sábado, 28 de agosto de 2010

Diez años no son nada



Conozco a mucha gente que piensa que el amor es una farsa, que no dura y que eso de las relaciones monogamas de larga duración son solo una convención social desfasada e hipócrita. Esta gente me puede besar el culo. A ver, respeto todas las formas de relaciones personales o sexuales siempre que sean mutuamente consentidas, pero tampoco voy a negar que me jode que alguien me mire por encima del hombro porque ella se considera moderna y liberada. No actuo por ningún motivo moral o religioso, quizás las cosas fuesen muy distintas de no haber dado con la persona correcta. Es fácil de entender: simplemente no necesito nada más, no me apetece experimentar. Cuando uno come bien en casa, no le hace falta visitar un Burger King, sobre todo cuando ya has probado las hamburguesas…

No hay modo fácil de resumir diez años de relación sin correr el riesgo de ponerme sentimental, o aun peor cursi, y la verdad es que no creo que os apetezca leer mis chorradas amorosas. Os libraré de eso. De todos modos no hay manera satisfactoria de resumir estos años, no puedo contaros las risas (es lo que mas me viene a la cabeza, lo mucho que nos reímos juntos), la complicidad, el cariño y ese necesidad de llegar a casa y preguntar “¿Qué tal el día?”.

No tengo el modo de contaros lo que han sido estos diez años con el friki que vive conmigo (más sorprendente aun, que pretende seguir viviendo conmigo) Solo puedo deciros que estoy sorprendida, que entiendo muy bien la canción de Paul McCartney, porque me siento así, sorprendida de necesitar a alguien de este modo, sorprendida de la capacidad que aun tiene un pequeño gesto suyo para subirme la moral, para alegrarme el día, sorprendida porque digan lo que digan el amor perdura si sabes cuidarlo.

Bueno tenéis que perdonarme, no me explico demasiado bien, aun me queda mucho por aprender, quizás pueda hacerlo algo mejor dentro de otros diez años.

viernes, 6 de agosto de 2010

Fantasmas y sombras

Lo palpo todo:
hierros, urnas, altares,
una antigua vasija, retratos carcomidos por la lluvia,
citas sagradas, nombres,
anillos de latón, sucias coronas, horribles
poesías...
Quiero ser familiar con todo esto.

Goytisolo


Rashid solía visitarlo cada tres días, se presentaba en cuanto cerraban el burdel, tan temprano que las calles apenas empezaban a animarse. Así que los primos compartían un desayuno muy madrugador mientras el muchacho le contaba entre bostezos las novedades del burdel, estos informes habían sido en su mayoría anodinos; Mesalina había regresado a la Corte vistiendo los colores del luto y tras unos días había vuelto a abrir las puertas de la casa, aunque ella se limitaba a organizar el día a día de su negocio alegando que no estaba de humor para ofrecer sus servicios. Rashid no creía que la cortesana estuviese fingiendo su tristeza, Mesalina apenas se dejaba ver y no se arreglaba demasiado, además si alguien paseaba por los jardines privados de Marsias era fácil verla asomada en su balcón con la vista fija en el horizonte.

-Una vez la vi llorar- Le contó mientras daba buena cuenta de un cuenco de dátiles-Me hubiese gustado abrazarla.

Isma´il sonrió, envidiaba la candidez de su primo, en su momento a él también le hubiese gustado consolar entre sus brazos a cualquier damisela bien dispuesta. Rashid aun podía permitirle ver las cosas bajo la hermosa luz de la inocencia, era un lujo que él ya no podía darse, su deber era revisar la información con un enfoque más práctico.

-Es lógico que llore a su tío-El nigromante comprendía los sentimientos de la sátira- La crió casi desde que tiene memoria. Pero si Marsias ha muerto ¿Por qué sigue escribiendo a Fuegovivo tan a menudo?

-Tendrá más parientes…

-Solo Tiresias, pero él está ahora mismo aquí en la Corte y no en el santuario. Y según me has dicho escribe a Fuegovivo muy a menudo.

-Casi todos los días- Corroboró el chico

El ciego mordisqueó un dátil distraídamente.

-Es raro…¿Y ha visto a Tiresias?

-No ha recibido ninguna visita, ni ha salido del burdel, eso te lo puedo decir casi seguro.

Las lágrimas de Mesalina interesaban poco al nigromante, él tenía sus propias penas y no pensaba preocuparse de las ajenas. La correspondencia era otro asunto, se preguntaba si habría alguna información interesante en aquellas cartas, si merecería la pena correr el riesgo de interceptar alguna aunque solo fuera para sentir que hacía algo útil. Le había resultado imposible encontrar a la misteriosa sluagh de la cara cortada, tal vez ella y sus secuaces habían salido de la ciudad y en ese caso podían estar cualquier parte convirtiéndose en una pista imposible de seguir. Esa idea ocupaba su cabeza, le quitaba el sueño y hacía que hasta la comida tuviese un sabor amargo, tenía la sensación de estar masticando su propia rabia a todas horas, como si le hubiesen llenado la boca de arena. Estar en un callejón sin salida lo desesperaba y cada vez le costaba mas trabajo ser prudente, tal vez su plan estaba fracasado antes de empezar. Para no pensar más de la cuenta había decidido buscar otras pistas. Primero deshizo paso por paso el último día de su abuelo sin encontrar nada extraño ni en sus horarios, ni en sus visitas, en los días anteriores a su muerte no recordaba ningún cambio significativo en sus costumbres. En vida Eleazar fue un animal de costumbres, la rutina era sagrada, sobre todo a medida que envejecía. Por supuesto registró minuciosamente la casa, poniendo especial cuidado a la habitación de su abuelo y a su pequeño despacho, Farfara lo ayudó pero todo parecía estar en un orden perfecto “No vinieron a robar” se dijo tras hacer que la marioneta volviese a revisar los cajones por ultima vez, eso descartaba casi seguro que fuese un asunto relacionado con los Ibn Bahar, la caravana y sus negocios quedaban fuera de la ecuación y dejaba abierta una vía mucho mas siniestra; que lo hubiesen asesinado por algo relacionado con la cancillería de palacio, sabía que era muy poco lo que podía hacer por ese camino, pero no tenía nada mejor y necesitaba
mantenerse ocupado si no quería volverse loco.

