viernes, 20 de julio de 2012

Como NO escribir novela fantástica




A veces, por muy bueno que sea el libro que estás leyendo, te apetece leer algo ligero. Anoche estaba intentando leer “shogun”, la maravillosa novela de James Clavell, y tuve que desistir al poco tiempo; no estaba concentrada, los diálogos se me escapaban y estaba pasando las hojas sin apenas notarlas. Eso, cuando tienes un buen libro por delante, como era el caso, es un delito. Estaba desperdiciando el placer de una buena lectura y eso debería considerarse pecado; a día de hoy no abundan. Cada vez estoy más convencida de que las editoriales están apostando por inundar el mercado de material, a la caza del best seller sin primar para nada que el libro sea digno de ser leído. Cantidad, antes que calidad. Quizás me tiro piedras al tejado, porque a veces pienso que, a título personal, me ha beneficiado esta política editorial del “todo vale” y que gracias a ella voy a publicar una novela sobre la que albergo toda clase de dudas y alguna más. En fin…
El caso es que anoche no tenía la cabeza ni el ánimo para disfrutar de las aventuras de John Blacthorne y pensé en algo más ligero. Sobre la mesa tenía un libro por el que sentía cierta curiosidad. Adoro la literatura fantástica y tal vez un poco de magia era lo que necesitaba.
La verdad es que me decepcioné muy rápido. Soy una ávida lectora de novelas fantásticas; es mi género, el que más me gusta leer, el que mejor conozco y, precisamente por eso, al que más le exijo. Al cuarto capítulo la historia me tenía de mala hostia. Porque es un libro que jamás se habría publicado sin la estela de Harry Potter, que tantos hijos mediocres ha engendrado.
La protagonista es una niña rica, huérfana (esta vez solo de madre ¿o tal vez no es huérfana y su madre no era del todo humana?) y solitaria de la que todas sus compañeras de colegio se ríen porque es diferente.
Primero: me niego a tenerle pena a una millonaria. Una adolescente que vive en una mansión, y cuyo amantísimo padre la cubre de regalos caros en todos sus cumpleaños, me inspira poca lástima.
Segundo: una novela escrita en el 2008 no puede pretender que me crea que chicas de esa edad se rían de otra por llevar pintas extrañas, cuando hoy lo raro es encontrar a una adolescente que no le dé a su vestuario o a su aspecto un toque exótico.
Tercero: técnica de la cáscara vacía ¡Otra vez! ¿Cómo es la protagonista? Pues no lo sabemos; sabemos que es una adolescente insegura, que se siente fea, lo que encaja con el 95% de las adolescentes. No sabemos si es alta, baja, si es delgada… Nada de nada. Tampoco sabemos qué música escucha, ni qué le gusta leer (solo que, como es una solitaria, adora leer, los libros son sus únicos amigos. Que original, de verdad que es la primera vez que leo algo así). Eso sí, está plagadita de sentimientos, inseguridades y complejos que la llevan a portarse como una autentica gilipollas. Sí, esto es lo que yo llamo un personaje femenino bien trabajado.
Cuarto: Todo cambia cuando, ¡oh, que giro de argumento más inusual!, recibe un regalo, herencia de su difunta madre, que resulta ser, maravilla de maravillas, un objeto mágico que cambiará su vida para siempre, hará que olvide sus sufrimientos y deje de ser una triste marginada para convertirse en alguien super guay.
En serio, estoy cansada de las niñas tristes cuyas vidas cambian a mejor gracias a su herencia sobrenatural, o a un encuentro sobrenatural o a un amor sobrenatural. Hartita. Porque, además, la vida no es así; nadie acude nunca al rescate de las niñas tristes y solitarias. Ni siquiera la magia. En “La Historia Interminable” Bastian no deja de ser un niño gordito, lo que sí gana es a su padre. Siempre me ha parecido uno de los finales más hermosos de la literatura fantástica; esa vuelta a la normalidad, en la cocina de casa, delante del desayuno, mientras padre e hijo hablan de verdad por primera vez en su vida. Y tú ya intuyes que las cosas van a cambiar a mejor. Aunque se sigan riendo de él en el colegio, porque al final del día tendrá a su padre.
Creemos erróneamente que la literatura fantástica es un género de menor, de evasión, dirigido a adolescentes, al que no hace falta exigirle demasiado. No puedo estar menos de acuerdo. No son tontos, no puedes acostumbrarles a leer libros que no exijan pensar un poco. Las lecturas fáciles no están mal de vez en cuando, pero al cerebro también hay que desafiarlo, no importa la edad del lector. Los adolescentes merecen, igual que cualquiera de nosotros, una literatura de calidad. Y no hace falta que los protejamos de nada con argumentos almibarados. Ellos ya saben que el mundo está ahí fuera y que no es fácil. Saben que la magia no va a salvarlos. No esperan que lo haga, solo esperan que los libros les ofrezcan algo. Ese algo debería ser más que argumentos pobres y palabras vacías.











