martes, 12 de febrero de 2013

La Predicción del Astrólogo


Las estadísticas del  gremio de editores aseguran que la carrera del 86% de los escritores acaba con la publicación de su primer libro. (Hablamos, claro está, de la época pre-autoedición digital).

Hay algo que aterra a muchos  de los que publicamos por primera vez: convertirnos en autor de un solo libro. Porque conocemos a otros en esa situación; bien porque su primera obra no vendió lo suficiente para que las editoriales se vuelvan a interesar en ellos, bien porque no son capaces de escribir una segunda obra… hay tanto motivos como autores.

El escritor se pierde en una tierra de nadie, los años pasan royendo las ilusiones, las esperanzas, las ganas. Se ve de nuevo en la línea de salida, más viejo y más desencantado. Y así se pierden muchos. Muchas carreras acaban antes de empezar.

En esta zona gris se vio Teo Palacios. “Hijos de Heracles” se había vendido muy bien, dos ediciones, primeros puestos de ventas de Fnac, excelentes críticas, colaboraciones con revistas especializadas en historia. Tenía otras obras en listas de espera, las perspectivas no podían ser mejores. Después el  tiempo empezó a pasar y las promesas no cuajaron. No había respuestas, solo silencio.

Los meses fueron desfilando, el silencio comenzaba a hacerse doloroso. Nada un día, y otro, otro. Pero Teo hizo lo que le parecía más lógico, lo único que lo ayudaba a ignorar la inmovilidad en la que estaba enterrado: siguió escribiendo. Siguió haciendo lo que le apasionaba porque le parecía algo tan natural como respirar. De qué sirve la vida si no la llenas con algo que merezca la pena, a qué te abrazas cuando la suerte te da la espalda. Él siguió contando historias sin preguntarse si alguien las escucharía y decidió retomar su rumbo, aprender de sus errores y comenzar de nuevo. Tal vez con más canas, pero con el ánimo intacto a pesar de que a veces las dudas asomaban su feo morro a las tantas de la mañana.

Por eso hoy tenemos en los escaparates “La predicción del astrólogo”; porque para escribir hay que trabajar duro, no darse jamás por vencido y creer en tu obra. No faltará quien, en aras de la sensatez, te invite a tirar la toalla y continuar con tu vida. Esa gente que no entiende que las letras son tu vida.

Yo leí esta historia hace más de un año, la leí despacio, la disfruté mucho y al acabarla no dudé  que acabarían por publicarla. Se lo dije muchas veces y él no las tenía todas consigo. Cuando llegó el e-mail de Ediciones B ya sabía que era un sí. No podía ser otra cosa.

Hay mucho de Teo Palacios en Ibn Abdun, una vida reconstruida, una pasión por crear cosas hermosas, una travesía por el desierto y muchas ganas de regresar para demostrar que los años de silencio le han enseñado algunas cosas.

Hoy sale a la venta “La Predicción del astrólogo”. Una obra valiente y trabajada. Escrita por un autor qie jamás pensó hacer otra cosa que no fuese escribir. Por eso es una gran novela.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Así vivimos