En su calidad de mensajero real no era difícil entrar en palacio, que lo dejasen pasar a las estancias del secretario de su majestad era algo muy distinto. En aquellos momentos había un feroz pulso entre las distintas casas nobles por recuperar un puesto que tradicionalmente había estado en manos de los sidhe. Tras la guerra, que la reina hubiese elegido a un gentil para ocupar el puesto se había considerado un insulto y una provocación, por suerte en plenas capitulaciones los nobles tenían asuntos más apremiantes de los que ocuparse, algunos de ellos estaban más preocupados por conservar sus privilegios, sus tierras y hasta su pellejo. “Los Ibn Bahar han sido aliados fieles a mi causa y se merecen esta recompensa” zanjó la reina. Desde entones Eleazar Ibn Baahr se convirtió en su fiel secretario y desde luego la caravana había sabido aprovechar la oportunidad convirtiéndose en una autentica y prospera ciudad andante. Ahora el puesto volvía a estar vacante y en los pasillos de palacio la tensión era palpable, ni siquiera el hecho de ser pariente directo del antiguo secretario consiguió que el guardia apostado ante la puerta, un troll gigantesco que olía a limaduras de hierro y cuya voz sonaba con un cerrojo oxidado, cediese lo mas mínimo. El ciego apretó las manos en torno de su baston con tanta fuerza que se hizo daño en las palmas, a duras penas logró mantener a rayas el tentador impulso de hacerle una referencia poco cortés a la honra de su madre. Por supuesto había modos mas expeditivos de quitar al troll de en medio, en otras circunstancias ni se lo hubiese pensando, aquí debía contenerse, agredir a un miembro de la Guardia Real dentro del propio palacio suponía correr una serie de riesgos que en aquel momento no podía permitirse. Era el momento de retirarse, se prometió a si mismo que algún día ajustaría las cuentas con aquel perro guardián, eso le hizo sentirse mejor y le permitió cambiar de estrategia. Se alejó de la puerta con meditada calma y sacó de su faltriquera un desgastado cordón del que colgaba una piedra vulgar que frotó entre las manos mientras murmuraba un nombre, no tuvo que esperar. El amuleto se le escapó de las manos y tiró de él con el entusiasme de un potrillo, el ciego se dejó guiar entre pasillos, caminando sin preocuparse demasiado por averiguar a donde se dirigía, no buscaba un sitio en particular y sabía que encontrar su destino podía llevarle algo de tiempo. La paciencia era primordial para este tipo de búsquedas. Por supuesto no la escuchó llegar, Isma´il era capaz de oír deslizarse a los peces de un estanque, pocas cosa escapaban de sus oídos y ella era una de las pocas que lo lograba. Tal vez no podía sentir el rumor de sus pasos pero si su olor, un suave perfume de flores imposibles que hacía pensar en esas noches extrañas en las que puede pasar cualquier cosa. Una mano se posó sobre su hombro, ligera como un pájaro.

-Bien hallada DamaMirlo- Isma´il se giró hacia ella para hacer una reverencia

-Mis saludos Isma´il Ibn Bahar-Dijo una voz cortes- Lamento tus pérdidas e imagino a que vienes.

-Vengo a recoger algunos efectos personales que mi abuelo tenía en sus estancias de palacio.
Y no se me ha permitido entrar en ellas.

Damamirlo lo agarró del brazo y apoyó la cabeza en su hombro, sus cabellos se desparramaron sobre él como flecos de seda.

-Mi buen Isma´il después de tantos años de leal servicio a la corona no es necesario que me mintáis, sé de sobra que no estáis buscando un viejo juego de plumas. Deberíamos haber charlado antes, error mío me temo. Hay un asiento tres pasos a sus espaldas, por favor, póneos cómodo, hablemos. ¿Puedo ofrecerle algo?

-Con el asiento es suficiente.

Al sentarse Isma´il se dio cuenta de que su asiento era un banco de piedra revestido de cojines al que la pared desnuda servia de respaldo. DamaMirlo se sentó a su lado, la sentía mover los brazos y le parecía oír un extraño roce que no era capaz de identificar.

-Trabajo en unos bordados-Aclaró ella- Me relaja dedicar algún tiempo a mis labores con el bastidor , me ayuda a pensar.

-Hay poco que pensar en este asunto, Dama. Quiero recuperar los enseres de mi abuelo, tengo legitimo derecho a ellos como único heredero, solo pido que se me permita recogerlos.

