te recriminaba no haber muerto junto a los tuyos. La providencia quiso aquella noche él estuviese muy lejos.
Los curiosos caminos del destino.
¿Cómo no pensar en una mano invisible tejiendo los acontecimientos? Al Anciano le vino a la cabeza la imagen de DamaMirlo inclinada sobre su telar, con aquella mirada infinita prendida en su labor, enredando sus hilos y no pudo evitar estremecerse de pies a cabeza. Tal vez aquello fuese cosa suya.
Él había regresado al santuario después de muchos años, cuando faltaba poco para que los suyos dejasen la montaña para refugiarse en la sede de invierno.
Providencia, la misma providencia que cuatro días antes había llevado a Tiresias a visitarlo a su habitación en mitad de los preparativos del traslado.
Tiresias era el hermano de su abuelo, además de Rector de Fuegovivo y posiblemente el sátiro más viejo de la región, no tenía demasiada edad para merecer ese honor. Había sobrevivido y nada más. “La Noche del Acero” había dejado al patacabra sin el cuerno derecho y con las manos lamidas por las cicatrices de unas terribles quemaduras que se habían llevado el meñique y parte del anular de su mano izquierda, además de todo su pelo, incluyendo su hermosa barba. El Rector siempre decía que si las llamas no lo hubiesen dejado calvo, lo habrían hecho las preocupaciones. “Hubiese ocurrido antes o después” decía pasándose las manos por la cabeza monda con resignación. Le gustaba llevar largas túnicas sin adornos; verdes en primavera, amarillas en verano, castañas en otoño y blancas en invierno, prendas amplias que colgaban de un cuerpo delgado, lleno de ángulos duros que tenía una apariencia de fragilidad que era pura fachada. Aquella mañana llevaba una deslumbrante tunica blanca, con un discreto bordado plateado alrededor del cuello.
Al verlo entrar en la habitación, vestido de manera tan solemne y seguido por un joven acólito que cargaba una bandeja llena de material medico, el Anciano supo de inmediato que no le iba a gustar demasiado aquella visita. De haberse podido levantar de la cama, lo habría hecho para salir corriendo.
-Bueno días, sobrino- Lo saludo Tiresias-¿Cómo te encuentras hoy? ¿Te duele la cadera un poco menos?
El Rector le indicó a su acompañante que dejase la bandeja sobre una mesita cercana a la cama y lo envió a realizar otras tareas. El hecho de que Tiresias se quitase de encima al estudiante con tan poco reparos solo confirmó las sospechas de el Anciano, aquella no era una visita de cortesía. Al menos no del todo. La noche en que llegó, hacía mas de una semana, fue el Rector en persona quien atendió sus heridas, en los dos días siguientes mientras el dolor lo hacía delirar lo único de lo que tuvo conciencia era de la presencia de su tío, no se separo de su cama hasta que empezó a mejorar.
Después había estado tan ocupado con el cambio de sede que no tenía tiempo para encargarse de las cura, aunque solía visitarlo cada vez que tenía un rato libre. Hacía mucho tiempo que no se veían y ambos sátiros estaban encantados de ponerse al día. Para estas visitas informales Tiresia solía preferir las últimas horas de la tarde, cuando quedaba libre de sus obligaciones, llegaba solo y nunca llevaba puesta su toga de rector. Entonces Tiresias era solo su preocupado tío, no el Rector de Fuegovivo.
-Algo menos- Contestó el Anciano con una sonrisa cauta- ¿A qué viene tanta formalidad?
Tiresias se remangó la tunica hasta los codos, ignorando la pregunta y se lavo las manos a conciencia, usando un aguamanil de porcelana azul que había cerca del gran ventanal. Al acabar murmuro una breve oración, casi una cancioncilla, que todos los sanadores de Fuegovivo entonaban para alejar a la muerte de sus manos.
-¿Lo de formalidad lo dices por la toga?-Contestó el rector al acabar sus rezos- Los preparativos del cambio de sede me tienen muy liado. No creo que pueda venir a verte esta noche, tendremos que conformarnos con está breve visita.
-Y vienes en calidad de Rector, es un honor, aunque si vas a ponerte mandón, te recuerdo que no soy uno de tus estudiantes.
-Eso es cierto, eres uno de nuestro Ancianos- Pese a que sonreía mientras lo decía en el tono de voz de Tiresias no había ningún rastro de humor- Anda, vamos a ver como anda esa carnicería que te has hecho.
El Anciano obedeció porque sabía que protestar u oponerse era solo perder el tiempo, así que apartó las mantas y se acomodó como pudo, aun le costaba encontrar una postura que no le resultase dolorosa. Tiresias comenzó a quitarle las vendas a su sobrino sin perder ni un solo momento para recordarle que ya era muy mayorcito para acabar en un estado tan lamentable. Al dejar al descubierto la herida soltó sus mejores y más sonoros insultos, usando un lenguaje que estaba muy lejos del podría esperarse en un medico.
-Bueno al menos parece que conseguimos librarnos de la infección-Dijo agachándose para observar mejor la herida-El color es mas aceptable y ya no huele. Pero sigue muy hinchado. Para ser un sátiro te estas curando vergonzosamente despacio.
-¿Despacio?- El Ancianó se ofendió al oír aquello y trato de girarse para responder, Tiresias le soltó un manotazo en la frente con tanta puntería a su sobrino que le acertó de lleno en la brecha que le recorría la sien izquierda. El sátiro gimió y se dejó caer en la cama, apretándose la frente.
-Si, despacio…y no te muevas o acabarás haciéndote daño.
-¿Mas?- Replicó el anciano con la voz ahogada- No pensé que los sanadores se dedicaran a torturar a los pobres tullidos.
-Solo a los que no se están quietos- Tiresias cogió un frasco de la mesa y vertió un liquido amarillo de olor muy fuerte sobre la herida, el Anciano apretó el puño sano y se estremeció- A estas alturas esto debería curarse mas deprisa. No estarás listo para el traslado.
Una chispa de entendimiento se prendió en el cerebro del herido.
-Ni sueñes que me voy a quedar aquí todo el invierno- Dijo intentando no dejar traslucir el dolor en su voz- Pienso volver a la Corte en cuanto te vayas de aquí, tengo asuntos que resolver.
-Ni siquiera puedes ponerte de pie, no quiero imaginarme como te las arreglarías para bajar hasta la Corte y no creo que fuese un viaje agradable. ¿Tan importantes son esos asuntos que estas dispuesto a quedarte lisiado por ellos?
-No exageres, tío. Contrataré una litera y estoy seguro de que podré resistir un poco de traqueteo. No puedo dejar desatendido mi negocio por más tiempo.
Tiresias disimuló una sonrisa, cogió de la bandeja un tarro de cristal verde, contenía un ungüento antiséptico a base de salvia y aceite del árbol de té. Cuando lo extendió sobre la herida su sobrino dejó de hablar de golpe. A pesar de que no le veía la cara podía imaginárselo apretando los labios, sin querer dejar un solo quejido que echase por tierra sus argumentos.
-No veo el modo en que el puedas ocuparte ahora de tu negocio…No creo que estés a la altura de tus mejores momentos y podrías no volver a estarlo si no te cuidas. ¿No seria eso un desastre profesional? Por lo que oído las expectativas con respecto a tu persona son muy altas. No puedes permitirte un descalabro.
-¿Tratas de asustarme?-Preguntó el Anciano.
-Ni mucho menos-El Rector impregnó unos retales de lienzo en un aceite bermejo, ese color se lo daba la raíz del Árbol de Fuego, un ingrediente que el santuario guardaba en estricto secreto y que se usaba en contadas ocasiones- Solo te expongo la realidad.
-No puedo quedarme y no insistas. Además yo no soy uno de tus Ancianos por mucho que os empeñéis en llamármelo, es un honor que no me merezco. Ni siquiera acabé mis estudios ¿ya no lo recuerdas?
Tiresias había empezado a cubrir la herida con los lienzos enrojecidos por el aceite. Claro que lo recordaba, y recordaba la decepción de su hermano. También recordaba otras cosas menos amargas.
-El titulo de Anciano se gana por meritos, no por edad y tú tienes meritos de sobra para serlo.
-Mi abuelo no pensaba lo mismo- El Anciano casi pudo saborear el resentimiento de sus palabras- Supongo para él mi madre y yo eras dos ovejas descarriadas.
-Te equivocas, siempre has pensando que Alcínoo estaba resentido con tu madre. Y no es verdad, mi hermano siempre la quiso. Un padre no es capaz de odiar a sus hijos.
-Pero la repudió y después de me repudió a mi…
Su tío acabó de vendarle la herida y dejó escapar un suspiro lleno de tristeza, como quien deja escapar algo enquistado en el alma.
-Eras muy pequeño para recordar la historia…veo que solo recuerdas las partes malas. Tu abuelo le rogó a tu madre miles de veces que volviera, sin reproches. Tu madre estaba demasiado enamorada de ese maldito sidhe para dejarlo, incluso al final, cuando ya no le quedaban esperanzas prefirió quedarse a la sombra de sus recuerdos. Alcínoo no la odiaba a ella, odiaba su estupido amor, odiaba al sidhe al que la traicionó y que después le robó a su nieto.
-Me fui porque quise.
-Te fuiste porque estabas resentido con todo el mundo y querías encararte con tu padre. Buscaste el modo de humillarle y después te aficionaste a ese tipo de vida.
-Ah-exclamó el sátiro exasperado- No tengo que justificarte mis actos.
-No, no pensaba pedírtelo. Deja que te vea la frente. ¿Cuándo te quitaron los puntos?
-Ayer
Tiresias obligó al Anciano a levantar la cabeza para poder verle la herida que le recorría la sien. Las miradas de los sátiros se encontraron un momento y el Anciano no pudo evitar un molesto sentimiento de vergüenza. La mirada de Tiresias estaba llena de calma y las circunstancias de su vida, más que los años le habían prestado una dignidad casi intimidatoria. Los ojos grises del sátiro tenían una serenidad que el Anciano envidiaba, él no tenía la misma tranquilidad de conciencia y desde luego no se sentía digno de admiración.
-No está nada mal, tienes la cabeza dura. Pero eso ya lo sabíamos, es una de las cualidades que te convirtieron en un Anciano.
El Anciano no pudo reprimir una sonrisa, su tío no era de los que se rendían fácilmente.
-Querido tío, te lo repetiré por si te estas quedando un poco sordo; No soy un Anciano, no acabé mis estudios de medicina y no tengo meritos con el santuario para merecer serlo. Se supone que los ancianos deben dar clase ¿Qué podría enseñar yo?
-Tienes unos conocimientos de anatomía y fisiología realmente únicos. Tu profesión te ha enseñado cosas que nosotros aquí desconocemos-Le contestó Tiresias palpando el vendaje del brazo- ¿Esto te duele?
La vergüenza encendió la cara del sátira, bajo la cara y negó con la cabeza, abriendo y cerrando la mano varias veces para demostrarlo. No era de los que se escandalizan fácilmente pero no se esperaba lo que su tío le estaba sugiriendo.
-No veo en que puede ayudar eso a la ciencia médica…-Dijo confuso
Tiresias volvió a lavarse las manos en el Aguamanil
-Todo es aplicable, eso deberías saberlo- Le contestó el Rector secándose las manos sin darle la mayor importancia al asunto- Y a parte de eso ¿A cuantos partos has asistido en esa casa tuya?
-Ni me acuerdo- Reconoció mientras se recostaba en la cama.
Asistir a los partos era una parte mágica de su negocio, sostener entre las manos a aquellas criaturillas pegajosas mientras se llenaban los pulmones de aire con sus primeros berridos le parecía la clase más alta de magia que se podía hacer.
-¿Cuánto niños has perdido? ¿Cuantas madres?-Preguntó su tío sin darle tregua.
-Niños, tres. Madres, ninguna.
-Ahí lo tienes, estoy convencido que sabes más sobre partos que ninguno de nosotros, en proporción hemos perdido mas niños, y desde luego mas madres. Son conocimientos que deberías compartir.
-¿Y saber de partos me convierte en un Anciano?
-Y muchas otras cosas que no voy a contarte, no he venido a engordarte el orgullo, sobrino. He venido a pedirte un favor porque ahora estas aquí y tengo que aprovechar la ocasión. Sé que si te vas, tal vez no vuelvas nunca más.
-Me resulta muy difícil creer que valores mis conocimientos hasta ese punto.
Tiresias se sentó junto a la cama de su sobrino y le cogió la mano, aquellas manos habían sido firmes y fuertes tiempo atrás, cuando el Rector era joven e impartía las clases de cirugía. Aquel gesto fugaz le desveló al Anciano que su tío envejecía y que tal vez hubiese en aquel favor que le pedía mas de lo que el sátiro quería revelar.
-Hace poco mas de una semana llegué al borde de la muerte-Dijo muy a su pesar-Y vosotros me habéis remendado bastante bien. Supongo que es motivo de sobra para estar agradecido. Además podré disfrutar de un par de charlas más contigo, viejo
Tiresias sonrió y apretó la mano de su sobrino con una chispa de esperanza danzándole en una mirada que por otra parte se había llenado de orgullo. El Rector salió de la habitación contento y el Anciano se arrepintió de haber aceptado casi al momento. No le importaba dar unas cuantas clases y tal vez pasar un par de meses tranquilos fuesen lo mejor en su estado pero realmente deseaba regresar a la Corte cuanto antes. Una de las primeras cosas que había hecho en cuanto estuvo en condiciones fue dictar una carta, los días pasaban y no había recibido ningún tipo de respuesta. Aquello lo preocupaba de un modo que no podía describir, no sabía decir si temía que algo se estuviese cociendo en la ciudad o que la falta de respuesta fuese el simple olvido. Necesitaba volver y averiguar que estaba pasando. No sabía si las respuestas serian mejores que la incertidumbre.
Aun así decidió ser fiel a un compromiso y no volver.
Ahora estaba convencido de que la providencia lo había querido así.
El Anciano contempló el paisaje a través del ventanal. Un viento helado empujaba las densas nubes grises, como un perro azuzando a un rebaño. Los árboles se doblaban penosamente bajo su rabia y su soplo hacia amarillear la hierba. Las primaveras nevadas no tardarían en caer. Se alejó de la ventana y dejó que el invierno siguiese con su trabajo.
Estaba en el dormitorio más grande que había en Fuegovivo, la llamaban la alcoba vieja, aunque realmente no lo era. El nombre venía de la gigantesca cama de roble, un mueble grande hasta lo ridículo cubierto con un pesado dosel de terciopelo azul. Resultaba más que curioso que algo tan aparatoso hubiese logrado salvarse de los sucesivos saqueos que el antiguo santuario había sufrido durante la guerra, pero tal vez porque pesaba demasiado o porque nadie consideró que mereciese la pena arrastrarla se quedo olvidado entre las ruinas hasta que los supervivientes del santuario la reclamaron. La leyenda contaba que había sido el regalo de agradecimiento de una reina. La sidhe no era capaz de alumbrar ningún hijo vivo, hasta que acudió a los sanadores de Fuegovivo y estos accedieron a ayudarla a dar a luz. La sucesión del reino quedó asegurada y la cama fue solo uno de los regalos que habían recibido los sátiros en agradecimiento.
El anciano retiró el dosel con cuidado, al hacerlo le hormiguearon los dedos. Restos de miles de hechizos de curación permanecían atados a la cama, como permanece el olor a perfume en un frasco vacío.
Él mismo había lanzado aquella misma mañana un hechizo de calor en el interior del lecho para proteger al pequeño y frágil cuerpo que descansaba desnudo tras las cortinas, hundido en un sueño intranquilo. El sátiro le acarició la mejilla con el inmenso alivio de quien recupera su más preciado tesoro. Ya no tenía fiebre, pero aun estaba demasiado débil para cantar victoria. El hada gimió al sentir el roce, perdida en la marejada de sus pesadillas.
-Shhhhh-La tranquilizó el Anciano-Solo soy yo, no te asustes. Descansa, estas a salvo.
Silbó una melodía dulce, tejiendo sus mejores deseos en cada nota hasta que logró que el sueño del hada volviese a serenarse.
Si cuatro días antes hubiese decidido ignorar la petición de Tiresias ahora no estarían juntos.
Que curioso es el destino.
