¿Nunca os habéis preguntado por qué usamos el acebo como adorno navideño?¿Por qué los anglosajones se besan bajo el muérdago o porque se adornan los abetos? Puede que las navidades sean una de las fiestas cristianas por antonomasia pero están plagadas de supersticiones herederas de los antiguos mitos paganos. Otro años que me pille con mas ganas os hablaré de las Brumalias y las fiestas del Sol Invicto porque sería un tema para hablar largo, tendido, tumbado…la postura es lo de menos, pero desde luego es uno de esos asuntos que exigen que te pongas cómoda antes de empezar a contar y esta vez servidora anda un poco justa de tiempo. Así que solo puedo dejaros un par de datos curiosos:
Estos días es muy común ver hojas y frutas de acebo (Ilex aquifolium) usadas como adorno navideño, una costumbre que los países mediterráneos heredamos de países con climas más fríos. No solo porque aquí el acebo no sea una planta común (que también) sino porque su uso lo impuso la Iglesia para desbancar al muérdago (Viscum álbum) como adorno navideño. El muérdago común es una planta parasitaria que crece en ciertos árboles a la que los druidas celtas tenían en alta estima como panacea para todo tipo de males (aunque en dosis altas es tóxica y puede producir bradicardias), solo se podía recoger de ciertos robles que los druidas consideraban sagrados y al parecer recolectaban cortando las ramas con cuchillos y hoces de oro (acordaos que Panoramix siempre una pequeña hoz de oro atada al cinturón, ahora ya sabéis para que). La costumbre era colgar estas ramas de muérdago en las puertas de la casas para protegerlas de cualquier mal, también era el modo de dar la bienvenida a los viajeros. Era obligatorio entrar desarmado en una casa protegida con esta planta sagrada, si invitabas a tu casa a un enemigo acérrimo, hacerlo pasar por un arco adornado con muérdago era un modo de asegurarte que no te causaría ningún mal mientras estuviese bajo tu techo. ¿Pero por qué los besos? Tenemos que irnos a Escandinavia para explicar esto. Para los escandinavos el muérdago estaba vinculado a la diosa de la fertilidad y el amor, Frigga. En su honor las parejas de amantes se besaban bajo esta planta, esperando que de este modo la diosa bendijera su amor con una tropa de pequeños y rubios escandinavitos…Esta gente viajaba mucho y era amiga de compartir su cultura con otros pueblos (los ingleses solían recibir con mucho jolgorio las visitas de los hombres del norte, a los que ellos llamaban normandos y con los que solían intercambiar largas jornadas de hachazos, flechazos, quema de aldeas, robo de ganado, rapto de féminas…cosas agradables) Los ingleses heredaron la tradición del muérdago de los normandos y también el gusto por compartir su cultura con otras gentes (tanto si la otra gente quería como si no) y así se extendió lo de de repartir cariño (y hachazos)
Cuando en el 330 d. C la iglesia fija la fecha del nacimiento de Cristo el 25 de Diciembre (7 de enero si eres ortodoxo) se prohíbe por completo el uso del muérdago debido a su asociación con los cultos paganos e imponen el acebo como sustituto ya que sus hojas picudas recuerdan las espinas de la corona del Salvador y las bayas rojas las gotas de su sangre, motivo por el que se hacen coronas circulares con el acebo y es que los padre de la Iglesia siempre han sido unos tipos muy alegres. Desgraciadamente lo de besarse bajo el muérdago era mas divertido que mirar una planta y pensar en la mortificación de la carne, así que ambos usos persisten hoy en día. Solo que el muérdago está prohibido por la Iglesia y de hecho no se puede adornar ningún templo consagrado con esta planta. (Por cierto tampoco puede llevarse corsé en las iglesias, steampunkeros, gotikos y gente con problemas de espalda: toca joderse)
¿Y el abeto? Quienes piensan que adornar tu casa con un abeto es una americanada deberían replanteárselo, ya que de hecho es una costumbre alemana. Ellos fueron los primeros en adornar el interior de las casas con estos arbolitos durante la Navidad, lo hacen desde el S XVI y la creencia mas extendida es que fue Lucero, sorprendido por la belleza con la que nieve brillaba sobre las agujas de este árbol, el primero que usó este adorno como sustituto del belén,llevando un abeto a su casa y adornando las ramas con velas. En el s XVII ya era una costumbre extendida por todos los países protestantes y un símbolo anti católico. En todos menos en Gran Bretaña. Seria Alberto, esposo de la reina Victoria, que era de origen alemán quien introduciría esta costumbre por primera vez en un hogar inglés y ya sabéis como eran los ingleses con la reina Victoria, si ella lo hacía, los demás no iban a ser menos.
En EEUU serian las oleadas de inmigrantes alemanes del s XIX y principios del XX las que instaurarían el abeto como árbol navideño y desde ahí, vía Hollywood a todo el mundo. Curiosamente los países católicos no deberían tener árboles de navidad, ya que nacieron como una costumbre anti papista pero bueno, ahora ya sabéis que un belén junto a un abeto puede ser o una enorme ironía o un símbolo de tolerancia y convivencia religiosa
domingo, 26 de diciembre de 2010
miércoles, 15 de diciembre de 2010
El otro proyecto
Bueno algunos ya sabéis de la nueva aventura en la que estoy embarcada, esa que me está haciendo currar mas horas que un reloj, pero de la que no me quejo nunca porque me tiene totalmente emocionada. No he podido resistirme a dejaros un pequeño aperitivo de una de las cosas que escribí hace tiempo, cuando el proyecto era aun una nebulosa sin formato claro. Hoy que ya tiene cara y ojos veo que por entonces aunque no sabía muy bien como lo contaría, tenía muy claro que era lo que quería contar.
Os dejo con una historia nueva, mucha mas épica que "La Corte". Es paradójico pero si tiene éxito no la podréis leer...
Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.
Miguel Hernández
Cansado y miserable
Desde que había entrado en el Yermo de SecaGargantas estas eran las únicas palabras que podían describir su ánimo y eran una carga mucho más pesada que su mochila de viaje. Eran peores que el sol y el viento cargado de polvo, peores que la sed que había convertido su boca en un infierno seco y áspero.
La primera noche una tormenta le sorprendió al raso, llovió con tanta furia sobre aquel suelo arrasado que pronto el agua, el barro y las piedras formaron un caudaloso torrente que inundó la cañada que estaba cruzando. Tuvo que ponerse a escalar a toda prisa por la pared de una garganta resbaladiza y traicionera para ponerse a salvo, enredándose con su ropa empapada, mientras la lluvia lo envolvía en una ceguera húmeda que se le clavaba en los ojos como agujas heladas. Consiguió alcanzar un punto lo bastante alto como para alejarse del terreno inundado que se extendía bajo sus pies y no se atrevió a buscar ningún refugio, no había llegado a un desierto para ahogarse. Pasó la noche tiritando, azotado por una tormenta en la que le parecía poder escuchar la risa de los dioses. Se sentó sobre una roca y se envolvió en su manto empapado. Que se rieran. Él no pensaba maldecir, ni lamentar su fortuna. No les concedería esa diversión. Si querían jugar les había tocado un juguete muy poco dispuesto. Se limitó a permanecer en vela, aferrado a la esperanza. Pronto sería libre o estaría muerto. En ambos casos sería un alivio.
El sol llegó deshaciendo las nubes, aprovechó las primeras horas para secar la ropa y espantarse el frío del cuerpo, no tardo demasiado, al mediodía el calor se había adueñado de tal modo de la llanura que no quedaba ni un charco. Caminó con el sol siempre a su izquierda, tal como le había recomendado Ayazir. Caminó sin tregua dos días enteros, con los escorpiones y sus pensamientos como única compañía. No sabría decir cual de las dos cosas era más ponzoñosa. Ya no podía comer, la maldición convertía en cenizas cualquier cosa que intentase tragar, exceptuando el elixir del brujo y empezaba a acabarse. Tenía que encontrar a aquella cosa cuanto antes o estaría demasiado enfermo para luchar.
Encontró una larga pared de roca, se sentó a la sombra, aflojó el manto y se permitió el fugaz alivio de mojarse la cabeza y la cara. El agua era un lujo y no podía desperdiciarla aunque ahora no pudiese beberla la necesitaría para la vuelta. Estuvo un rato sentado, con la espalda apoyada contra la piedra, el tiempo se acababa y no había ni rastro de la criatura. Ayazir le había advertido que huiría de él, que lo presentiría como las bestias presienten la hora de su muerte. Aun así empezaba a inquietarle no ser capaz de encontrar ni el más leve rastro, era como si no existiera. Al pensar en esa posibilidad le entró pánico por primera vez en mucho tiempo. Si los Guardianes no existían entonces su único destino era convertirse en un ser parecido al que él mismo había matado en el bosque, estaría condenando a arrastrarse y sufrir hasta que otro desgraciado acabase con sus días y ocupara su lugar. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza. No, cualquier cosa antes que eso. El Guardián existía ¿Por qué iba a mentirle el viejo brujo?¿Para qué lo habría enredado Baro en aquella espiral si la bestia no existía?