Los libros son caros. Las películas son caras. El teatro es caro. Los discos… Los discos ya no los compra nadie.
Quizás yo no deba ser quien juzgue los precios de las cosas, ya que ahora mismo casi todo está fuera de mis posibilidades, lejos de lo que me permiten mis escasos ingresos. De cuando en cuando me doy un lujo y voy al cine, tengo que elegir muy bien la película que quiero ver y si no me gusta me siento profundamente estafada y, sobre todo, me siento pobre. Antes nunca salía del cine pensando: “que manera de tirar el dinero”. Añoro esos días.
Estoy en una situación absurda. Por un lado me siento afortunada, soy una privilegiada: me han pagado un adelanto por “La Corte de los Espejos” y si lo estiro bien me sacará del apuro unos meses mientras espero que las clases de narrativa que imparto acaben de despegar o a sacar otro libro que me mantenga en la cuerda floja. No me quejo, tengo alumnos pero no puedo hacerme buena publicidad, no me conoce nadie. Cuelgo carteles en las universidades (que tengo que restar de mis ingresos) y uso las redes sociales con pies de plomo, tratando de no convertirme en spam molesto que nadie quiere leer. No puedo pagar espacios de publicidad, no puedo pagar a un publicista. ¿Sabéis por qué? Porque los publicistas no trabajan gratis. Nadie trabaja gratis.  No puedo llamar al fontanero, pedirle que desatasque mi WC y luego decirle: “Bueno, no te voy a pagar, pero te recomendaré a mis amigos y de paso has engordado tu curriculum. Esto es bueno para los dos”. No puedo ir a la panadería, coger el pan y decir: “Le contaré a todo el mundo que hacéis un pan estupendo, a ver si tenéis suerte”. Eso me lo dicen a mí. A todas horas.
“¿Quieres participar en mi antología de relatos? No te puedo pagar pero así te haces publicidad”. “¡Cómo! ¿Las clases de narrativa hay que pagarlas? No me voy a apuntar, es que pensé que era un taller gratuito”. “Pues en tu blog escribes gratis”. La gente está empeñada en que viva del aire, o peor aún, considera que escribir solo es una profesión si eres periodista. Que como esto de las teclas lo hago por gusto, no puedo ganarme la vida con ello. Y es cierto, lo hago por gusto, pero quiero pensar que no soy la única profesional con vocación. Y así vivimos los escritores, en un 95% de las ocasiones, pluriempleados, robándole horas al sueño, a la familia, a los amigos. Alegrándonos cuando recibimos un adelanto por una novela, aunque sea mínimo, y aceptando con la cabeza gacha que en este país solo unos pocos afortunados del olimpo de las letras tienen el privilegio de vivir de su trabajo. A veces regalamos, mal vendemos nuestro tiempo y nuestro esfuerzo.
Así viven ilustradores, actores, músicos, bailarines… Soñando que alguna vez pagaremos las facturas con la profesión que elegimos. Luchando contra viento y marea con la excusa que se dan muchos frescos de que la cultura debería ser gratuita. Ofreciéndonos bolos, espacios de exposición, charlas… que no nos van a pagar pero que “nos darán a conocer”.
Y lo peor es que muchos aceptan. Y así vivimos.

martes, 29 de enero de 2013

Ruido


Conozco a un escritor al que admiro. No solo lo admiro por su obra, aunque ese sea el motivo principal, sino por su incansable capacidad de trabajo. Las pocas veces que hablo con él vía facebook suele cortar la cháchara con su típica frase de despedida: “Te dejo, querida, sigo con la novela”. “Te dejo, prima, voy a seguir o pierdo el hilo”. Y no me cuesta nada imaginarlo delante del ordenador echando horas, desgranando su historia palabra a palabra.

Hay otro escritor, un culo de mal asiento. “Me estoy haciendo una página web”. ”Ando con un artículo para tal o cual revista”. “Estoy buscando documentación”, y te habla de sus descubrimientos, de las novelas que  tiene mente con el entusiasmo de un niño que entra en una tienda de juguetes.  Son gente que vive para escribir, que consideran que la mejor tarjeta de presentación para un escritor es su trabajo, sus novelas, sus artículos… Gente que cuando se reúne habla de lo que andan perpetrando, de los extraños senderos del proceso editorial, de cine, o de lo que ha subido la factura de la luz.

Y luego está el ruido.

Los  que creen que basta con proclamarse escritor para serlo y que despotricará de la injusticia del mundo editorial porque nadie les hace caso, poniendo verde a cualquiera que tenga más éxito que ellos. Gente que se sube al carro del “todo vale” con tal de vender un libro. Eso el que aún pretende editar por lo clásico; los que se han pasado directamente al mercado digital se dedican a lanzar dardos sobre la caduca industria editorial, a reventar sobre los amiguismos de las redes sociales, que los condenan al ostracismo fuera de las cumbres de la fama, a proclamar su libertad como creadores. A cualquier cosa menos a escribir. Son los escritores del ruido, de la polémica para rellenar horas, de los debates vacíos e interminables, de los argumentos repetidos hasta el asco. De la crítica feroz, de la envidia y, al mismo tiempo, de la hipocresía más patética. Quiero y no puedo. Todos ellos victimas a las que se les ha arrebatado su status de autores, o lo que ellos imaginan que debe ser eso. Flores de un día que pasarán sin pena ni gloria. Como un bocinazo en un atasco.