Tiresias se había marchado la tarde anterior. El Rector y él habían tenido tiempo de jugar una última partida de ajedrez antes de que este partiese con su sequito hacía la Corte. Al quedarse solo el Anciano había sentido de repente el peso de la responsabilidad de una manera tan acuciante que para acallarlo no se le ocurrió nada mejor que pedir que alguien le llevase un libro con el que pasar las horas, por desgracia solo encontraron manuales de medicina que contribuían muy poco a tranquilizarlo. Por suerte o por desgracia aun estaba lejos de recuperarse y no tardó demasiado en empezar a dar cabezadas. Durmió inquieto, con la sensación de estar soñando con un ojo abierto y un millón de pensamientos inoportunos rondándole por la cabeza. Tardó unos segundos en darse cuanta de que los acuciantes golpes que escuchaba en la puerta no formaban parte su duermevela. Se frotó los ojos confuso y adormilado. Los primeros rayos de sol habían empezado a deshacer la noche, faltaba muy poco para el amanecer
-¡Pase¡-Gritó desde la cama alarmado.
Alcione entró con cierto respeto en la habitación, era una sátira muy joven que apenas llevaba dos años en el santuario como estudiante. Parecía que llevaba fuera de la cama bastante tiempo si es que había llegado tocarlo. El Santuario establecía que sus miembros hicieran guardias incluso en invierno, cuando las instalaciones se quedaban casi vacías. Fuegovivo siempre estaba alerta.
-Señor-Dijo la joven, era delgada y pequeña y llevaba el pelo recogido en un sobrio moño moreno apretado sobre el cogote-señor necesitamos su ayuda.
-¿Mi ayuda?-Preguntó-¿Qué pasa?
-Ha llegado un herido del bosque, un caso grave de septicemia y rechaza todos los hechizos de curación que hemos intentado, no hemos logrado que funcione ninguno, es como si en lugar de hacer magia estuviésemos cantándole nanas.
El Anciano se quedó extrañado, nunca había oído nada parecido, un hechizo se puede rechazar con otro hechizo o usando algún tipo de barrera mágica, como talismanes o incluso oraciones al dios adecuado, pero nunca sin más. De un modo u otro la magia siempre funcionaba.
-¿Los rechaza sin más?-Estaba claro que la joven estudiante debía estar explicándose mal. Lo que estaba contando era imposible.
-Sin más- Aseguró Alcione con vehemencia- Nada parece hacerle efecto, ni la invocación más sencilla. Quisimos hacerla entrar en calor y al final hemos tenido que envolverla en mantas, la invocación no funcionaban.
El sátiro meditó un momento, tal vez los que estaban atendiendo aquel caso era estudiantes muy jóvenes, con poca o ninguna experiencia, a los que habían pillado de improviso, medio dormidos y nerviosos. A saber que habrían intentado hacer. Lo mejor sería ir a echar a un vistazo, a fin de cuentas era el Rector de Fuegovivo, supervisar los tratamientos era ahora una de sus responsabilidades. Cogió una campanilla que tenía sobre una mesita junto a la cama y la hizo repicar, el enorme armatoste que era su silla de ruedas se acercó al borde de la cama con un chirrido de tornillos mal apretados, empujada por una mano invisible.
-Ayúdame a subir, Alcione.-Pidió el patacabra-Vamos a ver que estáis haciendo.
La estudiante obedeció, el Rector era demasiado corpulento para las escasas fuerzas de la joven estudiante, así que la maniobra fue costosa y un tanto ridícula. El sátiro llegó a su asiento con un gemido ahogado, parte alivio y parte dolor. Pese a que los sátiros eran famosos por la rapidez con la que eran capaces de recuperarse de heridas y enfermedades, una cadera rota no sanaba de la noche a la mañana. Era cierto que además no estaba curándose como debiera, las preocupaciones le restaban ganas y ni siquiera la perspectiva de librarse de aquella cárcel de mimbre con ruedas lograba motivar al Rector lo suficiente para darle ánimos.
Las salas de curación estaban en la primera planta. En el santuario no había escaleras, solo largas rampas muy poco inclinadas que favorecían el transporte de cualquier tipo de residente, fuese cual fuese el mal que lo aquejase. La construcción la formaban tres terrazas colgadas de la falda de la montaña y rodeadas de bosque. El techo de cada terraza era un jardín espeso y salvaje de modo que todo el conjunto quedaba oculto, desde el camino que cruzaba el bosque era casi imposible distinguirlo. El interior se comunicaba gracias a amplios corredores forrados de madera, abovedados de tal modo que modo que parecían casi redondos. Cada tramo de pasillo tenía un par de ventanitas redondas a cada lado y una lamparilla colgando del techo, cada una de ellas con la forma de alguna de las flores que crecían por los alrededores. A aquellas horas, con el amanecer apenas despuntando y las lamparillas casi apagadas el corredor estaba sumido en perezosas sombras azules que lo hacían parece interminable.
Ninguno de los sátiros habló demasiado durante el trayecto, el Anciano estaba demasiado intrigado por aquel caso y Alcione demasiado preocupada. Al llegar a la sala de curación le abrió la puerta para facilitarle el paso, era una sala grande. Todas las salas de curación tenían el techo cubierto de cristal de roca blanco, que era lo bastante opaco como para no dejar ver el interior de la sala a los que paseaban por los jardines, pero permitía que la luz entrase con fuerza casi todo el día. Aun era demasiado temprano, los estudiantes habían invocado una esfera de luz, una pobre imitación de un sol que flotaba sobre las cabezas de los tres estudiantes que rodeaban la mesa, iluminando un hato de mantas verdes. El Rector los contempló un momento, los conocía muy poco pero en contra de lo que había pensando ninguno de ellos era precisamente un novato. Mesalina estaba a la cabeza de la mesa, al verlo puso la misma cara de pánico que solía poner de niña cuando la descubría en mitad de una trastada, tal vez su sobrina no fuera parte del santuario pero él mismo se había ocupado de hacerla estudiar y sabía que sus conocimientos estaban fuera de toda duda, aquella reacción le confirmó que estaba pasando algo malo. A la derecha de Mesalina estaba Taso, un jovencito en que su tío Tiresias tenía grandes esperanzas y a la izquierda Néstor, que era quien se encargaba de hacerle las curas, el Anciano podía decir de primera mano que su habilidad como sanador estaba fuera de toda duda. Los tres parecían tan desconcertados como cansados, el aire tenía ese olor a cobre caliente que desprende la magia, la atmosfera estaba cargada de una curiosa estática que erizaba el pelo, era obvio que habían estado haciendo grandes esfuerzos. Los sátiros se cogían las manos formando un triangulo sobre la camilla de mármol y lo miraron con una expectación que hizo que al Anciano se le disparasen las alarmas “¿Qué demonios está pasando aquí” Se preguntó examinando los rostros que lo observaban.
-¿Alguien me explica que ocurre?
Los estudiantes miraron expectantes a Mesalina, pero la sátira rehuyó la mirada del Anciano y no contestó, aquel gesto de vergüenza hizo que Néstor se decidiese a tomar la palabra.
-Señor es una mestiza goblin, la han traído del bosque hace un rato. Está helada y los hechizos de calor no funcionan. Estamos pensando que tal vez lo mejor sería sumergirla en agua tibia...
-¿Qué es eso de que la magia no funciona? Destapadla, dejadme ver.
Nestor desenvolvió el cuerpo con gestos delicados. El Anciano sintió que una ola de calor le espesaba los pensamientos hasta paralizarlos, el tiempo se paró, el mundo se quedó reducido a ese rostro, un rostro que reconocía a pesar de haber perdido su disfraz. La conocía, conocía su mirada de hielo, escondida bajo los parpados hinchados, que a veces, contadas y preciosas veces podía ser alegre y dulce. Conocía la sonrisa esquiva de aquellos labios torcidos a golpes. El sátiro hizo que la silla se acercase a la camilla y retiró las mantas por completo sin poder creerse lo que estaba viendo. Recorrió de un vistazo su delgadez de serpiente. Él amaba el cuerpo que yacía tumbado sobre el mármol de la mesa. Sus dedos disfrutaban recorriéndolo cuando se dejaba. El golpe de verlo allí, inesperado, bajo aquella luz inmisericorde que no le ahorraba ningún detalle de los sufrimientos que había pasado hizo despertar en el sátiro una rabia y una compasión que creía haber olvidado hace mucho tiempo.
-Salid de la habitación. Dejadnos solos-Ordenó tajante
-¿Señor?- Taso miró a sus compañeros-¿No necesita ayuda?
-Fuera, os haré llamar dentro un momento.
El Anciano no se dio cuenta de que había gritado la última frase, ni vio las caras extrañadas de los estudiantes al abandonar la sala. Solo podía verla a ella, no podía apartar la vista de aquello que no quería ver. Siempre le había resultado curioso que él, que podía tener a casi cualquier hada de la Corte si se lo proponía, jamás hubiese querido nada que no fuese a aquella mestiza cabezota y huidiza que era posiblemente la única que rechazaba acostarse con él, que prefería sentarse a su lado y hablar de cualquier cosa. “Estamos bien así, no lo estropees pensando con la polla” solía decirle mientras apoyaba le apoyaba la cabeza sobre el hombro “No necesitamos nada más” añadía mientras cerraba los ojos con un suspiro, dibujando esa sonrisa de felicidad sencilla que nadie mas le conocía. El sátiro le acarició el brazo y la frialdad de la piel lo asustó, normalmente olía a aceite de motor y a trabajo, solo cuando se arreglaba usaba un perfume suave y discreto, más femenino que todas las fragancias que había olido. Le gustaba ganarse su deseo lentamente, venciendo su resistencia con caricias y besos delicados que conseguían que ella fuese dejándose hacer. Adoraba ese último momento, cuando la fugaz sombra de miedo que solía pasarle por los ojos justo antes de dejarlo entrar en la calidez de su cuerpo se incendiaba y dejaba paso a un suave gemido de puro placer que el sátiro adoraba escuchar. Ella nunca hablaba, jamás decía las frases rebuscadas de los amantes que le pagaban. Su mirada, sus caricias, el modo en que se pegaba a su cuerpo hablaban por si solos.
El Rector cogió la mano sana de la mestiza, una mano que entre las suyas siempre parecía pequeña, pero que era capaz de defender las murallas de una ciudad si se lo proponía. El Anciano tenía, entre otros muchos, el tatuaje de un sol sonriente dibujado sobre el corazón y allí colocó la mano blanca del hada. Cerró los ojos y pensó en calor, pensó en las veces que habían ardido juntos. Recordó todo y cada unos de los momentos, buenos y malos que habían compartido. Ella estaba allí, escondida dentro de su propio cuerpo. La magia no funcionaba porque la peliblanco, en un intento desesperado de alejarse del dolor, se había refugiado en un rincón tan perdido de su mente que ni sabía ni quería regresar. Tenía que llegar hasta donde quiera que estuviese. El calor empezó a inundar la estancia, el Anciano se concentró en el latido de su propio corazón como una llamada que demanda respuesta. “Escúchalo” rogó en silencio. “Escúchalo”. Entonces lo sintió, otro latido, débil y arrítmico que parecía esforzarse en seguirle el ritmo al suyo. El sátiro respiro hondo y dejó que el calor llegase hasta él y lo envolviese, los latidos de aceleraron, fueron ganado fuerza y acabaron por ir a la paz.
El cuerpo sobre la mesa de mármol se convulsionó con el espasmo de quien saca la cabeza del agua tras aguantar la respiración demasiado tiempo. Abrió los ojos con un gesto espantado al tiempo que cogía aire. El Rector no le soltó la mano.
-Nicasia, Nicasia, mírame-No lo dijo como una orden, sino casi como una suplica.
La ingeniera giró la cabeza lentamente y su mirada pasó del desconcierto a la calma. Hizo una mueca dolorosa que pretendía ser una sonrisa.
-Estas vivo-Susurro con un hilo de voz afónico-Hay que joderse, estas vivo.
El sátiro le devolvió la sonrisa mientras las lágrimas le empapaban la barba.
-Hola Malbicho-Logró decirle-Estamos vivos. Los dos.
-Marsias…-Hubo una ternura casi infinita en el modo en que la nocker pronunció su nombre- Marsias…
domingo, 14 de marzo de 2010
viernes, 5 de marzo de 2010
El tango de Dujal
Entre la mudanza, los biberones gatunos, el master (del universo) y todo lo demás estoy un poco liada. Prometo actualizar en breve.
Tengo esto metido en la cabeza, podría ser el tango de Dujal
Regálame tus besos
que queman, que queman.
Me enreda lo que falta
y lo que se aleja,
¿qué importa lo que hicimos?
si aunque me quieras,
te olvidaras de mi.
Y hoy brindo por ti
y brindo por mi.
¿Por qué se van los pequeños momentos?
los días sin tiempo, las noches sin sueno
los miedos ingenuos, que a veces pudieron
llegar a gustar
Por qué se van las mejores palabras de amor,
las mañanas, los dos en la cama
sin pensar en nada
Tengo esto metido en la cabeza, podría ser el tango de Dujal
Regálame tus besos
que queman, que queman.
Me enreda lo que falta
y lo que se aleja,
¿qué importa lo que hicimos?
si aunque me quieras,
te olvidaras de mi.
Y hoy brindo por ti
y brindo por mi.
¿Por qué se van los pequeños momentos?
los días sin tiempo, las noches sin sueno
los miedos ingenuos, que a veces pudieron
llegar a gustar
Por qué se van las mejores palabras de amor,
las mañanas, los dos en la cama
sin pensar en nada
viernes, 19 de febrero de 2010
Un pequeño adelanto...
Misterios de la providencia.
El Anciano de Fuegovivo tenía claro que la simple casualidad no podía explicar aquella larga cadena de acontecimientos, parecía que una mano invisible había estado atando acabos para que todo llegase al punto donde se encontraba. Pese a que servía al culto del Fuego del Corazón, estaba demasiado ligado a los placeres terrenales para considerarse un místico y además su mentalidad de sanador, modelada en el estudio de la medicina desde muy joven era demasiado práctica para pensar en los misterios del destino y la magia. Sin embargo esta vez no podía ignorar esa extraña sensación, ese hormigueo en el estomago, como si lo tuviese lleno de peces diminutos, de que algo mas poderoso que ellos había jugado en su favor. Agradecía que hubiese sido así, pero no sabía si le gustaba reconocerse como una marioneta manejada fuerzas desconocidas y tal vez caprichosas. Sacudió la cabeza alejando de si aquellas divagaciones que de poco le servían en aquel momento y se acercó renqueando al gran ventanal que presidía la habitación.
El Anciano de Fuegovivo tenía claro que la simple casualidad no podía explicar aquella larga cadena de acontecimientos, parecía que una mano invisible había estado atando acabos para que todo llegase al punto donde se encontraba. Pese a que servía al culto del Fuego del Corazón, estaba demasiado ligado a los placeres terrenales para considerarse un místico y además su mentalidad de sanador, modelada en el estudio de la medicina desde muy joven era demasiado práctica para pensar en los misterios del destino y la magia. Sin embargo esta vez no podía ignorar esa extraña sensación, ese hormigueo en el estomago, como si lo tuviese lleno de peces diminutos, de que algo mas poderoso que ellos había jugado en su favor. Agradecía que hubiese sido así, pero no sabía si le gustaba reconocerse como una marioneta manejada fuerzas desconocidas y tal vez caprichosas. Sacudió la cabeza alejando de si aquellas divagaciones que de poco le servían en aquel momento y se acercó renqueando al gran ventanal que presidía la habitación.
martes, 16 de febrero de 2010
El corazón del herrero
Último cuento de San Valentin, dedicado a una pareja de amigos a los que añoro...Espero con impaciencia ese libro sobre narvales
A blacksmith courted me nine long months and better,
He stole my heart away, wrote to me a letter,
His hammer all in his hand he looked so brave and clever,
And if I was with my love, I would live forever.
"Blacksmith" Loreena McKennit
Era uno de esos días de invierno en los que el sol brilla sin fuerza tras una fina cortina de nubes grises, el viento soplaba en rachas frías a ras de suelo, acariciando la hierba húmeda. Con semejante clima lo normal sería que el jardín del santuario estuviese desierto, pero a Yirkash el nublado no lograba desanimarlo, alguien le había prestado un grueso abrigo de lana que le estaba enorme para que pudiese salir a dar su ineludible paseo matinal. Se había sentado al pie de un álamo, sobre un lecho de hojas caídas, de cara al sol. Allí acurrucado debía parecer una extraña criatura lanuda pero la verdad es que no su aspecto no le preocupaba demasiado. Allí sentado, sintiendo los débiles rayos del sol en la cara era momentáneamente feliz. Para el herrero, el sol y el viento habían sido unos maravillosos descubrimientos, él rara vez había salido de la Ciudad de Piedra y desde luego nunca de día. La luz aun le molestaba en los ojos pero estaba dispuesto a acostumbrarse y la brisa, incluso la más helada, era tan distinta del soplo débil y húmedo que solía correr en el aire viciado de las cuevas que le resultaba increíble que pudiese arrastrar tantos olores, cada ráfaga de viento era distinta. Los árboles nunca parecían susurrar dos veces las mismas cosas. Allí fuera todo era nuevo y el goblin sentía que le quedaban miles de cosas por descubrir, en esos momentos de paz comprendía perfectamente porqué los primeros nockers se habían marchado de la Ciudad de Piedra y lo que debían haber sentido en sus primeros días en la superficie. Sus heridas se curaban lentamente y aun se sentía débil y enfermo pero a al mismo tiempo le parecía que nunca había estado tan vivo. No necesitaba beber, antes bebía para no pensar de más pero ahora le parecía que no había nada que lo preocupase tanto como para no querer pensarlo, pese a que en aquel momento tenía mas problemas de los que podía contar, por primera vez se sentía con fuerza para afrontarlos, solo necesitaba encontrar el modo de hacerlo.