Cerró los ojos, se obligó a dejar la mente en blanco, respiró despacio hasta que el miedo se disipó como una mala niebla. No tomaría aquella decisión llevado por el pánico. Por muy pesimista que se sintiese en aquel momento, por acorralado que pudiese estar su muerte no le pertenecía, si moría Myrka se quedaría sola. Recordó la risa desvalida e inocente de su hermana. No dejaría que otros cargaran con esa responsabilidad, era suya. Aquellos pensamientos lo ayudaron a decidir, no buscaría más, basta de jugar al escondite con aquella cosa. La sacaría de su guarida a la fuerza. Ayazir le había advertido de los peligros de la invocación, usar ese tipo de magia sin tener ninguna experiencia era peligroso. Se arriesgaría, era eso o seguir vagabundeando por aquel yermo de mierda hasta que se le secase la carne sobre los huesos.
Tomó un largo trago del elixir, con un poco de suerte no volvería a necesitarlo. Como era habitual se sintió mucho mejor casi de inmediato, lleno de fuerza. Tenía que aprovecharlo. Dejó la mochila bajo un montón de rocas para ponerla a salvo de las alimañas y salió de nuevo al sol. Contempló el cielo, si aquello iba a ser lo ultimo que viese, era un visión gloriosa, azul, infinita, radiante. Sonrió. Era la hora.
Se quito la capucha, iría a la batalla con la cabeza descubierta, desafiante y preparado para cualquier cosa. “Reza por mi, Myrka, reza por tu hermano” pensó mientras sacaba la daga de su funda y se hacía un profundo tajo en la palma de la mano. Como siempre la marca reaccionó y un dolor terrible le subió por el brazo mientras la sangre corría hasta la tierra en repugnantes borbotones. Negra, espesa, inhumana. Apretó la mano y se obligó a soportarlo, no era necesario recitar ningún hechizo, su sangre llamaba al Guardián. “Ven” susurró lleno de rabia, “Ven para que te lleve al infierno” El corazón le latía como un tambor de guerra, marcando la cadencia con la que la sangre salpicaba el polvo.
El suelo tembló, al principio casi no se notaba, pero la vibración fue a aumentando su potencia hasta convertirse en un pequeño e intenso terremoto que estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio. En apenas segundos el temblor levantó piedras y resquebrajó la dura corteza del desierto, el suelo explotó lanzado rocas en todas direcciones. Se cubrió incapaz de ver nada. Cuando el viento despejó el paisaje sintió que la respiración se le helaba en el pecho. No estaba preparado para encontrarse con semejante ser, no hubiese estado preparado aunque se lo hubiesen descrito con pelos y señales. La imaginación era incapaz abarcar la existencia del Guardián y las palabras no hubiesen sido sino un pobre reflejo. Era enorme, su cuerpo alargado se alzaba de tal modo que parecía tocar el cielo, tenía algo de inmenso ciempiés acorazado, con afiladas patas quitinosas, pero su cabeza repleta de ojos redondos de un profundo rojo oscuro estaba rematada con unas inmensas mandíbulas que no se parecían a las de ningún animal que hubiese visto antes. Se quedó petrificado un segundo, temiendo respirar demasiado fuerte y que eso hiciese que el monstruo se fijase en él. El brujo no le había dicho que sería tan grande. No podía vencerle, era como si una pulga pretendiese matar a un perro. Quiso arrojar las dagas al suelo y huir. Algo imposible. Si escapaba solo le quedaba ser una marioneta de los dioses. El monstruo era su destino. Recordó a Ivrian; sus ojos maliciosos, la dulzura que sus labios le regalaron y el calor de su piel contra la suya. Aquel encuentro demasiado fugaz le había devuelto la humanidad por un momento. Quería presentarse ante ella de nuevo, libre de su carga, sin ser ya el cazador de Guardianes. Siendo solo un hombre. Tal vez podría tener una vida que mereciese tal nombre.
Aferró con ganas sus armas, desató toda la fuerza y toda la rabia que la maldición había ido dejando sobre su alma y se lanzó contra el monstruo.
No sabía si era el cazador o la presa.
Tampoco le importaba.
Era todo o nada.
Os dejo con una historia nueva, mucha mas épica que "La Corte". Es paradójico pero si tiene éxito no la podréis leer...
Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.
Miguel Hernández
Cansado y miserable
Desde que había entrado en el Yermo de SecaGargantas estas eran las únicas palabras que podían describir su ánimo y eran una carga mucho más pesada que su mochila de viaje. Eran peores que el sol y el viento cargado de polvo, peores que la sed que había convertido su boca en un infierno seco y áspero.
La primera noche una tormenta le sorprendió al raso, llovió con tanta furia sobre aquel suelo arrasado que pronto el agua, el barro y las piedras formaron un caudaloso torrente que inundó la cañada que estaba cruzando. Tuvo que ponerse a escalar a toda prisa por la pared de una garganta resbaladiza y traicionera para ponerse a salvo, enredándose con su ropa empapada, mientras la lluvia lo envolvía en una ceguera húmeda que se le clavaba en los ojos como agujas heladas. Consiguió alcanzar un punto lo bastante alto como para alejarse del terreno inundado que se extendía bajo sus pies y no se atrevió a buscar ningún refugio, no había llegado a un desierto para ahogarse. Pasó la noche tiritando, azotado por una tormenta en la que le parecía poder escuchar la risa de los dioses. Se sentó sobre una roca y se envolvió en su manto empapado. Que se rieran. Él no pensaba maldecir, ni lamentar su fortuna. No les concedería esa diversión. Si querían jugar les había tocado un juguete muy poco dispuesto. Se limitó a permanecer en vela, aferrado a la esperanza. Pronto sería libre o estaría muerto. En ambos casos sería un alivio.
El sol llegó deshaciendo las nubes, aprovechó las primeras horas para secar la ropa y espantarse el frío del cuerpo, no tardo demasiado, al mediodía el calor se había adueñado de tal modo de la llanura que no quedaba ni un charco. Caminó con el sol siempre a su izquierda, tal como le había recomendado Ayazir. Caminó sin tregua dos días enteros, con los escorpiones y sus pensamientos como única compañía. No sabría decir cual de las dos cosas era más ponzoñosa. Ya no podía comer, la maldición convertía en cenizas cualquier cosa que intentase tragar, exceptuando el elixir del brujo y empezaba a acabarse. Tenía que encontrar a aquella cosa cuanto antes o estaría demasiado enfermo para luchar.
Encontró una larga pared de roca, se sentó a la sombra, aflojó el manto y se permitió el fugaz alivio de mojarse la cabeza y la cara. El agua era un lujo y no podía desperdiciarla aunque ahora no pudiese beberla la necesitaría para la vuelta. Estuvo un rato sentado, con la espalda apoyada contra la piedra, el tiempo se acababa y no había ni rastro de la criatura. Ayazir le había advertido que huiría de él, que lo presentiría como las bestias presienten la hora de su muerte. Aun así empezaba a inquietarle no ser capaz de encontrar ni el más leve rastro, era como si no existiera. Al pensar en esa posibilidad le entró pánico por primera vez en mucho tiempo. Si los Guardianes no existían entonces su único destino era convertirse en un ser parecido al que él mismo había matado en el bosque, estaría condenando a arrastrarse y sufrir hasta que otro desgraciado acabase con sus días y ocupara su lugar. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza. No, cualquier cosa antes que eso. El Guardián existía ¿Por qué iba a mentirle el viejo brujo?¿Para qué lo habría enredado Baro en aquella espiral si la bestia no existía?
Cerró los ojos, se obligó a dejar la mente en blanco, respiró despacio hasta que el miedo se disipó como una mala niebla. No tomaría aquella decisión llevado por el pánico. Por muy pesimista que se sintiese en aquel momento, por acorralado que pudiese estar su muerte no le pertenecía, si moría Myrka se quedaría sola. Recordó la risa desvalida e inocente de su hermana. No dejaría que otros cargaran con esa responsabilidad, era suya. Aquellos pensamientos lo ayudaron a decidir, no buscaría más, basta de jugar al escondite con aquella cosa. La sacaría de su guarida a la fuerza. Ayazir le había advertido de los peligros de la invocación, usar ese tipo de magia sin tener ninguna experiencia era peligroso. Se arriesgaría, era eso o seguir vagabundeando por aquel yermo de mierda hasta que se le secase la carne sobre los huesos.
Tomó un largo trago del elixir, con un poco de suerte no volvería a necesitarlo. Como era habitual se sintió mucho mejor casi de inmediato, lleno de fuerza. Tenía que aprovecharlo. Dejó la mochila bajo un montón de rocas para ponerla a salvo de las alimañas y salió de nuevo al sol. Contempló el cielo, si aquello iba a ser lo ultimo que viese, era un visión gloriosa, azul, infinita, radiante. Sonrió. Era la hora.
Se quito la capucha, iría a la batalla con la cabeza descubierta, desafiante y preparado para cualquier cosa. “Reza por mi, Myrka, reza por tu hermano” pensó mientras sacaba la daga de su funda y se hacía un profundo tajo en la palma de la mano. Como siempre la marca reaccionó y un dolor terrible le subió por el brazo mientras la sangre corría hasta la tierra en repugnantes borbotones. Negra, espesa, inhumana. Apretó la mano y se obligó a soportarlo, no era necesario recitar ningún hechizo, su sangre llamaba al Guardián. “Ven” susurró lleno de rabia, “Ven para que te lleve al infierno” El corazón le latía como un tambor de guerra, marcando la cadencia con la que la sangre salpicaba el polvo.