domingo, 17 de junio de 2012

Desfachatez


Hace pocos días, la vicepresidenta del gobierno, Soraya Saenz de Santamaría, tuvo la desfachatez de decir que los españoles tenemos que resignarnos a la idea de que nuestros hijos van a vivir peor que nosotros.
Hay una frase que suelo usar mucho: “no achaques a la maldad lo que puede ser culpa de la estupidez”. Suelo abrazarme a ella, porque me resulta más fácil pensar que algunas cosas se dicen o se hacen sin pensarlas demasiado. En este caso no me vale el consuelo, porque  para ser una puñalada en toda regla, a esta frase de la señora Vicepresidenta solo le falta una coletilla: “y os jodeos porque es lo que hay”. A ella le importa muy poco lo que tenga que sufrir una serie de generaciones de españoles, porque gracias a nuestros impuestos puede pagarse un ejército de niñeras que cuiden a su retoño mientras va a trabajar en coche oficial. Sabe que a su hijo no le van a faltar universidades privadas, ni médicos, ni empleo, ni una pista de padle. Si el resto no puede pagarse lo mismo, que se busque la vida, que para eso está el capitalismo salvaje.
Soy tan gilipollas que me ofende la desfachatez de nuestros políticos, que disparan este tipo de frases a sangre fría sin que se les pase por la cabeza por un solo momento que algo de lo que suelten por la boca vaya a pasarles factura, y solo tengo en cuenta lo que dicen porque si me pongo a pensar en lo que hacen (o no hacen) no reúno fuerzas para terminar de escribir esto. Porque está claro que hace mucho tiempo que a la clase política no les preocupamos. No sé si es que han perdido por completo el sentido de la realidad y se piensan que hemos vuelto a la sociedad estamental donde unos tienen que partirse el lomo para que a otros no les falte de nada porque el orden democrático de las cosas es ese; o si sencillamente es que mientras ellos llenen la saca lo demás no les preocupa en absoluto.
La señora Saenz de Santamaría dice que mis hijos vivirán peor que yo. Déjeme explicarle: Tengo 34 años, una carrera, un doctorado, hablo inglés, lengua de signos. No he tenido hijos porque no he querido, pero tampoco habría podido hacerlo porque en toda mi vida jamás he tenido un sueldo que alcanzase los 1000 euros, ni un contrato fijo. ¡Qué carajo!, ni siquiera he tenido contratos dignos de ese nombre, solo porquerías “por obra y servicio” que no me permitían ni cobrar el paro. Nunca he tenido derecho a unas vacaciones pagadas, tengo cotizada tal ridiculez de tiempo que probablemente jamás me jubile. Parece ser que mi única opción es marcharme fuera, pero resulta que no quiero. Esta es mi vida.  He visto cómo iban recortando derechos laborales año tras años, el curriculum me ha servido de poco y los sindicatos… bueno de los sindicatos prefiero ni hablar.
Y parece ser que nuestros hijos lo van a tener peor.
Dependerá de quienes sean sus padres…

martes, 29 de mayo de 2012

Falsas cuestiones de género


De vez en cuando voy a jornadas o congresos literarios.  Lo primero que suelo hacer es mirar el programa con lupa, porque es lo que va a  determinar si hago la maleta o me quedo en casa.  Pero de vez en cuando me dejo arrastrar por el entusiasmo y voy a los sitios sin saber donde me meto.