Para empezar se había convertido en un paria entre los goblins, realmente no era algo que le molestará demasiado, estaba decidido a no volver jamás a ninguna de las Ciudades de Piedra, pero ahora tendrá que ser prudente, la traición se castigaba con la muerte, cualquier duende que lo encontrase tenía el deber de matarlo y no tenía manera de saber si habían puesto precio a su cabeza ni si la noticia se había extendido mucho. La única solución era evitar a los goblins, considerando que tenía prohibida la entrada en casi todas ciudades importantes y que dudaba mucho que le diesen la bienvenida en alguna aldea la soledad parecía ser su futuro más probable a largo plazo. Sabía que no podría quedarse en el Santuario de Fuegovivo, allí la mayoría de las hadas lo miraban con cierta hostilidad y estaba claro que en cuanto estuviese curado lo invitarían a marcharse. No podía culparlos, al parecer los goblin atacaron duramente aquellos bosques durante la guerra, aun así no podía evitar que la desconfianza le doliese, él estaba profundamente agradecido a aquella gente, que pese a no apreciarlo, cuidaban de sus heridas y le daban refugio, quería encontrar el modo de expresar su gratitud pero a nadie parecía interesarle demasiado su agradecimiento, de hecho nadie se molestaba en escucharlo ni en hablarle, era demasiado parecido a su vida anterior, le resultaría mas sencillo de soportar si alguien le diese al menos noticias de Nanyalín, pero nadie lo hacía. No sabía si seguía viva, si estaba en el santuario, no sabía nada. Cuando preguntaba por su hermana las miradas se volvían especialmente hostiles. “Creen que yo le hice esas cosas horribles” ¿Si lo hice para que querría traerla aquí? ¿Qué clase de monstruo creen que soy?”Al pensarlo la rabia y la impotencia hacían que se le revolviese el estomago. Tenía que averiguar algo sobre ella antes de salir allí fuese como fuese.
Un trueno resonó a la lejos, Yirkash abandonó sus pensamientos y abrió los ojos sobresaltado. Al descubrirse asustado como un crío por semejante tontería estuvo a punto de echarse a reír, estaba demasiado nervioso. Las emociones de los últimos días le habían dejado más huella de la que quería reconocer. Se puso en pie torpemente, empezaba a sentirse algo entumecido y decidió muy a su pesar que lo mejor sería regresar al santuario. La perspectiva de una tarde larga y desocupada arrancó un suspiro desganado de los labios del herrero, si al menos pudiese trabajar aunque solo fuese para matar el rato. No veía el momento de quitarse las vendas de las manos y poder librarse del cabestrillo, quizás así pudiese demostrar que era útil.
Emprendió el camino de regreso a paso lento, arrastrando los pies como si la desgana los volviese pesados. A pesar del frío prefirió dar un rodeo enorme, la tarde anterior había descubierto un rinconcillo donde el río hacía una especie de poza profunda, se había propuesto ir a visitarla a menudo por si tenía suerte y podía ver algún animal que fuese a beber. Yirkash conocía muy poco de la fauna del exterior, le ilusionaba la posibilidad de ver cualquier cosa que no fuese una rata o un murciélago.
La poza estaba rodeada por unos espesos arbustos espinosos, el invierno los había dejado convertidos en una maraña de ramas quebradizas y punzantes de color castaño, salpicadas aquí y allá por unas pequeñas hojas redondas manchadas de amarillo. Parecían totalmente imposibles de atravesar, por eso le sorprendió mucho ver a Rizel agachada junto al borde de la poza. Yirkash se ocultó tras un tronco sin saber exactamente cual el motivo de su alarma. No podía ver que estaba haciendo la dríade allí y no estaba muy seguro de si debía saludarla. Rizel era la única en todo el santuario que hablaba amablemente con él aunque lo cierto era que el hada era extremadamente sociable y hablaba con todo el mundo, Era un hada extraña y Yirkash no sabía cual era su función en el santuario, donde todos se dedicaban a alguna rama de la medicina o a la fabricación de pociones y ungüentos curativos, menos ella, cuyo único interés real parecía ser dibujar.
Cuando Yirksha recuperó el conocimiento y se descubrió en una habitación desconocida, solo y desnudo tuvo tal ataque de pánico que se puso de pie desvariando, acosado por algún tipo de amenaza invisible. Fue una idea nefasta, no estaba en condiciones de hacer nada, la herida del hombro se le abrió y se desplomó en el suelo dándose un terrible golpe en la cabeza. Alguien debió decir que no era buena idea dejarlo solo y en su siguiente despertar descubrió a Rizel sentada cerca de su cama, totalmente enfrascada en su pequeña libreta. El herrero sospechaba que había aceptado la tarea porque mientras él dormía ella podía dedicarse por completo a emborronar su libreta sin que nadie la molestase. Las dríades no necesitan dormir, en cambio aquellos primeros días Yirkash apenas hizo otra cosa, eso dejaba a su enfermera mucho tiempo libre. En cuanto estuvo un poco mejor, y después de asegurarle que nadie pensaba entregarlo a la reina y que ejecutarlo no estaba en los planes del santuario se atrevió a salir de su habitación. Aun no era capaz de dar paseos largos y por eso cogió la costumbre de sentarse a observar como el hada ultimaba los detalles del gran mural que estaba pintando en el recibidor de Fuegovivo. Representaba un enorme dragón rojo con las fauces abiertas, luchando contra el abrazo de un enredadera. Al herrero le entretenía ver como se iba desarrollando el trabajo y cuando el hada se detenía a descansar se sentaba a su lada a charlar un rato. El goblin odiaba cada vez mas los ratos de trabajo de su única amiga. Ahora que ya estaba bastante mejor prefería salir al jardín mientras ella estaba ocupada. Pero seguían compartiendo los descansos, no se los perdería por nada.
-¡Yirkash¡- Lo saludó la driade al descubrirlo- ¿Qué haces ahí detrás?
Los arbusto se separaron para dejar paso a Rizel, como era común entre las suyas el hada no usaba ningún tipo de ropa, solo una enredadera de hiedra que abrazaba su cuerpo. Yirkash no sabía que las driades cambian de color con las estaciones, ahora su piel era de un verde amarillento algo apagado y su pelo tenía un color ciruela muy oscuro, casi negro. No era su mejor estación. En primavera se volvía de un verde brillante y se llenaba de delicadas flores rosa pálido, entonces su pelo se aclaraba y toda ella era una sinfonía de colores, un canto ilusionado a la vida. Eso el herrero no lo sabía y no le importaba, incluso con sus tonos invernales le parecía tremendamente hermosa y su mirada inteligente lo acobardaba un poco. A su lado se sentía muy poca cosa.
-Perdona- Contestó con una sonrisa avergonzada-No sé si estas trabajando, no quería molestarte.
Rizel se acercó, llevaba un cuenco de madera en la mano y los brazos embadurnados hasta los codos de arcilla roja.
-Esa arcilla es estupenda para hacer color ocre- Dijo enseñándole el cuenco lleno de barro rojizo-Mi dragón es hijo de esta poza. ¿Qué haces tan lejos del santuario?
-Estaba dando un paseo.
La pintora le ofreció su brazo para volver juntos. Yirkash sintió algo muy parecido a un calambre de felicidad al aceptar el ofrecimiento, volvieron al sendero uno junto al otro. No demasiado lejos otro trueno hizo temblar el jardín. La dríade se estremeció.
-No me gustan los rayos-Reconoció temblando-Cuanto antes volvamos mejor.
-Me parece buena idea, aunque si llueve mucho voy a pasar una tarde muy aburrida.
-Hoy acabaré un poco antes de trabajar y empezaré a enseñarte a hablar algo que no sean esos gruñidos goblin, fuera del santuario lo vas a necesitar y a juzgar por lo rápido que te estas curando te iras muy pronto.
La driade dejó escapar un suspiro suave y apoyó la cabeza en el hombro del herrero. Yirkash sintió como se le plantaba en la cara la sonrisa más idiota del mundo.
-Tal vez deberías intentar no parecer tan sano…fingir un poco. Por aquí el invierno es duro, y además aun no sabes nada de tu amiga.
-Es más que una amiga, yo la considero mi hermana.
El herrero acarició disimuladamente la mano de Rizel, era como una corteza de madera lisa, tenía una extraña suavidad y a la vez un ligero tacto rugoso. Nanyalín no era la única razón por que la que no quería dejar el santuario. Estaba harto de la soledad, no recordaba la última vez que había sentido el calor de otro cuerpo contra el suyo. Miles de frases cruzaron por su cabeza y murieron aterradas en su lengua. Temía decir cualquier cosa que pudiese hacer que la driade se alejase de él.
-Intentaré hablar con el anciano para que te deje quedarte hasta que Nanyalín esté bien. Así pasarás el invierno aquí.
-¿Sabes algo de ella?
Rizel negó con la cabeza.
-No he logrado enterarme de nada, pero la vi al llegar. Estaba muy grave, tardará mucho mas que tu en recuperarte. Así los dos pasareis el invierno aquí. Dentro de nada empezaré otro mural. Creo que está vez dibujare algo que no tenga escamas. Un narval tal vez.
-¿Qué es un narval?-Preguntó Yirkash imaginándose toda clase de monstruos horribles
-Tendrás que ver el dibujo para averiguarlo. Tendrás que quedarte todo el invierno. Hablaré con el maestro.-Respondió decidida el hada.
-No quiero que te metas en líos…No hables por mi. Siempre he sabido apañármelas solo, estaré bien.
-¿Y si quiero hacerlo por mi y no por ti?
Yirkash se detuvo casi al mismo tiempo que otro trueno llenaba el aire y contempló a Rizel, el hada lo miraba de un modo que no era capaz de descifrar. Una gota de agua helada cayó sobre la frente del herrero y le recorrió la nariz. Tras esa cayó otra y otra y otra de repente los dos se vieron en mitad de un inesperado aguacero.
-¿Qué has querido decir con eso?-preguntó confuso el herrero-No entiendo que tienes que ver tu con mi marcha.
La driade se acercó a él y busco refugio entre los pliegues de su abrigo.
-¿Todos los goblisn sois así de idiotas? ¿O tú eres un caso particular?
El goblin no pudo evitar la tentación de rodearle la cintura. Hacía tanto desde la última vez que alguien se había acercado de ese modo a él, recordaba unos ojos azules y una larga trenza blanca bailando bajo la luz de una vidriera. La driade se dejó abrazar, el herrero encontró una mirada que hablaba por si sola bajo un flequillo empapado, olía a arcilla y tenia una mancha ocre que se deshacía sobre la mejilla derecha. Yirkash agarró el rostro de Rizel por la barbilla y lo contempló. No quería decir nada. No se le ocurría nada que pudiese decir para estar a la altura de sus sentimientos. Rizel se puso de puntillas y sus labios se encontraron como si llevasen siglos buscándose.
Un trueno retumbó sin que ninguno de los dos lo escuchara, y la lluvia parecía haber dejado de caer y el jardín dejó de existir. Solo estaban ellos dos.
-Si te vas, me iré contigo-Dijo Rizel y volvió a ponerse de puntillas
A blacksmith courted me nine long months and better,
He stole my heart away, wrote to me a letter,
His hammer all in his hand he looked so brave and clever,
And if I was with my love, I would live forever.
"Blacksmith" Loreena McKennit
Era uno de esos días de invierno en los que el sol brilla sin fuerza tras una fina cortina de nubes grises, el viento soplaba en rachas frías a ras de suelo, acariciando la hierba húmeda. Con semejante clima lo normal sería que el jardín del santuario estuviese desierto, pero a Yirkash el nublado no lograba desanimarlo, alguien le había prestado un grueso abrigo de lana que le estaba enorme para que pudiese salir a dar su ineludible paseo matinal. Se había sentado al pie de un álamo, sobre un lecho de hojas caídas, de cara al sol. Allí acurrucado debía parecer una extraña criatura lanuda pero la verdad es que no su aspecto no le preocupaba demasiado. Allí sentado, sintiendo los débiles rayos del sol en la cara era momentáneamente feliz. Para el herrero, el sol y el viento habían sido unos maravillosos descubrimientos, él rara vez había salido de la Ciudad de Piedra y desde luego nunca de día. La luz aun le molestaba en los ojos pero estaba dispuesto a acostumbrarse y la brisa, incluso la más helada, era tan distinta del soplo débil y húmedo que solía correr en el aire viciado de las cuevas que le resultaba increíble que pudiese arrastrar tantos olores, cada ráfaga de viento era distinta. Los árboles nunca parecían susurrar dos veces las mismas cosas. Allí fuera todo era nuevo y el goblin sentía que le quedaban miles de cosas por descubrir, en esos momentos de paz comprendía perfectamente porqué los primeros nockers se habían marchado de la Ciudad de Piedra y lo que debían haber sentido en sus primeros días en la superficie. Sus heridas se curaban lentamente y aun se sentía débil y enfermo pero a al mismo tiempo le parecía que nunca había estado tan vivo. No necesitaba beber, antes bebía para no pensar de más pero ahora le parecía que no había nada que lo preocupase tanto como para no querer pensarlo, pese a que en aquel momento tenía mas problemas de los que podía contar, por primera vez se sentía con fuerza para afrontarlos, solo necesitaba encontrar el modo de hacerlo.
Para empezar se había convertido en un paria entre los goblins, realmente no era algo que le molestará demasiado, estaba decidido a no volver jamás a ninguna de las Ciudades de Piedra, pero ahora tendrá que ser prudente, la traición se castigaba con la muerte, cualquier duende que lo encontrase tenía el deber de matarlo y no tenía manera de saber si habían puesto precio a su cabeza ni si la noticia se había extendido mucho. La única solución era evitar a los goblins, considerando que tenía prohibida la entrada en casi todas ciudades importantes y que dudaba mucho que le diesen la bienvenida en alguna aldea la soledad parecía ser su futuro más probable a largo plazo. Sabía que no podría quedarse en el Santuario de Fuegovivo, allí la mayoría de las hadas lo miraban con cierta hostilidad y estaba claro que en cuanto estuviese curado lo invitarían a marcharse. No podía culparlos, al parecer los goblin atacaron duramente aquellos bosques durante la guerra, aun así no podía evitar que la desconfianza le doliese, él estaba profundamente agradecido a aquella gente, que pese a no apreciarlo, cuidaban de sus heridas y le daban refugio, quería encontrar el modo de expresar su gratitud pero a nadie parecía interesarle demasiado su agradecimiento, de hecho nadie se molestaba en escucharlo ni en hablarle, era demasiado parecido a su vida anterior, le resultaría mas sencillo de soportar si alguien le diese al menos noticias de Nanyalín, pero nadie lo hacía. No sabía si seguía viva, si estaba en el santuario, no sabía nada. Cuando preguntaba por su hermana las miradas se volvían especialmente hostiles. “Creen que yo le hice esas cosas horribles” ¿Si lo hice para que querría traerla aquí? ¿Qué clase de monstruo creen que soy?”Al pensarlo la rabia y la impotencia hacían que se le revolviese el estomago. Tenía que averiguar algo sobre ella antes de salir allí fuese como fuese.
Un trueno resonó a la lejos, Yirkash abandonó sus pensamientos y abrió los ojos sobresaltado. Al descubrirse asustado como un crío por semejante tontería estuvo a punto de echarse a reír, estaba demasiado nervioso. Las emociones de los últimos días le habían dejado más huella de la que quería reconocer. Se puso en pie torpemente, empezaba a sentirse algo entumecido y decidió muy a su pesar que lo mejor sería regresar al santuario. La perspectiva de una tarde larga y desocupada arrancó un suspiro desganado de los labios del herrero, si al menos pudiese trabajar aunque solo fuese para matar el rato. No veía el momento de quitarse las vendas de las manos y poder librarse del cabestrillo, quizás así pudiese demostrar que era útil.