El suelo tembló, al principio casi no se notaba, pero la vibración fue a aumentando su potencia hasta convertirse en un pequeño e intenso terremoto que estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio. En apenas segundos el temblor levantó piedras y resquebrajó la dura corteza del desierto, el suelo explotó lanzado rocas en todas direcciones. Se cubrió incapaz de ver nada. Cuando el viento despejó el paisaje sintió que la respiración se le helaba en el pecho. No estaba preparado para encontrarse con semejante ser, no hubiese estado preparado aunque se lo hubiesen descrito con pelos y señales. La imaginación era incapaz abarcar la existencia del Guardián y las palabras no hubiesen sido sino un pobre reflejo. Era enorme, su cuerpo alargado se alzaba de tal modo que parecía tocar el cielo, tenía algo de inmenso ciempiés acorazado, con afiladas patas quitinosas, pero su cabeza repleta de ojos redondos de un profundo rojo oscuro estaba rematada con unas inmensas mandíbulas que no se parecían a las de ningún animal que hubiese visto antes. Se quedó petrificado un segundo, temiendo respirar demasiado fuerte y que eso hiciese que el monstruo se fijase en él. El brujo no le había dicho que sería tan grande. No podía vencerle, era como si una pulga pretendiese matar a un perro. Quiso arrojar las dagas al suelo y huir. Algo imposible. Si escapaba solo le quedaba ser una marioneta de los dioses. El monstruo era su destino. Recordó a Ivrian; sus ojos maliciosos, la dulzura que sus labios le regalaron y el calor de su piel contra la suya. Aquel encuentro demasiado fugaz le había devuelto la humanidad por un momento. Quería presentarse ante ella de nuevo, libre de su carga, sin ser ya el cazador de Guardianes. Siendo solo un hombre. Tal vez podría tener una vida que mereciese tal nombre.
Aferró con ganas sus armas, desató toda la fuerza y toda la rabia que la maldición había ido dejando sobre su alma y se lanzó contra el monstruo.
No sabía si era el cazador o la presa.
Tampoco le importaba.
Era todo o nada.
martes, 7 de diciembre de 2010
George MacDonald, el horizonte de los sueños
Vale, vale no me matéis. La proxima entrega será de "La Corte de los Espejos" pero mientras, para abrir boca os dejo un pequeño homenaje a un autor tan grande como desconocido
Aun recuerdo como llegó a mis manos el primer libro que leí de George MacDonald, me lo regaló Círculo de Lectores para compensar mi fidelidad como cliente, o por conseguirle algún nuevo socio, o cualquier cosas de esas. Se trataba de “La princesa y los trasgos” y la verdad con semejante titulo tardé un tiempo en animarme a leerlo, tuve que verme sin nada que leer y con un viaje de tren bastante largo por delante para sacarlo de la estantería y quitarle el polvo.
Me gusta hacer el viaje a Cádiz en tren, normalmente voy escuchando música y pensando en mis cosas, no suelo leer porque el paisaje me encanta y cuando el tren llega al mar siento que el corazón me late mas despacio, me gusta verme rodeada de agua, me gusta ver el horizonte y el sol sobre el agua. Aquel día no levanté un ojo del libro, estaban totalmente hechizada, a la mierda el mar y las gaviotas, solo me interesaba ir devorando páginas. Cuando llegué a la estación ya no tenía interés por mi trabajo sobre las ilustradas gaditanas. Pasé por la biblioteca de la universidad casi sonámbula. Tenía otra pregunta mucho más interesante en la cabeza ¿Quién era George MacDonald? Averiguarlo me costó Dios y ayuda. Apenas había información es español sobre él y la que encontré en inglés era escasa. Tuvieron que pasar los años, entonces Siruela se decidió a editar las obras completas de MacDonald y Carmen Martín Gaite escribiría la biografía de este modesto escritor escocés que sería la inspiración de autores como Tolkien y del C S Lewis se consideraba heredero. No voy a explayarme con una biografía suya, primero porque ya hay varias publicadas en nuestro idioma y segundo porque él nunca quiso que se hablara de él. Era un hombre sencillo, sus hijos tuvieron el privilegio en ser de los primeros en leer “Alicia en el país de las Maravillas” aunque luego por motivos evidentes, MacDonald decidió alejar a los niños de Lewis Carroll (de hecho le prohibió al autor de Alicia que volviera a acercarse a su familia).Tuvo una vida dura, con grandes problemas económicos, debido en parte al empeño con el que siempre defendió sus ideas y sus escritos. Lo hacía con tal pasión que esto le dificultó en gran medida su vida laboral y sus relaciones sociales. Era un hombre de firmes convicciones en una época en la que creer en la igualdad social y predicarla desde un púlpito no estaba nada bien visto por la férrea sociedad victoriana, pero lo hizo, lo hizo durante toda su vida; defendió la educación y emancipación de las mujeres, la necesidad de cambiar las condiciones de vida de los obreros y sobre todo habló de la importancia de formar a la infancia en estas ideas de igualdad. MacDonald se consideraba un soñador pero sabía que había un horizonte de realidad en lo que soñaba y que este horizonte sería inalcanzable para él, pero no para sus hijos o sus nietos.
Los libros de MacDonald están llenos de niños humildes y valientes que caminan entre la dureza de su vida cotidiana y la belleza del folclore escocés. Curdie, el niño minero que protagoniza tanto “La princesa y los trasgos” como “Curdie y la princesa” es un retrato de todos estos niños sin voz a los el autor solía referirse en sus sermones. Niños a los que siempre honraba en sus relatos convirtiéndolos en héroes inteligentes, rebosantes de sabiduría popular, que no conocen el desaliento. Los hermanos Pevensie de “Las crónicas de Narnia” están claramente inspirados en los niños creados por MacDonald
Pero si algo hace grande a este autor que nunca quiso destacar en nada es en el uso de la magia en sus relatos. Una magia salvaje y poderosa que no necesita de brujas y magos, ni de complicados hechizos porque está en el corazón de todos los hombres. Una magia que asombra y asusta por igual. Capaz de hacer maravillas y calamidades. El tipo de magia que me gusta. El tipo de magia sobre la que siempre trato de escribir. La brújula de coherencia y serenidad con la trato de guiarme cuando creo un personaje. Se que estoy a mucha distancia de su maestría, pero no me importa, Macdonald siempre será el horizonte de mis sueños.
Aun recuerdo como llegó a mis manos el primer libro que leí de George MacDonald, me lo regaló Círculo de Lectores para compensar mi fidelidad como cliente, o por conseguirle algún nuevo socio, o cualquier cosas de esas. Se trataba de “La princesa y los trasgos” y la verdad con semejante titulo tardé un tiempo en animarme a leerlo, tuve que verme sin nada que leer y con un viaje de tren bastante largo por delante para sacarlo de la estantería y quitarle el polvo.
Me gusta hacer el viaje a Cádiz en tren, normalmente voy escuchando música y pensando en mis cosas, no suelo leer porque el paisaje me encanta y cuando el tren llega al mar siento que el corazón me late mas despacio, me gusta verme rodeada de agua, me gusta ver el horizonte y el sol sobre el agua. Aquel día no levanté un ojo del libro, estaban totalmente hechizada, a la mierda el mar y las gaviotas, solo me interesaba ir devorando páginas. Cuando llegué a la estación ya no tenía interés por mi trabajo sobre las ilustradas gaditanas. Pasé por la biblioteca de la universidad casi sonámbula. Tenía otra pregunta mucho más interesante en la cabeza ¿Quién era George MacDonald? Averiguarlo me costó Dios y ayuda. Apenas había información es español sobre él y la que encontré en inglés era escasa. Tuvieron que pasar los años, entonces Siruela se decidió a editar las obras completas de MacDonald y Carmen Martín Gaite escribiría la biografía de este modesto escritor escocés que sería la inspiración de autores como Tolkien y del C S Lewis se consideraba heredero. No voy a explayarme con una biografía suya, primero porque ya hay varias publicadas en nuestro idioma y segundo porque él nunca quiso que se hablara de él. Era un hombre sencillo, sus hijos tuvieron el privilegio en ser de los primeros en leer “Alicia en el país de las Maravillas” aunque luego por motivos evidentes, MacDonald decidió alejar a los niños de Lewis Carroll (de hecho le prohibió al autor de Alicia que volviera a acercarse a su familia).Tuvo una vida dura, con grandes problemas económicos, debido en parte al empeño con el que siempre defendió sus ideas y sus escritos. Lo hacía con tal pasión que esto le dificultó en gran medida su vida laboral y sus relaciones sociales. Era un hombre de firmes convicciones en una época en la que creer en la igualdad social y predicarla desde un púlpito no estaba nada bien visto por la férrea sociedad victoriana, pero lo hizo, lo hizo durante toda su vida; defendió la educación y emancipación de las mujeres, la necesidad de cambiar las condiciones de vida de los obreros y sobre todo habló de la importancia de formar a la infancia en estas ideas de igualdad. MacDonald se consideraba un soñador pero sabía que había un horizonte de realidad en lo que soñaba y que este horizonte sería inalcanzable para él, pero no para sus hijos o sus nietos.
