domingo, 30 de mayo de 2010
El arte o morirte de frio
El viernes estábamos en una exposición, bueno lo era porque había marcos colgados en la pared. Las “obras” (por llamarlas de alguna manera) eran creación de mi director de master y de otro de los profesores, consistían en coger imágenes como publicidad, postales, antiguas, fotos...etc e insertar en ellos un texto. A ver, versos no eran, no había métrica, ni rima, ni nada de lo que convencionalmente se considera poesía. Eran más bien como esas frases chorras que garabateas en el margen de los apuntes cuando te aburres; al principio te parecen profundas y las guardas por si puedes sacarles algo mas adelante, pero acabas descartándolas en cuanto las vuelves a leer con más atención y te das cuentas de que son solo gilipolleces del tamaño de un castillo.
Llegué demasiado temprano a la exposición y tuve un momento de pánico, miraba las fotos, leía los textos y de reojo contemplaba a mi profesor que esperaba exultante una frase admirativa de sus alumnos. El caso es que cuanto mas miraba aquello, mas me parecía una tomadura de pelo de las gordas. Tal vez no entiendo de arte moderno, soy una chica anticuada pero por mas que esforzaba no lograba verle merito de ningún tipo a hacer photoshop con las pajas mentales que este señor se monta en el desayuno (mentales digo porque ya está muy mayor para dedicarse al noble arte de darle a la zambomba) Y allí estaba, preguntándome si aquello me la reflinflaba olímpicamente porque era una soberana chorrada o tal vez porque mi absoluta ignorancia me impedía captar alguna sutileza artístico filosófica de gran trascendencia. El caso es que tenía miedo de abrir la boca y confirmar lo que hasta ahora mis compañeros solo sospechan: que tengo la agudeza mental de una veta de piedra pómez. Entonces llegó mi salvador, Oscar Wilde, digoo mi amigo, oliendo maravillosamente y mirando los cuadros con un discreto deje burlón “Yo es que tengo una norma con el arte moderno” me susurró “si me deja frío no me interesa”. Creo que me lo hubiese comido a besos, me contuve porque dudo mucho que aprobase semejante arrebato de agradecimiento. Ahora sé a que atenerme cuando visite el Guggenheim: si veo una obra y noto como la indiferencia me hiela la espalda, pasaré a otra cosa.
Para completar el sainete mi profesor decía que había trabajado un año en aquellos “versos” y que “no se merecían acabar enterrados en un libro” Jamás había visto decir con tanto desparpajo “Esto es tan malo que si lo edito ni dios lo compra, así que como soy catedrático y me lo puedo permitir monto una exposición con mis chorradas”
Oye que no me parece mal, pero que yo tenga que perder una tarde en hacerle la pelota...no veo el valor docente de la actividad por ningún lado. Excepto quizás tomarme una naranjada con Oscar Wilde.
domingo, 23 de mayo de 2010
Colorín colorado
En cuanto a cuestiones académicas ha sido un tomadura de pelo, al final sigues porque ya que has pagado, pues que menos que recoger el titulo. Lo malo es que entré con muchas esperanzas, con ganas de pulir esos vicios que todo escritor tiene, con ganas de aprender algo de eso que llaman “oficio de escritor” y no he aprendido nada. Bueno he descubierto autores nuevos, pero no necesitaba pagar una matricula para eso. Miento, si que he aprendido. Ahora sé mas sobre la vanidad y la intelectualidad pedante que sufren algunas autodenominadas “gente de letras”, ahora sé que el mundo editorial es un poco una lotería donde el talento no basta (no estoy diciendo que yo tenga talento, me limito a plantear lo que hay) donde incluso una vez que logras la titánica tarea de publicar puedes seguir enfrentándote al fracaso, de un modo peor incluso que sin llegar a publicar nada en tu vida.
También me he dado cuenta de la cantidad de prejuicios que existen alrededor de la literatura fantástica, pero ese es un tema sobre el que prefiero hablar en frío algo mas adelante
A ratos me siento desanimada a matar, pero bueno al menos me servirá para tener la lista para el premio minotauro, donde participo mas por ilusión que otra cosa, total el NO ya lo tengo...Y además yo escribo por vicio, porque me gusta, porque lo necesito y porque pienso seguir haciéndolo. Porque escribo con la casi segura certeza de que nunca llegaré más lejos de este blog pero eso me basta…
No he aprendido en el master ¿Y qué? Me quedo con lo que me reído, para aprender a escribir tengo tiempo. Mientras hay vida hay esperanza
viernes, 7 de mayo de 2010
Cinnabaris, de Verónica Casas
Conozco a Vero desde hace casi ocho años, la he visto pasar por muchas cosas, se merece este momento de gloria mas que nadie, porque se lo ha currado como no os podeís imaginar.
Cinnabaris es fruto del esfuerzo y de la ilusión, deja ver una mano maestra guiada por una cabeza que no se cansa de soñar, que no conoce la palabra "derrota".
Cinnabaris es la sangre de dragón, fuerza, alquimia y magia. Pero no tenéis que creeros lo que os cuento, podéis verlo con vuestro propios ojos, os dejo un adelanto de animación por cuento de Jesús Expósito (que es un tío majísimo) y de Ismael Duran (que es tipo con el que me siento en el sofá todas las noches y no siempre para hacer cosas castas)
Es lo que digo siempre: estoy rodeada de gente maravillosa
miércoles, 5 de mayo de 2010
Cabos sueltos
arde dentro del aire hueco,
horno invisible y puro;
arde como arde el tiempo
Octavio Paz
La piedra le pasó entre los cuernos para estrellarse inofensivamente contra un árbol y rebotar en el suelo.
-¡Hijo de puta¡- Gritó alguien jocosamente a su espaldas.
Marsias se giró con la lenta resignación de quien no espera encontrar sorpresas. El dueño de la voz era un pálido muchacho sidhe de cabellos azules y unos ojos de un azul descolorido en los que colgaba una cruel mirada burlona al que siempre acompañaban un nocker larguirucho que vestía los colores del taller del Maestro Avispa y un troll que parecía algo mayor que sus compañeros y que jamás participaba en las chanzas de los otros dos. Se limitaba desempeñar su papel de escolta permaneciendo en silencio con una ligera mueca de disgusto en la cara. Desde el cambio de estación el elfo y su sequito lo esperaban en alguna parte del camino de regreso a casa y lo acompañaban durante un trecho gritándole toda clase de barbaridades, la mayoría de los insultos aludían a la honra de su madre y a su condición de bastardo. Marsias había intentado en varias ocasiones darles esquinazo cambiando de ruta, pero el trío siempre se las arreglaba para encontrarlo, así que había terminado por resignarse a la compañía y evitaba las calles más transitadas para ahorrarse la vergüenza de las miradas inquisitivas y esa sensación entre humillación y rabia que le encendía la cara y le encogía el corazón. Aquel día estaba casi seguro de haberlos esquivado y ya estaba a punto de cruzar el portón verde de su casa cuando la piedra hizo añicos su fugaz sensación de victoria.
-¡Tu madre le chupa la polla a media Corte!-Gritó el sidhe coreado casi de inmediato por una carcajada del nocker
Marsias se quedó paralizado ante el dintel, la posibilidad de que su madre pudiese oír aquellos gritos le heló la sangre. Normalmente la presencia de aquel trío era una molestia pasajera, lo aguantaba con resignación confiado en que si no les respondía acabarían por cansarse para ir a buscar una victima que les diese mas juego. Pero nunca se le había ocurrido pensar que pudiesen seguirlo hasta su casa, ni era capaz de imaginar la reacción de Ianthe si se enteraba de aquello. Su madre apenas salía de la cama en todo en día, consumida por la melancolía y el despecho. Las sombras que su padre había dejado en la casa para servir de criados se ocupaban de los niños, oscuras y silenciosas hacían todas las tareas casi sin dejarse ver. Marsias y su hermano encontraban todos los días las comidas servidas en la cocina, su ropa limpia al borde de camas recién hechas y sus juguetes perfectamente ordenados. Pero para encontrar un beso antes de acostarse o un cuento al calor del fuego tenían que esperar a que Ianthe tuviese un día lo bastante bueno como para arrinconar sus recuerdos y salir de la cama. Esos días comían los tres juntos y los hermanos le contaban atropelladamente todo lo que no tenían ocasión de contarle a nadie en los días malos, mientras su madre los miraba con una sonrisa cansada y repartía las caricias y los mimos que no daba en los días malos. Los días muy buenos, que también eran los mas raros, salían al jardín, Ianthe se sentaba sobre la hierba y hacía coronas de flores mientras les hablaba de Fuegovivo, de su abuelo al que apenas conocían y de la vida feliz en los bosques que no habían visto jamás. En las historias nunca se mencionaba al Señor de los Vados, su padre. En los días buenos su madre los abrazaba a los dos y les pedía perdón por los días malos y les daba su palabra de corazón de que no volvería a ocurrir. Al día siguiente olvidaba sus promesas y no se levantaba de la cama.
Marsias, sintió que un sudor frío le bajaba por la espalda, si por mano de la fortuna su madre estaba fuera de la cama, tal vez hubiese escuchado al sidhe. Quizás tardase mucho en recuperar los días buenos. Cerró los puños masticando la rabia, de un modo u otro los elfos siempre se las arreglaban para robarle a su madre. Giró muy despacio.
-Mira-Gritó el nocker- El cabroncete tiene la cara roja, seguro que llora llamando la puta de su mami.
El sátiro agachó la cabeza y se lanzó contra el pecho del sidhe. Marsias era un muchacho corpulento de hombros anchos que le sacaba casi una cabeza a los chicos de su edad y aunque tenía cierta tendencia rechoncha tenía mucha mas fuerza de la que cabía suponerle a un gordito. Los cuerpos chocaron con violencia y el joven noble rodó por el suelo chillando de terror.
-¡Cállate¡-Resolló levantando al elfo del suelo-¡Vete de mi casa¡!Déjame en paz¡
El rostro del elfo había palidecido hasta volverse gris ceniciento, un hilillo de sangre le corría de la nariz a los labios. Le sentaba bien tener algo de color sobre el rostro para variar, Marsias alzó el puño y el sidhe se encogió intentando anticiparse a un golpe que nunca llegó. Un par de manos fuertes lo separaron de su presa. El troll interpuso su corpachón entre ellos para evitar males mayores.