-¿Y ya sabéis que es lo que buscáis?-Preguntó con un discreto tono burlón que le resulto intolerablemente molesto.

-Debo insistir, no busco más que lo que me pertenece.

El chasquido de unas tijeras desgarro un corto silencio.

-Es obvio que no lo sabéis. Con vuestro permiso os lo diré yo, así no serán necesarias más pantomimas: buscáis algo que de sentido a la muerte de Eleazar. Ambos queremos lo mismo aunque tengamos objetivos distintos.

El nigromante acarició la escultura de su bastón, la bordadora no lo cogía por sorpresa, siempre parecía saberlo todo. En la Corte nada ocurría sin que ella se enterase.

-¿Entonces sabéis…

-….Qué Eleazar fue asesinado? –Preguntó DamaMirlo-Lo sospechaba, tu abuelo murió solo un día después de recibir una carta de Manx, que casualmente fue asesinada tres días antes por la misma hada, alguien de la Hueste, como yo.

-Una sluagh con la cara cortada-Dijo en tono sombrío Isma´il

-Si, eso dicen mis informes. Usa un veneno muy curioso: el digitalís. Dicen que causa una muerte rápida, una agonía corta y desagradable.

Isma´il asintió con rabia, él conocía los efectos del digitalis. Manx le había enseñado una larga lista venenos, sabía como prepararlos y conocía de sobra sus efectos. Se extraía de una flor muy común llamada dedalera, era un veneno barato, fácil de preparar y terriblemente eficaz. Empezaba a imaginarse como habían sido los últimos momentos de su abuelo , una revelación que no le ayudaba a mantener la cabeza fría. No tenía ni idea de a donde quería llegar DamaMirlo aunque tenía bastante claro que si esperaba que algún tipo de reacción sentimental le hiciese revelar sus cartas esta vez la bordadora se había equivocado.

-Vuestros informes son mejores que los míos, me temo que yo en poco puedo ayudaros.

DamaMirlo se inclinó hacia él para susurrarle al oído, podía sentir su respiración, el perfume que la envolvía, casi el calor de sus labios.

-No son tan buenos, me faltan ciertos detalles. Por eso necesito ayuda ¿Me la negareis cuando tenemos tanto en común?

Se puso en pie para alejarse de ella y se alejó unos pasos del banco sin Fárfara a su lado y en una habitación desconocida, estaba totalmente a merced de la sluagh. Empezaba a tener ganas de poder coger las riendas de la situación de algún modo.

-Antes de negar o conceder nada debería saber de que estamos hablando.


-Me parece justo- Un toque de decepción inundó las palabras de DamaMirlo-La noche que murió Manx yo estaba en el bosque. Hacía una redada buscando a los cuatreros que se llevan a los potros de los centauros, conmigo venían a varios guardabosques de su majestad y un par de soldados de la guardia. No me fue muy bien, empezó a llover y aunque supuse que no se alegraría de vernos el refugio mas cercano era la cabaña de Manx.

-Es difícil alegrarse de ver a alguien que no dudó un instante en condenarte a muerte.

-Eso es agua pasada, un buen gobernante no puede tener rencores, nublan el sentido común.

En este punto el ciego estaba totalmente de acuerdo con ella, cuando juegas con intrigas los sentimientos personales no tienen lugar. Era el único motivo que lo llevaba a aguantar aquella charla con educación, conteniendo el desprecio y la impaciencia.

-El caso es que cuando llegamos encontramos un espectáculo muy desagradable, Manx llevaba al menos un día muerta, su hija había desaparecido y Dujal deliraba en el suelo. Lo habían apuñalado con una hoja envenenada. Creo que no es necesario que os diga de que veneno se trataba. Tuvimos que regresar a la Corte de inmediato para que lo atendiesen, por suerte Nicasia pudo ocuparse de él. Como siempre.

-Recuerdo a Dujal en La Carbonería, parecía encontrarse bastante bien.

-Bueno siempre se ha dicho que Manx tuvo dos alumnos, pero la verdad es que tuvo tres. Aunque Nicasia fue algo mas que una alumna avanzada. Al parecer aprendieron mucho uno de la otra.

-Con todo el respeto, Dama, no creo que estemos aquí para cotillear de líos de faldas, y menos de unos tan viejos. Aun no sé a donde pretendéis llegar.

-La misma gente que mató a Manx asesinó unos días después a Eleazar, eso lo tengo confirmado pero me falta un pequeño detalle, el mismo que te falta a ti: el motivo. Podéis buscar en el despacho de tu abuelo si ese es vuestro deseo, ordenaré que os permitan el paso libremente pero ya os advierto que no encontrareis nada. He buscado personalmente.

No tenía la menor duda al respecto, seguramente la bordadora había husmeado a fondo entre las posesiones y los documentos de su abuelo y estaba convencido de que si hubiese encontrado algo no se habría molestado en hablar con él. DamaMirlo no era conocida por su amor a las charlas banales. Ella nunca hacía nada sin motivo y tampoco era dada a compartir pistas, de hecho apenas le había contado nada que Isma´il no supiese de antemano. Se había limitado a darle un enfoque distinto al suyo añadiendo un pequeño detalle que a él se le había pasado por alto: relacionar la muerte de Manx con la de su abuelo. Ahora le parecía un error de principiante, ambos mantenían una correspondencia regular y aunque en teoría su antigua maestra no podía pisar ninguna ciudad del reino, en varias ocasiones había realizados trabajos peligrosos para los Ibn Bahar. Parecía bastante evidente que Manx había podido averiguar algo que le había costado la vida. Un secreto por el que merecía la pena matar, un secreto que había arrastrado a Eleazar, sin embargo algunos detalles no acababan de cuadrar, aun no era el momento de entusiasmarse.