Emprendió el camino de regreso a paso lento, arrastrando los pies como si la desgana los volviese pesados. A pesar del frío prefirió dar un rodeo enorme, la tarde anterior había descubierto un rinconcillo donde el río hacía una especie de poza profunda, se había propuesto ir a visitarla a menudo por si tenía suerte y podía ver algún animal que fuese a beber. Yirkash conocía muy poco de la fauna del exterior, le ilusionaba la posibilidad de ver cualquier cosa que no fuese una rata o un murciélago.
La poza estaba rodeada por unos espesos arbustos espinosos, el invierno los había dejado convertidos en una maraña de ramas quebradizas y punzantes de color castaño, salpicadas aquí y allá por unas pequeñas hojas redondas manchadas de amarillo. Parecían totalmente imposibles de atravesar, por eso le sorprendió mucho ver a Rizel agachada junto al borde de la poza. Yirkash se ocultó tras un tronco sin saber exactamente cual el motivo de su alarma. No podía ver que estaba haciendo la dríade allí y no estaba muy seguro de si debía saludarla. Rizel era la única en todo el santuario que hablaba amablemente con él aunque lo cierto era que el hada era extremadamente sociable y hablaba con todo el mundo, Era un hada extraña y Yirkash no sabía cual era su función en el santuario, donde todos se dedicaban a alguna rama de la medicina o a la fabricación de pociones y ungüentos curativos, menos ella, cuyo único interés real parecía ser dibujar.
Cuando Yirksha recuperó el conocimiento y se descubrió en una habitación desconocida, solo y desnudo tuvo tal ataque de pánico que se puso de pie desvariando, acosado por algún tipo de amenaza invisible. Fue una idea nefasta, no estaba en condiciones de hacer nada, la herida del hombro se le abrió y se desplomó en el suelo dándose un terrible golpe en la cabeza. Alguien debió decir que no era buena idea dejarlo solo y en su siguiente despertar descubrió a Rizel sentada cerca de su cama, totalmente enfrascada en su pequeña libreta. El herrero sospechaba que había aceptado la tarea porque mientras él dormía ella podía dedicarse por completo a emborronar su libreta sin que nadie la molestase. Las dríades no necesitan dormir, en cambio aquellos primeros días Yirkash apenas hizo otra cosa, eso dejaba a su enfermera mucho tiempo libre. En cuanto estuvo un poco mejor, y después de asegurarle que nadie pensaba entregarlo a la reina y que ejecutarlo no estaba en los planes del santuario se atrevió a salir de su habitación. Aun no era capaz de dar paseos largos y por eso cogió la costumbre de sentarse a observar como el hada ultimaba los detalles del gran mural que estaba pintando en el recibidor de Fuegovivo. Representaba un enorme dragón rojo con las fauces abiertas, luchando contra el abrazo de un enredadera. Al herrero le entretenía ver como se iba desarrollando el trabajo y cuando el hada se detenía a descansar se sentaba a su lada a charlar un rato. El goblin odiaba cada vez mas los ratos de trabajo de su única amiga. Ahora que ya estaba bastante mejor prefería salir al jardín mientras ella estaba ocupada. Pero seguían compartiendo los descansos, no se los perdería por nada.
-¡Yirkash¡- Lo saludó la driade al descubrirlo- ¿Qué haces ahí detrás?
Los arbusto se separaron para dejar paso a Rizel, como era común entre las suyas el hada no usaba ningún tipo de ropa, solo una enredadera de hiedra que abrazaba su cuerpo. Yirkash no sabía que las driades cambian de color con las estaciones, ahora su piel era de un verde amarillento algo apagado y su pelo tenía un color ciruela muy oscuro, casi negro. No era su mejor estación. En primavera se volvía de un verde brillante y se llenaba de delicadas flores rosa pálido, entonces su pelo se aclaraba y toda ella era una sinfonía de colores, un canto ilusionado a la vida. Eso el herrero no lo sabía y no le importaba, incluso con sus tonos invernales le parecía tremendamente hermosa y su mirada inteligente lo acobardaba un poco. A su lado se sentía muy poca cosa.
-Perdona- Contestó con una sonrisa avergonzada-No sé si estas trabajando, no quería molestarte.
Rizel se acercó, llevaba un cuenco de madera en la mano y los brazos embadurnados hasta los codos de arcilla roja.
-Esa arcilla es estupenda para hacer color ocre- Dijo enseñándole el cuenco lleno de barro rojizo-Mi dragón es hijo de esta poza. ¿Qué haces tan lejos del santuario?
-Estaba dando un paseo.
La pintora le ofreció su brazo para volver juntos. Yirkash sintió algo muy parecido a un calambre de felicidad al aceptar el ofrecimiento, volvieron al sendero uno junto al otro. No demasiado lejos otro trueno hizo temblar el jardín. La dríade se estremeció.
-No me gustan los rayos-Reconoció temblando-Cuanto antes volvamos mejor.
-Me parece buena idea, aunque si llueve mucho voy a pasar una tarde muy aburrida.
-Hoy acabaré un poco antes de trabajar y empezaré a enseñarte a hablar algo que no sean esos gruñidos goblin, fuera del santuario lo vas a necesitar y a juzgar por lo rápido que te estas curando te iras muy pronto.
La driade dejó escapar un suspiro suave y apoyó la cabeza en el hombro del herrero. Yirkash sintió como se le plantaba en la cara la sonrisa más idiota del mundo.
-Tal vez deberías intentar no parecer tan sano…fingir un poco. Por aquí el invierno es duro, y además aun no sabes nada de tu amiga.
-Es más que una amiga, yo la considero mi hermana.
El herrero acarició disimuladamente la mano de Rizel, era como una corteza de madera lisa, tenía una extraña suavidad y a la vez un ligero tacto rugoso. Nanyalín no era la única razón por que la que no quería dejar el santuario. Estaba harto de la soledad, no recordaba la última vez que había sentido el calor de otro cuerpo contra el suyo. Miles de frases cruzaron por su cabeza y murieron aterradas en su lengua. Temía decir cualquier cosa que pudiese hacer que la driade se alejase de él.
-Intentaré hablar con el anciano para que te deje quedarte hasta que Nanyalín esté bien. Así pasarás el invierno aquí.
-¿Sabes algo de ella?
Rizel negó con la cabeza.
-No he logrado enterarme de nada, pero la vi al llegar. Estaba muy grave, tardará mucho mas que tu en recuperarte. Así los dos pasareis el invierno aquí. Dentro de nada empezaré otro mural. Creo que está vez dibujare algo que no tenga escamas. Un narval tal vez.
-¿Qué es un narval?-Preguntó Yirkash imaginándose toda clase de monstruos horribles
-Tendrás que ver el dibujo para averiguarlo. Tendrás que quedarte todo el invierno. Hablaré con el maestro.-Respondió decidida el hada.
-No quiero que te metas en líos…No hables por mi. Siempre he sabido apañármelas solo, estaré bien.
-¿Y si quiero hacerlo por mi y no por ti?
Yirkash se detuvo casi al mismo tiempo que otro trueno llenaba el aire y contempló a Rizel, el hada lo miraba de un modo que no era capaz de descifrar. Una gota de agua helada cayó sobre la frente del herrero y le recorrió la nariz. Tras esa cayó otra y otra y otra de repente los dos se vieron en mitad de un inesperado aguacero.
-¿Qué has querido decir con eso?-preguntó confuso el herrero-No entiendo que tienes que ver tu con mi marcha.
La driade se acercó a él y busco refugio entre los pliegues de su abrigo.
-¿Todos los goblisn sois así de idiotas? ¿O tú eres un caso particular?
El goblin no pudo evitar la tentación de rodearle la cintura. Hacía tanto desde la última vez que alguien se había acercado de ese modo a él, recordaba unos ojos azules y una larga trenza blanca bailando bajo la luz de una vidriera. La driade se dejó abrazar, el herrero encontró una mirada que hablaba por si sola bajo un flequillo empapado, olía a arcilla y tenia una mancha ocre que se deshacía sobre la mejilla derecha. Yirkash agarró el rostro de Rizel por la barbilla y lo contempló. No quería decir nada. No se le ocurría nada que pudiese decir para estar a la altura de sus sentimientos. Rizel se puso de puntillas y sus labios se encontraron como si llevasen siglos buscándose.
Un trueno retumbó sin que ninguno de los dos lo escuchara, y la lluvia parecía haber dejado de caer y el jardín dejó de existir. Solo estaban ellos dos.
-Si te vas, me iré contigo-Dijo Rizel y volvió a ponerse de puntillas
domingo, 14 de febrero de 2010
El duelo
Este es mi regalo de San Valentin para todos vosotros. El amor romantico está bien, pero hay muchos otros tipos de amor y también merecen ser contados. De todos modos mañana colgare otras dos cositas para completar el regalillo de San Valentin
En la Carbonería era costumbre que los empleados se tomasen de descanso un día de cada cinco jornadas de trabajo. La idea se le había ocurrido a Costurina, al acabar la guerra el negocio empezó a prosperar poco a poco, el refugio se fue convirtiendo en posada a medida que la ciudad empezaba a rehacerse y dejaba a tras un largo periodo de miserias. Siguieron visitando la Carbonería pero ahora pagaban sus almuerzos, agradecidos por la ayuda inestimable que la boggan les había prestado en tiempos de necesidad. Casi sin darse cuenta Costurina se vio al frente de una cantina que cada vez tenía mas clientes, su fama como cocinera, su sonrisa infatigable y unos bonitos ojos azules ayudaron bastante en el proceso. Entonces no se permitió ni un minuto de descanso, si trabajaba de sol a sol era más por la necesidad que tenía de mantener la cabeza ocupada que por el deseo de hacer prosperar el negocio. Nicasia la dejó hacer, ella ocupó el sótano y empezó a trabajar en su taller. Ambas hadas tenían demasiadas cosas en las que no querían pensar, demasiados recuerdos que preferían dejar en un rincón y usaron el trabajo para cerrar sus heridas. Ninguna de las dos interfería en los asuntos de la otra a no ser que alguna solicitase ayuda, cosa que rara vez pasaba. Impusieron sus reglas: la ingeniera tendría total libertad en su reino subterráneo, sobre que el nunca se le harían preguntas ni se le impondrían condiciones, a cambio ella dejaría que la boggan ocupase el resto del enorme edificio para lo que quisiera. No se molestarían la una a la otra bajo ninguna circunstancia. Era un trato mas que razonable y además ella no tenía ningun otro sitio al que ir. La huraña nocker nunca podría sustituir a su familia, ni lo pretendía, pero era la única que se había preocupado por ella. Costurina le estaba agradecida y no pensaba dejar sola a su protectora que por otro lado era un total desastre con las tareas domesticas mas sencillas y necesitaba una mano invisible que la ayudase a vivir con cierta decencia. Así fue como comenzaron a convivir, la cantina pasó a ser posada cuando se habilitaron dormitorios en los inmensos corredores vacíos. Los viajeros no tardaron en aclamar la Carbonería como la mejor posada de la Corte y ni siquiera el hecho de que se pusiera a raya a los alborotadores trabuco en mano, consiguió empañar su reputación.
Fue entonces cuando pudo contratar a otros camareros, estableció las jornadas de descanso y comenzó a buscarse ratos libres a lo largo del día. Se aficionó a leer y le dedicó tiempo a perfeccionar unas dotes de repostera que la habían hecho famosa en toda la región, hasta el punto de que incluso en palacio solicitaban sus dulces con bastante frecuencia. La felicidad había vuelto a su vida y los recuerdos ya no le dolían tanto.
Así que aquel día le tocaba descansar, no se había levantado temprano y en lugar de desayunar en su habitación como hacía la mayoría de las veces se había dado un buen baño y había salido de la posada dispuesta a compartir la hora del desayuno con una buena amiga.
Alcanzar al aldabón de la puerta verde era una tarea imposible incluso para el más alto de los boggan, una vez había intentado ponerse de puntillas y alcanzarlo con la punta de los dedos, pero solo logró sentirse ridícula. Estaba fuera de su alcance, así que dio un par de enérgicos tirones de la cadena que hacia repicar la campanilla dorada, al hacerlo pensó que lo mas seguro es que su amiga aun estuviese en la cama. No era ninguna madrugadora cuando tenía que trabajar, cuando decidía darse un descanso podía darle la hora del almuerzo en brazos del sueño. Una sonrisa traviesa acudió a los labios de Costurina, iba a ser muy divertido…
La mirilla de la puerta se descorrió con un crujido de madera mal engrasada
-¿Quién es?-Preguntó la voz adormilada de Rashid
-Aquí abajo- Exclamó Costurina alejándose de la puerta unos pasos para que el muchacho pudiese verla- Hola Rashid.
-Hola Costurina…¿Vienes a preguntar por alguien? Creo que Mesalina está durmiendo.
-Me están esperando. ¿Me dejas pasar?
Rashid cerró la mirilla y abrió la puerta, el muchacho iba vestido con una sencilla tunica blanca que se notaba que se había puesto a toda prisa y trataba de espantarse el sueño de los ojos, frotándose la cara sin mucho empeño. Costurina pasó al patio de Marsias , no se veía ni un alma, todo eran ventanas cerradas y silencio.
-Ya va siendo hora de estar en pie ¿no crees?
Rashid sonrió y se frotó la cabeza con un gesto perezoso
-No para este tipo de negocio-Contestó el muchacho ahogando un bostezo al tiempo que arqueaba la espalda y estiraba los brazos con un movimiento lento y perezoso.
La boggan abrió la cesta que llevaba colgada del brazo y le puso una magdalena en la mano al chico.
-Anda ve desayunando, a ver si te espabilas. Voy a sacar a Mesalina de sus dominios.
-Ve sin miedo, está en su habitación-Le contestó Rashid antes de morder la magdalena.
Costurina conocía el camino y se alejó despidiéndose con la mano.
En casa de Marsias todo era bastante caótico, a pesar de ser un burdel no tenía demasiadas habitaciones porque preferían tender carpas de tul entre los árboles. Era habitual que tanto a clientes como al personal les sorprendiese el día aun en sus labores. A primera hora de la mañana parecía que sobre el jardín hubiese caído una lluvia de cuerpos desnudos. Hadas de todas las razas y posición dormían placidamente, juntas entre los árboles. La boggan se fue directamente a las habitaciones sin poder evitar un suspiro de desaprobación. El negocio del sátiro no la escandalizaba, pero no dormir en una buena cama le parecía una costumbre muy poco saludable.
Marsias y Mesalina eran los únicos del personal que usaban sus aposentos privados con regularidad, ambos tenían unas reglas muy similares. No trabajaban en sus respectivas habitaciones y las visitas, salvo contadas y selectas excepciones, no eran bienvenidas. Ambos sátiros tenían unas ideas muy curiosas sobre la intimidad, eran muy reservados para cosas que el resto de las hadas consideraría terriblemente normales. Apenas nadie sabía que Marsias coleccionaba libros, al perecer tenía una nutrida biblioteca. Costurina sabía que debía ser cierto, Nicasia solía regalarle libros con frecuencia y Mesalina se lo había mencionado alguna vez, pero ni ella ni nadie habían visto al patacabra leer una línea. Por su parte Mesalina jamás dormía con los clientes, ni la suma mas jugosa conseguía hacerla cambiar de idea. En cuanto empezaba a amanecer se marchaba del jardín y se iba a su cama sola. “Hay que conservar parte del misterio” le había confesado una vez “recién levantada es muy difícil parecer encantadora”.
Costurina llamó a la puerta del dormitorio de su amiga, no contestó nadie, ni siquiera cuando volvió a llamar con más energía. Giró el picaporte y para su sorpresa, la llave no estaba echada y la puerta se abrió con un suave crujido. En ciertos cuentos, las habitaciones de las cortesanas son estancias fastuosas y esplendidas, llenas de lujo y exotismo. Mesalina no cumplía con este tópico poético. Era cierto que su habitación era amplia y daba a una gran terraza, pero las paredes estaban pintadas con un tosco color albero, y el techo dejaba las vigas al descubierto. El desorden reinaba por la habitación como si un pequeño torbellino se hubiese dedicado a abrir todos los armarios para esparcir su contenido. Justo ante la puerta había un discreto tocador casi sepultado entre ropa abandonada, joyas y tarritos de contenido misterioso, la pequeña banqueta que reposaba ante el mueble no corría mejor suerte. Sobre el suelo, reposaban algunas de las carísimas prendas del ajuar de trabajo de la sátira, placidamente olvidadas junto a otras mucho más modestas.