Error.

Las buenas costumbres no deben perderse y los programas se miran sí o sí, porque si no te encuentras sorpresas desagradables y conferencias infumables. De todas estas las que más odio, sin duda, son las charlas de género y literatura. Estoy harta,  estoy cansada de  encontrar cosas con títulos como: “mujeres que escriben” “escritoras y personajes femeninos” “ellas también escriben” “ellas se miran la vulva con un espejito” (fijaos que he dicho vulva, este fin de semana me han aconsejado que modere mi lenguaje).
Es que siempre se dice lo mismo: que si las mujeres tienen una sensibilidad especial para describir sentimientos, que si les resulta más fácil crear personajes femeninos creíbles, que si no escribe igual una mujer que un hombre. Y, por supuesto, se acaba hablando de discriminación en el sector editorial. ¿Pero a estas alturas de la película esto se lo cree alguien? El 95% de las agencias editoriales las llevan mujeres. Jefes de prensa, comerciales, editoras… todas son mujeres. En este país el mundo editorial es femenino. Y no sé si hay más escritores que escritoras, ni me importa. Porque se trata de leerte un libro no de llevártelo al huerto.

De hecho hay géneros en los que difícilmente verás publicado a un hombre. Las editoriales piensan que solo las mujeres pueden escribir novela romántica, argumentan que si se pone en las estanterías una novela romántica escrita por un hombre nadie la comprará. Tal vez porque no tienen esa “sensibilidad innata” que se precisa para llenar páginas y páginas  almibaradas,  llenas de dramas emocionales y escenas de sexo absurdo y tórridamente explicito. Habría que recordarles que algunos de los super ventas de este género son hombres: Nicholas Sparks, Federico Moccia y Blue Jeans, por citar solo tres. Bueno y si no siempre se puede usar pseudónimo. Algo curioso, porque eso de tirar de pseudónimo para poder publicar fue lo que tuvieron que hacer durante mucho tiempo las mujeres que deseaban dedicarse a escribir.  También está de moda la novela fantástica escrita por mujeres, siguiendo la estela de J.K Rowling y Laura Gallego. No estoy diciendo que si un escritor presenta una obra de este palo no se la vayan a coger, digo que, en este caso, hoy por hoy tiene más posibilidades de acabar impreso si está escrita por una mujer. Alguien piensa que en las portadas luce más un nombre femenino. Pero esto rara vez se menciona y si se hace salen a la palestra las dos palabras más asquerosas que lo políticamente correcto haya parido jamás: discriminación positiva.  No jodamos, la discriminación no puede ser positiva, son dos términos antagónicos, como el chocolate ligth.

De machismo hay que hablar cuando realmente toca, no puede ser el saco de los topicazos para rellenar tiempo muerto en un congreso, porque nos hace un flaco favor a todos. Usamos las mismas palabras muertas, los mismo conceptos vacios y falsos de los que echan mano los políticos para ir de progres.  Puede que a principios del siglo pasado estos debates fueran necesarios, pero a día de hoy, al menos aquí, en España, esto debería estar superado.  Ya está bien, no será porque no hay debates interesantes. No, las mujeres no tenemos nada especial que nos distinga de los hombres a la hora de escribir. O al menos yo creo que no. Somos personas, no importa lo que tengamos entre las piernas, que escribimos.