-Es sin duda una historia muy interesante pero me temo que falla en un punto crucial. Dos días después del rescate de Dujal recibí la orden de entregar un mensaje a los centauros y mientras yo estaba fuera, alguien aprovechó mi oportuna ausencia para asesinar a mi abuelo…Vos me ordenasteis ir a entregar ese mensaje.

-Lo que insinuáis es insultante, aunque entiendo que las sospechas están justificadas. Dadas las circunstancias no solo voy a pasar por alto vuestra acusación, sino que os daré un par de explicaciones, algo que no suelo hacer-La voz de la Dama se había vuelto cortante y fría

-Os quedaré francamente agradecido- Respondió con su mejor sonrisa.


-Hace ya un tiempo que los potrillos empezaron a desaparecer, me avergüenza reconocer que ignoramos los dos primeros casos. Los centauros no viven en un bosque idílico, entre esos árboles hay cosas peores que los lobos, después desapareció otro más y envié partidas de caza convencida de que se trataba de alguna fiera. Cuando también desaparecieron varios niños en otras aldeas, algunas bastante alejadas entre ellas no me quedó mas remedio que aceptar que no se trataba de mantícoras ni de dipsas. Los centauros además estaban a punto de perder la paciencia y amenazaban con atacar a los viajeros si nadie les ayudaba. Tuve que intervenir personalmente y en ello estaba hasta que murió Manx. Entonces mis prioridades cambiaron. A veces tengo que delegar responsabilidades.

-Y no hubo nadie dispuesto a encargarse de esa tarea-Adivinó el ciego. Conocía demasiado bien las dinámicas de palacio para extrañarse.

-No voluntariamente. Decidí mandar un mensaje a los centauros para pedirles paciencia y demostrarles que no los olvidábamos.

-Aunque era exactamente lo que hacíais.

-Ni mucho menos. Ofrecí a los centauros una buena baza para negociar.

“Le ofrecistes a Marsias como rehén” Pensó al tiempo que los sucesos empezaban a tener sentido. La patrulla no fue la única que apareció por la cabaña, bien porque escucharon la pelea, bien por cualquier otra razón, el caso era que los centauros acudieron y se encontraron con un grupo de cazadores de su majestad. Seguramente para apaciguarlos DamaMirlo les aseguró que si se llevaban al sátiro alguien iría a buscarlo, alguien dispuesto a todo por recuperarlo. Nicasia resultó el peón perfecto para aquella jugada.

-Y desde entonces habéis buscado al grupo de mercenarios sin demasiado éxito.

-Me avergüenza reconocerlo pero así es. La sucesión en el cargo de vuestro abuelo esta causando muchas tensiones, si encima se supiese lo de su asesinato…el trono de su majestad depende de demasiada gente, que haya concordia entre las casas nobles o al menos civilizada convivencia es algo vital para la paz del reino. No puedo investigar con discreción. Me arriesgo a que me descubran.

-Pero yo si puedo-Esta vez Isma´il no necesitó forzar la sonrisa.

-Exacto, tendréis mi apoyo en la medida de lo posible.

-¿Su majestad está al tanto?

-Yo lo estoy y con eso debe bastaros. Si tenéis éxito la recompensa no se limitará al agradecimiento de nuestra reina. La corona sabe ser generosa. Pero no necesito decir que si fracasáis o tenéis algún desliz…

-Estaré solo-Concluyó el nigromante.

-Lamento tener que decirlo así.

-Me estáis convirtiendo en un corsario- Le dijo maravillado por su propio cinismo.

DamaMirlo dejó escapar una risilla mientras se acercaba hasta el ciego. El borde de su vestido rozo los pies descalzos de Isma´il y una mano le acarició la mejilla.

-Nunca habéis sido otra cosa- Le contestó una voz que se perdía en la nada.

El ciego se había quedado solo. Pero por primera vez en mucho tiempo empezaba a sentirse capaz de manejar la situación, al menos ahora las cartas estaban sobre la mesa y su posición no era muy distinta a la de tantas otras ocasiones, solo que esta vez no le preocupaban las recompensas ni los honores. Su premio sería presentar el corazón de una asesina ante el consejo de los Ibn Bahar.