La responsable de aquel desastre dormía a pierna suelta protegida por un sencillo dosel de tul carmesí, que colgaba de una de las vigas y caía sobre la cama ocultando en parte a su ocupante. Al verla Costurina entendió porque Mesalina ponía tanto empeño en mantener la privacidad de sus horas de sueño. Pese a que dormía desnuda, no era precisamente una visión de ensueño, estaba tumbada boca arriba con las manos sobre el estomago y las piernas separadas, roncando feliz como una criatura. La boggan no pudo contener la risa, acababa de descubrir un dato desconocido de su amiga. Se acercó a la cama con paso decidido y tiró de las sabanas. Mesalina se tumbó de costado con un sonoro resoplido y la ignoró totalmente. La camarera no quería ser brusca, pensó un momento y sonriendo se acercó a la oreja de su amiga.
-Dujal acaba de llegar- Le susurró.
Mesalina abrió los ojos de golpe y se incorporó con torpeza mientras su cabeza trataba de asimilar la noticia. Tardó unos segundos en fijar la vista en Costurina y darse cuenta de su presencia.
-¿Qué haces aquí?-Le preguntó ahogando un bostezo
-Es mi día libre y decidí hacerte una visita.
La patacabra se desplomó sobre el colchón y se tapó la cara con las manos.
-Sabes que aquí siempre eres bienvenida ¿pero tenias que venir tan temprano? Anda se buena y vuelve a la hora de almorzar, invito yo.
-Eso supondría pasar la mañana sola y desperdiciar la mitad de mi día libre.
Mesalina se tapó la cara con la almohada y ahogó un gruñido
-¡Don del sol¡ Tienes suerte de que me toquen unos días de descanso…sino ahora mismo te tiraba por la terraza.
-No creo que lo lograrás-Replicó Costurina divertida
-Lo averiguaremos en otra ocasión, cuando esté algo mas despejada- La sátira se enrolló las sabanas alrededor de la cintura, estiro el cuerpo con la lenta pereza de los gatos y finalmente se puso en pie sin demasiadas ganas-Vale, yo voy a asearme un poco, tú mientras ve poniendo la mesa, a ver que apañamos de desayuno.
La sátira desapareció tras una mesa y dejó a su amiga totalmente desconcertada. Paseó los ojos por aquel intolerable desorden ¿Dónde iba a poner la mesa? No había ni un solo mueble, que no estuviese totalmente cubierto de trapos y trastos, para Costurina aquello era como la antesala del infierno. Tras mucho dudar despejó una pequeña mesa que encontró abandonada en un rincón, totalmente cubierta de frascos de cristal vacíos que aun desprendían sospechosos aromas. Costurina los dejó todos en el suelo y sacó la mesa a la terraza, para poder desayunar al sol. La boggan gruñó al contemplar la mesa a la luz del día, la superficie estaba intolerablemente sucia. Tras buscar un poco recogió del suelo lo que parecía un trapo usado, y tras invocar una suave lluvia sobre el mueble se puso a secarlo concienzudamente. El grito horrorizado de la sátira evitó que dejase el mueble inmaculadamente limpio.
-¡Don del sol¡! Esa tunica es de raso y además de muy cara, es el regalo de un cliente muy importante ¡
-¿De que tunica hablas? –preguntó la posadera
-¡De la que tienes en la mano¡
Costurina contempló el trapo y lo estiró con gestó asombrado. Era una tunica pero la tela era tan escasa y el corte tan inverosímil que costaba creer que realmente fuese una prenda de ropa.
-¿Qué se supone que tapa esto?
-Nada- Contestó la sátira mirando desolada la prenda- Ahí está la gracia… en que no tapa nada.
-Oh pues si todo su encanto es ese…yo puedo prestarte unas enaguas mias y te quedaran tan ridículas como esto.
Las dos amigas se miraron un instante. Costurina desafiante con la tunica que Mesalina contemplaba perdida en sus propios pensamientos. Las dos hadas se miraron a los ojos un instante y la misma idea les pasó por la cabeza. Ambas dejaron escapar una sonora carcajada.
-¿Me imaginas?
-Creo que el único modo de que te tapasen algo sería que las usases de sombrero.
Fiel a su idea de que la mejor manera de empezar el día era con el estomago satisfecho, Costurina había traído en la cesta suficientes magdalenas como para alimentar a todo el burdel, de todas las clases y texturas. Además de una jarra llena de chocolate, media bizcocho de manzanas y nueces, un barra de pan, mantequilla y dos tipos de mermelada. El tamaño de la boggan era inverso a su apetito, la pequeña hada parecía ser toda estomago. Comía de un modo lento, haciendo galas de unos estupendos modales pero ella sola dio buena cuenta de una bandeja de magdalenas entera y dos tazas de chocolate. Mesalina ya no podía más cuando Costurina tras haber devorado un par de tostadas decidió que le apetecía probar el bizcocho.
-¿Cómo es posible que aun tengas hambre?-Preguntó la sátira dejando su servilleta sobre la mesa. Ella ni siquiera tenía costumbre de desayunar, solía tomar un almuerzo ligero que por las horas casi era una merienda. El apetito de su amiga era algo que la fascinaba.
-Nos espera un día duro, es mejor coger energías- Respondió tras apartar su plato con gesto satisfecho.
-¿Cómo que un día duro? ¿Es que no vamos a dar una vuelta por el mercado como hacemos siempre?
-Nada de eso, me apetece romper un poco la rutina y salir de la Corte para variar. He pensado que podríamos hacer una excursión. Me gustaría coger flores para decorar el comedor de la posada.
Mesalina contempló de reojo la colección de frascos vacíos que reposaban sobre el suelo.
-Bueno estoy en mi descanso del ciclo y la verdad es que no me vendría mal ir a recoger algunos ingredientes, me saldría mas barato que ir al herbolario. ¿Cómo vamos a ir? Porque si tú idea es ir andando ahora mismo vuelvo a la cama.
-¡No¡ Tengo que enseñarte algo estupendo. ¡Vamos a la puerta¡
Lo que Costurina quería enseñarle esperaba tranquilamente a la puerta del burdel, se trataba de un carro verde de paseo, de dos ruedas, llevaba al tiro a un pony robusto de color paja, con las crines cortas que esperaba tranquilamente comiéndose la hiedra de la pared. La boggan se acercó al animal resplandeciente de felicidad y le palmeó la cabeza.
-¿Te gusta? Me lo ha regalado Nicasia.
-¿Ella? –Mesalina torció la boca sin tratar de disimular su desagrado-No la hacía tan generosa
-No se te ocurra hablar mal de Nicasia delante mía-Advirtió la boggan en un tono repentinamente seco-Nunca he entendido que tienes contra ella, puede que no tenga un carácter fácil, pero es buena a su manera. Tu solo has visto la fachada.
La sátira resopló y se mordió los labios para no hablar. Detestaba el modo en que la ingeniera trataba a Marsias. No se le escapaba como la miraba el sátiro, miradas encendidas que desbordaban cariño. No le cabía la menos duda de que sátiro amaba a la peliblanco como no había amado a nadie jamás, se daba cuenta en los pequeños gesto cariñosos que tenía con ella. Pero Nicasia era otra historia, en sus ojos solo había hielo, jamás se encendían, jamás demostraban nada, jamás hacia un gesto de acercamiento. Parecía que en su corazón no había sitio para los sentimientos y Mesalina la odiaba porque estaba seguro de que a Marsias aquella frialdad le hacía dañó. Le costaba mucho trabajo creer que la ingeniera albergase esos buenos sentimientos de los que hablaba Costurina, pero sabia que una mala réplica podía echar el día a perder y prefirió guardarse las palabras.
-¿Hay algún motivo para el regalo o siempre es así de desprendida?-pregunto tratando de sus palabras no sonasen demasiado venenosas.
-Fue el aniversario de mi primer día de sol- Respondió sin dejarle de hacerle cariños al pony-Ya sabes que siempre me regala algo.
-Pensé que solían ser cacharros mecánicos, muñecas y cachivaches de los que hace ella.
-Normalmente lo son, pero dice que a ver si empiezo a salir de la Corte. Y bueno…¿Nos vamos de excursión o no?
-Nos vamos- Contestó con una sonrisa-Voy a coger un par de cosas y vuelvo ahora mismo.
Mesalina volvió a entrar en el burdel y al cabo de un rato salió con un viejo capazo de mimbre y un paquete bastante grande metido en una funda de cuero relucientemente nueva
-¿Y eso?-La boggan estiró el cuello sin poder reprimir su curiosidad.
-Ya lo sabrás-Contestó la sátira metiendo las cosas en el carro-Venga coge la riendas y vamos a ponernos en marcha.
Tardaron muy poco en salir de la Corte, hacía un perfecto día de sol. Tras consultar la lista de ingredientes de Mesalina decidieron acercarse al bosque, estaban en temporada para recoger unas setas llamadas “uñas de troll” que la sátira necesitaba para sus potingues. Solían crecer bajo las piedras, cerca de los arroyos. A Costurina el sitio le daba igual mientras hubiese flores. Aprovecharon buena parte del trayecto para ponerse al día de los cotilleos de la Corte. Solía competir por ver cual de las dos conocía la noticia más jugosa, posadas y burdeles son lugares excelentes para soltar la lengua, aunque Mesalina casi siempre llevaba las de ganar y esta vez no era ninguna excepción. Finalmente llegaron al arroyo. Costurina dejó suelto al pony para que pastase a sus anchas y las dos cogieron sus respectivos capazos.
Decidieron parar cerca del molino, en aquella zona aun había bastante ajetreo ce carros y viajeros y no sería necesario adentrarse demasiado en el bosque. No era buena idea hacerlo, el invierno había sido duro y había vuelto audaces a los lobos, que por primera vez en años habían bajado de la montaña hasta el mismo valle. Por si los lobos pareciesen poca amenaza, otros habitantes del bosque también habían pasado hambre y estos últimos tenían menos escrúpulos que los lobos. De todos modos el paisaje allí era perfecto para una pequeña acampada; bajo unos densos almendros cuajados de flores blancas el arroyo ensanchaba su cauce y saltaba alegre entre las ruedas del molino salpicando con el agua del deshielo los primeros narcisos, que ya doblaban sus tallos bajo el peso de sus elegantes cabezas amarillas. Las hadas cogieron sus capazos y empezaron con su tarea. Al cabo de un rato Costurina tenía Narcisos de sobra para alfombrar varias habitaciones y se prefirió coger algunas varas de almendro, Mesalina no parecía tener la misma suerte, bajo las piedras solo encontró musgo y al levantar un tronco muerto, un montón de niscalos la saludaron temblorosos. Las “uñas de troll” brillaban por su ausencia.
-Bueno-Gruñó cortando las setas- Al menos esta noche podremos hacernos una tortilla. No entiendo que ha pasado, el año pasado este sitio estaba lleno.
-Tal vez se te han adelantado-Aventuró Costurina dejando su capazo rebosante de flores en el suelo.
-Lo dudo, esas setas no se comen y para aprovechar sus propiedades afrodisiacas hace falta un proceso de destilación muy largo. No sé para que iba a quererlas nadie. Lo que pasa es que la última vez vine a buscarlas con Dujal, ni te imaginas como se agradece un buen olfato para ciertas cosas.
-Si que me imagino, respecto a Dujal soy capaz de imaginarme muchas cosas –Respondió atando un haz de varas de almendro.
Mesalina se mordió los labios, había elegido un mal tema de conversación.
-Costurina…si te molesta que Dujal venga a buscarme, le diré de deje de hacerlo…No me gustaría que el gato nos distanciara.
La boggan dejó sus labores y se arrojó a los brazos de la sátira con tal ímpetu que ambas hadas rodaron por el suelo, la sátira se vio de repente metida en un torbellino de besos y flores aplastadas faltó muy poco para que las dos acabasen en el agua.
-¿Qué esto de besuquearme gratis?-Digo la sátira medio ahogada por la risa-Señorita yo para el cuerpo a cuerpo tengo una tarifa.
-Espero que el almuerzo que he traído sea paga suficiente, porque el monedero me lo he dejado en casa.
Los giros habían desecho las trenzas de la posadera. Para las jornadas de trabajo solía recogerse el pelo con única trenza, gruesa y larga, porque era mas cómodo para el trabajo, pero los días de descanso, en un pequeño gesto de coquetería se hacía dos. Ahora una cascada de pelo rubio la cubría por completo, salpicada de hojas, briznas de hierba y pétalos amarillos. Mesalina se quedó muda de asombro. Nunca había visto la melena de Costurina suelta, la cubría por completo, como un traje dorado. La boggan se pasaba los dedos entre los cabellos tratando de quitarse todo lo que se le había quedado enredado. Tratando inútilmente de arreglar aquel desastre
-¡Don del sol¡ ¿Cuánto hace que no te cortas el pelo?-preguntó la sátira cuando se recuperó del asombro
-Desde que murieron mis padres, nosotros, los boggans, hacemos el luto así-Dijo agobiada, sus ojos azules temblaron a punto de desbordarse en lágrimas.
-Desde la guerra…pero eras una cría…dios cunado lo llevas recogido no parece tan largo.
-Uso un hechizo-Gimió Costurina tirándose del pelo-Por eso me hago las trenzas. Tengo unas horquillas especiales y así no me arrastra por el suelo, ni pesa. No te imaginas lo molesto que es esto.
-¡Deja de darte tirones!
Mesalina fue el carro y volvió con su bolsita de viaje, tras hurgar un poco en su interior sacó peine de hueso con un gesto de triunfo.
-Vamos a arreglar este desastre-Dijo cogiendo un mechón de pelo de su amiga-¿Por qué no te lo cortas aunque sea un poco? Tus padres no te lo tendrían en cuenta.
La boggan se secó los ojos.
-No es por solo por mis padres, los he echado de menos cada día. Nicasia no es una persona fácil, el cariño no es lo suyo.
-¿De verdad?-Mesalina sacó una ramita seca de entre un montón de cabello rubio-¿Por que será que no me sorprende?
-No seas cruel, lo intenta. Siempre se acuerda de mis “días del sol”, se preocupó de que no me faltase nada, nada material. Pero nunca me ha dado un abrazo. Cuando tenía pesadillas se quedaba sentada al borde de mi cama y me decía que no me asustase pero ni me tocaba. A veces me leía cosas hasta que me dormía, pero me leía lo primero que pillaba. Una vez me leyó un tratado de magia geomántica. No sé como viviría antes de la guerra pero siempre he tenido muy claro que dentro de Nicasia hay algo terriblemente roto, y lo de Manx no la ayudó nada.
Pero me acostumbré ¿sabes? Me acostumbré y salí adelante. Y cuando creía que podía cortarme el pelo y empezar a vivir por apareció Dujal y me enamoré como una idiota-Costurina dio un respingo-¡Hey eso duele¡
-Lo siento-Se disculpó la sátira concentrada en sus labores de peinado-Menudo enredo tienes aquí. ¿Y que tiene que ver Dujal con tu pelo?
-Que Dujal me dio dos besos y yo me creí que estaba enamorado. Él me advirtió que no me hiciese ideas equivocadas pero creí- la boggan sollozó-Creí que con el tiempo el también me amaría, creí que al final se quedaría conmigo. Lo metí en mi cama como una tonta. Y Dujal es Dujal. Solo se quiere a si mismo. Cuando se fue me dí cuanta de que aun echaba de menos que alguien me quisiera, aun necesito que alguien me quiera. No puedo cortarme el pelo. No estoy lista para olvidar.
-Te advirtió- Dijo Mesalina tras un suspiro de resignación-Sé que no es excusa, pero si te sirve de consuelo no creo que actúe de mala fe. Tampoco quiero excusarlo, simplemente no está en su naturaleza atarse a la cama de nadie.
-¿Ni siquiera a la tuya?-Preguntó Costurina secándose los ojos
-¡Los hados me libren! No te voy a decir que no me gusta para un rato - La patacabra dividió la melena de su amiga en dos y empezó a trenzar una de las mitades- Pero él y yo nos parecemos demasiados, él no quiere arrimarse a nadie demasiado tiempo y a mi no me apetece tener a nadie pegado a mis faldas
-Dicho así parecéis la pareja ideal.
-Nada de eso, somos demasiado iguales. Acabaría en fracaso y no me gusta fracasar en nada.
Mesalina necesitó un buen rato para acabar de trenzar la interminable melena rubia y aun así cuando terminó descubrió desolada que las trenzas arrastraban por el suelo. Costurina se limitó a encogerse de hombros con resignación y ha enrollarse parte de las trenzas formaban dos curiosos moños que le daban un curioso aire de princesa de tiempos remotos.