Si tengo que volver a escuchar en una charla que nosotras desarrollamos ciertas aéreas del cerebro distintas a las que desarrollan ellos, o el rollazo de que  los grandes personajes femeninos en la novela son siempre mujeres reprimidas como la Regenta o Madame Bovary,  me tiro por la ventana del congreso aunque esté en un bajo. Hablar de personajes femeninos en la novela poniendo de ejemplo obras del s.XIX y además, que casualidad, hablando siempre de estas dos es como si dijésemos que todos los grandes personajes masculinos de la literatura están como cabras y citásemos al Quijote y al capitán Ahab.  Y eso si la mesa transcurre más o menos con normalidad, si la cosa se desbarra acabas oyendo hablar de la teoría  de Andrew Dalby de que Homero pudo ser una mujer…

El mundo editorial es duro y exigente, seas del sexo que seas publicar no es fácil. Hay que enfrentarse a un montón de reglas absurdas, exigencias del mercado, etiquetas.  Es un negocio, que sinceramente, no creo que nos discrimine a nosotras más que a ellos. Lo hizo en su momento, pero eso es agua pasada. Hoy tendríamos que defender el derecho de que cualquiera puede escribir lo que sea y tener exactamente las mismas oportunidades para publicarlo en base a su talento y no a unas dudosas leyes de mercado.(Ya lo sé, soy una ingenua)

Así que sí, me desesperan las mesas  sobre escritura en femenino. Si hicieran una con el tema “hombres que escriben lo que le sale de las pelotas” se les tacharía de machistas. Existen cursos de escritura exclusivos para mujeres, di ahora que vas a hacer lo mismo solo para hombres y verás la que se monta. ¿Por qué se puede hace un “solo para ellas” pero lo contrario nos huele a campo de nabos? Me van a perdonar ustedes pero a mí la concentración de genitales de un solo bando, sea el que sea, me da mala espina. Debe ser que mi memoria genética me previene contra los ghettos. 

miércoles, 23 de mayo de 2012

Escena descartada


Pues eso, os dejo otro párrafo descartado de la novela. Así hago tiempo hasta que pueda daros noticias