Ruido.

Frente a ese ruido pongo a aquellos que saben que corren tiempo duros para el mercado editorial y que la única salida es ignorar a la marabunta, refugiarse en casa y escribir, dejar que sea su trabajo el que hable por ellos. Gente que no envidia a nadie porque hace lo que les gusta y se sienten privilegiados. Gente que rara vez se llaman a sí mismos escritores, pero que realmente lo son.
La calma frente al ruido.

miércoles, 2 de enero de 2013

Nochevieja y otros cuentos.


Espero que a estas alturas todo hayamos superado la resaca de Nochevieja y estéis preparando el estomago para el roscón. La festividad de Año Nuevo es a día de hoy una celebración casi global, y milenaria, aunque no siempre se celebró en invierno. Yo espero que este 2013 los dioses os sonrian

En occidente las primeras noticias que tenemos de una celebración de “fin de año” provienen de Babilonia, se celebraban en lo que hoy serian finales de Marzo, en el equinoccio vernal o de primavera. Las celebraciones duraban once días. El primer día un sumo sacerdote se despertaba antes del alba, se purificaba con un baño ritual en el Eufrates y ofrecía cantos en honor a Marduk, dios de las cosechas, para rogar por un nuevo ciclo de cultivos prospero y abundante. Después se frotaban los muros del templo con la sangre de un cordero recién decapitado para que esta limpiase el edificio de malos efluvios. Este ritual inciaba una fiesta llamada Kuppuru, palabra que luego usarían los hebreos en su día de la Reparación, que nosotros conocemos como Yom Kippur. Tras estos actos solemnes se sucedían los banquetes y se consumían todo tipo de bebidas. De este modo se agradecía la abundancia y se buscaba el favor de Marduk. Era costumbre celebrar danzas y desfiles de disfraces en honor de la diosa de la fertilidad, y por supuesto pues hacer otro tipo de cosas todas ellas muy fértiles, muy de retozar.

Como se pasó el fin de año de la primavera al invierno es una historia bastante curiosa. Enero es un momento muy extraño para celebrar un cambio de ciclo. Astrológicamente hablando no ocurre nada significativo y desde punto de vista agrícola tampoco es que sea un mes muy propicio, tuvieron que venir los romanos con sus politiqueos para hacer el cambio. Ellos también celebraban el año nuevo en Marzo, tenían ademas un calendario solar, pero los altos cargos de la república variaban continuamente la duración de los meses para alargar sus mandatos (la caradura en los políticos es algo casi milenario). El calendario romano llegó a tener tan poca relación con los ciclo naturales o astrológicos que en el año 153 a C se impone por primera vez Enero como principio de año para evitar confusiones. Pero esto no logró evitar que los altos cargos del senado le siguieran metiendo mano a la duración de sus mandatos alterando la duración de los meses, llegó a ser tan escandaloso que Julio Cesar (Después de que al año 46 a. c durase 445 días) consideró vital ponerle freno a esta costumbre para asegurar el buen manejo del imperio. Él creó el calendario juliano y las celebraciones del día 1 pasaron a ser las habituales del año nuevo.

En época cristiana la iglesia prohibió estas celebraciones por considerarlas paganas, impúdicas y faltas de moral, pero no debió tener mucho éxito porque siguieron celebrándose. Se trató de cristianizar las fechas convirtiéndola en el “Día de Circuncisión del Señor”(como si que un rabino te corte el capuchoncillo sea cosa de mucha guasa), el éxito de la idea fue mas o menos nulo y la Iglesia prohibió totalmente cualquier fiesta de año nuevo.

Durante la Edad Media esta fecha no se celebraba y no fue hasta el s XVII cuando volvemos a saber de la nochevieja como una fiesta promovida por las distintas cortes de Europa. La iglesia mantiene lo del desencapuchamiento y no la considera fiesta religiosa.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Os presento a León Alcázares

¿Qué quien es León Alcázares? Pues el protagonista de "El extraño caso de la mujer transparante" ¿Qué es eso? Bueno, echadle paciencia que os queda mucho tiempo aun para averiguarlo.