-Ya esta bien chico-La voz del troll era sosegada, no parecía importarle demasiado el varapalo sufrido por su señor.
-Mierda Bran ¿Es que has visto a este palurdo echárseme de encima?-Gruño el noble sacudiéndose la ropa. El miedo había puesto una nota aguda y chillona en sus palabras
-He reaccionado tarde, lo lamento señor-Contestó el troll en un tono impasible.
El sidhe se limpiaba el polvo de la ropa tratando de recuperar la compostura cuando descubrir un roto en su túnica de seda negra, sus ojos desteñidos volvieron hacia Marsias una mirada lleno de desprecio.
-¿Has visto lo que has hecho, animal de establo? Está túnica vale que el coño de tu madre, soy un noble de TocaEstrellas, haré que te ahorquen por esto.
-Debes ser Willhem entonces ¿no es verdad?-Dijo una voz apagada
Marsias se volvió, su madre estaba de pie ante el dintel de la puerta. Estaba acostumbrado a verla en la penumbra de su casa. La luz del día era cruel, dejaba ver un fantasma de piel apagada y ojos vacíos apenas vestido con un camisón sobre el que se desparramaba una cabellera despeinada y salvaje. Solo era un eco de la belleza que Ianthe debió tener en sus tiempos, aun así le quedaba un destello de grandeza.
-¡Puta¡ -Grito el sidhe- Vas a ver como cuelgan a tu bastardo.
Ianthe torció la cara e un gesto indescifrable y puso una mano marchita sobre el hombro de su hijo.
-Tienes el pelo azul…-Comentó casi de casualidad- Conozco el linaje de TocaEstrellas, ese color de pelo es extraño en tu familia.
Willhem miró con desconfianza a la sátira
-¿Qué insinúas, zorra?-Dijo casi sin poder articular las palabras.
-Tal vez debería repasar tu genealogía o hablar con tu madre antes de preocuparte por el linaje de los demás.
El elfo la miró sin ser capaz de decir nada, con los labios apretados y los ojos desteñidos rebosando soberbia.
-Ya veremos si hablas tanto cuando mande que te corten la lengua- Escupió las palabras una a una, con una rabia helada.
Se giró con toda la dignidad que le proporcionaba su porte y se topó con que Bran y el nocker bajaban la cabeza para ocultar sus sonrisas. Abofeteó al nocker y se encaró con el troll, la envergadura de su oponente le desinfló el valor y se contentó con lanzarle una mirada venenosa que no pareció afectar demasiado a su escolta.
Marsias acompañó a su madre dentro de la casa, en la seguridad de zaguán se sintió mucho menos valiente que ante el sidhe.
-¿Me van a ahorcar?-Preguntó abrazándose a la cintura de Ianthe, su madre tenia el olor acre del abandono, como de limones muertos.
-Tu padre no lo permitirá-Le contestó- Sería demasiada vergüenza para su honor de mierda.
Ianthe se agacho ante él y le puso un dedo frío y fino en mitad del pecho que le erizó la piel y le encogió el corazón con un sentimiento que no era capaz de explicar.
-Pero no debes ir pegándote con la gente por tan poca cosa. No puedes dejarte arrastrar por el primer fuego que te queme las entrañas, eso solo te dará problemas.
-Te estaban insultando…
-¿Y qué? No creo que pegarles fuese a cambiar nada. Cuando tengas dudas sobre lo que debes hacer o quieras permanecer tranquilo, rézale al Fuego de tu Corazón y pídele que te revele cual es la mejor decisión en cada momento.
-¿El fuego de mi corazón? No pensé que tuviese fuego en el corazón- El sátiro no parecía muy convencido.
-Hay una hoguera dentro de todos nosotros y a veces nos lleva por caminos equivocados, pero cuando sabes controlarla la luz de las llamas te sirve de guía. El fuego es así; salvaje destruye pero si lo amansas estará a tu favor.
Ianthe le besó una mejilla, sus besos siempre eran un roce fugaz con los labios, como el fantasma de un beso, como ella misma que era más recuerdo que realidad. Aquel día su madre regresó a la cama y solo salió de ella para ahorcarse en el jardín. No hubo más días buenos.
Marsias había pensando mucho en el día que su madre le hablo por primera vez del Fuego del Corazón. Dentro de cada hada arde una llama, los sátiros de Fuegovivo creían la vida era llama, a veces es causa de dolor, a veces parece que casi se apaga pero no deja de arder nunca. Se alimenta de emociones y si la controlas al igual que los fuegos domésticos, juega a tu favor. Allí había aprendido que si eres capaz de controlar el Fuego del Corazón ningún otro fuego, ni siquiera los mágicos pueden hacerte daño, En Fuegovivo se seguía el Culto de los Fuego del Corazón con mas fuerza que en ningún otro lugar pero no había dioses, ni altares, cada sátiro, ninfa o driade era el templo de su propia divinidad. El único modo de reconocerlos era un sol tatuado en alguna parte del cuerpo
Desde que Nicasia llegó al santuario el fuego de su corazón ardía descontrolado y por primera vez en años se sentía totalmente perdido. Pasaba de la rabia a la impotencia en un suspiro, sus sentimientos lo desbordaban y le faltaba seguridad. En aquel estado no se sentía capaz de tomar ninguna decisión, temía que le faltase buen juicio para actuar y había tanto por resolver y tan grave…Junto a la cama de la gran alcoba el sátiro no dejaba de maldecir su suerte y, sobre todo maldecía a Manx y a su larga sombra
Sobré la mesa de curas Nicasia había dejado de sonreír en el momento en que el volvieron los recuerdos, intentó incorporarse apoyándose en el brazo sano
-¿Y Dujal?- Preguntó con un granizo ronco y débil-¿Dónde está Dujal? ¿Dónde está? Quiero verlo.
El sátiro trató de sujetarla, pero la ingeniera se apartó de él mirando a su alrededor como si esperase ver aparecer un fantasma.
-Dujal…trae a Dujal. Quiero verlo.
Marsias sintió que lo ahogaba el pánico, si el pooka había estado en algún momento con Nicasia y ella, que era un combatiente con experiencia y una buena estratega, había terminado así, el gato no podía haber salido bien parado. No era capaz de imaginarse que había pasado mientras él había estado lejos de la Corte, pero era obvio que sus peores temores no estaban desencaminados. “Y llegué a temer que no estuviese preocupada por mi” pensó avergonzado.
-Dujal está durmiendo-Mintió sin titubear-Habéis llegado muy temprano. Lo veras mañana, cuando te hayamos curado.
La peliblanco se dejó caer sobre la mesa, soltaba las frases a retazos luchando contra su propia respiración, las escupía con una mezcla de desesperación y de rabia.
-No debe enterarse de nada…no puede enterarse, le destrozaría. Lo estaba haciendo otra vez, lo vi, lo estaba haciendo otra vez…
La ingeniera tenía el rostro desencajado y un toque delirante en la mirada que ponía los pelos de punta. El patacabra trató de ponerle la mano sobre la cabeza para invocar un hechizo de sueño pero ella se la apartó con manotazo decidido.
-No quiero dormir más, no quiero, no quiero- Gimió encogiéndose sobre la mesa, lo repitió hasta convertirlo en una cantinela sonámbula. Marsias necesitó muchas frases tranquilizadoras para que recuperase la calma, cada vez que intentaba tocarla ella se apartaba
-Escúchame-Alzó las manos para que ella pudiese verla- No te haré nada, me quedaré contigo, tranquila, acabarás por hacerte daño. Quédate quieta.
La nocker lo miró sin desconfianza, y el patacabra aprovecho para acariciarle la mejilla. Nicasia se estremeció con aquel gesto, pero se dejó hacer con cierta desconfianza a flor de piel.
-Deja que te curemos-Le rogó al cabo de un rato, cuando la vio mas tranquila
La ingeniera negó con la cabeza con un gesto tozudo y cansado
-Las cartas, Marsias, las cartas…había tantas.
Marsias le puso los dedos sobre los labios y no la dejó seguir.
-Shhh. No te canses, tendrás tiempo de sobra de contármelo.
Nicasia se agarró al borde de la mesa y volvió a negar la cabeza, el sátiro se rindió, discutir son ella solo la agotaría mas, era necesario ponerla en manos de los sanadores cuanto antes, el tiempo no jugaba a su favor.
-Está bien-Capituló y se acercó todo lo que pudo para que no tuviese que forzar la voz-Cuéntame.
-El administrador, ese bastardo tenía cartas de Manx- Al decirlo se le llenaron los ojos de lágrimas-Manx trabajaba para los goblin. Estaba traicionando a la Corte de nuevo.
Un sollozó le corto la frase, el sátiro no quería creer lo que estaba oyendo. “Está delirando, es solo eso” se aferró aquel pensamiento con todas sus esperanzas.
-Yo la abandoné-Prosiguió con un hilo de voz-Es culpa mía, la abandoné.
-Hablaremos de todo esto cuando estés mejor, ahora por favor
-No le dirás nada a Dujal, si supiese que su madre…No se lo digas
-No te preocupes, malbicho, ya sabes que tus secretos están a salvo conmigo-Le susurró pasándole los dedos por el pelo- Ahora descansa, nos ocuparemos de este asunto cuando estés mejor.
La ingeniera cogió la mano de sátiro y la apretó sin fuerza.
-Ha salido todo tan mal, pensé que estabas muerto y perdí la cabeza.
-Ya sabes lo que dicen: sin cadáver no hay muerto. Debiste quedarte a comprobarlo.
-Escuché las campanas de palacio esa noche.
Marsias soltó una risa desganada.
-¿Crees que sonarían por mi? Soy el dueño de un burdel, los honores fúnebres no se hicieron para gentuza como yo. Sonaban por Eleazar Ibn Bahar, murió esa noche.
-Es cierto, Eleazar ha muerto Y Manx…Todo está saliendo mal.