La sorprendió abrir los ojos, tanto como si regresase de una muerte súbita; no recordaba haberse desmayado. Seguramente nunca averiguaría por sus propios medios cómo había acabado hundida en mitad de un charco de barro y sangre. Tampoco era algo que le importase demasiado. Su último recuerdo era el de un corazón que dejaba de latir en medio de la oscuridad y después nada. Absolutamente nada…
Nicasia intentó ponerse en pie y un dolor lacerante le recorrió el brazo derecho cuando intentó apoyarse en él. Los huesos de la mano volvían a estar desmadejados, y apenas era capaz de mover el hombro. Curiosamente, esto no la asustó. Ni su ropa hecha jirones, ni ella misma cubierta de hojas, tierra y sangre. No quería saber si la sangre era suya o de otro. Solo quería ponerse en pie, y en eso centró todos sus esfuerzos. Tuvo que hacer varios intentos hasta que logró coordinar el brazo y la pierna sanos para conseguirlo. Su cuerpo protestó con diversos dolores y calambres, pero la ingeniera no les prestó demasiada atención. Se mantenía en un equilibrio bastante precario,  tambaleándose como un arbolito demasiado joven a merced de un viento caprichoso; aun así, consiguió no volver a caer. No intentó caminar, el terreno era resbaladizo, blando y traicionero. Se limito a mirar a su alrededor.
“Cuántos muertos”, pensó, y casi al mismo tiempo cayó en la cuenta de que no era la primera vez que estaba en un campo de batalla. Ya había visto escenarios parecidos. No quedaba nadie en pie. Tampoco eso era nuevo. Matar se le daba bien, demasiado bien. Si había algo nuevo entre las ruinas del pantano era el silencio. No es que no oyese voces, es que no era capaz de escuchar nada, ni el viento, ni el grito de un pájaro. Estaba inmersa en un silencio denso que le llenaba los oídos con un pitido finísimo y le embotaba la cabeza. El sol le molestaba en los ojos. Miró a su alrededor:  el terreno estaba arrasado. Había restos de cadáveres por todas partes, incluso colgados en los arboles.
Entonces recordó la explosión. Así era como ella sabía matar… con fuego y pólvora. Le debía haber salido muy bien. Allí no se movía nada, no quedaba nada. Había vuelto a vencer. Lo raro de sus victorias era que nunca le parecía que las cosas hubiesen acabado bien. Solo habían acabado; y ni siquiera para siempre.
Se esforzó por dar un primer paso, por avanzar. La dirección no le importaba demasiado, solo quería moverse, sin molestarse en mirar a su alrededor, sin pensar, sin preocuparse siquiera por el zumbido en el que se estaba convirtiendo su cabeza. Cada paso era lento y fatigoso. A veces se le hundían las piernas en lodo hasta las rodillas, y aun así no se detenía.  Estaba huyendo, simple y sencillamente. Quería alejarse de aquel escenario de miseria. En realidad le gustaría dejarse a sí misma atrás. Dejar de ser Nicasia, dejar de ser la Recorretúneles, del mismo modo que había dejado de ser Nanyalín. Aunque en el fondo sabía que por muchos nombres que usase nunca dejaría de ser ella misma, y esa era la fuente de todos sus problemas.
Terminó topándose con que, poco a poco, el terreno cambiaba a peor, cada vez encontraba menos tierra sobre la que caminar. Primero fue encontrándose charcos de agua estancada que cada vez eran más grandes. Al final acabó alcanzando el centro del pantano, un lago inmenso de tranquilas aguas verdosas lleno de juncos y plantas. Un lugar extrañamente calmado. Tuvo la impresión de que era allí hasta donde había querido llegar, porque tenía sed y estaba abrasada por el calor, porque quería tranquilidad y aquel lugar era último rincón de Terralinde.
Se contempló en el espejo negro del lago. Allí estaba: casi desnuda, rota, huesos y piel sin apenas carne que le diera forma a su cuerpo. Estaba a solas con un dolor inmenso, no solo de sus heridas; sentía su corazón como si fuese un saco de mariposas muertas; ligero, frágil, abandonado…Tanto luchar… ¿Para qué? Ella nunca obtenía lo que realmente deseaba. Su reflejo le dejaba bien claro quién era: un hada flacucha y fea incapaz de hacer otra cosa que no fuese andar hacía adelante sin ningún rumbo, sin nadie que la esperase.
Se dejó caer en el agua. Ya estaba bien, no lucharía más, no sufriría más. Un abrazo extrañamente cálido la envolvió, su cuerpo perdió peso. Paz, una paz inmensa la acogió entre el liquen y las algas mientras se hundía. No sintió deseos de respirar, ella formaría parte del cieno y los peces. Todo acabaría allí.
Entonces, recordó la mirada de unos ojos.
“Malbicho, no te rindas, no me abandones”.
Supo que le quedaba un solo motivo para volver, una sola tarea. Un amor lento y paciente. 
Encontraron a la ingeniera flotando bocarriba, inconsciente, pero con una sonrisa pintada en los labios pálidos.
Ninguna historia acaba mientras el corazón no deja de latir.

domingo, 22 de abril de 2012

El extraño caso de la mujer transparente




Es difícil explicar como nacen las historias. Es mucho más fácil dar las gracias a los que te ayudan a crearlas. Gracias. 