-No creo que encontremos tus horquillas entre las flores ¿no te pesa la cabeza?
-Estoy acostumbrada-La boggan había perdido todo el buen humor de golpe, intentaba parecer tan feliz como antes, pero hablaba en un forzado tono monocorde y hasta los ojos se le habían apagado.
La sátira no quería llevarse la tristeza de vuelta a casa, se fue hasta el carro y sacó el bulto envuelto en cuero. Conocía demasiado bien a su amiga como para no saber que la curiosidad sería mucho más fuerte que sus ganas de lamentarse. No se equivocó, Costurina le lanzó una mirada fugaz, encendida de curiosidad y luego trató de disimular su interés fingiendo que buscaba sus desaparecidas horquillas entre la hierba. Mesalina ocultó una sonrisa de satisfacción y le tendió el paquete a la posadera.
-Mi regalo de tu “día del sol”-Dijo mientras le tendía el paquete
La boggan la miró sorprendida. Era un paquete alargado, no demasiado grueso, por la forma le resultaba imposible hacerse una idea de que podía ser.
-La mejor manera de que lo averigües es abriéndolo-Fue su respuesta
Costurina no se hizo de rogar, soltó los dos pequeños cierres de madera y desenrolló el cuero, tan finamente curtido y tan suave que parecía una tela oscura. Algún artesano especialmente hábil había perfumado la piel con un discreto toque a sándalo. Cuando desenrolló el paquete salió a la luz un precioso arco corto, tallado en una única pieza de hueso gris y pulido hasta conseguir arrancarle al material un precioso brillo. Era un arma esplendida, ligera y calibrada, con un discreto tallado en las puntas. Un carcaj con veinte flechas completaban el regalo. La posadera necesito un momento para reaccionar, salvo los cuchillos de su cocina nunca había sostenido un arma en sus manos, no entendía el porqué de un regalo como aquel.
-¿A que viene esto?-Acariciaba el hueso con la punta de los dedos, tan fascinada como extrañada.
-Es un hueso hecho con parte de la costilla de un leviatán-Aclaró Mesalina-Me lo regaló un marinero hace mucho tiempo y nunca lo he usado, creo que a ti te hará mejor servicio que mi.
-¿A mi?-Costurina no entendía nada-No veo como…
-Porque eres demasiado inofensiva. No te lo tomes a mal pero nosotras necesitamos dientes y garras más que cualquier macho, el mundo es cruel para nuestro sexo.
-¿Crees que esto me dará mas seguridad en mi misma?
-Creo que te divertirá. Necesitas algo que te saque de tus cacerolas y tus labores domesticas. Algo más contundente que recoger flores.
-Me gusta recoger flores-Protestó la boggan.
-Y no seré yo quien te lo impida, pero nunca está de más tener otras vías de escape…
Costurina meditó un segundo las palabras de su amiga. Una enorme sonrisa le iluminó la cara
-¿Me enseñas?
-¿Yo? No soy ningún portento y tú tienes una experta en casa.
-No creo que Nicasia tenga tiempo ni paciencia para enseñarme…
-Nunca llegué a probar ese arco…busquemos algo que sirva de diana- Mesalina no estaba por la labor de hacerse rogar.
Eligieron el tronco seco de un chopo como blanco de sus prácticas de tiro, estaba lo bastante lejos del camino como para no tener que preocuparse por las flechas perdidas, pero sin adentrarse demasiado en el bosque. Mesalina era buena tiradora, era habitual que los niños de Fuegovivo hiciesen competiciones de de tiro, poner la flecha contra la cuerda y sentir la tensión de la cuerda en los dedos le trajo buenos recuerdos. La flecha silbó al salir disparada y acertó casi en el centro de la diana, después le pasó el arma a su amiga y tras explicarle la postura básica y los trucos imprescindibles para no hacerse daño, la dejó tirar. Los primeros intentos acabaron con el proyectil tristemente caído a sus pies, cuando por fin logró disparar algunos se perdieron entre los árboles pasando de largo la diana. La boggan no se dejó llevar por desaliento, pasaron bastante rato practicando, comieron bajo los árboles. El tiempo, que siempre se pone en contra de los que se divierten, pasó volando y muy a su pesar las dos amigas tuvieron que emprender el regreso mucho antes de lo que les hubiese gustado.
De vuelta a su cocina, Costurina dejo el capazo lleno de flores sobre la mesa con desgana, aquella mañana, mientras preparaba la comida para la excursión, pensaba en lo estupendo que sería dedicar las ultimas horas de día a hacer pequeños ramos de flores. Pero ahora la idea ya no le parecía tan atractiva, volvió a sacar el arco de su funda y lo contempló encantada. Le dolían los dedos y estaba bastante segura de que acabarían por salirle ampollas, aunque la verdad es que no le importaba demasiado. Recordó que en un rincón de la despensa había una vieja diana de madera, muy machacada por el uso. Seguramente sería de Nicasia, pero hacia siglos que nadie la usaba y la boggan estaba bastante segura de que a la ingeniera no le importaría que la usase. Fue a recogerla y la colgó de la pared del patio. Aun quedaba algo de tiempo antes de que oscureciese por completo.
Las dos primeras flechas chocaron contra la pared, la tercera estuvo a punto de clavarse en el borde de la diana, Costurina dio un pequeño saltito de triunfo, recogió la flecha, respiró hondo y se concentró en el maltratado disco de madera, mirando el circulo de pintura desconchada que ocupase en el centro como si no hubiese otra cosa en el mundo. Soltó la cuerda, la flecha silbó cortando el aire y se clavó en la diana, muy cerca del centro.
A sus espaldas sonó un aplauso. La posadera se dio la vuelta tan sobresaltada e inquieta como si la hubiesen pillado desnuda en la bañera. Nicasia aplaudía, llevaba puesto su mandil de cuero y la camisa remangada hasta los codos. Costurina no tenía ni idea de cuanto tiempo podía llevar mirando, se había centrado tanto que lo demás simplemente había desaparecido, y ahora bajo la gélida mirada de su tutora, con el arco en la mano se sentía estupida, totalmente fuera de lugar.
-Excelente disparo- Nicasia solo ponía énfasis a sus palabras cuando estaba enfadada, era imposible saber si hablaba en serio o se burlaba de ella.
-Estas de broma-Dijo asombrada, involuntariamente escondió el arma a sus espaldas.
La ingeniera se acercó y la boggan no pudo dejar de asombrarse, ¿Cómo era posible que antes no hubiese escuchado el tap, tap metálico de sus pasos?¿Tan concentrada estaba?
-No era broma.¿Me dejas el arco?
Costurina se lo tendió con un mano temblorosa, sin comprender porque estaba tan nerviosa. Nicasia lo admiró en silencio un segundo, con esa sonrisa discreta que sus labios rojos dibujaban cuando algo le gustaba. Puso una flecha contra la cuerda y el disparo acertó con tal certeza en el blando que la posadera se sintió profundamente humillada, parecía tan sencillo cuando lo hacía la peliblanco.
-Un arma excelente-Murmuró Nicasia casi como si hablase sola, después subió el tono-¿Sabes que esa diana era de tu padre? Él me enseñó a disparar.
Los ojos de la boggan se abrieron como platos.
-¿Mi padre era arquero?-Preguntó asombrada-No lo sabía
-Tu padre era el mejor tirador de la Corte ¿A que te crees que fue a la guerra?¿a hacer pan?
-Bueno era panadero-murmuró confusa-Nunca hablaba de la guerra.
La nocker la contempló un momento, pareció a punto de decir algo, pero la frase murió en sus labios. En lugar se hablar volvió a tenderle el arco.
-Vuelve a intentarlo.
Costurina obedeció, la ingeniera se colocó a sus espaldas y le agarró el brazo izquierdo. Parecía que tenía las manos hechas de cuero viejo y tenia los dedos fríos. A la boggan el corazón le dio un vuelco.
-Mantén firme este brazo-Le aconsejó Nicasia- No aflojes el codo en ningún momento.
La flecha no acertó el centro de la diana pero se quedo a muy poco. La boggan soltó una carcajada y Nicasia volvió a aplaudir.
-Ya está muy oscuro para seguir con esto, pero si quieres otro día podemos seguir practicando.
-¿De verdad me enseñarías?-Preguntó Costurina casi no se podía creer lo que estaba oyendo.
-¿Por qué cojones no iba a hacerlo? A tu padre le hubiese gustado-Respondió Nicasia volviendo a su habitual tono brusco ¿Me necesitas para algo mas? Si no me necesitas me voy a mi cuarto.
-No, no vete. Guardaré la diana hasta el próximo día.
Nicasia se marchó sin decir nada mas y la posadera descolgó la diana de la pared. Había pertenecido a su padre, acarició las cicatrices que las prácticas de tiro habían dejado sobre la madera, algunas de aquellas marcas eran de su padre, que era algo más que un simple panadero. Su padre que tenía bajo su mando un batallón de arqueros, su padre que murió y la dejó sola. Dejo la diana en la pared.
Tal vez no tan sola
Costurina llamó delicadamente a la puerta de Nicasia y asomó la cabeza con cierto reparo. La ingeniera estaba sentada tras su mesa, garabateando unas cuentas.
-¿Podrías hacerme un favor?
-¿Qué ocurre?-Preguntó sin levantar la vista.
La posadera se pasó la lengua por los labios con un gesto nervioso, se quedó en silencio un segundo y por fin reunió valor. La decisión estaba tomada y tenía la certeza de no estar equivocándose, le daba algo de miedo como pudiese reaccionar su tutora, pero si se quedaba callada nunca lo sabría.
-¿Podrías cortarme un poco el pelo?- La voz le tembló al hacer la pregunta.
Nicasia alzó la vista del cuaderno y le lanzó una larga mirada inquisitiva, en la que no faltaba cierta sombra de sorpresa.
-¿Estas segura?
-Solo un poco, creo que va siendo hora. Pero solo podré si lo haces tu.
Nicasia se le señaló una banqueta.
-Súbete ahí y vete soltando el pelo. Voy a por un peine y unas tijeras.
Ninguna de las dos dijo nada. En la habitación solo se escuchaba el chasquido de las tijeras. Al terminar Costurina se rehizo las trenzas, el pelo ya no le arrastraba y al recogerlo se le quedó a un palmo del suelo. La boggan se acercó a su tutora y le puso un grueso mechon dorado en la mano.
-Es un regalo para ti-Le dijo
Nicasia acarició el regaló y se rascó la coronilla con ese curioso gesto incomodo que solía hacer cuando no sabía que decir. Costurina sonrió y sin pensarselo dos veces le soltó un beso en la mejilla. La peliblanca se quedó inmóvil un momento, tensa como si ella misma fuera la cuerda de arco a punto de romperse. Despues abrazó a la boggan.
-Me alegro por ti- Le dijo.
-¿Y tu? ¿Te dejaras crecer el pelo algún día?
Nicasia negó con la cabeza.
-Aun no-Contestó con la voz rota mientras apretaba un poco mas el abrazo sobre su protegida
En la Carbonería era costumbre que los empleados se tomasen de descanso un día de cada cinco jornadas de trabajo. La idea se le había ocurrido a Costurina, al acabar la guerra el negocio empezó a prosperar poco a poco, el refugio se fue convirtiendo en posada a medida que la ciudad empezaba a rehacerse y dejaba a tras un largo periodo de miserias. Siguieron visitando la Carbonería pero ahora pagaban sus almuerzos, agradecidos por la ayuda inestimable que la boggan les había prestado en tiempos de necesidad. Casi sin darse cuenta Costurina se vio al frente de una cantina que cada vez tenía mas clientes, su fama como cocinera, su sonrisa infatigable y unos bonitos ojos azules ayudaron bastante en el proceso. Entonces no se permitió ni un minuto de descanso, si trabajaba de sol a sol era más por la necesidad que tenía de mantener la cabeza ocupada que por el deseo de hacer prosperar el negocio. Nicasia la dejó hacer, ella ocupó el sótano y empezó a trabajar en su taller. Ambas hadas tenían demasiadas cosas en las que no querían pensar, demasiados recuerdos que preferían dejar en un rincón y usaron el trabajo para cerrar sus heridas. Ninguna de las dos interfería en los asuntos de la otra a no ser que alguna solicitase ayuda, cosa que rara vez pasaba. Impusieron sus reglas: la ingeniera tendría total libertad en su reino subterráneo, sobre que el nunca se le harían preguntas ni se le impondrían condiciones, a cambio ella dejaría que la boggan ocupase el resto del enorme edificio para lo que quisiera. No se molestarían la una a la otra bajo ninguna circunstancia. Era un trato mas que razonable y además ella no tenía ningun otro sitio al que ir. La huraña nocker nunca podría sustituir a su familia, ni lo pretendía, pero era la única que se había preocupado por ella. Costurina le estaba agradecida y no pensaba dejar sola a su protectora que por otro lado era un total desastre con las tareas domesticas mas sencillas y necesitaba una mano invisible que la ayudase a vivir con cierta decencia. Así fue como comenzaron a convivir, la cantina pasó a ser posada cuando se habilitaron dormitorios en los inmensos corredores vacíos. Los viajeros no tardaron en aclamar la Carbonería como la mejor posada de la Corte y ni siquiera el hecho de que se pusiera a raya a los alborotadores trabuco en mano, consiguió empañar su reputación.
Fue entonces cuando pudo contratar a otros camareros, estableció las jornadas de descanso y comenzó a buscarse ratos libres a lo largo del día. Se aficionó a leer y le dedicó tiempo a perfeccionar unas dotes de repostera que la habían hecho famosa en toda la región, hasta el punto de que incluso en palacio solicitaban sus dulces con bastante frecuencia. La felicidad había vuelto a su vida y los recuerdos ya no le dolían tanto.
Así que aquel día le tocaba descansar, no se había levantado temprano y en lugar de desayunar en su habitación como hacía la mayoría de las veces se había dado un buen baño y había salido de la posada dispuesta a compartir la hora del desayuno con una buena amiga.
Alcanzar al aldabón de la puerta verde era una tarea imposible incluso para el más alto de los boggan, una vez había intentado ponerse de puntillas y alcanzarlo con la punta de los dedos, pero solo logró sentirse ridícula. Estaba fuera de su alcance, así que dio un par de enérgicos tirones de la cadena que hacia repicar la campanilla dorada, al hacerlo pensó que lo mas seguro es que su amiga aun estuviese en la cama. No era ninguna madrugadora cuando tenía que trabajar, cuando decidía darse un descanso podía darle la hora del almuerzo en brazos del sueño. Una sonrisa traviesa acudió a los labios de Costurina, iba a ser muy divertido…
La mirilla de la puerta se descorrió con un crujido de madera mal engrasada
-¿Quién es?-Preguntó la voz adormilada de Rashid
-Aquí abajo- Exclamó Costurina alejándose de la puerta unos pasos para que el muchacho pudiese verla- Hola Rashid.
-Hola Costurina…¿Vienes a preguntar por alguien? Creo que Mesalina está durmiendo.
-Me están esperando. ¿Me dejas pasar?
Rashid cerró la mirilla y abrió la puerta, el muchacho iba vestido con una sencilla tunica blanca que se notaba que se había puesto a toda prisa y trataba de espantarse el sueño de los ojos, frotándose la cara sin mucho empeño. Costurina pasó al patio de Marsias , no se veía ni un alma, todo eran ventanas cerradas y silencio.
-Ya va siendo hora de estar en pie ¿no crees?
Rashid sonrió y se frotó la cabeza con un gesto perezoso
-No para este tipo de negocio-Contestó el muchacho ahogando un bostezo al tiempo que arqueaba la espalda y estiraba los brazos con un movimiento lento y perezoso.
La boggan abrió la cesta que llevaba colgada del brazo y le puso una magdalena en la mano al chico.
-Anda ve desayunando, a ver si te espabilas. Voy a sacar a Mesalina de sus dominios.
-Ve sin miedo, está en su habitación-Le contestó Rashid antes de morder la magdalena.
Costurina conocía el camino y se alejó despidiéndose con la mano.
En casa de Marsias todo era bastante caótico, a pesar de ser un burdel no tenía demasiadas habitaciones porque preferían tender carpas de tul entre los árboles. Era habitual que tanto a clientes como al personal les sorprendiese el día aun en sus labores. A primera hora de la mañana parecía que sobre el jardín hubiese caído una lluvia de cuerpos desnudos. Hadas de todas las razas y posición dormían placidamente, juntas entre los árboles. La boggan se fue directamente a las habitaciones sin poder evitar un suspiro de desaprobación. El negocio del sátiro no la escandalizaba, pero no dormir en una buena cama le parecía una costumbre muy poco saludable.