“La limpieza es la única dignidad que se puede permitir un pobre”, solía decirle su mujer. El saloncito estaba reluciente. Una patrulla de vecinas y parientes henchidas de caridad cristiana, se habían prestado a ayudar desde el primer momento, y lo habían preparado como si fuese un escenario. La habitación relucía modestamente, limpia, con unas cortinas nuevas que engalanaban el pequeño balconcito y algunos adornos de flores en torno a una mesita preparada a conciencia para que pareciese un pequeño altar. No hubo tantos lujos cuando se casaron, aquel día, del que le separaban dos años, parecía tan lejano e irreal como un recuerdo de la infancia.

No se podía decir que se hubieran casado felices; se conocían poco y el noviazgo había sido formal y corto. Pero al menos se casaban confiados en que unían sus vidas según los deseos familiares y que tenían toda la vida para conocerse. Así que empezaron una vida en común intimidados y llenos de esperanza. La felicidad vino después, aunque fue breve, y solo con el nacimiento del pequeño Daniel, parecía haber revivido de alguna manera. El niño reposaba sobre su cunita. La habían pintado de blanco la noche anterior y el olor pringaba la estrechez de las cuatro paredes.Olía a algo más, pero era mejor no pensar en eso. Centró la vista en su hijo: tenía apenas dos semanas de vida, había nacido pequeño y frágil y las vecinas habían tenido que arrancárselo de las manos a la madre para poder vestirlo como a un pequeño príncipe con una ropita bautismal blanca, adornada con cintas y encajes.  Todo estaba listo. Limpio y, al parecer, carente de lujos, aunque la foto en sí misma les había costado sus magros ahorros y la ropa del crío era algo que apenas nadie en el barrio podía permitirse. Pero su mujer siempre insistía en recordarle que sus ojos eran pobres y que era su culpa que ella no pudiese tener ningún lujo.

León Alcázares centró su atención en el cuerpecillo que reposaba en la cunita. Era su hijo, aunque en los dos últimos días de pesadilla apenas había sido una sombra que molestaba todo el ajetreo de comadres ocupadas en sacar brillo. Cuando las mujeres insistieron que su lugar estaba en la taberna con los otros hombres tuvo el impulso de echarlas a todas de su casa y quedarse tranquilo de una vez, a ver si así podía salir de aquel estado de incredulidad que le embalsamaba el alma. Era su hijo, pero tenía la sensación de que su papel en aquello había sido insignificante, apenas unos jadeos y algo de sudor, un espasmo de placer obligado y ya está. Después solo le quedó observar y esperar. Su alegría y sus inquietudes, todos sus sentimientos, quedaban empequeñecidos por el vínculo entre la madre y el hijo. “Tú qué sabrás lo que se sufre”, le había dichoella una vez  acariciándose el vientre en un gesto con el que tomaba posesión absoluta del fruto de sus entrañas. Su trabajo no era otro que proveer. Y eso había hecho. Y se había comportado en todo momento como un hombre cabal y un caballero. Había visitado a todos los fotógrafos de Barcelona, haciendo números con el corazón encogido y los ánimos tan anestesiados por el deber que apenas ahora, frente a la cunita del niño con el que casi no había podido compartir nada, empezaban a despertarse de su letargo. Se levantó de la silla en la que se había dejado caer y se fue acercando con pasos vacilantes hasta la cuna. Él habría querido que tuviese su nombre, León, para que llegase a convertirse en un hombre fuerte. Pero su madre quiso darle nombre de profeta, de un profeta que había vencido a los leones y a la muerte.