Nicasia cerró los ojos, parecía a punto de dormirse, pero de golpe volvió a abrirlos con el espanto de los niños que se asuntan de la oscuridad
-¿Si me duermo soñaré? No quiero soñar más-Confesó agotada.
El sátiro le pasó la mano por la cara, susurrando una vieja canción de cuna que recordaba de los días que su madre tenía ánimos para cantar. Esta vez la nocker no se resistió el hechizo, era un alivio porque no le quedaban fuerzas para esconder las lágrimas. Algo se había torcido la noche que murió Manx y desde entonces todo había ido empeorando. Hay afortunados que pasan sus días sin apenas sobresaltos, sin mas miserias que las inevitables y aunque tal vez eran vidas sin grandes emociones tenían una placidez que el sátiro envidiaba. Cada vez que pensaba que ya podía hacerse viejo sin preocuparse más que de lo estrictamente necesario, su vida se presentaba para recordarle que para tener paz hay que sembrarla antes. Sus cosechas eran las que venían de la mano de un pasado tormentoso, sobre todo cuando se trataba de Manx, siempre Manx. La pooka le había robado el amor de la ingeniera solo para tirarlo por la borda y desde entonces todo lo que se relacionaba con ella, arrastraba una dolorosa estela de resentimiento, secretos y desgracias. “Ni muerta deja de ser un peligro” pensó amargado.
Habían sido buenos amigos en otros tiempos hasta que uno tras otros los roces y los malentendidos habían ido forjando una cadena de desencuentros que les dejó una rabia sorda y candente. Eran educadamente distantes, aun cuando no podían dejar de lanzarse puyas si se encontraban, si la situación nunca pasó de la tensa diplomacia era precisamente porque Dujal se interponía entre los dos. Marsias apreciaba demasiado al muchacho, pelearse con su madre le hubiese obligado a alejarse de él. En cuanto a Manx, sabía de sobra que él era el único dispuesto a ayudarla. Hasta aquel día estaba convencido de que solo él conocía la maternidad de Dujal, acababa de descubrir que Nicasia también lo sabía, aunque no se extrañaba demasiado, de un modo u otro ella siempre se enteraba de todo.
Recordaba la enorme sorpresa que se llevó al recibir la carta donde la gata, no solo le contaba que estaba embarazada, sino que el parto era inminente y le rogaba que fuese a ayudarla. Salió sin mas preparativos ese mismo día y llegó en el momento preciso. Como todas las pookas, fue un parto rápido y sin grandes complicaciones, fue lo único normal en aquel nacimiento; Manx solo tuvo un niño, cuando lo normal entre los suyos era tener, al menos, gemelos. El bebé nació con los ojos abiertos de par en par, y en lugar de saludar al mundo con el berrido de los recién nacidos lo hizo con una risa de crío feliz. Nunca más en todos sus años de comadrona volvió a ver nada parecido. “Este niño dará que hablar” Dijo al entregárselo a su madre que como únicas respuestas le dejó una sonrisa de esfinge y una frase “Es tal y como lo soñé”.
Marsias pasó un par de días con la recién estrenada madre y su hijo. “Nadie debe saber que es hijo mío” le rogó Manx. “No permitiré que él cargue con la vergüenza de lo que hice” El patacabra no pudo argumentar nada, sabía demasiado bien a que se refería. “Él lo sabrá antes o después, no puedes protegerlo de esas cosas” Respondió, pero la gata no estaba dispuesta a aceptar aquello sin más. “Lo tengo todo pensando, voy a enviarlo con los humanos, dentro de unos años cuando consiga el indulto de la Reina, lo recogeré”. Esa frase transformó la conversación una discusión que subió de tono demasiado deprisa. Marsias se marchó sin querer saber nada más de ese asunto “Conoces la ley, si lo mandas con los humanos pierdes todo derecho sobre él, vas a convertirlo en un huérfano. ¿Lo haces porque te preocupa lo que lleguen a pensar en la Corte de tu hijo o porque te da demasiada vergüenza tener que contarle lo que hiciste?” Manx le cruzó la cara un zarpazo que a punto estuvo de dejarlo tuerto, tuvo que dejarse crecer la barba para disimular la cicatriz que le corría por la barbilla. “Has pasado tanto tiempo con Nicasia que os habéis convertido los dos en la misma mierda” “No” Respondió él “Es que somos los únicos que te queremos tanto que no somos capaces de mentirte”.
Tras aquella frase abandonó la casa, pasarían muchos años hasta que volviese a pisarla. Al cruzar la puerta la gata le dejó un último recado. “Dile a Nicasia que no quiero que se acerque a Dujal jamás” Marsias no le contestó, se limitó a alejarse a zancadas, le dolía mas abandonar al crió a su suerte que marcharse de malas con alguien que había sido una de sus mejores camaradas en los años de la guerra.
Los años pasaron y el indulto que Manx tanto ansiaba no llegó jamás. La ingeniera aprovechaba su puesto en el Parlamento de los Sueños para pedírselo a la Reina tantas veces como consideraba prudente, siempre de modo discreto. Lo había hecho en secreto desde el mismo momento que la condenaron, siempre se había sentido responsable de la suerte de Manx y trataba de cambiarla cada vez que tenía la ocasión Marsias rememoraba todo aquello tratando de comprender lo que Nicasia acababa de contarle, no estaba muy seguro de si debía tomarse sus palabras en serio, tal vez solo fueran delirios. Aquella cadena era demasiado larga para contar sus eslabones en un solo momento.
El sátiro llamó a los sanadores con la cabeza embotada y el corazón en la garganta, pararse y rezar para que el fuego que prendía en sus entrañas arrojase algo de luz sobre la verdad que quizás encerraban sus recuerdos, era un recurso inútil, porque en su interior mas que una hoguera domestica había todo un bosque en llamas que en lugar de iluminarlo lo cegaban por completo. No fue capaz de prestar demasiada ayuda, cuando empezaron a lavar a Nicasia y dejaron al descubierto todo el horror de su calvario. Marsias fue presa de un vértigo feroz y se dio cuenta de que no sería capaz de prestar demasiada ayuda con los nervios en aquel estado. Se limitó a quedarse en un discreto segundo plano, a modo de supervisor. Cuando Néstor, el sanador mas joven, separó las piernas de la ingeniera el sátiro sintió que el alma se le encogía hasta perdérsele. Se disculpó con una torpeza de la que se avergonzó casi al momento y salió de la sala de curas para ocultar su espanto.
Dujal vivió nueve primaveras con sus otoños junto a los humanos, una primavera Marsias escuchó en el burdel que Manx tenía un nuevo pupilo y que había anunciado que sería el último. La pooka había conseguido permiso de la Corte para enseñar sus habilidades a algunas hadas jóvenes con el talento necesario, Isma´il Ibn Bahar acababa de terminar su formación cuando llegó el nuevo alumno, la curiosidad tiró del sátiro hasta la puerta de Manx una vez más. Al llegar descubrió a un pooka encaramado a una de las ramas del viejo roble. Solo tuvo que escuchar su risa para comprender quien aquel mocoso descarado que lo miraba con los ojos como platos, como si fuera mucho más normal tener orejas de gato que cuernos. Tenía la cara redonda y la mirada ávida de su madre, siempre pensó que el pelo negro y el curioso mechón blanco que le caía sobre los ojos y que empezó a teñirse al crecer eran la única herencia de su misterioso padre. Marsias no necesitó mucho tiempo par darse cuanta de que el joven no sabía quien era Manx, la trataba como a su tutora. Nunca lo sacó de su error.
Dujal consiguió que se reconciliaran hasta cierto punto, Manx capituló porque era consciente de que necesitaba ayuda, más tarde o mas temprano el pequeño necesitaría alguien que lo introdujera en la Corte y Marsias porque no podía evitar sentir cariño por el niño.
Ahora la madre estaba muerta y el paradero de su hijo era un misterio.
Marsias no tenía paciencia ni humor para quedarse esperando ante la puerta de la sala de curas, tampoco se encontraba en la presencia de ánimo necesaria para volver a entrar de inmediato.
Salió a la entrada del santuario. A esa hora los escasos habitantes ya empezaban el ajetreo diario, llamó a uno de los estudiantes, un fauno al que aun no conocía, le pareció que tenía la mirada despierta y el paso resuelto.
-Acércate- Le dijo haciéndole un gesto impaciente con la mano.
El estudiante obedeció sin titubear ni un momento.
-Usted es el nuevo rector- Saludó el muchacho, no parecía demasiado impresionado y eso le gustó al sátiro.
-Eso me han dicho- Respondió Marsias-Tengo un par de tareas para ti, primero vas a ir a la sala de curas grande, están atendiendo a una paciente que llegó hace unas horas. Diles que cuando acaben la lleven a la alcoba vieja y que me avisen. En cuanto le des el recado busca a Mesalina, me da igual si está durmiendo, la quiero en el despacho del rector de inmediato. ¿Lo has entendido?
El estudiante asintió y salió a paso ligero. Marsias hizo girar la silla para ir al despacho La primera vez que entró le entraron ganas de cerrarla la puerta con llave u no volver jamás. De inmediato pensó que lo mejor era buscarse otra estancia y adecuarla para el corto plazo de tiempo que ocuparía el cargo. En Fuegovivo pensaban que era un gesto de respeto, la verdad es que el patacabra se escandalizó por el enorme desbarajuste que reinaba en el despacho de Tiresias. Los libros se amontonaban en el suelo formando columnas peligrosamente inclinadas, desperdigadas de cualquier manera, había que sortearlas para llegar a las estanterías repletas, donde los libros se mezclaban con esculturas y frascos de diverso contenido, tan apretados que parecía que fueran a salir despedidos de un momento a otro. La mesa quedaba oculta por varias capas de papeles y pergaminos, a los que acompañaban una variada colección de plumas (algunas totalmente inservibles). Tinteros de diversos colores, vacíos o llenos se disputaban el puesto con barritas de lacre a medio usar. Marsias no estaba dispuesto a emprender la tarea titánica de ordenar aquel desastre pero en aquel momento no le quedaba más remedio que usarlo. La silla sorteó con fortuna un par de montones de libros pero no tuvo tanta suerte con los que estaban pegados a la mesa que se desperdigaron por el suelo con un suspiro de polvo.