En la Corte de los Espejos los mercenarios eran algo habitual, muchos comerciantes, viajeros e incluso algunos nobles contrataban sus servicios. La mayoría de ellos eran antiguos soldados de la Guerra de la Reina Durmiente. Hadas que tras acabar la guerra se encontraron incapaces de volver a la vida civil o que habían descubierto vivir de las armas era relativamente fácil y estaba bien pagado. Contratarlos dentro de las murallas era una mera cuestión de dinero, si tenías la bolsa lo bastante abultada podías acudir a alguna de las casas de contratación, sitios elegantes con cortinas de terciopelo donde uno podía comprar los servicios de un par de honrados y curtidos soldados que desde luego no harían nada que fuese en contra de la paz del reino ni de las leyes de su majestad. Había sitios menos decentes, casi todos estaban en el mercado, algunos contaban con la inigualable ventaja de permitirte comprar una cesta de manzanas al mismo tiempo que conseguías que un par de matones poco amistosos convenciesen a tu vecino para que te devolviese esas lanzas de plata que te debía. Isma´il había pasado días preguntando en todos aquellos lugares, desde los mas respetables hasta los puestos callejeros mas dudosos sabiendo de antemano que era muy probable que ni los soldados a sueldo ni los matones de poca monta supiesen nada realmente interesante. El tipo de gente que el buscaba no podía contratarse en la respetable capital del reino, era necesario atravesar las murallas y buscar en otros sitios. En el desfiladero de Tajagargantas, donde la diferencia entre Invernales y Estivales se difuminaba y las hadas se mezclaban con los duendes de todas las maneras posibles sin ningún pudor podían encontrarse a individuos dispuestos a acelerarle a cualquiera el paso al otro mundo a precios no demasiados módicos y mas allá, en las montañas de TocaEstrellas alguien que estuviese a liberarse de una buena cantidad de oro podía conseguir casi cualquier cosa, asesinos diestros y discretos, cuadrillas de sacatripas e incluso exóticos nigromantes tatuados que podían mandar al olvido un alma con la facilidad de quien apaga una vela. En la Ciudad de Piedra podía conseguirse todo eso y mucho más. Pero si pocos eran los que conocían como entrar en la fortaleza goblin, menos aun eran los invitados a hacerlo. Aun así había unos pocos que tenían el privilegio de gozar de la confianza de los duendes y estos solían servir de intermediarios entre ellos y cualquiera con los pocos escrúpulos como para pagar.

Isma´il conocía dos intermediaros posibles con la Ciudad: uno era la caravana, su familia contactaba con los goblin mediante correo, los mensajes eran llevados por unos hechizos sumamente complejos que convertían el pergamino en un pequeño murciélago, solo cuando el animalito llegaba a su legítimo destino recuperaba su forma original y se dejaba leer. Pese a que los goblin y la caravana habían hecho muchos negocios, ningún Ibn Bahar había pisado nunca el interior de TocaEstrellas, además ellos ofrecían sus servicios, rara vez contrataban nada. Asi que por ese camino sabía que no lograría averiguar nada. El otro era un redcap escurridizo que se hacía llamar Bastión, era mercenario y si había que creerse todo lo que contaba también había dirigido caravanas, ejercido la piratería, y participado en la guerra, luchando en ambos bandos alternativamente. Era una sabandija pero no estaba exento de habilidades, de algún modo que el nigromante no lograba explicarse colarse en todas partes, incluso en la Corte, donde tenía tantos cargos en su contra que si alguna vez lograban pillarlo lo mas posible era que un troll de la guardia le partiese el cuello para no desperdiciar una soga con él. Isma´il no se llamaba a engaño; aquel tipo era demasiado escurridizo y demasiado listo para prepararle una encerrona, pero los dioses son bondadosos y dan un punto flaco a todo el mundo. Él creía conocer cual era el de Bastión y a falta de nada mejor había puesto en ella todas sus esperanzas. Por ello esperaba pacientemente los informes de su primo.

La mañana que Rashid llegó a su casa y le contó entre bostezos que un desconocido había enviado al burdel un fastuoso ramo de flores talladas en cristal y una bolsa llena de lanzas de oro para solicitar los servicios de Mesalina, Isma´il dejó sobre la mesa la rebanada de pan que se estaba comiendo y lo escuchó encantado.

-Lo trajo un tipo ridículo, decía que era el paje del señor de no se qué…-Rashid se sirvió un vaso de té y chasqueó la lengua encantado tras el primer sorbo.

-¿No recuerdas la casa a la que pertenecía? Te dije que prestaras atención a los detalles.

-Es lo de menos, ningún señor que se digne usa a un troll para enviarle regalos a una cortesana. Mandan bardos, o a mayordomos bien vestidos. Un gigante lleno de cicatrices que no cabe en su ropa es demasiado ridículo.


-Esta bien, conformémonos con lo que tenemos. ¿Mesalina vió los regalos?

Rashid mordió una pieza de fruta y contestó cuando aun se estaba tragando el trozo. Su primo sospechaba que el muchacho se aprovechaba de su ceguera para descuidar los modales en la mesa. Algo que Eleazar no le habría consentido.

-Se enfadó, se enfadó muchísimo. Dijo que había ser una bestia de cuadra para no respetar el luto de una dama, que su tío estaba muerto y que solo ella decidiría cuando volver al trabajo. Contestó que jamás tomaría por cliente a un palurdo de ese calibre, noble o no y le dijo al troll que le devolviese aquellas baratijas a su amo.

El ciego se echó a reír. Mesalina había seguido sus instrucciones al pie de la letra y estaba segura de que había interpretado su papel a la perfección. Ahora le tocaba a él mover pieza. Se levantó de la mesa y buscó en un pequeña arqueta que ocultaba tras el diván. Dentro había un puñal de bronce, una mascara de hueso sin rasgos ni hueco para los ojos y una brújula.

-Tienes que intentar esconder esto en la habitación de Mesalina- Le dijo a Rashid dándole la brújula-Si no puede ser dentro lo mas cerca que puedas. Cuanto antes lo hagas, mejor.

-¿Para qué?

-Cuando todo esto acabé te enseñaré algunos trucos, pero por ahora es mejor que no sepas nada.

-Dalo por hecho primo-Contestó dócilmente el muchacho.