Marsias y Mesalina eran los únicos del personal que usaban sus aposentos privados con regularidad, ambos tenían unas reglas muy similares. No trabajaban en sus respectivas habitaciones y las visitas, salvo contadas y selectas excepciones, no eran bienvenidas. Ambos sátiros tenían unas ideas muy curiosas sobre la intimidad, eran muy reservados para cosas que el resto de las hadas consideraría terriblemente normales. Apenas nadie sabía que Marsias coleccionaba libros, al perecer tenía una nutrida biblioteca. Costurina sabía que debía ser cierto, Nicasia solía regalarle libros con frecuencia y Mesalina se lo había mencionado alguna vez, pero ni ella ni nadie habían visto al patacabra leer una línea. Por su parte Mesalina jamás dormía con los clientes, ni la suma mas jugosa conseguía hacerla cambiar de idea. En cuanto empezaba a amanecer se marchaba del jardín y se iba a su cama sola. “Hay que conservar parte del misterio” le había confesado una vez “recién levantada es muy difícil parecer encantadora”.
Costurina llamó a la puerta del dormitorio de su amiga, no contestó nadie, ni siquiera cuando volvió a llamar con más energía. Giró el picaporte y para su sorpresa, la llave no estaba echada y la puerta se abrió con un suave crujido. En ciertos cuentos, las habitaciones de las cortesanas son estancias fastuosas y esplendidas, llenas de lujo y exotismo. Mesalina no cumplía con este tópico poético. Era cierto que su habitación era amplia y daba a una gran terraza, pero las paredes estaban pintadas con un tosco color albero, y el techo dejaba las vigas al descubierto. El desorden reinaba por la habitación como si un pequeño torbellino se hubiese dedicado a abrir todos los armarios para esparcir su contenido. Justo ante la puerta había un discreto tocador casi sepultado entre ropa abandonada, joyas y tarritos de contenido misterioso, la pequeña banqueta que reposaba ante el mueble no corría mejor suerte. Sobre el suelo, reposaban algunas de las carísimas prendas del ajuar de trabajo de la sátira, placidamente olvidadas junto a otras mucho más modestas.
La responsable de aquel desastre dormía a pierna suelta protegida por un sencillo dosel de tul carmesí, que colgaba de una de las vigas y caía sobre la cama ocultando en parte a su ocupante. Al verla Costurina entendió porque Mesalina ponía tanto empeño en mantener la privacidad de sus horas de sueño. Pese a que dormía desnuda, no era precisamente una visión de ensueño, estaba tumbada boca arriba con las manos sobre el estomago y las piernas separadas, roncando feliz como una criatura. La boggan no pudo contener la risa, acababa de descubrir un dato desconocido de su amiga. Se acercó a la cama con paso decidido y tiró de las sabanas. Mesalina se tumbó de costado con un sonoro resoplido y la ignoró totalmente. La camarera no quería ser brusca, pensó un momento y sonriendo se acercó a la oreja de su amiga.
-Dujal acaba de llegar- Le susurró.
Mesalina abrió los ojos de golpe y se incorporó con torpeza mientras su cabeza trataba de asimilar la noticia. Tardó unos segundos en fijar la vista en Costurina y darse cuenta de su presencia.
-¿Qué haces aquí?-Le preguntó ahogando un bostezo
-Es mi día libre y decidí hacerte una visita.
La patacabra se desplomó sobre el colchón y se tapó la cara con las manos.
-Sabes que aquí siempre eres bienvenida ¿pero tenias que venir tan temprano? Anda se buena y vuelve a la hora de almorzar, invito yo.
-Eso supondría pasar la mañana sola y desperdiciar la mitad de mi día libre.
Mesalina se tapó la cara con la almohada y ahogó un gruñido
-¡Don del sol¡ Tienes suerte de que me toquen unos días de descanso…sino ahora mismo te tiraba por la terraza.
-No creo que lo lograrás-Replicó Costurina divertida
-Lo averiguaremos en otra ocasión, cuando esté algo mas despejada- La sátira se enrolló las sabanas alrededor de la cintura, estiro el cuerpo con la lenta pereza de los gatos y finalmente se puso en pie sin demasiadas ganas-Vale, yo voy a asearme un poco, tú mientras ve poniendo la mesa, a ver que apañamos de desayuno.
La sátira desapareció tras una mesa y dejó a su amiga totalmente desconcertada. Paseó los ojos por aquel intolerable desorden ¿Dónde iba a poner la mesa? No había ni un solo mueble, que no estuviese totalmente cubierto de trapos y trastos, para Costurina aquello era como la antesala del infierno. Tras mucho dudar despejó una pequeña mesa que encontró abandonada en un rincón, totalmente cubierta de frascos de cristal vacíos que aun desprendían sospechosos aromas. Costurina los dejó todos en el suelo y sacó la mesa a la terraza, para poder desayunar al sol. La boggan gruñó al contemplar la mesa a la luz del día, la superficie estaba intolerablemente sucia. Tras buscar un poco recogió del suelo lo que parecía un trapo usado, y tras invocar una suave lluvia sobre el mueble se puso a secarlo concienzudamente. El grito horrorizado de la sátira evitó que dejase el mueble inmaculadamente limpio.
-¡Don del sol¡! Esa tunica es de raso y además de muy cara, es el regalo de un cliente muy importante ¡
-¿De que tunica hablas? –preguntó la posadera
-¡De la que tienes en la mano¡
Costurina contempló el trapo y lo estiró con gestó asombrado. Era una tunica pero la tela era tan escasa y el corte tan inverosímil que costaba creer que realmente fuese una prenda de ropa.
-¿Qué se supone que tapa esto?
-Nada- Contestó la sátira mirando desolada la prenda- Ahí está la gracia… en que no tapa nada.
-Oh pues si todo su encanto es ese…yo puedo prestarte unas enaguas mias y te quedaran tan ridículas como esto.
Las dos amigas se miraron un instante. Costurina desafiante con la tunica que Mesalina contemplaba perdida en sus propios pensamientos. Las dos hadas se miraron a los ojos un instante y la misma idea les pasó por la cabeza. Ambas dejaron escapar una sonora carcajada.
-¿Me imaginas?
-Creo que el único modo de que te tapasen algo sería que las usases de sombrero.
Fiel a su idea de que la mejor manera de empezar el día era con el estomago satisfecho, Costurina había traído en la cesta suficientes magdalenas como para alimentar a todo el burdel, de todas las clases y texturas. Además de una jarra llena de chocolate, media bizcocho de manzanas y nueces, un barra de pan, mantequilla y dos tipos de mermelada. El tamaño de la boggan era inverso a su apetito, la pequeña hada parecía ser toda estomago. Comía de un modo lento, haciendo galas de unos estupendos modales pero ella sola dio buena cuenta de una bandeja de magdalenas entera y dos tazas de chocolate. Mesalina ya no podía más cuando Costurina tras haber devorado un par de tostadas decidió que le apetecía probar el bizcocho.
-¿Cómo es posible que aun tengas hambre?-Preguntó la sátira dejando su servilleta sobre la mesa. Ella ni siquiera tenía costumbre de desayunar, solía tomar un almuerzo ligero que por las horas casi era una merienda. El apetito de su amiga era algo que la fascinaba.
-Nos espera un día duro, es mejor coger energías- Respondió tras apartar su plato con gesto satisfecho.
-¿Cómo que un día duro? ¿Es que no vamos a dar una vuelta por el mercado como hacemos siempre?
-Nada de eso, me apetece romper un poco la rutina y salir de la Corte para variar. He pensado que podríamos hacer una excursión. Me gustaría coger flores para decorar el comedor de la posada.
Mesalina contempló de reojo la colección de frascos vacíos que reposaban sobre el suelo.
-Bueno estoy en mi descanso del ciclo y la verdad es que no me vendría mal ir a recoger algunos ingredientes, me saldría mas barato que ir al herbolario. ¿Cómo vamos a ir? Porque si tú idea es ir andando ahora mismo vuelvo a la cama.
-¡No¡ Tengo que enseñarte algo estupendo. ¡Vamos a la puerta¡
Lo que Costurina quería enseñarle esperaba tranquilamente a la puerta del burdel, se trataba de un carro verde de paseo, de dos ruedas, llevaba al tiro a un pony robusto de color paja, con las crines cortas que esperaba tranquilamente comiéndose la hiedra de la pared. La boggan se acercó al animal resplandeciente de felicidad y le palmeó la cabeza.
-¿Te gusta? Me lo ha regalado Nicasia.
-¿Ella? –Mesalina torció la boca sin tratar de disimular su desagrado-No la hacía tan generosa
-No se te ocurra hablar mal de Nicasia delante mía-Advirtió la boggan en un tono repentinamente seco-Nunca he entendido que tienes contra ella, puede que no tenga un carácter fácil, pero es buena a su manera. Tu solo has visto la fachada.
La sátira resopló y se mordió los labios para no hablar. Detestaba el modo en que la ingeniera trataba a Marsias. No se le escapaba como la miraba el sátiro, miradas encendidas que desbordaban cariño. No le cabía la menos duda de que sátiro amaba a la peliblanco como no había amado a nadie jamás, se daba cuenta en los pequeños gesto cariñosos que tenía con ella. Pero Nicasia era otra historia, en sus ojos solo había hielo, jamás se encendían, jamás demostraban nada, jamás hacia un gesto de acercamiento. Parecía que en su corazón no había sitio para los sentimientos y Mesalina la odiaba porque estaba seguro de que a Marsias aquella frialdad le hacía dañó. Le costaba mucho trabajo creer que la ingeniera albergase esos buenos sentimientos de los que hablaba Costurina, pero sabia que una mala réplica podía echar el día a perder y prefirió guardarse las palabras.
-¿Hay algún motivo para el regalo o siempre es así de desprendida?-pregunto tratando de sus palabras no sonasen demasiado venenosas.
-Fue el aniversario de mi primer día de sol- Respondió sin dejarle de hacerle cariños al pony-Ya sabes que siempre me regala algo.
-Pensé que solían ser cacharros mecánicos, muñecas y cachivaches de los que hace ella.
-Normalmente lo son, pero dice que a ver si empiezo a salir de la Corte. Y bueno…¿Nos vamos de excursión o no?
-Nos vamos- Contestó con una sonrisa-Voy a coger un par de cosas y vuelvo ahora mismo.
Mesalina volvió a entrar en el burdel y al cabo de un rato salió con un viejo capazo de mimbre y un paquete bastante grande metido en una funda de cuero relucientemente nueva
-¿Y eso?-La boggan estiró el cuello sin poder reprimir su curiosidad.
-Ya lo sabrás-Contestó la sátira metiendo las cosas en el carro-Venga coge la riendas y vamos a ponernos en marcha.
Tardaron muy poco en salir de la Corte, hacía un perfecto día de sol. Tras consultar la lista de ingredientes de Mesalina decidieron acercarse al bosque, estaban en temporada para recoger unas setas llamadas “uñas de troll” que la sátira necesitaba para sus potingues. Solían crecer bajo las piedras, cerca de los arroyos. A Costurina el sitio le daba igual mientras hubiese flores. Aprovecharon buena parte del trayecto para ponerse al día de los cotilleos de la Corte. Solía competir por ver cual de las dos conocía la noticia más jugosa, posadas y burdeles son lugares excelentes para soltar la lengua, aunque Mesalina casi siempre llevaba las de ganar y esta vez no era ninguna excepción. Finalmente llegaron al arroyo. Costurina dejó suelto al pony para que pastase a sus anchas y las dos cogieron sus respectivos capazos.
Decidieron parar cerca del molino, en aquella zona aun había bastante ajetreo ce carros y viajeros y no sería necesario adentrarse demasiado en el bosque. No era buena idea hacerlo, el invierno había sido duro y había vuelto audaces a los lobos, que por primera vez en años habían bajado de la montaña hasta el mismo valle. Por si los lobos pareciesen poca amenaza, otros habitantes del bosque también habían pasado hambre y estos últimos tenían menos escrúpulos que los lobos. De todos modos el paisaje allí era perfecto para una pequeña acampada; bajo unos densos almendros cuajados de flores blancas el arroyo ensanchaba su cauce y saltaba alegre entre las ruedas del molino salpicando con el agua del deshielo los primeros narcisos, que ya doblaban sus tallos bajo el peso de sus elegantes cabezas amarillas. Las hadas cogieron sus capazos y empezaron con su tarea. Al cabo de un rato Costurina tenía Narcisos de sobra para alfombrar varias habitaciones y se prefirió coger algunas varas de almendro, Mesalina no parecía tener la misma suerte, bajo las piedras solo encontró musgo y al levantar un tronco muerto, un montón de niscalos la saludaron temblorosos. Las “uñas de troll” brillaban por su ausencia.
-Bueno-Gruñó cortando las setas- Al menos esta noche podremos hacernos una tortilla. No entiendo que ha pasado, el año pasado este sitio estaba lleno.
-Tal vez se te han adelantado-Aventuró Costurina dejando su capazo rebosante de flores en el suelo.
-Lo dudo, esas setas no se comen y para aprovechar sus propiedades afrodisiacas hace falta un proceso de destilación muy largo. No sé para que iba a quererlas nadie. Lo que pasa es que la última vez vine a buscarlas con Dujal, ni te imaginas como se agradece un buen olfato para ciertas cosas.
-Si que me imagino, respecto a Dujal soy capaz de imaginarme muchas cosas –Respondió atando un haz de varas de almendro.
Mesalina se mordió los labios, había elegido un mal tema de conversación.
-Costurina…si te molesta que Dujal venga a buscarme, le diré de deje de hacerlo…No me gustaría que el gato nos distanciara.
La boggan dejó sus labores y se arrojó a los brazos de la sátira con tal ímpetu que ambas hadas rodaron por el suelo, la sátira se vio de repente metida en un torbellino de besos y flores aplastadas faltó muy poco para que las dos acabasen en el agua.
-¿Qué esto de besuquearme gratis?-Digo la sátira medio ahogada por la risa-Señorita yo para el cuerpo a cuerpo tengo una tarifa.
-Espero que el almuerzo que he traído sea paga suficiente, porque el monedero me lo he dejado en casa.
Los giros habían desecho las trenzas de la posadera. Para las jornadas de trabajo solía recogerse el pelo con única trenza, gruesa y larga, porque era mas cómodo para el trabajo, pero los días de descanso, en un pequeño gesto de coquetería se hacía dos. Ahora una cascada de pelo rubio la cubría por completo, salpicada de hojas, briznas de hierba y pétalos amarillos. Mesalina se quedó muda de asombro. Nunca había visto la melena de Costurina suelta, la cubría por completo, como un traje dorado. La boggan se pasaba los dedos entre los cabellos tratando de quitarse todo lo que se le había quedado enredado. Tratando inútilmente de arreglar aquel desastre
-¡Don del sol¡ ¿Cuánto hace que no te cortas el pelo?-preguntó la sátira cuando se recuperó del asombro
-Desde que murieron mis padres, nosotros, los boggans, hacemos el luto así-Dijo agobiada, sus ojos azules temblaron a punto de desbordarse en lágrimas.
-Desde la guerra…pero eras una cría…dios cunado lo llevas recogido no parece tan largo.
-Uso un hechizo-Gimió Costurina tirándose del pelo-Por eso me hago las trenzas. Tengo unas horquillas especiales y así no me arrastra por el suelo, ni pesa. No te imaginas lo molesto que es esto.
-¡Deja de darte tirones!
Mesalina fue el carro y volvió con su bolsita de viaje, tras hurgar un poco en su interior sacó peine de hueso con un gesto de triunfo.
-Vamos a arreglar este desastre-Dijo cogiendo un mechón de pelo de su amiga-¿Por qué no te lo cortas aunque sea un poco? Tus padres no te lo tendrían en cuenta.
La boggan se secó los ojos.
-No es por solo por mis padres, los he echado de menos cada día. Nicasia no es una persona fácil, el cariño no es lo suyo.
-¿De verdad?-Mesalina sacó una ramita seca de entre un montón de cabello rubio-¿Por que será que no me sorprende?
-No seas cruel, lo intenta. Siempre se acuerda de mis “días del sol”, se preocupó de que no me faltase nada, nada material. Pero nunca me ha dado un abrazo. Cuando tenía pesadillas se quedaba sentada al borde de mi cama y me decía que no me asustase pero ni me tocaba. A veces me leía cosas hasta que me dormía, pero me leía lo primero que pillaba. Una vez me leyó un tratado de magia geomántica. No sé como viviría antes de la guerra pero siempre he tenido muy claro que dentro de Nicasia hay algo terriblemente roto, y lo de Manx no la ayudó nada.