Los libros de MacDonald están llenos de niños humildes y valientes que caminan entre la dureza de su vida cotidiana y la belleza del folclore escocés. Curdie, el niño minero que protagoniza tanto “La princesa y los trasgos” como “Curdie y la princesa” es un retrato de todos estos niños sin voz a los el autor solía referirse en sus sermones. Niños a los que siempre honraba en sus relatos convirtiéndolos en héroes inteligentes, rebosantes de sabiduría popular, que no conocen el desaliento. Los hermanos Pevensie de “Las crónicas de Narnia” están claramente inspirados en los niños creados por MacDonald
Pero si algo hace grande a este autor que nunca quiso destacar en nada es en el uso de la magia en sus relatos. Una magia salvaje y poderosa que no necesita de brujas y magos, ni de complicados hechizos porque está en el corazón de todos los hombres. Una magia que asombra y asusta por igual. Capaz de hacer maravillas y calamidades. El tipo de magia que me gusta. El tipo de magia sobre la que siempre trato de escribir. La brújula de coherencia y serenidad con la trato de guiarme cuando creo un personaje. Se que estoy a mucha distancia de su maestría, pero no me importa, Macdonald siempre será el horizonte de mis sueños.
martes, 9 de noviembre de 2010
Etiquetas
Hace mucho tiempo que conozco exactamente cual es mi lugar en el mundo, ocupo un huequito entre la gente del montón, yo y mucho mas formamos una acogedora masa gris de “personas corrientes” donde no se está del todo mal. Lo bueno de no destacar demasiado en nada es que nadie espera gran cosa de ti. Tiene sus ventajas; en cuanto despuntas un poco el publico está encantando pero si fracasas no se extrañan demasiado y eso le quita hierro al asunto.
Respecto a mi físico pues no sé que decir. Ya sé que han sido necesarias varias cirugías para arreglarme la vista (lo sé, yo estaba allí) y tal vez eso deforma un poco mi visión del mundo porque me considero una persona muy normalita. Es cierto que no tengo un gran atractivo físico, a decir verdad nunca lo he echado en falta porque esta falta de lo que ciertos cánones consideran “belleza” nunca me ha impedido hacer nada que realmente quisiera hacer. Estoy bastante satisfecha conmigo misma, razonablemente al menos. Siempre es bueno dejar un margen de ansias y ganas de cambiar, sino te aburres.
Así que aquí estoy yo, feliz y sin complejos. Vive y deja vivir…esas cosas. Entonces surge la pregunta ¿Por qué siempre tiene que venir un cretino a dejarme bien claro su opinión sobre tu persona? Estoy aburrida de que ciertos varones se crean con el derecho de llamarme fea en mi puta cara, como si yo no estuviese presente. Como si la gente fea tuviese que asumir su fealdad y permitir que otros mejores que ellos se la recuerden para que tengan claro cual es su rol en el mundo.
Me pasa de vez en cuando, de repente, alguien siente la necesidad de insultarme por la calle, para que no olvide que tengo la cara que tengo. Hoy sin ir mas lejos unos chicos han preferido no ocupar su asiento en el metro porque (cita literal) “Hostias tu, no te sientes al lado de la fea”. ¿Y que haces antes eso?¿Sentirte humillada?¿Dolida?¿Ignorarlo? ¿Montas un número? No hay solución perfecta a este dilema. He esperado a que llegase mi parada, me he levantado y le he dicho al muchacho en cuestión una frase que ya he tenido que soltar alguna que otra vez “ Yo soy fea, tu eres un hijo de puta, los dos tenemos un problema congénito” Y me he largado sin dejarle derecho a réplica. Aunque imagino que se habrá descojonado porque ese tipo de seres ni siente ni padece. Al menos me he quedado a gusto
Y puestos a colgarnos etiquetas, que nadie se quede sin la suya
Respecto a mi físico pues no sé que decir. Ya sé que han sido necesarias varias cirugías para arreglarme la vista (lo sé, yo estaba allí) y tal vez eso deforma un poco mi visión del mundo porque me considero una persona muy normalita. Es cierto que no tengo un gran atractivo físico, a decir verdad nunca lo he echado en falta porque esta falta de lo que ciertos cánones consideran “belleza” nunca me ha impedido hacer nada que realmente quisiera hacer. Estoy bastante satisfecha conmigo misma, razonablemente al menos. Siempre es bueno dejar un margen de ansias y ganas de cambiar, sino te aburres.
Así que aquí estoy yo, feliz y sin complejos. Vive y deja vivir…esas cosas. Entonces surge la pregunta ¿Por qué siempre tiene que venir un cretino a dejarme bien claro su opinión sobre tu persona? Estoy aburrida de que ciertos varones se crean con el derecho de llamarme fea en mi puta cara, como si yo no estuviese presente. Como si la gente fea tuviese que asumir su fealdad y permitir que otros mejores que ellos se la recuerden para que tengan claro cual es su rol en el mundo.
Me pasa de vez en cuando, de repente, alguien siente la necesidad de insultarme por la calle, para que no olvide que tengo la cara que tengo. Hoy sin ir mas lejos unos chicos han preferido no ocupar su asiento en el metro porque (cita literal) “Hostias tu, no te sientes al lado de la fea”. ¿Y que haces antes eso?¿Sentirte humillada?¿Dolida?¿Ignorarlo? ¿Montas un número? No hay solución perfecta a este dilema. He esperado a que llegase mi parada, me he levantado y le he dicho al muchacho en cuestión una frase que ya he tenido que soltar alguna que otra vez “ Yo soy fea, tu eres un hijo de puta, los dos tenemos un problema congénito” Y me he largado sin dejarle derecho a réplica. Aunque imagino que se habrá descojonado porque ese tipo de seres ni siente ni padece. Al menos me he quedado a gusto
Y puestos a colgarnos etiquetas, que nadie se quede sin la suya
martes, 26 de octubre de 2010
Eleazar Ibn Bahar
Un pasito atrás. Este capitulo irá al principio de la Corte de los Espejos. Eleazar es un personaje muy querido para mi, al igual que Nicasia lleva el nombre de uno de mis profesores de EGB. Solo que Doña Nicasia era una santa y no tiene que ver nada con mi pequeña mestiza de mal pronto. Don Eleazar (vengo de una época a las que a los profesores aun se le trataba con respeto)si tiene mas concordancia con este personaje; un hombre mayor, apasionado por las matemáticas, pese a que jamás logró inculcarme su amor por ellas. Paciente, mediador...Fue el último gran profesor que encontré, el último enamorado de su profesión y me enseñó muchas cosas, así que aunque no metió números en mi cabeza, me enseñó otras cosas igualmente importantes. De esas que se aprenden en las escuelas
La mano le vaciló un momento y una gota de tinta cayó de la punta de la plumilla al paisaje de papel que se extendía sobre la mesa. Eleazar Ibn Bahar se apresuro a secarla, fue inútil, el pequeño punto negro se quedó perenne entre las casas que acababa de dibujar. Llevaba varias tardes dibujando la vista de La Corte de los Espejos que admiraba a diario desde su ventana, aquella manchita flotando entre las disciplinadas líneas se quedaría allí para recordarle que su pulso ya no era tan firme, ni sus reacciones tan rápidas. Se hacia viejo y era un lujo que aun no podía permitirse.
-Abuelo-La voz vino acompañada con el tintineo de las cortinas que separaban su pequeño despacho de la sala de estar, en aquella casa no había puertas-Acaba de llegar un mensajero.
Su nieto entró en el despacho con un pliegue de papel sellado en la mano, a Eleazar siempre le sorprendía lo que se parecía a su abuela, tenía los mismo ojos oliváceos y los labios que hacían exactamente la misma mueca suave cuando sonreían, algo que hacía de continuo y con la misma despreocupación con la que solía hacerlo su hijo Inaam. A veces se preguntaba si de verdad compartían estos rasgos eran solo malas jugadas de su memoria, que buscaba en los rostros cercanos recuerdos de los que ya no estaban a su lado. Viejo y sentimental, no podía haber una mezcla peor.
Rashid dejó la carta sobre la mesa y admiró el dibujo por encima de su hombro. Si vio la mancha tuvo la delicadeza de no mencionarla. Él mojó un pincel en tinta aguada y se puso a manchar el cielo de papel con unas cuantas nubes de panza gris.
-¿Me regalarás este dibujo cuando lo acabes, Babá?
De sus dos nietos, este era el más joven y el único que lo seguía llamando “Babá”.
-¿Tanto te gusta? Entonces puedes quedártelo, aquí ya casi no me queda espacio.
No colgaba sus dibujos en ninguna otra parte de la casa, le parecía una ofensa a su nieto Isma´il adornar las paredes con cosas de las que no podía disfrutar.
-Lo pondré en mi habitación.
-¿Quién era el mensajero?
-No venía de palacio, era un viajero.
El anciano metió el pincel en un vaso lleno de agua sucia. Aquello era extraño, lo habitual era que sus mensajes llegaran siempre a través de palacio, rara vez recibía algo directamente de fuera de las murallas. Y justo ahora que Isma´il estaba de viaje por orden de la reina. Temió que fueran malas noticias, pero cogió el sobre con la despreocupación de quien está acostumbrado a recibir cartas, no había ningún remite y tampoco ningún sello en los pegotes de lacre amarillo que la mantenían cerrada. Volvió a dejarla junto a los pinceles y las plumillas como se hace con las noticias sin importancia.