-Y si estos días Mesalina te pregunta por mi hazte el tonto y dile que si quiere saber de mi que venga a verme o que me mande a buscar.

-Está bien seré tan buen actor como ella-Dijo seguro de si mismo-¡Todo es tan emocionante! ¡Vivir contigo es lo mejor que me pasará jamás¡

-No trates de engatusarme con halagos mocoso. Será mejor que te vayas a dormir, a partir de ahora quiero que pases las noches bien despierto.

Rashid le dio un beso en la mejilla antes de marcharse y el ciego empezó a pensar que no estaría tan mal que se quedase allí. Desgraciadamente sabía que era mejor que ninguno de los dos criase esperanzas, los padres del muchacho no permitirían que renunciase a su puesto en el consejo de la caravana para vivir con un hechicero inválido. Lo más práctico era ir acostumbrándose a la soledad y al silencio de la casa.

Los días pasaron desesperantemente lentos, DamaMirlo lo acusó en un par de ocasiones de no estar haciendo absolutamente nada mediante cartas escritas en un tono educado y estricto que a él le sonaba a amenaza velada. Empezaba a barajar la posibilidad de visitar la cabaña de Manx y rezar para encontrar algo allí, pero se imaginaba que era algo que la bordadora ya habría hecho mucho mejor que él y le disgustaba visitar otro de los lugares donde había sido feliz para encontrarlo vacío. La muerte de su maestra había sido una desgracia y si estaba en su mano tampoco la dejaría pasar.

La noche que saltaron las alarmas no estaba en su casa. Puesto a investigar las posibilidades mas peregrinas había ido a visitar el barrio de los constructores, el gremio nocker ocupaba un barrio entero, uno pegado a la muralla, cercano al río y dotado con su propio acueducto por lo frecuente de los incendios. Había decidido invitar a beber a uno de los desdichados que ayudaban en el taller de Nicasia cuando a la ingeniera se le amontonaba el trabajo, era una idea que le desagradaba, los aprendices de los constructores era tacaños y ruines, además de ir eternamente acompañados de un intranquilizador tufillo a sustancias químicas, inflamables o ambas cosas. Solían dedicar mucho tiempo a despotricar de sus jefes y en general de todos los demás. Pero tenían un sentimiento gremial casi feroz y rara vez un subalterno traicionaba los secretos realmente importantes de su maestro, daba igual que este se dedicara a usarlo de conejillo de indias para las piezas de artillería (cosa que al parecer Nicasia había hecho alguna vez) o que les dejará comer tarta cuando el taller hacía una buena venta (cosa que al parecer Nicasia no hacia nunca) , su aprendiz se mantendría fiel porque si lo descubrían quedaría expulsado del gremio de manera inmediata y de por vida. Ningún otro nocker volvería nunca a dirigirle la palabra. Esta muerte en vida les parecía a todos ellos una idea insoportable.

Isma´il se dirigía a una taberna muy apreciada por los jóvenes constructores llamada “el perno oxidado” pero a medio camino su bastón se clavó en el suelo y no lo dejó avanzar mas. El nigromante supo al momento que su trampa se había cerrado y que alguien estaba atrapado en ella, sacó la mascara del zurrón, se la puso y sin mas ceremonias se desvaneció en el aire. contra de lo que pensaban quienes la habían visto la mascara no le permitía recuperar la vista En. El nigromante desconocía quien había soltado ese bulo pero jamás se molestó en desmentirlo “la mascara vidente” como algunos la llamaban, en realidad le permitía aparecer en cualquier punto que conociese bien casi solo con pensarlo, o aun mejor, en cualquier lugar donde se encontrase la brújula que le había dado a Rashid.

Desvanecerse resultaba fácil, lo que lo desorientaba era volver aparecer, solía necesitar unos segundos para situarse, sobre todo si, como en aquel momento no sabía donde estaba. Era un lugar silencioso, con un ligero olor femenino, perfume y maquillaje. No corría brisa ni escuchaba ningún ruido que pudiese venir del exterior, así que estaba al menos en una habitación, aunque estaba demasiado tranquila para que fuese la de Mesalina. Si su trampa se había cerrado (y le constaba que si), tranquilidad era lo último que esperaba encontrar. A menos que hubiese fallado algo. Maldiciendo desenvainó el puñal de bronce y se pasó la hoja por la palma, no estaba demasiado afilada así que tuvo que apretar para conseguir hacerse un tajo luego solo tuvo que cerrar el puño y dejar que cayesen algunas gotas sobre su bastón. Era un cayado largo, lleno de tallas y rematado por un elefante con la trompa alzada, cuando la sangre cayó sobre el animal este bajó la trompa. Sintió como si le golpease un látigo de arena, los tatuajes le hormigueaban sobre la piel y la cabeza se le llenó de susurros, los susurros marchitos de cientos de almas cautivas.
Al ciego aquel rumor le daba confianza, con las voces como guía logró centrarse y pudo seguir el rastro de su trampa, una cierta vibración en el aire que se hacía mas fuerte a medida que la seguía, el aire se calentaba y se cargaba de ese inexplicable olor metálico que tiene la magia. Chocó contra una puerta pero para entonces las voces ya se había transformado en un aullido que le llenaba la cabeza, la abrió de una patada y una vahara de aire ardiendo, un tufo casi insoportable a cobre hirviendo le golpeó el rostro con tanta fuerza que lo hizo pararse en seco. Escuchó una voz masculina, seca y áspera, gritando y soltando las peores maldiciones que uno podía imaginarse, bajo ella el timbre mas agudo de la sátira añadía una nota de pánico que le hizo entender que su trampa efectivamente estaba cerrada. Extendió la palma de las manos hacía la fuente de los gritos y empujó fuera de si a todos sus inquilinos espectrales, el redcap emitió un gemido y luego un ruido gorgoteante se le escapó de la garganta. Que un ejército de fantasmas furiosos choque contra una mente desprevenida debía ser muy desagradable y la impresión bastaba para tumbar a cualquiera. Isma´il busco a tientas una pared y se apoyó contra ella, era una técnica agotadoramente eficaz.