León sacó de la cama al niño con toda la delicadeza que le permitieron las manos temblorosas. No había tenido muchas ocasiones de cogerlo en brazos, ni de mecerlo. Su niño, con la carita redonda y abotargada de los recién nacidos y sus ojitos firmemente cerrados, pesaba menos que un gato y olía a flores y a cera. Le apoyó la cabecita sobre el hombro, con la ridícula idea de que estuviese cómodo. Su niño, que nunca había sido suyo y nunca más lo sería. Su niño, que solo en aquel instante lo era. Tras dos semanas de agonía, rompió a llorar en silencio sin saber si lloraba por él mismo o por la miseria del momento. Lloró agarrándose al cuerpecito con una desesperación que le destrozaba el pecho.

Un rumor de voces empezó a desbordar el pasillo. Irrumpieron en el salón como lo habrían hecho si estuviese vació, sin delicadeza, rompiendo el alivio de su llanto. Alguien le quitó al niño de los brazos y le proporcionó unas sosas palmaditas de consuelo en la espalda.

-Baje usted a beber algo, hombre -le dijo alguien.

León no había bebido en su vida y no empezaría ahora. Se giró para ver al desconocido que entraba seguido de dos jovencitos que cargaban una caja negra con los cantos dorados. Reconoció al fotógrafo, un hombre bajito y repeinado, vestido solemnemente con ropas de duelo.

-¿Dónde han pensado colocar al difunto? –preguntó reconociendo la habitación con la rutina del experto-. 
No ahí no. Hay que cambiar la mesa de sitio, no hay buena luz. El niño está muy bien, no hace falta maquillarlo.

Una vecina colocó de nuevo al niño en su cuna y recompuso la ropa. Los ayudantes del fotógrafo empezaron a mover la mesa según las indicaciones de su jefe. Su mujer entró en la habitación del brazo de su madre, ambas enlutadas, serias, teatrales. Sintió una oleada de asco y de odio que lo hizo salir de la habitación sin mirar a quién empujaba. Él era prescindible en aquel drama de pantomima. Cogió su abrigo, en la calle refrescaba. Dejó la casa sin hacer ruido. Y se marchó sin que nadie lo echase en falta. Como si fuese transparente.





domingo, 9 de diciembre de 2012

Feliz Hannukah



En hebreo Hanukka quiere decir "consagración”. Esta celebración también es conocida como fiesta de las luminarias o fiesta de los macabeos. Son ocho días para conmemorar el milagro de la purificación del Templo de Jerusalén. Algunos se preguntarán: ¿qué milagro?¿Qué templo?¿Quienes son los macabeos? A ver si os lo puedo explicar:

Había una vez un rey llamado Antíoco IV Epífanes que, allá por el 175 a, C decidió helenizar al pueblo de Israel. Helenizar no quiere decir pasar por detergente a los israelitas, sino educarlos en las buenas costumbres griegas de la época. Surgieron entonces los macabeos, un grupo de judíos liderados por Yehuda Macabí,  que se enfrentaron a los griegos negándose a realizar cualquier acto que fuese en contra de su propia religión  (Siendo esta la religión judía seguro que la lista de actos irrealizables era larga y extensa) . Surgieron supuestos mártires como Hannah y sus siete hijos, que fueron torturados y asesinados por negarse a comer cerdo. Así que se inició una larga y cruel guerra, casi de desgaste, que acabó por darles buenos frutos, porque finalmente  ganaron y regresaron a Jerusalén.

A la vuelta encontraron  que sus templos estaban destrozados y que no había manera de celebrar los cultos como dios manda (Y Yahvé manda un montón). En el gran templo apenas había aceite para  el altar. Si encendían las luces solo les duraría un día. Pese a todo, decidieron celebrar la ceremonia y consagrar de nuevo el altar para festejar la victoria y encendieron la menorá , el famoso candelabro de siete brazos que todos habréis visto alguna vez. Cómo sería de bueno el aceite, que ardió durante ocho días seguidos, dando tiempo a los macabeos a reponer las reservas.  Esto se consideró una señal de que Dios bendecía su victoria. Macabeos (10:6-8), «lo celebraron con alegría durante ocho días, a la manera de la fiesta de los Tabernáculos... toda la asamblea aprobó y publicó un decreto en el que se ordenaba que todo el pueblo judío celebrara cada año estos días de fiesta».