-¿Te fijaste en el correo? ¿Que aspecto tenía?-
-Vulgar, no me he fijado mucho en él. Creo que era un boggan con la ropa llena de polvo.
-Quizás sea de la caravana-Dijo fingiendo retomar el dibujo- Seguramente de tu madre, para asegurarse de que te comportas civilizadamente y de que te vigilo como es debido.
Su nieto volvió a llenar la habitación con una risotada, la facilidad que tenía para reírse, la plenitud de aquella risa y el poco valor que Rashid daba a sus estallidos de alegría era la mejor recompensa de Eleazar. Estaba bien que no necesitase pensar en el valor real de su felicidad ni en la suerte que tenía de que la vida le dejase llevar continuamente una sonrisa en la cara. No conocía la desgracia, ni las preocupaciones capaces de robarte el sueño y el apetito. En muchos aspectos era aun un niño más que un muchacho, al contrario que sus padres, su abuelo no tenía prisa por hacerle crecer ni por cargarlo de responsabilidades, tendría el resto de su vida para ser un adulto.
-¡Mi madre no es la indicada para darme lecciones de buen comportamiento¡-Comentó en tono jocoso.
-Me temo que ella hizo mejor trabajo educandote a ti, que él que hice yo con ella- Dijo él sin poder apartar los ojos del sobre.
-¿Cómo no iba a hacerlo bien? Te tenía a ti como ejemplo-Rashid se puso una chilaba de color verde encima de su túnica blanca-Me voy, esta noche Marsias me ha puesto a cargo de la puerta, es un puesto importante.
-Es una gran noticia, espera tengo algo para ti- Se levantó hasta una alacena de madera y saco un cofrecillo de nácar con la tapa rajada.
-Toma, te traerá suerte. Esto era de tu tatarabuela-Le dijo mientras ponía algo en la mano de su nieto y le cerraba los dedos en torno al regalo
-¿Era de tu abuela, Babá?¿Qué es?
Abrió la mano esperando encontrar alguna maravilla y no pudo evitar una mueca de desconcertada sorpresa, sobre su palma reposaba una sencilla piedra plana, un guijarro de arroyo sin más particularidad que un agujero en el centro, alguien había pasado un cordón por el agujero para que pudiese usarse a modo de collar.
-Es un amuleto, a mi me ayudó una vez. Espero que a ti solo te de suerte. Puede que no parezca gran cosa pero es una reliquia familiar.
Un poco incrédulo, Rashid se ató su nuevo tesoro al cinturón. Antes de irse le dio un beso en la coronilla y se marchó a la carrera tras un par de frases aceleradas de despedidas. El viejo sonrió, él que lo había visto dar sus primeros pasos entre las cabras de la caravana y ahora era ese mismo mocoso el que lo trataba como si fuera un crío. No podía negar que había ciertas similitudes entre la vejez y la infancia, sobre todo porque a tu alrededor todo el mundo tiende a infravalorarte o a sobreprotegerte. Regresó al despachó y contempló un rato la mesa su presencia se le antojaba similar a la de un bicho venenoso al que le gustaría poder hacer desaparecer bajo una piedra. Desde luego no era de la caravana, los Ibn Bahar tenían otros métodos para comunicarse entre ellos y si se veían obligados enviar mensajeros siempre usaban palomas. Además no tenía el sello de ninguna de las familias. Eso era un alivio, no le apetecía saber de su gente en aquel momento, se había alejado de ellos para darles a sus nietos la oportunidad de crecer lejos de la influencia de sus redes, que tuviesen la oportunidad de formarse una idea propia de cómo era el mundo. Rashid tendría que volver a la caravana tan pronto como sus padres decidieran que había llegado el momento de prepararlo para coger las riendas de la familia, o cuando encontraran a alguna muchacha a la que encontraran digna de ser su esposa. Un problema del que se ocuparía mas tarde, calculaba que su gente estaba aun muy lejos. La caravana de los Ibn Bahar hacia un ruta comercial larga y peligrosa que durante muchísimo tiempo nadie mas se había atrevido a hacer, y que ahora que otros viajeros se sentían lo bastante osados como para intentarlo, ellos reclamaban como derecho exclusivo. Nadie de su familia se quedaba demasiado tiempo en ninguna parte, ni poseían mas casa que su carpa en la caravana, estar en ruta era un honor y en ese aspecto Eleazar era un bicho raro que había echado raíces, se lo consentían porque necesitaban un enlace en la Corte que velase por sus intereses. Pero la carta no era de su familia, así que no merecía la pena pensar en ellos
Cogió el papel y buscó un abrecartas en alguno de los cajones, esperaba de todo corazón que no fuesen noticias de su nieto Isma´il, en aquel momento estaba de viaje por orden de la reina. Era bastante habitual ya que era correo de su majestad, del mismo modo que era habitual no tener noticias suyas mientras cumplía estos encargos. Nunca hubiese podido escribir una carta, el mismo brote de Plaga Roja que acabó con la vida de su hijo Inaam y su esposa afectó a su nieto cuando solo era un bebé, sobrevivió a sus padres pero se quedó ciego. A Eleazar le tocó sobreponerse de la muerte de su primogénito y de su nuera favorita para criar a un niño al que toda la caravana consideraba un lastre. Para él aquel niño de ojos nublados y expresión dulce fue una bendición, le dio la excusa ideal para establecerse en la Corte de los Espejos y era el consuelo constante de su perdida, toda su vida había sido una lucha para conseguirle siempre lo mejor, intentando que no dependiese de nadie mas allá de los estrictamente imprescindible, si era capaz de valerse por si mismo no lo necesitaría cuando la eternidad lo reclamase. Y aunque creía haber conseguido su objetivo, la sombra de esa preocupación nunca acababa de disiparse, hacía ya tiempo que había asumido que lo acompañaría hasta su ultimo aliento, tal vez incluso mas allá. Hacía presa de él en aquel momento, mientras rasgaba el papel con unas manos que temblaban más por la preocupación que por la edad.
No se trataba de Isma´il, el alivio le duró poco, a medida que iba leyendo iba descubriendo la gravedad de lo acababa de caer en sus manos. La carta estaba escrita por una acelerada mano femenina tras la que se adivinaban un terror acuciante, derrochaba las palabras y los detalles con la vehemencia apasionada de quienes desean ser creídos a toda costa. Desbordaba un odio frió y calculado. El anciano dejó caer el papel sobre la mesa y miró por la ventana, a la tarde plácida y luminosa que hacía relucir las tejas de azulejo tornasolado de la Corte contempló las casitas apiñadas, con las ventanas llenas de flores y las torres de palacio, que se recortaban contra el cielo esbeltas y desafiantes como los dedos de un dios. El paisaje sin cambios que había aprendido a amar. A veces pensaba que aquella ciudad no se llamaba la Corte de los Espejos por sus relucientes tejados, brillantes como cristales al sol sino por todos los equívocos y los engaños que escondía. Habían pasado mucho años desde que el final de la Guerra de la Reina Durmiente sentase en el trono a su Majestad Silvania, que las batallas hubiesen cesado no significaba que estuviesen en paz. Nadie quedó del todo satisfecho en las capitulaciones, demasiados rencores, demasiado dolor sin consolar...había quienes de negaban aceptar los cambios del nuevo gobierno, cada cual esgrimía sus razones como legitimas y la reina tenia que gobernar manteniendo un equilibrio perfecto algo que a veces era como tratar de mantenerse en pie sobre un alambre en plena tempestad. Un movimiento en falso y el gobierno por el que tanto habían luchado desaparecerían en un instante. El reino no se merecía volver a sangrar.
Volvió a leer la carta un par de veces mas, esta vez con la cabeza libre de preocupaciones, dejó a un lado a su familia, los asuntos de estado y sus propias opiniones, se limito a concentrarse en el contenido, despedazando las frases detenidamente tratando de averiguar que dosis de verdad ocultaban y hasta que punto eran graves aquellas acusaciones. Estuvo meditando un rato, a primera vista parecía estar ante los desvaríos conspiratorios de un vulgar paranoico, pero el conocía la mano de la que salían aquellas letras y estaba lejos de ser una loca, por mucho que estuviese desesperada por que la permitiesen regresar del exilio nunca se inventaría una historia que a primera vista parecía demasiado descabellada para ser cierta. Durante la guerra habían sido aliados y luego se habían mantenido en contacto por puro interés mutuo, ella confiaba en que Eleazar como jefe de la cancillería usase su influencia para ayudarla, algo que solo había hecho cuando convenía a sus intereses. Aun así aquella mutua cooperación daba buenos frutos y mientras fuese así, su aliada seguiría en el exilio. Era un peón que le convenía conservar. De hecho ella le mandaba aquella información confiando que aquella muestra de lealtad a la reina le permitiese regresa a la Corte, eso se adivinaba entre líneas. No era del todo malo que conservase alguna esperanza, la dejaría soñar por el momento, mientras decidía como actuar.