A veces aún me acuerdo de ella. Con los años, su imagen se ha convertido en una presencia constante en mi memoria, una mancha en un espejo, casi imperceptible pero imborrable. A veces su recuerdo me golpea con la fuerza del dolor reciente. Faltaría a la verdad si dijese que su caso ha llegado a obsesionarme. Es solo que ejerce un peso en mi corazón, que me provoca inexplicables remordimientos pese a que estoy convencido de que hice todo cuanto estaba en mi mano por ayudarla. Su recuerdo arrastra una profunda sensación de fracaso.  Durante algún tiempo repasé las notas y los apuntes del expediente, esperando encontrar ese detalle que pasé por alto, lo que fuera que desencadenó la desgracia. No lo hay. Sigo revisando mis papeles a veces, solo que ya no busco lo que no vi: ahora busco una explicación que le dé sentido a aquellos días terribles. Me hago viejo, empiezo a pensar que simplemente enfoqué mal la investigación; el autentico misterio de aquel caso era la propia Alma.
Entró por primera vez en mi despacho a principios de Octubre. No recuerdo si ese día llovía o era una maravillosa tarde de otoño, ciertos detalles ya han escapado de mi memoria. Sí recuerdo que la estaba esperando. Había tenido la delicadeza de pedir cita previa, aunque sin especificar los detalles que deseaba consultarme, algo que habitualmente no toleraba: me gustan las situaciones claras. Investigué un poco: una mujer decentemente casada, acomodada, pocos amigos y menos aficiones. Con estos datos creí imaginar la razón de su consulta; en mi profesión, cuando una mujer casada pide cita a última hora de la tarde siempre es por un asunto del corazón. Un marido infiel, algún arreglo para lograr un divorcio, chantaje… Debo decir que me producían cierto fastidio esos asuntos, pero el bolsillo manda y yo no podía permitirme el lujo de rechazar a un cliente sin conocer el motivo de su consulta. Así que esperaba con Momo dormitando junto la estufa encendida, el sillón de las visitas en su sitio y más fastidio que curiosidad.
 Su entrada apenas me produjo impresión alguna. Momo levantó la cabeza y olisqueó el aire con poco interés, regresando de inmediato a sus sueños, ignorando por completo a nuestra visita. A primera vista parecía una mujer tan perfectamente normal que nadie se hubiese fijado nunca en ella. Pertenecía a esa marea de seres vulgares y anónimos que pasan por nuestro lado sin que reparemos en su existencia. No era bonita ni fea, vestía un correcto y sencillo vestido gris y, en contra a lo que solía ser habitual en este tipo de visitas, no llevaba velo para ocultar su rostro. Un gesto muy dramático, muy habitual en las mujeres que intentaban pasar desapercibidas; casi ninguna caía en la cuenta de qué llama mucho más la atención una mujer velada entrando en casa de hombre soltero que una dama discreta a cara descubierta.
Se sentó  tras quitarse el abrigo. Me pareció raro que se dejase los guantes, pero pronto ese detalle dejó de llamarme la atención. Había algo mucho más extraño en la mujer que ocupaba mi destartalado sillón. En un principio fui incapaz de identificar de qué se trataba, era algo vago e indefinible… Resultaba imposible adivinar si la habían arrastrado hasta allí los celos, el deseo de venganza o el miedo, porque su expresión era hierática, inexpresiva de un modo antinatural. Tenía la sensación de estar delante de una estatua y no de un ser humano. Era pálida, o tal vez estaba pálida, como hecha de alabastro ligeramente rosado. Sus ojos destacaban sobre su piel radiante porque eran dos manchas oscuras en un rostro que no tenía nada que decir.  Frente a esa serenidad inmutable, me sentí repentinamente incomodo, fuera de lugar en mi propia casa.  No habló, sino que esperó a que fuese yo el que iniciase la conversación. Durante unos segundos, un silencio insoportable cristalizó entre nosotros y la atmosfera de la habitación se volvió dura y fría hasta lo insoportable. Con la primera impresión sentí una aversión visceral por mi invitada y decidí casi al momento que no quería escucharla, que no iba a aceptar su caso por mucho que me pagara.
-Señorita Oliver, no tengo la costumbre de recibir clientes en estas circunstancias. -Fui deliberadamente cortante con ella. Quería que se marchase. La habría echado si hubiese estado en mi mano-. Me gusta saber qué desean consultarme para poder saber a qué atenerme y no perder el tiempo.
Ella alzó los ojos solo un momento, ojos castaños como tantísimos otros, y me miró un segundo tratando de sondearme. Después volvió a bajar la mirada con el gesto de un gato acobardado.
- Yo no suelo actuar de este modo tan poco ortodoxo, señor Alcázares –contestó. Su voz vaciló menos que su mirada-. Desgraciadamente, sospecho que si le hubiese contado el motivo de mi visita no habría accedido a recibirme.
-He tenido clientes muy peculiares, señora. No se me sorprende con facilidad.
Ella no se inmutó, apenas cambio de expresión. Se limitó a volver a contemplarme con aquella mirada fija y vacía.
-Estoy segura de ello, pero mi caso es especial… en un sentido que apenas puedo explicar con palabras.
-Sería muy de agradecer que lo intentase, señora Oliver.
-Por favor, llámeme Alma. Lo hace todo el mundo. -Señaló una pequeña lámpara situada a su espalda-. ¿Le importa?
-Adelante.