Mesalina encontró a su tío maldiciendo mientras trataba de meter la enorme silla de ruedas tras la mesa. La sátira lo ayudó a salir del atolladero de papeles revueltos y libros rotos, colocó los despojos sobre el alfeizar de una ventana y a falta de mejor sitio donde acomodarse se sentó junto a los lomos quebrados y las hojas arrugadas. No le gustaba el aspecto de Marsias, había adelgazado en los últimos días, aquella mañana tenía el cansancio y los nervios escritos a cincel sobre la cara, la palidez le acentuaba más las ojeras, la sátira quiso abrazarlo y mandarlo a la cama de inmediato, pero sabía que su tío no atendería a razones hasta que tuviese lo que quería.
-Me parece increíble que no me avisarás en cuanto Nicasia cruzó la puerta. Podría haber muerto.
Pese al tono duro con el que pronunció las palabras, Marsias no gritó, no lo necesitaba, la decepción que destilaba lo que acababa de decir le dolió a la sátira más que una bofetada. Mesalina sintió que se le encendía la cara y agacho la cabeza
-Solo quería que descansaras-Dijo con un hilo de voz- pensaba avisar…
-No necesito que te justifiques, ni que me cuentes mentiras. No te he llamado para eso- La interrumpió secamente- Sé que no te gusta Nicasia y aunque no te lo creas entiendo tus motivos, pero aunque tuvieses razón deberías respetar mis decisiones.
Su sobrina se mordió los labios para no dejar escapar algo de lo que tuviese que arrepentirse. Pese a que jamás habían hablado del tema directamente, por los rumores del burdel sabía que Mesalina pensaba que la nocker lo trataba con desprecio. Era la opinión de muchos, pero Marsias llevaba demasiado tiempo soportando las opiniones de los demás como para le supusiesen un problema.
-Tampoco te he llamado para reñirte- Dijo más suavemente- Lo hecho, hecho esta.
¿Quién trajo a Nicasia?
Mesalina alzó los ojos aliviada y dejó de apretar los puños.
-Fueron, Silvio y Sir Arthur. La acompañaban un goblín al que curamos hace bastante rato y una pooka muy pequeña.
Marsias se acarició la barba preocupado.
-¿Nadie mas?
-¿Debería haber alguien mas?-Pregunto Mesalina contagiándose de la inquietud de su tío- ¿Qué te ha dicho Nicasia?
-No ha dicho gran cosa, deliraba.
-Ahora eres tu el que está mintiendo- Le espetó la cortesana- ¿Qué me estas ocultando?
La joven necesitó muy poco tiempo para darse cuenta de cual era la pieza que faltaba, se llevo las manos a las sienes y negó con la cabeza intentando espantar sus conclusiones
-¿Dujal?- Preguntó desolada-¿Es el que falta, tío? ¿Nicasia dijo algo de Dujal?
Dijo que iría a vengarte.
La situación no dejaba hueco para las mentiras piadosas. Él había perdido a mucha gente a lo largo de su vida, sabía de sobra que es un golpe para el que nunca se está preparado. Se separó de la mesa y abrió los brazos, su sobrina se le abrazó como cuando era una niña que añoraba a sus padres. Marsias le acarició los rizos, aunque el dolor no se disipa, parece menos cruel cuando lo compartes.
-No sabemos nada, no te pongas en lo peor- Trataba de creerse sus propios razonamientos- Antes de llorarlo tenemos que saber donde está y como está.
Mesalina sollozó una sola vez y se secó las mejillas con el dorso de las manos. Marsias se sintió orgulloso de ella, tenía la determinación de su hermano.
-¿Y que haremos para buscarlo?-Preguntó
-Necesitamos saber lo que pasó ¿Dónde está Sir Arthur?
-Le dimos una habitación, debe estar durmiendo desde hace poco.
-Pues vamos a tener que despertarlo ¿Y Silvio?
-Silvio se fue en cuanto vio que dejaba a sus viajeros a bien recaudo, ya sabes que nunca se queda con nosotros, su lugar es el bosque.
Marsias chasqueó los labios hastiado, temía era respuesta.
-Hay que salir a buscarlo. Él sabe todo lo que pasa fuera de estas paredes. ¿Y el goblin?
-Se lo llevaron a otra sala de curas casi al mismo tiempo que ha Nicasia, supongo que ya habrán acabado con él.
-¿Estaba consciente?
-Creo que no
“Al fin una buena noticia” pensó aliviado el patacabra
-Haz que lo lleven a alguna habitación apartada y asegúrate de que no hable con nadie antes que conmigo. ¿Alguien ha reconocido a Nicasia?
-Lo dudo mucho. No creo que hayan visto una mestiza en su vida.
-Entonces así debe seguir, que no sepan que es ella. Cuanta menos gente sepa lo que pasa mejor
-¿Y que pasa?-Preguntó Mesalina inquieta
-Eso trato de averiguar. Me sabe mal despertarlo pero haz el favor de ir a buscar A Sir Arthur, no quiero perder tiempo.
Sir Arthur apareció al poco tiempo, vestido a toda prisa y con las canas revueltas, mas que recién arrancado de los brazos del sueño, se mostró tan risueño y cordial como si acabase de hacer una pausa entre baile y baile. Hizo una discreta pero respetuosa reverencia a Marsias a modo de saludo, Sir Arthur era el único sidhe que no lo miraba por encima del hombro, y de los pocos que no frecuentaba su local en busca de amores mercenarios, de hecho solo entraba cuando algunas de sus misiones lunáticas lo obligaban.
Despejó un sillón de su carga de libros y se sentó ignorando la nube de polvo que se levantó a su alrededor. Desgraciadamente pudo contar poca cosa, él se habían encontrado al variopinto grupo en mitad del bosque “Mi papel en esta aventura es muy modesto” dijo el sidhe “Me limité a traerlos hasta aquí sanos y salvos” No quiso decir que lo había llevado aquella zona del bosque, aunque Marsias tenia casi por seguro era cosa de DamaMirlo, y la mano que movía a la Dama era con toda seguridad la de la reina. Sir Arthur no quiso que su visita fuese en vano “Debería ir a hablar con el goblin, si alguien puede desentrañar este misterio, sin duda es él. Pero antes de hacerlo debería examinar la flecha con la que lo hirieron, estoy seguro de que eso podría revelar o incluso confirmar lo que cuente” Lo único que pudo confirmar con rotundidad el sidhe fue que el goblin decía haber estado con Dujal. “Revisa la flecha” le aconsejó Sir Arthur antes de retirarse ocultando un bostezo. Era un buen consejo Marsias no tardó mucho en tener en su mano la flecha en cuestión, había visto muchas como esa durante la guerra. Era un arma de indudable factura goblin, una especie de arpón alargado casi tan largo como su meñique, dentado con pequeños garfios curvos. Los hacían así para que el dardo se hundiese profundamente en la carne y desagarrase al sacarlo. Desde luego estaba claro que le había disparado su propia gente, algo que no tenía demasiada lógica, si había un pueblo unido y leal esos eran los goblin. La idea de uno de ellos traicionando a los suyos para rescatar a una mestiza era tan descabellada que tenía que ser verdad, porque como tapadera para un espía resultaba peligrosa y del todo inverosímil. Estaba dándole vueltas al asunto cuando entró en su despachó el mismo fauno al que había usado de recadero para llamar a Mesalina.
-Señor, el goblin se despertó hace unos minutos, al parecer trató de ponerse de pie y se le ha vuelto a abrir la herida. Lo hemos encontrado inconsciente junto a la puerta de su celda.
El patacabra se guardó la punta de flecha en el bolsillo del chaleco, estaba visto que aquel día nada iba a salir bien.
-¿Lo dejasteis solo en su celda? Debe estar aterrorizado, no me extraña que tratase de levantarse
Aquello había sido un fallo de cálculo grave, lo sensato era un asignarle a alguien que lo velase para evitar mas incidentes como aquel. Sería difícil encontrar un voluntario, Fuegovivo no era amigo de los goblin…
-Asignad a alguien de buen carácter para que sea su enfermero y avisadme encanto esté en condiciones ¿Algo mas?
-La mestiza va de camino a la alcoba vieja. Tal como ordenasteis.
-Enseguida voy para allá.
Los sanadores habían hecho gala de su fama con Nicasia, la ingeniera dormía, desnuda y enroscada sobre si misma, con una expresión tranquila fruto del “Duermedragón” un potente narcótico a base de zumo de amapola “¿Soñaré?” Había dicho la patiblanco, Marsias sabía que el “Duermedragón” se lleva hasta los sueños, era lo mejor, de otro modo el dolor habría sido insoportable. Le habían cubierto las zonas desolladas con un alga viscosa y gruesa a la que llamaban “Camisa de sapo” era mejor cualquier vendaje, tenía grandes propiedades desinfectantes y dejaba que la piel respirase. Tenía entablillados los dedos uno a uno, por separado, para acelerar la cura incrustaban en las tablas de madera unas finas laminas de metal en las que graban hechizos de inmovilización. Néstor le aseguró que estaba fuera de peligro, que era mejor no cubrirla con nada hasta que sus heridas estuviesen más cerradas, pero que no había que preocuparse. Marsias se acercó a la cama, la inmensidad del mueble hacía que Nicasia pareciese la niña pequeña que nunca había sido.
La ingeniera nunca le hablaba de nada anterior a su llegada a La Corte, solía decir que antes de eso Nicasia no existía y aunque el sátiro siempre se preguntó el significado de esa frase, en aquel momento le pareció estar tan cerca de la respuesta que casi le daba miedo averiguarlo. El sátiro se sentó en el borde de la cama, aunque había espacio de sobra para los dos no se atrevía a acomodarse demasiado. Estaba agotado y la cadera lo estaba matando, estiro las patas dejando escapar un gemido apagado. Volvió a contemplar a la ingeniera y a pensar en el puzzle que tenía ante si. Era como ver una figura en la niebla, la silueta te resulta familiar pero no eres capaz de reconocerla. Esperaba que el goblin tuviese alguna respuesta porque el tiempo jugaba contra Dujal
-Seguro que tú sabes porqué Manx no quería que te acercases a él y nunca me lo has contado.