Ante todo tenía que proteger a los suyos, por ahora ninguno de sus nietos debía saber nada de aquel asunto. Al menos no hasta que conociese bien todos los pormenores. Había demasiadas incógnitas en aquel asunto que no le gustaban, lo primero era cubrirse las espaldas, actuaría como si la información fuese totalmente cierta. No sabía si alguien mas conocía aquellos hechos o la existencia de aquella carta, era importante averiguar si corría peligro, hizo una copia del escrito y la guardo en el falso fondo de un cajón, un escondite no demasiado obvio pero tampoco demasiado seguro, si alguien la buscaba a conciencia pensaría que la había escondido. Ahora tenia que pensar a quien enviaba la carta original, era necesario que alguien más conociese aquellos hechos, pero era necesario escoger a la persona correcta. No podía poner aquello en conocimiento de la reina, no hasta que no verificase la información y hubiese tomado sus propias medidas, en el palacio hasta los aposentos mas privados tenían orejas y él no sabía hasta donde llegaba aquella supuesta conjura ni que consecuencias tendría aquella información si llegaba a oídos equivocados. La reina contaba con el Alto Consejo para ayudarse a tomar las decisiones de estado, eran en total doce miembros que representaban las doce casas nobles mas importantes del reino, aunque en este momento el consejo solo contaba con diez consejeros, dos de los asientos esperaban que alguien los ocupase, pero la reina no había designado quienes debían ocupar esos puestos y no parecía dispuesta a hacerlo pronto. Pese a que debido a su labor de alto canciller Eleazar conocía a todos los miembros del Alto Consejo y no acababa de confiar en ellos, una parte de ellos habían luchado contra la reina en la Guerra, pero firmar los armisticios voluntariamente jugó en su favor. Olvidar y empezar de nuevo, esa fue la premisa. El canciller no sabía hasta que punto habían olvidado. También estaban presentes en el Consejo los nobles que habían luchado del lado de la reina, pero algunos estaban descontentos con el nuevo gobierno, los cambios impuestos por el gobierno les hicieron perder muchos de sus privilegios, por no contar los que habian esperado un mejor pago por su lealtad. Definitivamente no podía confiar en los altos nobles, además según la carta al menos dos de ellos estaban dentro del complot. Eso descartaba igualmente a la Camara de Consenso, estaba formada por las casas menores y solo se acudía a ella cuando no existía unanimidad en el Alto Consejo. Eran un curioso grupo de oportunistas que esperaban una oportunidad de medrar y solo actuarían siguiendo sus propias ambiciones. La mayoría carecían de cualquier habilidad política y solo estaban en la cámara en virtud a sus títulos. Los había leales y bien intencionados, pero tenían muy poco poder para resultar de utilidad, además Eleazar apenas los conocía, no sabría a quien acudir. Tenía que olvidarse de los sidhe, era demasiado arriesgado. Y desde luego no podía pensar ni por un momento en confiar en DamaMirlo, la pieza fuera del tablero. La mujer que no tenía mas papel que el de “Camarera Mayor” de su majestad, y sin embargo parecía estar en todas partes, saberlo todo, su mano manejaba mucho más que los vestidos de la reina o la organización de las doncellas. Sabanas limpias para las estancias de palacio y palabras negras para las cámaras del consejo. Aquella figura delgada y discreta que se deslizaba sobre el mármol con la fluidez de una mancha de tinta, siempre un paso detrás de todo el mundo, siempre imperturbable, con aquellos ojos sin pupilas, que lo devoraban todo en silencio. Solo la reina confiaba en DamaMirlo. Eso le dejaba como única salida el Parlamento de los Sueños, la asamblea de gentiles. Hadas comunes que no poseían ningún titulo de nobleza, artesanos, comerciantes…trabajadores que asqueaban a muchos elfos, para ellos que esta gente pisase si quiera el suelo del Palacio de Cristal era una muestra de que tras la guerra las cosas habían cambiado a peor ¿Qué podía saber cualquiera de ellos de política? Sin embargo aquella hadas eran leales a la reina, porque ella les habia dado mas de lo que se atrevieron a imaginar. El Parlamento apenas tenía poder real, pero era obligatorio comunicarles las decisiones del Consejo y en ocasiones habían conseguidos reformar ciertas leyes o presentar enmiendas, para evitar revueltas y desordenes.
Sabía a quien debía dirigirse, le había prohibido dirigirle la palabra hace muchos años, antes de que llegase a la ciudad. La única concesión a su antigua amistad era el pequeño desafío matemático que mantenían entre ellos. Empezó un día que él se le cayó una hoja de su cuaderno de cálculo cuando paseaba por la calle, nunca supo como encontró ella la hoja, ni como supo a quien le pertenecía. La hoja contenía una ecuación que era incapaz de resolver, emborronada, rehecha mil veces. Se la mando a casa con un mensajero, resuelta con una única frase escrita “¿Esto es todo lo que sabes hacer?” . Añadía una nueva ecuación a modo de desafió. Desde entonces habían cruzado una interminable correspondencia de ecuaciones y problemas de lógica, pero jamás una carta. Sabía que la ingeniera no lo perdonaría jamás ni lo pretendía pero también sabía que la única razón por la que aceptaba su asiento en el parlamento era su firme deseo de paz. Ella había entregado su sangre y su felicidad en aquella guerra. Había sufrido y no deseaba que volviera pasar. Vigilaba a los sidhe, no tenía reparo en desafiarlos, lo había hecho una vez y les había ganado, los nobles la temían, la apreciaban o la odiaban.
Buscó la ecuación que le había mandado esta vez, estaba sin resolver. Uso el pliego para ocultar la carta, no podía enviarla de inmediato, en caso de que estuviesen vigilándolo sería sospechoso. Esperaría dos días. Mientras haría algunas averiguaciones, trataría de desentrañar que era lo que tenía entre manos para poder actuar en consecuencia. Sabía que era lo mismo que haría ella. Ellos tal vez era dos hadas humildes con un pasado común que ninguno quería recordar, era bueno ser insignificante. Nadie espera nada de ti, nadie sospecha de ti. Muy a menudo la gente insignificante hace grandes cosas. Eleazar selló el pliego y con él sus esperanzas de que todo aquello no fuese mas que una broma macabra, que no hubiese necesidad de grandes proezas. No le gustaban las hazañas porque sabía que se cobraban enormes precios, él ya no era joven, tenía demasiadas cosas que no quería perder. Suspiró al guardar la carta entre los pliegues de su túnica, al hacerlo se sintió pequeño y frágil, como un pergamino reseco. Había sobrevivido a esclavitud, a la guerra y la Plaga Roja, pero no estaba seguro si sobreviviría a las intrigas de la paz.
La mano le vaciló un momento y una gota de tinta cayó de la punta de la plumilla al paisaje de papel que se extendía sobre la mesa. Eleazar Ibn Bahar se apresuro a secarla, fue inútil, el pequeño punto negro se quedó perenne entre las casas que acababa de dibujar. Llevaba varias tardes dibujando la vista de La Corte de los Espejos que admiraba a diario desde su ventana, aquella manchita flotando entre las disciplinadas líneas se quedaría allí para recordarle que su pulso ya no era tan firme, ni sus reacciones tan rápidas. Se hacia viejo y era un lujo que aun no podía permitirse.
-Abuelo-La voz vino acompañada con el tintineo de las cortinas que separaban su pequeño despacho de la sala de estar, en aquella casa no había puertas-Acaba de llegar un mensajero.
Su nieto entró en el despacho con un pliegue de papel sellado en la mano, a Eleazar siempre le sorprendía lo que se parecía a su abuela, tenía los mismo ojos oliváceos y los labios que hacían exactamente la misma mueca suave cuando sonreían, algo que hacía de continuo y con la misma despreocupación con la que solía hacerlo su hijo Inaam. A veces se preguntaba si de verdad compartían estos rasgos eran solo malas jugadas de su memoria, que buscaba en los rostros cercanos recuerdos de los que ya no estaban a su lado. Viejo y sentimental, no podía haber una mezcla peor.
Rashid dejó la carta sobre la mesa y admiró el dibujo por encima de su hombro. Si vio la mancha tuvo la delicadeza de no mencionarla. Él mojó un pincel en tinta aguada y se puso a manchar el cielo de papel con unas cuantas nubes de panza gris.
-¿Me regalarás este dibujo cuando lo acabes, Babá?
De sus dos nietos, este era el más joven y el único que lo seguía llamando “Babá”.
-¿Tanto te gusta? Entonces puedes quedártelo, aquí ya casi no me queda espacio.
No colgaba sus dibujos en ninguna otra parte de la casa, le parecía una ofensa a su nieto Isma´il adornar las paredes con cosas de las que no podía disfrutar.
-Lo pondré en mi habitación.
-¿Quién era el mensajero?
-No venía de palacio, era un viajero.
El anciano metió el pincel en un vaso lleno de agua sucia. Aquello era extraño, lo habitual era que sus mensajes llegaran siempre a través de palacio, rara vez recibía algo directamente de fuera de las murallas. Y justo ahora que Isma´il estaba de viaje por orden de la reina. Temió que fueran malas noticias, pero cogió el sobre con la despreocupación de quien está acostumbrado a recibir cartas, no había ningún remite y tampoco ningún sello en los pegotes de lacre amarillo que la mantenían cerrada. Volvió a dejarla junto a los pinceles y las plumillas como se hace con las noticias sin importancia.