-¡Don del sol, me está llenado de babas¡-Gimió Mesalina

El ciegó silbó y la cadena cayó al suelo convertida en un inofensivo collar. La sátira resopló y un cuerpo se desplomó en el suelo.

-¿Qué ha pasado?-Preguntó la cortesana en cuanto pudo recuperar el aliento-Dame una buena razón para no sacarte los ojos ahora mismo.

-Te daré dos, una que espero haber llegado a tiempo de impedir que te violasen aquí mismo y la otra es que sacarme los ojos sería trabajar en balde-Contestó Isma´il abanicándose con la mano-Pero si solo quieres hacerme daño, adelante. Así no pierdo otras partes más útiles.

Mesalina bufó como un gato al que acabaran de remojar con agua fría

-Tu no has salido de la nada solo para salvarme. ¿Conoces a este tipo?

-Ese tipo va a llevarnos de cabeza hasta los asesinos de Marsias.

El silencio de la cortesana se volvió tan elocuente que supo al instante que ya había olvidado todo lo demás.

-Tu no conoces a Bastión-Isma´il retomó la conversación-Has debido verlo alguna vez, solo que para ti es solo uno de los muchos a los que has rechazado. Pero él lleva años detrás tuya.

-¿Estas bromeando?- El asombro de la sátira parecía real.

-Creo que no te haces una idea del efecto que tienes sobre los demás. Eres el sueño de muchas hadas, para algunas de ellas eres un sueño totalmente inalcanzable porque tu nunca les dedicarás nada mas allá de unas palabras corteses de rechazo. Tu tío sabía que algunos estarían dispuestos a hacer locuras por pasar un rato húmedo contigo y por eso te tenía protegida como la princesita que a sus ojos eres.

-Sé defenderme sola.

-Claro que sabes, Marsias te enseñó, pero no tienes ni idea de a cuantos individuos desagradables ha persuadido él a lo largo de los años con metodos realmente desagradables para que no se te acerquen. ¿ Recuerdas el día que te vendiste por primera vez?

-Eso está fuera de lugar ahora.

-Te equivocas. Vendiste tu primera vez a espaldas de tu tío porque se negaba a permitir que siguieses sus pasos…Pero tu te las arreglaste para darle esquinazo. ¿Me vas a decir que no recuerdas quien ganó la puja?

Claro que lo recordaba, Mesalina nunca había logrado deshacerse del estremecimiento de asco y terror que la había sacudido cuando aquel redcap, con una armadura de remiendos de cuero y el pelo pegado con grumos de un escalofriante rojo tinto había puesto sobre la mesa de la posada una bolsa llena a rebosar de lanzas de oro. Tuvo que apelar a toda su sangre fría para no echarse a llorar allí mismo, sin embargo había dado su palabra y estaba dispuesta a demostrarle a Marsias que era perfectamente capaz de ser tan profesional como él. Aunque finalmente el redcap no apareció ella tembló toda la noche de alivio.

-La gano un redcap, es nuestro amigo aquí presente. Tu tío le pagó para que te diese un buen susto. Pero el planeaba quedarse con el dinero y contigo. Marsias lo descubrió cuando iba a la posada y le dio tal paliza que lo dejó sordo de un oído. No fue la única vez que lo intentó pero tu tío siempre lograba pararlo, la última vez lo soltó fuera de las murallas de la Corte mas muerto que vivo. Y no se le volvió a ver un pelo cerca de la ciudad

-¿Mi tío?¿Mi tío hizo eso?-Le resultaba muy difícil imaginárselo dándole palizas a nadie

-¿Recuerdas con quien te fuiste al final?

-Claro que si, con Traspies, fue divertido, ninguno de los dos teníamos mucha idea, así que pasamos mas tiempo bebiendo y riéndonos que otra cosa.

-¿Y no te parece raro que un simple mozo de posada tenga tanto dinero?

-Don del sol- Exclamó la cortesana mientras empezaba a juntar piezas en su cabeza.

-Cuando comprendió que era imposible pararte tu tío buscó a alguien agradable. Se preocupaba más por ti de lo que eres capaz de imaginar. Ha sido tu feroz guardián durante años y ahora no está.

Mesalina no dijo nada

-Creo que el pensaba que este tipo se habría olvidado de ti con los años-Isma´il se sentó en el suelo y siguió hablando-Pero yo sabía que se había ido obsesionando mas y mas. Cuando tu tío murió me aseguré de que la noticia cruzara las murallas de la ciudad. Esperaba que este idiota aun estuviese dispuesto a aprovechar la oportunidad. Y por suerte lo estaba.