Si de algo sabían esas dos era de secretos. Nicasia trataba de no acercarse a Dujal, tal como Manx había pedido, era especialmente hiriente y desagradable con el pooka, Lo trataba con una inquina acida y cruel. No servía de nada, Dujal veía a la nocker como un desafió, le encantaba meterse en sus asuntos, encontrar nuevos modos de chincharla, trataba sin éxito de dejarla en ridículo siempre que tenía ocasión. Cualquier otro estaría muerto hace tiempo, sin embargo al gato no solo le permitía sus chanchullos sino que a veces entraba en el juego. Tenían una dinámica retorcida, un extraño modos de acabar siempre juntos que Marsias no acababa de entender. Tenía claro que no era amor, pero también sabía que era algo que se parecía demasiado. Siguió divagando un rato, intentado encontrar un punto lógico en alguna parte. Acabó durmiéndose casi sin enterarse.
-¿Marsias?
La voz lo llamaba con más sorpresa que sobresalto. Abrió los ojos avergonzado, tenía casi encima el rostro preocupado de Mesalina mientras a su lado Nicasia seguía presa del “Duermedragon”.
-¿Qué ha pasado?¿Cuanto he dormido?- La cama de la reina había conseguido que la cadera le doliese mucho menos, se sentía descansado por primera vez en mucho tiempo
-Llevas casi todo el día durmiendo. No quería despertarte pero acaba de llegar Rashid Ibn Bahar con una carta de su primo Isma´il y creo que debes leerla.
Su sobrina le pasó la carta. Marsias se incorporó con menos trabajo que en otras ocasiones. Tuvo que leer la carta dos veces para poder creerse lo que decía. Estaba dirigida a Mesalina, en ella le daba sus condolencias por la muerte de su tío, y le rogaba que volviese a La Corte para tratar ciertos asuntos de mutua importancia, el ciego aseguraba poseer información vital sobre los asesinos y estaba dispuesto a compartirla.
-¿En La Corte piensan que estoy muerto?-Preguntó sorprendido
-Te saqué de allí a toda deprisa, apenas pude explicar nada. Esta claro que al menos algunos piensan que has muerto.
El sátiro se rascó la barba, era obvio que Isma´il mentía respecto a conocer a sus agresores puesto que le daba por muerto, pero estaba intentando usar a Mesalina en su propio juego. Tal vez las intrigas del nigromante no tuviesen que ver con aquel asunto. Aun así era un cordel del que merecía la pena tirar.
-Prepara tu mejor cara de afligida sobrina, porque vuelves a La Corte, sígueles la corriente a los dos Ibn Bahar, haz lo que te pidan por ahora y mantenme informado.
Además, hay que llevarle noticias de Nicasia a Costurita, debe estar muy preocupada y tal vez averigües algo sobre Dujal
Mesalina recogió el papel y lo leyó con calma.
-Pero esto tiene toda la pinta de ser una trampa.
Marsias asintió y tras besar la mejilla de su sobrina le susurró al oído.
-Ya veremos quien caza a quien.
La Cortesana asintió con una sonrisa cómplice.
-Iré a preparar mis galas de luto.
-No hace falta que te vistas demasiado, soy un muerto indulgente.
martes, 27 de abril de 2010
Animales de segunda división
Tengo cuatro gatos, no es una situación que yo pidiese, y a veces me siento muy agobiada, porque son muchos gatos, porque yo no pedí verme rodeada de tanto felino, que supone comprar mucha arena, mucho pienso y mucho de todo. Los dos cachorrillos son eso, cachorros y son muy destrozones. A veces los miro con infinita pena porque a pesar de todo son cariñosos y adorables y pienso que ojala no hubiesen entrado en casa nunca. Esta es una situación que yo no pedí. Se suponía que los gatos estarían en casa solo por un tiempo, mientras crecían y luego se irían. Pero a día de hoy cada vez tengo mas dudas de que eso vaya a pasar y lo peor es no puedo buscarles otros dueños, primero porque en esta situación hay un grado de compromiso importante y segundo que ahora me parece una crueldad separar a los dos hermanos y además me preocupa no encontrarles un buen dueño.
Los gatos son animales de segunda categoría, la gente no castra a los suyos y extermina a las camadas a sangre fría, sin el menor reparo o los abandona con la premisa de “ellos saben cuidarse”. El otro día saque a los cachorros en su transportín y tuve que oír cosas como “Si nos los quieres ahógalos” o “Déjalos en ese descampado de ahí, veras que bien van a estar”. Estos cachorros debieron quedarse con su madre y lo que hubiese pasado habría sido ley de vida. Al recogerlos adquirimos un compromiso con ellos. Ahora no puedo abandonarlos, ni llevar a unos animales perfectamente sanos a que los sacrifiquen solo porque para mí sería lo más cómodo. Pienso en mis futuras vacaciones, pienso en mis padres que ya pusieron el grito en el cielo cuando aumentó la familia felina, pero sobre todo pienso en ellos, que no tienen la culpa de nada, que no son los que tienen que pagar el pato. Y pienso en todos esos gatos sin suerte, que caen en manos desaprensivos que los torturan, los abandonan o los maltratan simplemente porque “gatos hay muchos” y “se cuidan solos”.
No sé si estos pequeños acabaran viviendo en el campo con sus legítimos dueños, gordos y felices o si formaran parte de mi manada de fieras y tendré que acostumbrarme a los sacos de 5 kilos de pienso. Lo que si sé es que no acabarán en la calle. Es cierto que hay muchos gatos, pero estos en particular, son míos.
jueves, 25 de marzo de 2010
Mucho arte
El día 3 de Marzo este blog cumplió dos años (me acabo de enterar gracias a un chivatazo del hombre grande que vive conmigo).La verdad es que es tiempo pasa casi sin que te des cuenta, es un miserable traidor.
No voy a repetir lo que digo siempre: que durante estos dos años vosotros,sois los que leéis, los que me animáis y habéis tirado de mi para que siga y siga. Que he escrito gracias a vuestros ánimos y amenazas, me habéis acompañado en los buenos momentos y, sobre todo, en los malos(fijaos que dije que no lo iba a decir pero lo he dicho). La Corte es mas vuestra que mía.
Pienso en toda la gente que he conocido y a veces me da un poco de vértigo. Por suerte soy muy consciente de todos sus fallos y defectos, me abrazo a ellos para no creermelo demasiado porque si me guiase solo por las cosas que me decís y los detalles bonitos que tenéis conmigo mi ego sería insoportable.
Hoy hago recopilatorio de los últimos dibujos que me habéis ido dejando.
No tengo palabras para agradecerlos, aun así gracias de todo corazón.
Nicasia por Koala
Talismán de Yoki: No es un personaje de La Corte propiamente dicho pero estoy pensando en hacerle un homenaje
Isma´il Ibn Bahar por Misi Chan
Marsias junior y Costurina por Sweet Pierrot
Cymric, Dujal y Nicasia por Kao Chan
Nicasia por Miiyuri
Maltazar y Nicasia cual Romeo y Julieta por Drakonita
y por ultimo , pero no menos importante Nicasia por Alvis002
Ha sido el mejor regalo de cumpleaños que el blog podía tener. De nuevo muchas gracias
domingo, 14 de marzo de 2010
Un reencuentro esperado
ella pondrá dos piedras de futura mirada y
hará que nuevos brazos y nuevas piernas
crezcan en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado que retoño:
porque aún tengo la vida.
Miguel Hernandez
Misterios de la providencia.
El Anciano de Fuegovivo tenía claro que la simple casualidad no podía explicar aquella larga cadena de acontecimientos, parecía que una mano invisible había estado atando cabos para que todo llegase al punto donde se encontraba. Pese a que servía al culto del Fuego del Corazón, estaba demasiado ligado a los placeres terrenales para considerarse un místico y además su mentalidad de sanador, modelada en el estudio de la medicina desde muy joven era demasiado práctica para profundizar en los misterios del destino y la magia. Sin embargo esta vez no podía ignorar esa extraña sensación, ese hormigueo en el estomago, como si lo tuviese lleno de peces diminutos, de que algo mas poderoso que ellos había jugado en su favor. Agradecía que hubiese sido así, pero no sabía si le gustaba reconocerse como una marioneta manejada por fuerzas desconocidas y tal vez caprichosas. Sacudió la cabeza alejando de si aquellas divagaciones que de poco le servían en aquel momento y giró la silla de ruedas donde estaba sentado. Se la habían fabricado a toda prisa, colocando un viejo sillón de mimbre sobre unas ruedas de madera, el resultado era un armatoste inmenso que crujía penosamente al más mínimo movimiento y que pesaba tanto que moverla con magia suponía menos esfuerzo que tratar de empujarla. No todo eran desventajas, al menos podía tener las piernas estiradas y no tenía que pasarse el día tumbado en la cama. Ordenó a la silla que lo acercará al gran ventanal que presidía la habitación.
En aquellas montañas el invierno era cruel y pese a que Fuegovivo estaba a poca altura y protegido del viento por el bosque pronto la nieve haría muy difícil llegar hasta allí. La mayoría de los habitantes del santuario habían marchado al refugio de invierno cuatro días antes, situado en un emplazamiento secreto del valle que solían compartir con los clanes nómadas de centauros. No era algo realmente necesario, el santuario rara vez se quedaba totalmente aislado y gracias a la bondad de los Árboles de Fuego el clima siempre era mas calido que en el exterior. Aun así cada otoño los sanadores de Fuegovivo abandonaban el santuario de la montaña, dejando como guardianes a unos poco acólitos y a un Anciano que se encargaba de mantener el orden. El resto se dividían y mientras la mitad de ellos se instalaban en el valle, la otra mitad lo hacían en la Corte, como invitados especiales de la Reina, de este modo la ciudad no se quedaba sin sus inestimables servicios médicos, ni los enfermos tenían que subir a la montaña. Cuando alguien preguntaba a uno de los Ancianos la razón de estos peregrinajes el aludido solía encogerse de hombros y contestar “Es cuestión de supervivencia” y no mentía, solo que no se trataba de sobrevivir al invierno, sino a algo mucho mas siniestro. Durante la Guerra de la Reina Durmiente los lideres sidhe se reunieron con los Ancianos para prohibirles que prestaran ayuda al ejercito rebelde. Los sátiros pidieron una breve tregua para pensar su respuesta. La tregua se agotó y no hubo respuesta. Fuegovivo atendía a ambos ejércitos sin hacer excepciones.