-¿Te fijaste en el correo? ¿Que aspecto tenía?-
-Vulgar, no me he fijado mucho en él. Creo que era un boggan con la ropa llena de polvo.
-Quizás sea de la caravana-Dijo fingiendo retomar el dibujo- Seguramente de tu madre, para asegurarse de que te comportas civilizadamente y de que te vigilo como es debido.
Su nieto volvió a llenar la habitación con una risotada, la facilidad que tenía para reírse, la plenitud de aquella risa y el poco valor que Rashid daba a sus estallidos de alegría era la mejor recompensa de Eleazar. Estaba bien que no necesitase pensar en el valor real de su felicidad ni en la suerte que tenía de que la vida le dejase llevar continuamente una sonrisa en la cara. No conocía la desgracia, ni las preocupaciones capaces de robarte el sueño y el apetito. En muchos aspectos era aun un niño más que un muchacho, al contrario que sus padres, su abuelo no tenía prisa por hacerle crecer ni por cargarlo de responsabilidades, tendría el resto de su vida para ser un adulto.
-¡Mi madre no es la indicada para darme lecciones de buen comportamiento¡-Comentó en tono jocoso.
-Me temo que ella hizo mejor trabajo educandote a ti, que él que hice yo con ella- Dijo él sin poder apartar los ojos del sobre.
-¿Cómo no iba a hacerlo bien? Te tenía a ti como ejemplo-Rashid se puso una chilaba de color verde encima de su túnica blanca-Me voy, esta noche Marsias me ha puesto a cargo de la puerta, es un puesto importante.
-Es una gran noticia, espera tengo algo para ti- Se levantó hasta una alacena de madera y saco un cofrecillo de nácar con la tapa rajada.
-Toma, te traerá suerte. Esto era de tu tatarabuela-Le dijo mientras ponía algo en la mano de su nieto y le cerraba los dedos en torno al regalo
-¿Era de tu abuela, Babá?¿Qué es?
Abrió la mano esperando encontrar alguna maravilla y no pudo evitar una mueca de desconcertada sorpresa, sobre su palma reposaba una sencilla piedra plana, un guijarro de arroyo sin más particularidad que un agujero en el centro, alguien había pasado un cordón por el agujero para que pudiese usarse a modo de collar.
-Es un amuleto, a mi me ayudó una vez. Espero que a ti solo te de suerte. Puede que no parezca gran cosa pero es una reliquia familiar.
Un poco incrédulo, Rashid se ató su nuevo tesoro al cinturón. Antes de irse le dio un beso en la coronilla y se marchó a la carrera tras un par de frases aceleradas de despedidas. El viejo sonrió, él que lo había visto dar sus primeros pasos entre las cabras de la caravana y ahora era ese mismo mocoso el que lo trataba como si fuera un crío. No podía negar que había ciertas similitudes entre la vejez y la infancia, sobre todo porque a tu alrededor todo el mundo tiende a infravalorarte o a sobreprotegerte. Regresó al despachó y contempló un rato la mesa su presencia se le antojaba similar a la de un bicho venenoso al que le gustaría poder hacer desaparecer bajo una piedra. Desde luego no era de la caravana, los Ibn Bahar tenían otros métodos para comunicarse entre ellos y si se veían obligados enviar mensajeros siempre usaban palomas. Además no tenía el sello de ninguna de las familias. Eso era un alivio, no le apetecía saber de su gente en aquel momento, se había alejado de ellos para darles a sus nietos la oportunidad de crecer lejos de la influencia de sus redes, que tuviesen la oportunidad de formarse una idea propia de cómo era el mundo. Rashid tendría que volver a la caravana tan pronto como sus padres decidieran que había llegado el momento de prepararlo para coger las riendas de la familia, o cuando encontraran a alguna muchacha a la que encontraran digna de ser su esposa. Un problema del que se ocuparía mas tarde, calculaba que su gente estaba aun muy lejos. La caravana de los Ibn Bahar hacia un ruta comercial larga y peligrosa que durante muchísimo tiempo nadie mas se había atrevido a hacer, y que ahora que otros viajeros se sentían lo bastante osados como para intentarlo, ellos reclamaban como derecho exclusivo. Nadie de su familia se quedaba demasiado tiempo en ninguna parte, ni poseían mas casa que su carpa en la caravana, estar en ruta era un honor y en ese aspecto Eleazar era un bicho raro que había echado raíces, se lo consentían porque necesitaban un enlace en la Corte que velase por sus intereses. Pero la carta no era de su familia, así que no merecía la pena pensar en ellos
Cogió el papel y buscó un abrecartas en alguno de los cajones, esperaba de todo corazón que no fuesen noticias de su nieto Isma´il, en aquel momento estaba de viaje por orden de la reina. Era bastante habitual ya que era correo de su majestad, del mismo modo que era habitual no tener noticias suyas mientras cumplía estos encargos. Nunca hubiese podido escribir una carta, el mismo brote de Plaga Roja que acabó con la vida de su hijo Inaam y su esposa afectó a su nieto cuando solo era un bebé, sobrevivió a sus padres pero se quedó ciego. A Eleazar le tocó sobreponerse de la muerte de su primogénito y de su nuera favorita para criar a un niño al que toda la caravana consideraba un lastre. Para él aquel niño de ojos nublados y expresión dulce fue una bendición, le dio la excusa ideal para establecerse en la Corte de los Espejos y era el consuelo constante de su perdida, toda su vida había sido una lucha para conseguirle siempre lo mejor, intentando que no dependiese de nadie mas allá de los estrictamente imprescindible, si era capaz de valerse por si mismo no lo necesitaría cuando la eternidad lo reclamase. Y aunque creía haber conseguido su objetivo, la sombra de esa preocupación nunca acababa de disiparse, hacía ya tiempo que había asumido que lo acompañaría hasta su ultimo aliento, tal vez incluso mas allá. Hacía presa de él en aquel momento, mientras rasgaba el papel con unas manos que temblaban más por la preocupación que por la edad.
No se trataba de Isma´il, el alivio le duró poco, a medida que iba leyendo iba descubriendo la gravedad de lo acababa de caer en sus manos. La carta estaba escrita por una acelerada mano femenina tras la que se adivinaban un terror acuciante, derrochaba las palabras y los detalles con la vehemencia apasionada de quienes desean ser creídos a toda costa. Desbordaba un odio frió y calculado. El anciano dejó caer el papel sobre la mesa y miró por la ventana, a la tarde plácida y luminosa que hacía relucir las tejas de azulejo tornasolado de la Corte contempló las casitas apiñadas, con las ventanas llenas de flores y las torres de palacio, que se recortaban contra el cielo esbeltas y desafiantes como los dedos de un dios. El paisaje sin cambios que había aprendido a amar. A veces pensaba que aquella ciudad no se llamaba la Corte de los Espejos por sus relucientes tejados, brillantes como cristales al sol sino por todos los equívocos y los engaños que escondía. Habían pasado mucho años desde que el final de la Guerra de la Reina Durmiente sentase en el trono a su Majestad Silvania, que las batallas hubiesen cesado no significaba que estuviesen en paz. Nadie quedó del todo satisfecho en las capitulaciones, demasiados rencores, demasiado dolor sin consolar...había quienes de negaban aceptar los cambios del nuevo gobierno, cada cual esgrimía sus razones como legitimas y la reina tenia que gobernar manteniendo un equilibrio perfecto algo que a veces era como tratar de mantenerse en pie sobre un alambre en plena tempestad. Un movimiento en falso y el gobierno por el que tanto habían luchado desaparecerían en un instante. El reino no se merecía volver a sangrar.
Volvió a leer la carta un par de veces mas, esta vez con la cabeza libre de preocupaciones, dejó a un lado a su familia, los asuntos de estado y sus propias opiniones, se limito a concentrarse en el contenido, despedazando las frases detenidamente tratando de averiguar que dosis de verdad ocultaban y hasta que punto eran graves aquellas acusaciones. Estuvo meditando un rato, a primera vista parecía estar ante los desvaríos conspiratorios de un vulgar paranoico, pero el conocía la mano de la que salían aquellas letras y estaba lejos de ser una loca, por mucho que estuviese desesperada por que la permitiesen regresar del exilio nunca se inventaría una historia que a primera vista parecía demasiado descabellada para ser cierta. Durante la guerra habían sido aliados y luego se habían mantenido en contacto por puro interés mutuo, ella confiaba en que Eleazar como jefe de la cancillería usase su influencia para ayudarla, algo que solo había hecho cuando convenía a sus intereses. Aun así aquella mutua cooperación daba buenos frutos y mientras fuese así, su aliada seguiría en el exilio. Era un peón que le convenía conservar. De hecho ella le mandaba aquella información confiando que aquella muestra de lealtad a la reina le permitiese regresa a la Corte, eso se adivinaba entre líneas. No era del todo malo que conservase alguna esperanza, la dejaría soñar por el momento, mientras decidía como actuar.