Desde entonces, el 25 de Kislev (paralelo a los meses gregorianos de noviembre y diciembre, según el año) los judíos celebran este Milagro del Templo durante los ocho días que se mantuvo encendido el candelabro. No hay que confundir la menorá con el candelabro de Hanukkah; este tiene nueve brazos en lugar de siete. Las luces deben ponerse en un lugar que pueda verse desde la calle para hacer público el milagro que se celebra; salvo en periodo de persecución, que las velas pueden encenderse en la intimidad de las casas. Los brazos se van encendiendo a razón de uno por día y, a continuación, se entona una bendición:
בָּרוּך אַתָּה ה', אֱ-לֹהֵינוּ מֶלֶךְ הָעוֹלָם, אֲשֶׁר קִדְּשָׁנוּ בְּמִצְוֹתָיו, וְצִוָּנוּ לְהַדְלִיק נֵר חֲנוּכָּה. (נוסח אחר: נֵר שֶׁל חֲנוּכָּה או שֶׁלַּחֲנוּכָּה).

Baruj Ata Adonai Eloheinu Melej haOlam Asher Kidshanu beMitzvotav veTzivanu Lehadlik Ner Janucá (otras versiones: Ner Shel Janucá o Shel Janucá).

Bendito eres tu Adonai, Dios nuestro, Rey del universo, que nos santificó con sus preceptos y nos ordenó el encendido de la vela de Janucá.

Luego se entonan canticos tradicionales conocidos como Maoz Tzur. El primer día se celebra una comida familiar y se intercambian regalos.

Entre los niños es muy popular una peonza llamada dreidel, en cuyas caras están inscritas las letras iniciales de la frase Nes Gadol Hayah Sham («Gran Milagro Ocurrió Allí») si es fuera de Israel, o bien Nes Gadol Hayah Poh («Gran Milagro Ocurrió Aquí») si la peonza es para un niño israelí. Con esa peonza, los niños juegan con caramelos a «tomo todo, pongo la mitad, tomo la mitad, no hago nada», dependiendo de qué cara de la peonza caiga al hacerla girar.

martes, 20 de noviembre de 2012

Consoladores a vapor




Durante siglos, el simple hecho de ser mujer significaba que, en términos legales, dependerías durante toda tu vida de la autoridad de un varón. Esto se justificaba gracias al “carácter débil” y la “mentalidad inestable” que las mujeres poseían por naturaleza. La locura ha sido atribuida al sexo femenino hasta tal punto que la palabra “histeria” significa “útero” en griego.

Galeno pensaba que la privación de relaciones sexuales provocaba peligrosos desordenes de conducta en las mujeres más apasionadas. La cura perfecta era el matrimonio, puesto que la seguridad y las responsabilidades de la vida conyugal ayudaban estabilizar a  sus débiles sistemas nerviosos: la rutina y la sencillez de las tareas hogareñas eran perfectas para que tuviesen vidas plenas y felices. Las mujeres dominantes, o con un apetito sexual demasiado activo, eran rápidamente consideradas “histéricas”, así como solteronas, monjas, vírgenes… Cualquiera que viviese lejos de la sombra de un varón y por lo tanto (supuestamente) careciese de una vida sexual satisfactoria. Cuidado; cuando digo satisfactoria me refiero al varón, el orgasmo femenino ni se contemplaba. No era importante y durante largos periodos de la historia era condenado por la iglesia como “pecado” y “vicio”. El sexo no era una actividad recreativa, o al menos no debía serlo para las mujeres. Y así seguiría siendo durante siglos.


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En época victoriana, la histeria era un trastorno bien conocido y habitualmente diagnosticado. Algunos de sus síntomas eran: retención de líquidos, espasmos musculares, insomnio, dificultad para respirar, irritabilidad, pérdida del apetito, y mi favorito: “tendencia a causar problemas”. Un tratado de la época lo refleja del siguiente modo:

"Los trastornos motores son convulsiones o parálisis. Tradicionalmente, la crisis empieza por un aura, conformada por dolores abdominales, palpitaciones, sensación de atragantamiento y alteraciones visuales (ceguera parcial o completa). A continuación, se experimenta una aparente pérdida del conocimiento y en una caída controlada. Luego sobreviene la fase epileptoide, compuesta de paro respiratorio, tetanización, convulsiones y, finalmente, una resolución en forma de fatiga general y respiración ruidosa. Como fase final, se producen contorsiones (movimientos desordenados y gritos) y un periodo de trance, con remedo de escenas eróticas o violentas. El final de la crisis implica el retorno de la consciencia, acompañado de contracciones leves y expresión de palabras o frases inconexas relativas a temas pasionales”.