Entonces llegaron ellos.
Una noche los goblin bajaron de la montaña como lobos. Ni los moribundos en sus lechos se libraron de sus cuchillos. Esos fueron los afortunados. Tras la carnicería llegaron las llamas, la pura barbarie, el terror. El Anciano recordaba aquellos días, su abuelo y su hermano murieron aquella noche terrible. Nadie acudió a socorrerles, los sidhe ignoraron sus súplicas y cuando el ejercito de la Dama Recorretuneles llegó ya era demasiado tarde, solo podían recoger la cenizas y llorar. Vidas perdidas, siglos de conocimiento que se desvanecieron en un instante.
Los pocos que lograron sobrevivir se refugiaron con los centauros, al acabar la guerra el santuario se reconstruyó pese a que nunca recuperó su grandeza. Entonces se decidió dividir las sedes, la de invierno permanecería en secreto y los acólitos estarían repartidos. No volverían a enfrentarse a la extinción.
Durante muchos años el Anciano había luchado por no odiarse a si mismo. Sobrevivir no era sencillo cuando la conciencia te recriminaba no haber muerto junto a los tuyos. La providencia quiso aquella noche él estuviese muy lejos.
Los curiosos caminos del destino.
¿Cómo no pensar en una mano invisible tejiendo los acontecimientos? Al Anciano le vino a la cabeza la imagen de DamaMirlo inclinada sobre su telar, con aquella mirada infinita prendida en su labor, enredando sus hilos y no pudo evitar estremecerse de pies a cabeza. Tal vez aquello fuese cosa suya.
Él había regresado al santuario después de muchos años, cuando faltaba poco para que los suyos dejasen la montaña para refugiarse en la sede de invierno.
Providencia, la misma providencia que cuatro días antes había llevado a Tiresias a visitarlo a su habitación en mitad de los preparativos del traslado.
Tiresias era el hermano de su abuelo, además de Rector de Fuegovivo y posiblemente el sátiro más viejo de la región, no tenía demasiada edad para merecer ese honor. Había sobrevivido y nada más. “La Noche del Acero” había dejado al patacabra sin el cuerno derecho y con las manos lamidas por las cicatrices de unas terribles quemaduras que se habían llevado el meñique y parte del anular de su mano izquierda, además de todo su pelo, incluyendo su hermosa barba. El Rector siempre decía que si las llamas no lo hubiesen dejado calvo, lo habrían hecho las preocupaciones. “Hubiese ocurrido antes o después” decía pasándose las manos por la cabeza monda con resignación. Le gustaba llevar largas túnicas sin adornos; verdes en primavera, amarillas en verano, castañas en otoño y blancas en invierno, prendas amplias que colgaban de un cuerpo delgado, lleno de ángulos duros que tenía una apariencia de fragilidad que era pura fachada. Aquella mañana llevaba una deslumbrante tunica blanca, con un discreto bordado plateado alrededor del cuello.
Al verlo entrar en la habitación, vestido de manera tan solemne y seguido por un joven acólito que cargaba una bandeja llena de material medico, el Anciano supo de inmediato que no le iba a gustar demasiado aquella visita. De haberse podido levantar de la cama, lo habría hecho para salir corriendo.
-Bueno días, sobrino- Lo saludo Tiresias-¿Cómo te encuentras hoy? ¿Te duele la cadera un poco menos?
El Rector le indicó a su acompañante que dejase la bandeja sobre una mesita cercana a la cama y lo envió a realizar otras tareas. El hecho de que Tiresias se quitase de encima al estudiante con tan poco reparos solo confirmó las sospechas de el Anciano, aquella no era una visita de cortesía. Al menos no del todo. La noche en que llegó, hacía mas de una semana, fue el Rector en persona quien atendió sus heridas, en los dos días siguientes mientras el dolor lo hacía delirar lo único de lo que tuvo conciencia era de la presencia de su tío, no se separo de su cama hasta que empezó a mejorar.
Después había estado tan ocupado con el cambio de sede que no tenía tiempo para encargarse de las cura, aunque solía visitarlo cada vez que tenía un rato libre. Hacía mucho tiempo que no se veían y ambos sátiros estaban encantados de ponerse al día. Para estas visitas informales Tiresia solía preferir las últimas horas de la tarde, cuando quedaba libre de sus obligaciones, llegaba solo y nunca llevaba puesta su toga de rector. Entonces Tiresias era solo su preocupado tío, no el Rector de Fuegovivo.
-Algo menos- Contestó el Anciano con una sonrisa cauta- ¿A qué viene tanta formalidad?
Tiresias se remangó la tunica hasta los codos, ignorando la pregunta y se lavo las manos a conciencia, usando un aguamanil de porcelana azul que había cerca del gran ventanal. Al acabar murmuro una breve oración, casi una cancioncilla, que todos los sanadores de Fuegovivo entonaban para alejar a la muerte de sus manos.
-¿Lo de formalidad lo dices por la toga?-Contestó el rector al acabar sus rezos- Los preparativos del cambio de sede me tienen muy liado. No creo que pueda venir a verte esta noche, tendremos que conformarnos con está breve visita.
-Y vienes en calidad de Rector, es un honor, aunque si vas a ponerte mandón, te recuerdo que no soy uno de tus estudiantes.
-Eso es cierto, eres uno de nuestro Ancianos- Pese a que sonreía mientras lo decía en el tono de voz de Tiresias no había ningún rastro de humor- Anda, vamos a ver como anda esa carnicería que te has hecho.
El Anciano obedeció porque sabía que protestar u oponerse era solo perder el tiempo, así que apartó las mantas y se acomodó como pudo, aun le costaba encontrar una postura que no le resultase dolorosa. Tiresias comenzó a quitarle las vendas a su sobrino sin perder ni un solo momento para recordarle que ya era muy mayorcito para acabar en un estado tan lamentable. Al dejar al descubierto la herida soltó sus mejores y más sonoros insultos, usando un lenguaje que estaba muy lejos del podría esperarse en un medico.
-Bueno al menos parece que conseguimos librarnos de la infección-Dijo agachándose para observar mejor la herida-El color es mas aceptable y ya no huele. Pero sigue muy hinchado. Para ser un sátiro te estas curando vergonzosamente despacio.
-¿Despacio?- El Ancianó se ofendió al oír aquello y trato de girarse para responder, Tiresias le soltó un manotazo en la frente con tanta puntería a su sobrino que le acertó de lleno en la brecha que le recorría la sien izquierda. El sátiro gimió y se dejó caer en la cama, apretándose la frente.
-Si, despacio…y no te muevas o acabarás haciéndote daño.
-¿Mas?- Replicó el anciano con la voz ahogada- No pensé que los sanadores se dedicaran a torturar a los pobres tullidos.
-Solo a los que no se están quietos- Tiresias cogió un frasco de la mesa y vertió un liquido amarillo de olor muy fuerte sobre la herida, el Anciano apretó el puño sano y se estremeció- A estas alturas esto debería curarse mas deprisa. No estarás listo para el traslado.
Una chispa de entendimiento se prendió en el cerebro del herido.
-Ni sueñes que me voy a quedar aquí todo el invierno- Dijo intentando no dejar traslucir el dolor en su voz- Pienso volver a la Corte en cuanto te vayas de aquí, tengo asuntos que resolver.
-Ni siquiera puedes ponerte de pie, no quiero imaginarme como te las arreglarías para bajar hasta la Corte y no creo que fuese un viaje agradable. ¿Tan importantes son esos asuntos que estas dispuesto a quedarte lisiado por ellos?
-No exageres, tío. Contrataré una litera y estoy seguro de que podré resistir un poco de traqueteo. No puedo dejar desatendido mi negocio por más tiempo.
Tiresias disimuló una sonrisa, cogió de la bandeja un tarro de cristal verde, contenía un ungüento antiséptico a base de salvia y aceite del árbol de té. Cuando lo extendió sobre la herida su sobrino dejó de hablar de golpe. A pesar de que no le veía la cara podía imaginárselo apretando los labios, sin querer dejar un solo quejido que echase por tierra sus argumentos.
-No veo el modo en que el puedas ocuparte ahora de tu negocio…No creo que estés a la altura de tus mejores momentos y podrías no volver a estarlo si no te cuidas. ¿No seria eso un desastre profesional? Por lo que oído las expectativas con respecto a tu persona son muy altas. No puedes permitirte un descalabro.
-¿Tratas de asustarme?-Preguntó el Anciano.
-Ni mucho menos-El Rector impregnó unos retales de lienzo en un aceite bermejo, ese color se lo daba la raíz del Árbol de Fuego, un ingrediente que el santuario guardaba en estricto secreto y que se usaba en contadas ocasiones- Solo te expongo la realidad.
-No puedo quedarme y no insistas. Además yo no soy uno de tus Ancianos por mucho que os empeñéis en llamármelo, es un honor que no me merezco. Ni siquiera acabé mis estudios ¿ya no lo recuerdas?
Tiresias había empezado a cubrir la herida con los lienzos enrojecidos por el aceite. Claro que lo recordaba, y recordaba la decepción de su hermano. También recordaba otras cosas menos amargas.
-El titulo de Anciano se gana por meritos, no por edad y tú tienes meritos de sobra para serlo.
-Mi abuelo no pensaba lo mismo- El Anciano casi pudo saborear el resentimiento de sus palabras- Supongo para él mi madre y yo eras dos ovejas descarriadas.
-Te equivocas, siempre has pensando que Alcínoo estaba resentido con tu madre. Y no es verdad, mi hermano siempre la quiso. Un padre no es capaz de odiar a sus hijos.