Ante todo tenía que proteger a los suyos, por ahora ninguno de sus nietos debía saber nada de aquel asunto. Al menos no hasta que conociese bien todos los pormenores. Había demasiadas incógnitas en aquel asunto que no le gustaban, lo primero era cubrirse las espaldas, actuaría como si la información fuese totalmente cierta. No sabía si alguien mas conocía aquellos hechos o la existencia de aquella carta, era importante averiguar si corría peligro, hizo una copia del escrito y la guardo en el falso fondo de un cajón, un escondite no demasiado obvio pero tampoco demasiado seguro, si alguien la buscaba a conciencia pensaría que la había escondido. Ahora tenia que pensar a quien enviaba la carta original, era necesario que alguien más conociese aquellos hechos, pero era necesario escoger a la persona correcta. No podía poner aquello en conocimiento de la reina, no hasta que no verificase la información y hubiese tomado sus propias medidas, en el palacio hasta los aposentos mas privados tenían orejas y él no sabía hasta donde llegaba aquella supuesta conjura ni que consecuencias tendría aquella información si llegaba a oídos equivocados. La reina contaba con el Alto Consejo para ayudarse a tomar las decisiones de estado, eran en total doce miembros que representaban las doce casas nobles mas importantes del reino, aunque en este momento el consejo solo contaba con diez consejeros, dos de los asientos esperaban que alguien los ocupase, pero la reina no había designado quienes debían ocupar esos puestos y no parecía dispuesta a hacerlo pronto. Pese a que debido a su labor de alto canciller Eleazar conocía a todos los miembros del Alto Consejo y no acababa de confiar en ellos, una parte de ellos habían luchado contra la reina en la Guerra, pero firmar los armisticios voluntariamente jugó en su favor. Olvidar y empezar de nuevo, esa fue la premisa. El canciller no sabía hasta que punto habían olvidado. También estaban presentes en el Consejo los nobles que habían luchado del lado de la reina, pero algunos estaban descontentos con el nuevo gobierno, los cambios impuestos por el gobierno les hicieron perder muchos de sus privilegios, por no contar los que habian esperado un mejor pago por su lealtad. Definitivamente no podía confiar en los altos nobles, además según la carta al menos dos de ellos estaban dentro del complot. Eso descartaba igualmente a la Camara de Consenso, estaba formada por las casas menores y solo se acudía a ella cuando no existía unanimidad en el Alto Consejo. Eran un curioso grupo de oportunistas que esperaban una oportunidad de medrar y solo actuarían siguiendo sus propias ambiciones. La mayoría carecían de cualquier habilidad política y solo estaban en la cámara en virtud a sus títulos. Los había leales y bien intencionados, pero tenían muy poco poder para resultar de utilidad, además Eleazar apenas los conocía, no sabría a quien acudir. Tenía que olvidarse de los sidhe, era demasiado arriesgado. Y desde luego no podía pensar ni por un momento en confiar en DamaMirlo, la pieza fuera del tablero. La mujer que no tenía mas papel que el de “Camarera Mayor” de su majestad, y sin embargo parecía estar en todas partes, saberlo todo, su mano manejaba mucho más que los vestidos de la reina o la organización de las doncellas. Sabanas limpias para las estancias de palacio y palabras negras para las cámaras del consejo. Aquella figura delgada y discreta que se deslizaba sobre el mármol con la fluidez de una mancha de tinta, siempre un paso detrás de todo el mundo, siempre imperturbable, con aquellos ojos sin pupilas, que lo devoraban todo en silencio. Solo la reina confiaba en DamaMirlo. Eso le dejaba como única salida el Parlamento de los Sueños, la asamblea de gentiles. Hadas comunes que no poseían ningún titulo de nobleza, artesanos, comerciantes…trabajadores que asqueaban a muchos elfos, para ellos que esta gente pisase si quiera el suelo del Palacio de Cristal era una muestra de que tras la guerra las cosas habían cambiado a peor ¿Qué podía saber cualquiera de ellos de política? Sin embargo aquella hadas eran leales a la reina, porque ella les habia dado mas de lo que se atrevieron a imaginar. El Parlamento apenas tenía poder real, pero era obligatorio comunicarles las decisiones del Consejo y en ocasiones habían conseguidos reformar ciertas leyes o presentar enmiendas, para evitar revueltas y desordenes.
Sabía a quien debía dirigirse, le había prohibido dirigirle la palabra hace muchos años, antes de que llegase a la ciudad. La única concesión a su antigua amistad era el pequeño desafío matemático que mantenían entre ellos. Empezó un día que él se le cayó una hoja de su cuaderno de cálculo cuando paseaba por la calle, nunca supo como encontró ella la hoja, ni como supo a quien le pertenecía. La hoja contenía una ecuación que era incapaz de resolver, emborronada, rehecha mil veces. Se la mando a casa con un mensajero, resuelta con una única frase escrita “¿Esto es todo lo que sabes hacer?” . Añadía una nueva ecuación a modo de desafió. Desde entonces habían cruzado una interminable correspondencia de ecuaciones y problemas de lógica, pero jamás una carta. Sabía que la ingeniera no lo perdonaría jamás ni lo pretendía pero también sabía que la única razón por la que aceptaba su asiento en el parlamento era su firme deseo de paz. Ella había entregado su sangre y su felicidad en aquella guerra. Había sufrido y no deseaba que volviera pasar. Vigilaba a los sidhe, no tenía reparo en desafiarlos, lo había hecho una vez y les había ganado, los nobles la temían, la apreciaban o la odiaban.
Buscó la ecuación que le había mandado esta vez, estaba sin resolver. Uso el pliego para ocultar la carta, no podía enviarla de inmediato, en caso de que estuviesen vigilándolo sería sospechoso. Esperaría dos días. Mientras haría algunas averiguaciones, trataría de desentrañar que era lo que tenía entre manos para poder actuar en consecuencia. Sabía que era lo mismo que haría ella. Ellos tal vez era dos hadas humildes con un pasado común que ninguno quería recordar, era bueno ser insignificante. Nadie espera nada de ti, nadie sospecha de ti. Muy a menudo la gente insignificante hace grandes cosas. Eleazar selló el pliego y con él sus esperanzas de que todo aquello no fuese mas que una broma macabra, que no hubiese necesidad de grandes proezas. No le gustaban las hazañas porque sabía que se cobraban enormes precios, él ya no era joven, tenía demasiadas cosas que no quería perder. Suspiró al guardar la carta entre los pliegues de su túnica, al hacerlo se sintió pequeño y frágil, como un pergamino reseco. Había sobrevivido a esclavitud, a la guerra y la Plaga Roja, pero no estaba seguro si sobreviviría a las intrigas de la paz.
miércoles, 13 de octubre de 2010
jueves, 7 de octubre de 2010
Cambios Otoñales
Manx murió en otoño y su muerte empezó una historia...Será porque en verano siempre ha bajado mucho la actividad del blog (lo cual entre calor y vacaciones es algo perfectamente lógico) o tal vez porque le veo tantas implicaciones poéticas que es mi estación favorita (lo cual tal vez sea señal de ramalazo gótico en mi interior, Dior no lo quiera) El caso es que para mi esta estación siempre ha sido sinónimo de: “Anda ponte los calcetines y empieza a escribir” los últimos dos años ha sido para retomar la Corte y este será para terminarla definitivamente. Desgraciadamente por ahora no habrá nuevas entradas de la historia ¿Por qué? No quiero adelantar acontecimientos, para bien o para mal sabréis la respuesta a finales de Noviembre. ¿Os voy a dejar a medias? No, jamás, no me gusta dejar a nadie insatisfecho, cualquiera que haya comido en mi casa lo sabe. No, no voy a hacer chistes guarros, hacedlos vosotros por mí.
Conoceréis el final de la historia de un modo u otro. Eso es una promesa. Si dejo de publicar entradas literarias es por un acto de fuerza mayor, tal vez pasajero. Algunos ven el Otoño como la muerte del verano, un momento melancólico en el que la belleza estival se deshace, los días de descanso terminan y todo se vuelve un poco más gris, un poco más triste. Yo soy del cálido sur, aquí el otoño es una respiro tras los larguísimos días de calor asfixiante, son las noches en las que, por fin, duermes apaciblemente sin sudores ni agobios, es cuando la tierra se recupera un poco, respira aliviada y los parques y los jardines se quitan el polvo de tantos y tantos días sin lluvia. El Otoño es el principio…este Otoño podría ser el principio de un largo sueño
No os preocupéis, no os dejaré sin leer. Si no puedo seguir con la Corte os contare otro cuento “Beltaine”, una historia corta sobre como se forjó una amistad larga.
Y recordad que se acerca Samhain…cuidado, cuidado con las hadas.
Conoceréis el final de la historia de un modo u otro. Eso es una promesa. Si dejo de publicar entradas literarias es por un acto de fuerza mayor, tal vez pasajero. Algunos ven el Otoño como la muerte del verano, un momento melancólico en el que la belleza estival se deshace, los días de descanso terminan y todo se vuelve un poco más gris, un poco más triste. Yo soy del cálido sur, aquí el otoño es una respiro tras los larguísimos días de calor asfixiante, son las noches en las que, por fin, duermes apaciblemente sin sudores ni agobios, es cuando la tierra se recupera un poco, respira aliviada y los parques y los jardines se quitan el polvo de tantos y tantos días sin lluvia. El Otoño es el principio…este Otoño podría ser el principio de un largo sueño
No os preocupéis, no os dejaré sin leer. Si no puedo seguir con la Corte os contare otro cuento “Beltaine”, una historia corta sobre como se forjó una amistad larga.
Y recordad que se acerca Samhain…cuidado, cuidado con las hadas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)