Pero me acostumbré ¿sabes? Me acostumbré y salí adelante. Y cuando creía que podía cortarme el pelo y empezar a vivir por apareció Dujal y me enamoré como una idiota-Costurina dio un respingo-¡Hey eso duele¡
-Lo siento-Se disculpó la sátira concentrada en sus labores de peinado-Menudo enredo tienes aquí. ¿Y que tiene que ver Dujal con tu pelo?
-Que Dujal me dio dos besos y yo me creí que estaba enamorado. Él me advirtió que no me hiciese ideas equivocadas pero creí- la boggan sollozó-Creí que con el tiempo el también me amaría, creí que al final se quedaría conmigo. Lo metí en mi cama como una tonta. Y Dujal es Dujal. Solo se quiere a si mismo. Cuando se fue me dí cuanta de que aun echaba de menos que alguien me quisiera, aun necesito que alguien me quiera. No puedo cortarme el pelo. No estoy lista para olvidar.
-Te advirtió- Dijo Mesalina tras un suspiro de resignación-Sé que no es excusa, pero si te sirve de consuelo no creo que actúe de mala fe. Tampoco quiero excusarlo, simplemente no está en su naturaleza atarse a la cama de nadie.
-¿Ni siquiera a la tuya?-Preguntó Costurina secándose los ojos
-¡Los hados me libren! No te voy a decir que no me gusta para un rato - La patacabra dividió la melena de su amiga en dos y empezó a trenzar una de las mitades- Pero él y yo nos parecemos demasiados, él no quiere arrimarse a nadie demasiado tiempo y a mi no me apetece tener a nadie pegado a mis faldas
-Dicho así parecéis la pareja ideal.
-Nada de eso, somos demasiado iguales. Acabaría en fracaso y no me gusta fracasar en nada.
Mesalina necesitó un buen rato para acabar de trenzar la interminable melena rubia y aun así cuando terminó descubrió desolada que las trenzas arrastraban por el suelo. Costurina se limitó a encogerse de hombros con resignación y ha enrollarse parte de las trenzas formaban dos curiosos moños que le daban un curioso aire de princesa de tiempos remotos.
-No creo que encontremos tus horquillas entre las flores ¿no te pesa la cabeza?
-Estoy acostumbrada-La boggan había perdido todo el buen humor de golpe, intentaba parecer tan feliz como antes, pero hablaba en un forzado tono monocorde y hasta los ojos se le habían apagado.
La sátira no quería llevarse la tristeza de vuelta a casa, se fue hasta el carro y sacó el bulto envuelto en cuero. Conocía demasiado bien a su amiga como para no saber que la curiosidad sería mucho más fuerte que sus ganas de lamentarse. No se equivocó, Costurina le lanzó una mirada fugaz, encendida de curiosidad y luego trató de disimular su interés fingiendo que buscaba sus desaparecidas horquillas entre la hierba. Mesalina ocultó una sonrisa de satisfacción y le tendió el paquete a la posadera.
-Mi regalo de tu “día del sol”-Dijo mientras le tendía el paquete
La boggan la miró sorprendida. Era un paquete alargado, no demasiado grueso, por la forma le resultaba imposible hacerse una idea de que podía ser.
-La mejor manera de que lo averigües es abriéndolo-Fue su respuesta
Costurina no se hizo de rogar, soltó los dos pequeños cierres de madera y desenrolló el cuero, tan finamente curtido y tan suave que parecía una tela oscura. Algún artesano especialmente hábil había perfumado la piel con un discreto toque a sándalo. Cuando desenrolló el paquete salió a la luz un precioso arco corto, tallado en una única pieza de hueso gris y pulido hasta conseguir arrancarle al material un precioso brillo. Era un arma esplendida, ligera y calibrada, con un discreto tallado en las puntas. Un carcaj con veinte flechas completaban el regalo. La posadera necesito un momento para reaccionar, salvo los cuchillos de su cocina nunca había sostenido un arma en sus manos, no entendía el porqué de un regalo como aquel.
-¿A que viene esto?-Acariciaba el hueso con la punta de los dedos, tan fascinada como extrañada.
-Es un hueso hecho con parte de la costilla de un leviatán-Aclaró Mesalina-Me lo regaló un marinero hace mucho tiempo y nunca lo he usado, creo que a ti te hará mejor servicio que mi.
-¿A mi?-Costurina no entendía nada-No veo como…
-Porque eres demasiado inofensiva. No te lo tomes a mal pero nosotras necesitamos dientes y garras más que cualquier macho, el mundo es cruel para nuestro sexo.
-¿Crees que esto me dará mas seguridad en mi misma?
-Creo que te divertirá. Necesitas algo que te saque de tus cacerolas y tus labores domesticas. Algo más contundente que recoger flores.
-Me gusta recoger flores-Protestó la boggan.
-Y no seré yo quien te lo impida, pero nunca está de más tener otras vías de escape…
Costurina meditó un segundo las palabras de su amiga. Una enorme sonrisa le iluminó la cara
-¿Me enseñas?
-¿Yo? No soy ningún portento y tú tienes una experta en casa.
-No creo que Nicasia tenga tiempo ni paciencia para enseñarme…
-Nunca llegué a probar ese arco…busquemos algo que sirva de diana- Mesalina no estaba por la labor de hacerse rogar.
Eligieron el tronco seco de un chopo como blanco de sus prácticas de tiro, estaba lo bastante lejos del camino como para no tener que preocuparse por las flechas perdidas, pero sin adentrarse demasiado en el bosque. Mesalina era buena tiradora, era habitual que los niños de Fuegovivo hiciesen competiciones de de tiro, poner la flecha contra la cuerda y sentir la tensión de la cuerda en los dedos le trajo buenos recuerdos. La flecha silbó al salir disparada y acertó casi en el centro de la diana, después le pasó el arma a su amiga y tras explicarle la postura básica y los trucos imprescindibles para no hacerse daño, la dejó tirar. Los primeros intentos acabaron con el proyectil tristemente caído a sus pies, cuando por fin logró disparar algunos se perdieron entre los árboles pasando de largo la diana. La boggan no se dejó llevar por desaliento, pasaron bastante rato practicando, comieron bajo los árboles. El tiempo, que siempre se pone en contra de los que se divierten, pasó volando y muy a su pesar las dos amigas tuvieron que emprender el regreso mucho antes de lo que les hubiese gustado.
De vuelta a su cocina, Costurina dejo el capazo lleno de flores sobre la mesa con desgana, aquella mañana, mientras preparaba la comida para la excursión, pensaba en lo estupendo que sería dedicar las ultimas horas de día a hacer pequeños ramos de flores. Pero ahora la idea ya no le parecía tan atractiva, volvió a sacar el arco de su funda y lo contempló encantada. Le dolían los dedos y estaba bastante segura de que acabarían por salirle ampollas, aunque la verdad es que no le importaba demasiado. Recordó que en un rincón de la despensa había una vieja diana de madera, muy machacada por el uso. Seguramente sería de Nicasia, pero hacia siglos que nadie la usaba y la boggan estaba bastante segura de que a la ingeniera no le importaría que la usase. Fue a recogerla y la colgó de la pared del patio. Aun quedaba algo de tiempo antes de que oscureciese por completo.
Las dos primeras flechas chocaron contra la pared, la tercera estuvo a punto de clavarse en el borde de la diana, Costurina dio un pequeño saltito de triunfo, recogió la flecha, respiró hondo y se concentró en el maltratado disco de madera, mirando el circulo de pintura desconchada que ocupase en el centro como si no hubiese otra cosa en el mundo. Soltó la cuerda, la flecha silbó cortando el aire y se clavó en la diana, muy cerca del centro.
A sus espaldas sonó un aplauso. La posadera se dio la vuelta tan sobresaltada e inquieta como si la hubiesen pillado desnuda en la bañera. Nicasia aplaudía, llevaba puesto su mandil de cuero y la camisa remangada hasta los codos. Costurina no tenía ni idea de cuanto tiempo podía llevar mirando, se había centrado tanto que lo demás simplemente había desaparecido, y ahora bajo la gélida mirada de su tutora, con el arco en la mano se sentía estupida, totalmente fuera de lugar.
-Excelente disparo- Nicasia solo ponía énfasis a sus palabras cuando estaba enfadada, era imposible saber si hablaba en serio o se burlaba de ella.
-Estas de broma-Dijo asombrada, involuntariamente escondió el arma a sus espaldas.
La ingeniera se acercó y la boggan no pudo dejar de asombrarse, ¿Cómo era posible que antes no hubiese escuchado el tap, tap metálico de sus pasos?¿Tan concentrada estaba?
-No era broma.¿Me dejas el arco?
Costurina se lo tendió con un mano temblorosa, sin comprender porque estaba tan nerviosa. Nicasia lo admiró en silencio un segundo, con esa sonrisa discreta que sus labios rojos dibujaban cuando algo le gustaba. Puso una flecha contra la cuerda y el disparo acertó con tal certeza en el blando que la posadera se sintió profundamente humillada, parecía tan sencillo cuando lo hacía la peliblanco.
-Un arma excelente-Murmuró Nicasia casi como si hablase sola, después subió el tono-¿Sabes que esa diana era de tu padre? Él me enseñó a disparar.
Los ojos de la boggan se abrieron como platos.
-¿Mi padre era arquero?-Preguntó asombrada-No lo sabía
-Tu padre era el mejor tirador de la Corte ¿A que te crees que fue a la guerra?¿a hacer pan?
-Bueno era panadero-murmuró confusa-Nunca hablaba de la guerra.
La nocker la contempló un momento, pareció a punto de decir algo, pero la frase murió en sus labios. En lugar se hablar volvió a tenderle el arco.
-Vuelve a intentarlo.
Costurina obedeció, la ingeniera se colocó a sus espaldas y le agarró el brazo izquierdo. Parecía que tenía las manos hechas de cuero viejo y tenia los dedos fríos. A la boggan el corazón le dio un vuelco.
-Mantén firme este brazo-Le aconsejó Nicasia- No aflojes el codo en ningún momento.
La flecha no acertó el centro de la diana pero se quedo a muy poco. La boggan soltó una carcajada y Nicasia volvió a aplaudir.
-Ya está muy oscuro para seguir con esto, pero si quieres otro día podemos seguir practicando.
-¿De verdad me enseñarías?-Preguntó Costurina casi no se podía creer lo que estaba oyendo.
-¿Por qué cojones no iba a hacerlo? A tu padre le hubiese gustado-Respondió Nicasia volviendo a su habitual tono brusco ¿Me necesitas para algo mas? Si no me necesitas me voy a mi cuarto.
-No, no vete. Guardaré la diana hasta el próximo día.
Nicasia se marchó sin decir nada mas y la posadera descolgó la diana de la pared. Había pertenecido a su padre, acarició las cicatrices que las prácticas de tiro habían dejado sobre la madera, algunas de aquellas marcas eran de su padre, que era algo más que un simple panadero. Su padre que tenía bajo su mando un batallón de arqueros, su padre que murió y la dejó sola. Dejo la diana en la pared.
Tal vez no tan sola
Costurina llamó delicadamente a la puerta de Nicasia y asomó la cabeza con cierto reparo. La ingeniera estaba sentada tras su mesa, garabateando unas cuentas.
-¿Podrías hacerme un favor?
-¿Qué ocurre?-Preguntó sin levantar la vista.
La posadera se pasó la lengua por los labios con un gesto nervioso, se quedó en silencio un segundo y por fin reunió valor. La decisión estaba tomada y tenía la certeza de no estar equivocándose, le daba algo de miedo como pudiese reaccionar su tutora, pero si se quedaba callada nunca lo sabría.
-¿Podrías cortarme un poco el pelo?- La voz le tembló al hacer la pregunta.
Nicasia alzó la vista del cuaderno y le lanzó una larga mirada inquisitiva, en la que no faltaba cierta sombra de sorpresa.
-¿Estas segura?
-Solo un poco, creo que va siendo hora. Pero solo podré si lo haces tu.
Nicasia se le señaló una banqueta.
-Súbete ahí y vete soltando el pelo. Voy a por un peine y unas tijeras.
Ninguna de las dos dijo nada. En la habitación solo se escuchaba el chasquido de las tijeras. Al terminar Costurina se rehizo las trenzas, el pelo ya no le arrastraba y al recogerlo se le quedó a un palmo del suelo. La boggan se acercó a su tutora y le puso un grueso mechon dorado en la mano.
-Es un regalo para ti-Le dijo
Nicasia acarició el regaló y se rascó la coronilla con ese curioso gesto incomodo que solía hacer cuando no sabía que decir. Costurina sonrió y sin pensarselo dos veces le soltó un beso en la mejilla. La peliblanca se quedó inmóvil un momento, tensa como si ella misma fuera la cuerda de arco a punto de romperse. Despues abrazó a la boggan.
-Me alegro por ti- Le dijo.
-¿Y tu? ¿Te dejaras crecer el pelo algún día?
Nicasia negó con la cabeza.
-Aun no-Contestó con la voz rota mientras apretaba un poco mas el abrazo sobre su protegida
jueves, 11 de febrero de 2010
Se me pasa el arroz
O eso sostienen las amistades que quieren hacerme madre (en el buen sentidoooo)Pero si se me pasa el arroz siempre podremos comer fideos. Hace 11 años que escucho la misma cancion para autofelicitarme...
A por otros 32
A por otros 32
miércoles, 3 de febrero de 2010
Inauguramos “La Carbonería”
Inauguramos “La Carbonería”
Bueno pues ya estamos en marcha con los trabajos del master, y la verdad es que son muchos. Pero al menos tengo que escribir un montón y de eso por cojones algo aprenderé. He decidido que iré colgando los trabajos de clase en el otro blog
http://elrincondelacarboneria.blogspot.com/
Me viene bien porque escribir siempre sobre la misma temática me aburre un poco y así de cuando en cuando cambio el chip y me fuerzo a intentar otras cosas, que no solo de hadas viven las locas majaras. En breve tengo pensado colgar cuatro relatos que están ya casi, casi:
Ódiame- Un relato de desamor algo cabrón, es que menos me ha gustado escribir. Quería hacer que encajase mas con la tónica de lo que suele escribir la gente en el master.
Me dejas sin palabras- Un relato en clave de humor, sobre un curioso trío ¿amoroso?. Un pequeño homenaje al humor descabellado que tanto me gusta leer.
Kepchup- Usando la estructura de los relatos de Guy de Maupassant, es un historia que está entre el relato negro y el humor macabro.
Lo que dejo atras- Un intento de relato de terror,es un modesto spin off de “Apocalipsis Z”
Por ahora os dejo con lo primero, un microrrelato de prosa poética (que no poesía). Tambien hay que escribir poesía para el master pero eso si que no lo pienso colgar, conozco de sobra bien mi capacidad para el ripio y os apreció demasiado para daros a leer eso.
Esto no quiere decir que abandone “La Corte”, de hecho tengo una sorpresa para San Valentín.
Espero que disfrutéis mis paridas
Bueno pues ya estamos en marcha con los trabajos del master, y la verdad es que son muchos. Pero al menos tengo que escribir un montón y de eso por cojones algo aprenderé. He decidido que iré colgando los trabajos de clase en el otro blog
http://elrincondelacarboneria.blogspot.com/
Me viene bien porque escribir siempre sobre la misma temática me aburre un poco y así de cuando en cuando cambio el chip y me fuerzo a intentar otras cosas, que no solo de hadas viven las locas majaras. En breve tengo pensado colgar cuatro relatos que están ya casi, casi:
Ódiame- Un relato de desamor algo cabrón, es que menos me ha gustado escribir. Quería hacer que encajase mas con la tónica de lo que suele escribir la gente en el master.
Me dejas sin palabras- Un relato en clave de humor, sobre un curioso trío ¿amoroso?. Un pequeño homenaje al humor descabellado que tanto me gusta leer.
Kepchup- Usando la estructura de los relatos de Guy de Maupassant, es un historia que está entre el relato negro y el humor macabro.
Lo que dejo atras- Un intento de relato de terror,es un modesto spin off de “Apocalipsis Z”
Por ahora os dejo con lo primero, un microrrelato de prosa poética (que no poesía). Tambien hay que escribir poesía para el master pero eso si que no lo pienso colgar, conozco de sobra bien mi capacidad para el ripio y os apreció demasiado para daros a leer eso.
Esto no quiere decir que abandone “La Corte”, de hecho tengo una sorpresa para San Valentín.
Espero que disfrutéis mis paridas
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