-Pero la repudió y después de me repudió a mi…
Su tío acabó de vendarle la herida y dejó escapar un suspiro lleno de tristeza, como quien deja escapar algo enquistado en el alma.
-Eras muy pequeño para recordar la historia…veo que solo recuerdas las partes malas. Tu abuelo le rogó a tu madre miles de veces que volviera, sin reproches. Tu madre estaba demasiado enamorada de ese maldito sidhe para dejarlo, incluso al final, cuando ya no le quedaban esperanzas prefirió quedarse a la sombra de sus recuerdos. Alcínoo no la odiaba a ella, odiaba su estupido amor, odiaba al sidhe al que la traicionó y que después le robó a su nieto.
-Me fui porque quise.
-Te fuiste porque estabas resentido con todo el mundo y querías encararte con tu padre. Buscaste el modo de humillarle y después te aficionaste a ese tipo de vida.
-Ah-exclamó el sátiro exasperado- No tengo que justificarte mis actos.
-No, no pensaba pedírtelo. Deja que te vea la frente. ¿Cuándo te quitaron los puntos?
-Ayer
Tiresias obligó al Anciano a levantar la cabeza para poder verle la herida que le recorría la sien. Las miradas de los sátiros se encontraron un momento y el Anciano no pudo evitar un molesto sentimiento de vergüenza. La mirada de Tiresias estaba llena de calma y las circunstancias de su vida, más que los años le habían prestado una dignidad casi intimidatoria. Los ojos grises del sátiro tenían una serenidad que el Anciano envidiaba, él no tenía la misma tranquilidad de conciencia y desde luego no se sentía digno de admiración.
-No está nada mal, tienes la cabeza dura. Pero eso ya lo sabíamos, es una de las cualidades que te convirtieron en un Anciano.
El Anciano no pudo reprimir una sonrisa, su tío no era de los que se rendían fácilmente.
-Querido tío, te lo repetiré por si te estas quedando un poco sordo; No soy un Anciano, no acabé mis estudios de medicina y no tengo meritos con el santuario para merecer serlo. Se supone que los ancianos deben dar clase ¿Qué podría enseñar yo?
-Tienes unos conocimientos de anatomía y fisiología realmente únicos. Tu profesión te ha enseñado cosas que nosotros aquí desconocemos-Le contestó Tiresias palpando el vendaje del brazo- ¿Esto te duele?
La vergüenza encendió la cara del sátira, bajo la cara y negó con la cabeza, abriendo y cerrando la mano varias veces para demostrarlo. No era de los que se escandalizan fácilmente pero no se esperaba lo que su tío le estaba sugiriendo.
-No veo en que puede ayudar eso a la ciencia médica…-Dijo confuso
Tiresias volvió a lavarse las manos en el Aguamanil
-Todo es aplicable, eso deberías saberlo- Le contestó el Rector secándose las manos sin darle la mayor importancia al asunto- Y a parte de eso ¿A cuantos partos has asistido en esa casa tuya?
-Ni me acuerdo- Reconoció mientras se recostaba en la cama.
Asistir a los partos era una parte mágica de su negocio, sostener entre las manos a aquellas criaturillas pegajosas mientras se llenaban los pulmones de aire con sus primeros berridos le parecía la clase más alta de magia que se podía hacer.
-¿Cuánto niños has perdido? ¿Cuantas madres?-Preguntó su tío sin darle tregua.
-Niños, tres. Madres, ninguna.
-Ahí lo tienes, estoy convencido que sabes más sobre partos que ninguno de nosotros, en proporción hemos perdido mas niños, y desde luego mas madres. Son conocimientos que deberías compartir.
-¿Y saber de partos me convierte en un Anciano?
-Y muchas otras cosas que no voy a contarte, no he venido a engordarte el orgullo, sobrino. He venido a pedirte un favor porque ahora estas aquí y tengo que aprovechar la ocasión. Sé que si te vas, tal vez no vuelvas nunca más.
-Me resulta muy difícil creer que valores mis conocimientos hasta ese punto.
Tiresias se sentó junto a la cama de su sobrino y le cogió la mano, aquellas manos habían sido firmes y fuertes tiempo atrás, cuando el Rector era joven e impartía las clases de cirugía. Aquel gesto fugaz le desveló al Anciano que su tío envejecía y que tal vez hubiese en aquel favor que le pedía mas de lo que el sátiro quería revelar.
-Hace poco mas de una semana llegué al borde de la muerte-Dijo muy a su pesar-Y vosotros me habéis remendado bastante bien. Supongo que es motivo de sobra para estar agradecido. Además podré disfrutar de un par de charlas más contigo, viejo
Tiresias sonrió y apretó la mano de su sobrino con una chispa de esperanza danzándole en una mirada que por otra parte se había llenado de orgullo. El Rector salió de la habitación contento y el Anciano se arrepintió de haber aceptado casi al momento. No le importaba dar unas cuantas clases y tal vez pasar un par de meses tranquilos fuesen lo mejor en su estado pero realmente deseaba regresar a la Corte cuanto antes. Una de las primeras cosas que había hecho en cuanto estuvo en condiciones fue dictar una carta, los días pasaban y no había recibido ningún tipo de respuesta. Aquello lo preocupaba de un modo que no podía describir, no sabía decir si temía que algo se estuviese cociendo en la ciudad o que la falta de respuesta fuese el simple olvido. Necesitaba volver y averiguar que estaba pasando. No sabía si las respuestas serian mejores que la incertidumbre.
Aun así decidió ser fiel a un compromiso y no volver.
Ahora estaba convencido de que la providencia lo había querido así.
El Anciano contempló el paisaje a través del ventanal. Un viento helado empujaba las densas nubes grises, como un perro azuzando a un rebaño. Los árboles se doblaban penosamente bajo su rabia y su soplo hacia amarillear la hierba. Las primaveras nevadas no tardarían en caer. Se alejó de la ventana y dejó que el invierno siguiese con su trabajo.
Estaba en el dormitorio más grande que había en Fuegovivo, la llamaban la alcoba vieja, aunque realmente no lo era. El nombre venía de la gigantesca cama de roble, un mueble grande hasta lo ridículo cubierto con un pesado dosel de terciopelo azul. Resultaba más que curioso que algo tan aparatoso hubiese logrado salvarse de los sucesivos saqueos que el antiguo santuario había sufrido durante la guerra, pero tal vez porque pesaba demasiado o porque nadie consideró que mereciese la pena arrastrarla se quedo olvidado entre las ruinas hasta que los supervivientes del santuario la reclamaron. La leyenda contaba que había sido el regalo de agradecimiento de una reina. La sidhe no era capaz de alumbrar ningún hijo vivo, hasta que acudió a los sanadores de Fuegovivo y estos accedieron a ayudarla a dar a luz. La sucesión del reino quedó asegurada y la cama fue solo uno de los regalos que habían recibido los sátiros en agradecimiento.
El anciano retiró el dosel con cuidado, al hacerlo le hormiguearon los dedos. Restos de miles de hechizos de curación permanecían atados a la cama, como permanece el olor a perfume en un frasco vacío.
Él mismo había lanzado aquella misma mañana un hechizo de calor en el interior del lecho para proteger al pequeño y frágil cuerpo que descansaba desnudo tras las cortinas, hundido en un sueño intranquilo. El sátiro le acarició la mejilla con el inmenso alivio de quien recupera su más preciado tesoro. Ya no tenía fiebre, pero aun estaba demasiado débil para cantar victoria. El hada gimió al sentir el roce, perdida en la marejada de sus pesadillas.
-Shhhhh-La tranquilizó el Anciano-Solo soy yo, no te asustes. Descansa, estas a salvo.
Silbó una melodía dulce, tejiendo sus mejores deseos en cada nota hasta que logró que el sueño del hada volviese a serenarse.
Si cuatro días antes hubiese decidido ignorar la petición de Tiresias ahora no estarían juntos.
Que curioso es el destino.
Tiresias se había marchado la tarde anterior. El Rector y él habían tenido tiempo de jugar una última partida de ajedrez antes de que este partiese con su sequito hacía la Corte. Al quedarse solo el Anciano había sentido de repente el peso de la responsabilidad de una manera tan acuciante que para acallarlo no se le ocurrió nada mejor que pedir que alguien le llevase un libro con el que pasar las horas, por desgracia solo encontraron manuales de medicina que contribuían muy poco a tranquilizarlo. Por suerte o por desgracia aun estaba lejos de recuperarse y no tardó demasiado en empezar a dar cabezadas. Durmió inquieto, con la sensación de estar soñando con un ojo abierto y un millón de pensamientos inoportunos rondándole por la cabeza. Tardó unos segundos en darse cuanta de que los acuciantes golpes que escuchaba en la puerta no formaban parte su duermevela. Se frotó los ojos confuso y adormilado. Los primeros rayos de sol habían empezado a deshacer la noche, faltaba muy poco para el amanecer
-¡Pase¡-Gritó desde la cama alarmado.
Alcione entró con cierto respeto en la habitación, era una sátira muy joven que apenas llevaba dos años en el santuario como estudiante. Parecía que llevaba fuera de la cama bastante tiempo si es que había llegado tocarlo. El Santuario establecía que sus miembros hicieran guardias incluso en invierno, cuando las instalaciones se quedaban casi vacías. Fuegovivo siempre estaba alerta.
-Señor-Dijo la joven, era delgada y pequeña y llevaba el pelo recogido en un sobrio moño moreno apretado sobre el cogote-señor necesitamos su ayuda.
-¿Mi ayuda?-Preguntó-¿Qué pasa?
-Ha llegado un herido del bosque, un caso grave de septicemia y rechaza todos los hechizos de curación que hemos intentado, no hemos logrado que funcione ninguno, es como si en lugar de hacer magia estuviésemos cantándole nanas.
El Anciano se quedó extrañado, nunca había oído nada parecido, un hechizo se puede rechazar con otro hechizo o usando algún tipo de barrera mágica, como talismanes o incluso oraciones al dios adecuado, pero nunca sin más. De un modo u otro la magia siempre funcionaba.