Encendió la lámpara y, sin mayores preámbulos, se quitó un guante. La prenda desveló una mano femenina, de esas que no han tenido que estropearse con las labores de la casa. Durante un momento me pregunté qué era lo que pretendía. Lo averigüé muy pronto; la luz, atravesaba la carne de su mano como si fuese seda roja, enredando huesos y venas. Necesité un largo periodo de tiempo para recuperarme de la sorpresa y, por huir de la visión de aquella mano traslucida, me fije en sus ojos. Fue un  error; encontré en ellos una mirada aterrorizada que ya había visto muchos años atrás en otro rostro. Una mirada que intentaba olvidar.
-Señora -logré decir cuando recuperé el dominio de mi mismo-, no veo cómo puedo ayudarla
-Sálveme -me rogó con el tono desesperado de los desahuciados-. Se lo suplico, no puedo acudir a nadie más.
Me sentí abordado de un modo brutal. Aún trataba de sobreponerme a lo que acababa de ver
-¿Qué la salve? Señora, no se está comportando de un modo sensato. ¿Qué pretende que haga? No puedo ayudarla, ni siquiera sé por dónde empezar.  Esto es cosa de un médico. Yo soy consultor legal.
A modo de respuesta, sacó un sobre de su bolso y me lo extendió. La idea de tocarla me produjo escalofríos; evité rozarla y lo recogí haciendo acopio de sangre fría. En su interior había varios pliegues de papel rellenos con una letra pulcra y precisa que me era tremendamente familiar. Casi no necesité ver la firma para saber quién había escrito aquello: no era  la primera vez que mi amigo, el doctor Emilio Casals, me enviaba clientes. Esta vez no podía estarle demasiado agradecido. Fingí leer el informe sin demasiado interés y se lo devolví a su dueña.
-No sé por qué piensa que estos papeles pueden serme de alguna utilidad.
-No los ha leído-me reprochó-. Ahí dice que estoy perfectamente sana. No sufro un problema médico.
-Razón de más.  Aparece usted en mi casa sin dar explicaciones, me expone una situación que escapa por completo a mi entendimiento y me pide, sin preámbulos ni delicadeza, que la salve. No sé qué le ha contado el doctor Casals de mi trabajo, pero estoy seguro de que esto supera mi pobre talento.
-No sé lo que me ocurre mejor que usted. Pierdo color, no puedo decir que me deshago puesto que mi cuerpo conserva la consistencia; no me siento enferma, no estoy débil. Y, sin embargo, temo acabar convirtiéndome en un suspiro. No me pregunté por qué, pero sé que si no lo detengo terminaré por desvanecerme. ¿Le parece poco motivo para solicitar ayuda?
-No he puesto en duda que la necesite, solo le he indicado que yo no puedo prestársela. Su situación es trágica, eso ningún cristiano lo negaría. Aun así,  mis servicios suelen estar dirigidos a situaciones muy concretas. ¿Sospecha que alguien le ha hecho esto? ¿Un veneno tal vez? ¿Tiene usted enemigos? Con ese tipo de asuntos puedo serle de alguna utilidad.
Alma negó con la cabeza.
-Soy una mujer insignificante.
-¿Y su marido?
En este punto mi visita se revolvió en su asiento. La vi morderse los labios un segundo y tardó en responder. He vivido lo suficiente para saber cuándo una mujer no quiere hablar abiertamente de su esposo.
-Él no tiene nada que ver; ni gana ni pierde si me ocurre algo.
-Sentirá su perdida. Tal vez alguien trata de hacerle daño a través de usted.
Alma negó con una sonrisa triste.
-En ese caso, alguien se estaría equivocando de parte a parte.
-Entonces, déjemelo claro: ¿quiere que averigüe si alguien le está haciendo a usted eso?
-No, estoy segura de que mi problema no es de este mundo. Lo que quiero es que me ayude a detenerlo.
Llegados a este punto, mi incomodidad y mi desconcierto habían superado en mucho mi deseo de ser amable.
-Pues vaya a ver a los gitanos, señora Oliver, o a un sacerdote. Porque yo no puedo hacer nada por usted.
-Me llamo Alma. Y el doctor Casals se equivocó con usted. Me dijo que era un caballero.
-Lo soy. Podría ofrecerle mis servicios a precio de oro y no hacer absolutamente nada por usted. Me lo impiden la ética profesional y los escrúpulos. No sé qué problema la ha llevado a su condición actual. Estoy siendo honesto. No creo que pueda serle de alguna utilidad.
-¿Cómo puede saberlo si acaba de decir que no sabe lo que me pasa? -preguntó poniéndose en pie.
Tengo que reconocer que no supe qué debía contestar. Ella aprovechó mi desconcierto para ponerse el abrigo y salir de mi casa sin que yo moviese un solo dedo para impedírselo.
Recuperar la soledad fue un alivio momentáneo. Después me di cuenta de que había dejado sobre la mesa los folios de su informe médico, los que apenas había fingido leer.  Las tardes de un soltero son largas, las de un pobre son más largas aún. Había terminado con el periódico de la tarde, no tenía a donde ir y mis libros eran ya mucho más que viejos conocidos. Miré a Momo; mi perro me observó desde la alfombra, tan aburrido y desganado como yo. Lo normal hubiese sido querer olvidarme de aquella mujer antinatural, pues su recuerdo me producía escalofríos. Y, sin embargo, leí el informe médico; sin sacar nada en claro de él, apenas un rato de distracción y algo de desconcierto. Tiré los folios al interior de la estufa e invité a Momo a subir a mi regazo. Antes de quedarme dormido, ya había resuelto olvidarme por completo de Alma y de su transparencia escalofriante.