En 1859 se llegó a asegurar que una de cada cuatro mujeres sufría algún tipo de trastorno histérico, algo que no es demasiado extraño, ya que casi cualquier síntoma que padeciese una mujer se acababa relacionando con la histeria. Los tratamientos iban desde recomendar el matrimonio a las solteras a los más radicales, en los que se extirpaba a la paciente el útero y los ovarios. Por supuesto, en casi todos los casos, este último tratamiento era innecesario y tenía consecuencias nefastas en las desafortunadas que lo sufrieron.

Un tercer tratamiento, el más común y popular, era el “masaje pélvico”, que no era otra cosa que la estimulación manual de los genitales por parte de un médico o comadrona hasta que la paciente alcanzaba el “paroxismo histérico” (orgasmo). Estos masajes, como no, eran un tratamiento muy solicitado, e incluso existían balnearios y centros médicos donde se utilizaba un chorro de agua a presión para “aliviar” a las pacientes.
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Como dato curioso, os diré que entre las mujeres de “clase trabajadora”, si es que este termino se puede aplicar a la época victoriana, sufrían mucha menos histeria que las damas de buen nivel económico. Se ve que la que tenía que fregar suelos, lavar ropa, planchar, zurcir, cocinar y cuidar de sus hijos no tenían tiempo para preocuparse por el estado de sus nervios. O tal vez la cura más efectiva contra la histeria era trabajar de sol a sol.

Así que las histéricas damiselas acudían a la consulta de sus médicos, acompañadas de su marido o algún otro pariente cercano, para recibir un terapéutico masaje pélvico. Alcanzar el “paroxismo histérico” delante de tu señora madre no debía tener precio. Además, las histéricas eran consideradas pacientes crónicas, lo que, pese a que aseguraba a los médicos y comadronas una buena fuente de ingresos, no debía ser una tarea demasiado agradable, ya que en 1868, un doctor americano, George Taylor, inventó el primer consolador a vapor para aliviarse de una carga de trabajo que le consumía mucho tiempo y energía. Este primer artilugio era incomodo y no se hizo demasiado popular.

El consolador nacería en 1880 gracias al médico inglés Joseph Mortimer Granville. El aparato de Granville tenía forma fálica y funcionaba con pilas. Su patente sí fue muy bien recibida y abriría las puertas de un negocio millonario.





consolador




Los vibradores se anunciarían como “instrumentos para combatir la tensión y la ansiedad femenina” en periódicos y revistas de venta por catálogo. Se vendían como aparatos médicos, alcanzaban las 1500  pulsaciones por minuto y tenían todo tipo de modelos: portátiles, con pie de apoyo, a vapor, a pilas y un largo etcétera. La revolución definitiva llegaría cuando el americano Hamilton Beach lanzó en 1902 el primer vibrador eléctrico para venta comercial, convirtiendo al vibrador en el sexto aparato doméstico en ser electrificado. Los vibradores llegaron a las casas mucho antes que electrodomésticos que hoy consideramos vitales, como el aspirador, que no se comercializó hasta 1910, o la plancha eléctrica, que lo haría en 1911.

Al ser considerados como instrumentos terapéuticos, se vendieron de forma respetable hasta mediados del siglo XX. Se podían comprar por catálogo, pero también estaban a la venta en grandes almacenes como la cadena americana Sears. En1952, la Asociación Americana de Psiquiatría declaró oficialmente que la histeria femenina no era una enfermedad legítima, sino un mito anticuado. Esto y su aparición como juguete sexual en películas pornográficas, acabó haciendo que el consolador dejara de ser un respetable electrodoméstico para pasar a convertirse en un tabú sexual. Aunque jamás ha dejado de ser un negocio muy lucrativo.