-¿Los rechaza sin más?-Estaba claro que la joven estudiante debía estar explicándose mal. Lo que estaba contando era imposible.
-Sin más- Aseguró Alcione con vehemencia- Nada parece hacerle efecto, ni la invocación más sencilla. Quisimos hacerla entrar en calor y al final hemos tenido que envolverla en mantas, la invocación no funcionaban.
El sátiro meditó un momento, tal vez los que estaban atendiendo aquel caso era estudiantes muy jóvenes, con poca o ninguna experiencia, a los que habían pillado de improviso, medio dormidos y nerviosos. A saber que habrían intentado hacer. Lo mejor sería ir a echar a un vistazo, a fin de cuentas era el Rector de Fuegovivo, supervisar los tratamientos era ahora una de sus responsabilidades. Cogió una campanilla que tenía sobre una mesita junto a la cama y la hizo repicar, el enorme armatoste que era su silla de ruedas se acercó al borde de la cama con un chirrido de tornillos mal apretados, empujada por una mano invisible.
-Ayúdame a subir, Alcione.-Pidió el patacabra-Vamos a ver que estáis haciendo.
La estudiante obedeció, el Rector era demasiado corpulento para las escasas fuerzas de la joven estudiante, así que la maniobra fue costosa y un tanto ridícula. El sátiro llegó a su asiento con un gemido ahogado, parte alivio y parte dolor. Pese a que los sátiros eran famosos por la rapidez con la que eran capaces de recuperarse de heridas y enfermedades, una cadera rota no sanaba de la noche a la mañana. Era cierto que además no estaba curándose como debiera, las preocupaciones le restaban ganas y ni siquiera la perspectiva de librarse de aquella cárcel de mimbre con ruedas lograba motivar al Rector lo suficiente para darle ánimos.
Las salas de curación estaban en la primera planta. En el santuario no había escaleras, solo largas rampas muy poco inclinadas que favorecían el transporte de cualquier tipo de residente, fuese cual fuese el mal que lo aquejase. La construcción la formaban tres terrazas colgadas de la falda de la montaña y rodeadas de bosque. El techo de cada terraza era un jardín espeso y salvaje de modo que todo el conjunto quedaba oculto, desde el camino que cruzaba el bosque era casi imposible distinguirlo. El interior se comunicaba gracias a amplios corredores forrados de madera, abovedados de tal modo que modo que parecían casi redondos. Cada tramo de pasillo tenía un par de ventanitas redondas a cada lado y una lamparilla colgando del techo, cada una de ellas con la forma de alguna de las flores que crecían por los alrededores. A aquellas horas, con el amanecer apenas despuntando y las lamparillas casi apagadas el corredor estaba sumido en perezosas sombras azules que lo hacían parece interminable.
Ninguno de los sátiros habló demasiado durante el trayecto, el Anciano estaba demasiado intrigado por aquel caso y Alcione demasiado preocupada. Al llegar a la sala de curación le abrió la puerta para facilitarle el paso, era una sala grande. Todas las salas de curación tenían el techo cubierto de cristal de roca blanco, que era lo bastante opaco como para no dejar ver el interior de la sala a los que paseaban por los jardines, pero permitía que la luz entrase con fuerza casi todo el día. Aun era demasiado temprano, los estudiantes habían invocado una esfera de luz, una pobre imitación de un sol que flotaba sobre las cabezas de los tres estudiantes que rodeaban la mesa, iluminando un hato de mantas verdes. El Rector los contempló un momento, los conocía muy poco pero en contra de lo que había pensando ninguno de ellos era precisamente un novato. Mesalina estaba a la cabeza de la mesa, al verlo puso la misma cara de pánico que solía poner de niña cuando la descubría en mitad de una trastada, tal vez su sobrina no fuera parte del santuario pero él mismo se había ocupado de hacerla estudiar y sabía que sus conocimientos estaban fuera de toda duda, aquella reacción le confirmó que estaba pasando algo malo. A la derecha de Mesalina estaba Taso, un jovencito en que su tío Tiresias tenía grandes esperanzas y a la izquierda Néstor, que era quien se encargaba de hacerle las curas, el Anciano podía decir de primera mano que su habilidad como sanador estaba fuera de toda duda. Los tres parecían tan desconcertados como cansados, el aire tenía ese olor a cobre caliente que desprende la magia, la atmosfera estaba cargada de una curiosa estática que erizaba el pelo, era obvio que habían estado haciendo grandes esfuerzos. Los sátiros se cogían las manos formando un triangulo sobre la camilla de mármol y lo miraron con una expectación que hizo que al Anciano se le disparasen las alarmas “¿Qué demonios está pasando aquí” Se preguntó examinando los rostros que lo observaban.
-¿Alguien me explica que ocurre?
Los estudiantes miraron expectantes a Mesalina, pero la sátira rehuyó la mirada del Anciano y no contestó, aquel gesto de vergüenza hizo que Néstor se decidiese a tomar la palabra.
-Señor es una mestiza goblin, la han traído del bosque hace un rato. Está helada y los hechizos de calor no funcionan. Estamos pensando que tal vez lo mejor sería sumergirla en agua tibia...
-¿Qué es eso de que la magia no funciona? Destapadla, dejadme ver.
Nestor desenvolvió el cuerpo con gestos delicados. El Anciano sintió que una ola de calor le espesaba los pensamientos hasta paralizarlos, el tiempo se paró, el mundo se quedó reducido a ese rostro, un rostro que reconocía a pesar de haber perdido su disfraz. La conocía, conocía su mirada de hielo, escondida bajo los parpados hinchados, que a veces, contadas y preciosas veces podía ser alegre y dulce. Conocía la sonrisa esquiva de aquellos labios torcidos a golpes. El sátiro hizo que la silla se acercase a la camilla y retiró las mantas por completo sin poder creerse lo que estaba viendo. Recorrió de un vistazo su delgadez de serpiente. Él amaba el cuerpo que yacía tumbado sobre el mármol de la mesa. Sus dedos disfrutaban recorriéndolo cuando se dejaba. El golpe de verlo allí, inesperado, bajo aquella luz inmisericorde que no le ahorraba ningún detalle de los sufrimientos que había pasado hizo despertar en el sátiro una rabia y una compasión que creía haber olvidado hace mucho tiempo.
-Salid de la habitación. Dejadnos solos-Ordenó tajante
-¿Señor?- Taso miró a sus compañeros-¿No necesita ayuda?
-Fuera, os haré llamar dentro un momento.
El Anciano no se dio cuenta de que había gritado la última frase, ni vio las caras extrañadas de los estudiantes al abandonar la sala. Solo podía verla a ella, no podía apartar la vista de aquello que no quería ver. Siempre le había resultado curioso que él, que podía tener a casi cualquier hada de la Corte si se lo proponía, jamás hubiese querido nada que no fuese a aquella mestiza cabezota y huidiza que era posiblemente la única que rechazaba acostarse con él, que prefería sentarse a su lado y hablar de cualquier cosa. “Estamos bien así, no lo estropees pensando con la polla” solía decirle mientras apoyaba le apoyaba la cabeza sobre el hombro “No necesitamos nada más” añadía mientras cerraba los ojos con un suspiro, dibujando esa sonrisa de felicidad sencilla que nadie mas le conocía. El sátiro le acarició el brazo y la frialdad de la piel lo asustó, normalmente olía a aceite de motor y a trabajo, solo cuando se arreglaba usaba un perfume suave y discreto, más femenino que todas las fragancias que había olido. Le gustaba ganarse su deseo lentamente, venciendo su resistencia con caricias y besos delicados que conseguían que ella fuese dejándose hacer. Adoraba ese último momento, cuando la fugaz sombra de miedo que solía pasarle por los ojos justo antes de dejarlo entrar en la calidez de su cuerpo se incendiaba y dejaba paso a un suave gemido de puro placer que el sátiro adoraba escuchar. Ella nunca hablaba, jamás decía las frases rebuscadas de los amantes que le pagaban. Su mirada, sus caricias, el modo en que se pegaba a su cuerpo hablaban por si solos.
El Rector cogió la mano sana de la mestiza, una mano que entre las suyas siempre parecía pequeña, pero que era capaz de defender las murallas de una ciudad si se lo proponía. El Anciano tenía, entre otros muchos, el tatuaje de un sol sonriente dibujado sobre el corazón y allí colocó la mano blanca del hada. Cerró los ojos y pensó en calor, pensó en las veces que habían ardido juntos. Recordó todo y cada unos de los momentos, buenos y malos que habían compartido. Ella estaba allí, escondida dentro de su propio cuerpo. La magia no funcionaba porque la peliblanco, en un intento desesperado de alejarse del dolor, se había refugiado en un rincón tan perdido de su mente que ni sabía ni quería regresar. Tenía que llegar hasta donde quiera que estuviese. El calor empezó a inundar la estancia, el Anciano se concentró en el latido de su propio corazón como una llamada que demanda respuesta. “Escúchalo” rogó en silencio. “Escúchalo”. Entonces lo sintió, otro latido, débil y arrítmico que parecía esforzarse en seguirle el ritmo al suyo. El sátiro respiro hondo y dejó que el calor llegase hasta él y lo envolviese, los latidos de aceleraron, fueron ganado fuerza y acabaron por ir a la paz.
El cuerpo sobre la mesa de mármol se convulsionó con el espasmo de quien saca la cabeza del agua tras aguantar la respiración demasiado tiempo. Abrió los ojos con un gesto espantado al tiempo que cogía aire. El Rector no le soltó la mano.
-Nicasia, Nicasia, mírame-No lo dijo como una orden, sino casi como una suplica.
La ingeniera giró la cabeza lentamente y su mirada pasó del desconcierto a la calma. Hizo una mueca dolorosa que pretendía ser una sonrisa.
-Estas vivo-Susurro con un hilo de voz afónico-Hay que joderse, estas vivo.
El sátiro le devolvió la sonrisa mientras las lágrimas le empapaban la barba.
-Hola Malbicho-Logró decirle-Estamos vivos. Los dos.
-Marsias…-Hubo una ternura casi infinita en el modo en que la nocker pronunció su nombre- Marsias…