jueves, 12 de abril de 2012

Gracias






Gracias


¿Por qué estoy escribiendo una carta de agradecimiento a las dos de la mañana? Porque tengo mucho que agradecer, mucho que agradeceros a todos los que durante estos años os habéis pasado por aquí a leer, a todos los que alguna vez me habéis mandado un mensaje de ánimo o me habéis metido prisa para que colgase pronto el siguiente capítulo (incluso con imaginativas amenazas de muerte).


La Corte de los Espejos ha sido una aventura larga y ardua, tremendamente dura y descorazonadora a veces. Ahora puedo deciros que he llorado de pura impotencia muchas páginas, porque no me veía capaz de continuar la historia. Una vez tuve tantas dudas y me vi tan desbordada que estuve a punto de dejarla. Pensaba que “La Corte” era demasiado proyecto para mí. Y entonces vosotros me rescatasteis, queríais saber más y mis crisis de escritora novata os importaban una santa mierda. Bendito egoísmo de lector.


Os lo he dicho muchas veces: La Corte de los Espejos es vuestra. Y no sé a dónde llegará, no sé que le espera, esto es una aventura y ya sabéis como es la buena épica, nunca deja claro el destino de sus protagonistas. Y aun así esta noche hay algo que sé. Que una vez no dejasteis que me rindiese, que siempre os habéis interesado, que he recibido vuestros dibujos y vuestros correos como lo que son: la bendición de cualquiera que cuenta una historia.


Gracias a vosotros Nicasia sigue con buen pie su camino, despacito porque correr no es lo suyo, pero sin cansarse, sin detenerse, sin miedo a lo que tenga que venir. Y llegará hasta donde pueda. Sin olvidar nunca que la apoyan vuestras manos y vuestro ánimos. Con los pies bien firmes en tierra y los ojos en el horizonte.


Gracias. Es todo lo que puedo decir.