La bofetada que le cruzó la cara apenas le pilló por sorpresa, esperaba una reacción de este tipo. Se limitó a agarrar el brazo de la cortesana para evitar nuevas muestras de indignación

-¡¡Me has usado de cebo!!-Grito indignada-Ese mastodonte salió de la nada cuando estaba volviendo a mi habitación y me arrastró al primer cuarto que encontró. Vas a pagarme una túnica de seda. En cuanto se me echó encima el collar que me enviaste con tu primo se estiró y nos dejó a los dos atados como si fuésemos un par de morcillas

-Es un hechizo sencillo, se llama “Atrapaesposos” , pensé que la conocerías. Al parecer es muy solicitado para descubrir infidelidades. Por eso te pedí que lo llevases siempre puesto. Yo podía suponer que ese tipo vendría por eso hice el hechizo pensando en él, lo que no podía saber era cuando actuaría. En fin al menos todo ha salido bien.

-¿Y ahora qué?-La sátira no parecía estar satisfecha con aquella explicación.

-Ahora voy a pedir un carruaje para llevarme a este muchacho a un sitio tranquilo, hablaremos y después me pondré a buscar a esa señorita a la que ambos debemos tanto.

-Así que ya no me necesitas…

-Eso parece, pero no sufras cumpliré mi parte del trato y te avisaré en cuanto la atrapé.

La sátira vaciló un segundo antes de contestar.

-No me interesa la venganza, me contento con saber que pasó. Pero yo te hecho un favor y ahora sería justo que tu me hicieses otro.

Aquello era una sorpresa y no la bofetada.

-¿De que estamos hablando? Pensé que habíamos acordado que te ayudaría a atrapar a los asesinos de Marsias.

-Si, pero olvidaste mencionar que existía la posibilidad de ser violada o algo peor por un antiguo admirador- Parecía que la cortesana había encontrado como sacar provecho a su pequeño incidente- Merezco una compensación…

No tenía tiempo ni ánimos para complacer caprichos, si no estuviese bastante seguro de que en alguna otra ocasión necesitaría volver a usar el burdel como base de operaciones, se habría marchado de allí sin molestarse en contestar. Desgraciadamente aun necesitaba echar mano de la cortesía.

-¿De que compensación hablamos?

-Quiero que me digas donde está Dujal.

De todas las peticiones posibles que Mesalina habría podido hacerle, aquella era con diferencia la ultima que habría llegado a imaginar. Y sin embargo le pareció que allí estaba la explicación de las cartas que Mesalina mandaba tan puntualmente a Fuegovivo. Andaba buscando a su amante favorito. Decir que Isma´il no sentía aprecio por Dujal era ser demasiado amable, había entre ellos una rivalidad muy poco saludable. Ambos habían sido alumnos de Manx y las comparaciones eran mas que odiosas entre los dos, aunque eso no le preocupaba demasiado al ciego que estaba totalmente seguro de aventajar ampliamente al gato. Sin embargo a él le faltaba el reconocimiento y la admiración de la que el pooka gozaba. Lo fácil hubiese sido decir que eso estaba fuera de alcance, sin embargo no podía dejar pasar la ocasion de congeniarse con la sátira.

-¿Y como quieres que yo lo sepa?

-Tu eres el hechicero ¿No puedes hablar con los espíritus o algo así?

-Creo que te confundes…en el mejor de los casos solo puedo decirte si sigue vivo.

-Me conformo con eso-Contestó Mesalina sin vacilar-¿Qué necesitas?

Isma´il no se podía creer que la fortuna le sonriese de esa manera. Le daban ganas de echarse a bailar.

-Hay un método para saberlo. Es rápido y puedo hacerlo aquí mismo. Pero necesito tu ayuda.¿Estas segura?

-Totalmente ¿Qué tengo que hacer?.

-Traer tres velas, dibujar un triangulo en el suelo y desnudarte- Contestó con calculada indiferencia.

En realidad Isma´il no necesitaba ni diagramas ni iluminación extra, hacía algún tiempo se había dado cuanta de que ese tipo de parafernalia tranquilizaba de algún modo a casi todo el mundo y hacía que la gente estuviese dispuesta a creerse cosas que de ningún otro modo aceptaría. Mesalina obedeció y el ciego le pidió que lo guiase hasta el centro de el triangulo. Mientras ella encendía las velas él se desnudó.

-Bonitos dibujos-Le dijo mientras le paseaba un dedo por el pecho- Siempre quise saber hasta donde te llegaban.

El ciego detuvo la mano de la cortesana.

-¿Estas segura de que quieres hacer esto? La verdad está sobrevalorada, no siempre nos hace felices.

-Eso es asunto mió.

-En todo caso es tu problema-Respondió él encogiéndose de hombros.

Se sentó en el suelo, se había quitado la venda de los ojos y las velas lo llenaban todo de una espesa niebla dorada. Frente a él la cortesana solo era un borrón pardo, una mancha casi sin forma. El nigromante se preguntó en que consistiría la proverbial belleza de la sátira, que era capaz de llevar a algunos a hacer cosas tan irracionales. Alargó el brazo hacia ella y le tocó el pelo, era tan suave como el metal bruñido, una marejada de rizos casi infinita. Le hubiese gustado poder contemplarla en lugar de tener que conformarse con indicios. Se sentó en el suelo con una extraña sensación de tristeza.

-Ven- Le dijo

-Siempre pensé que estas cosas eran más místicas-Comentó Mesalina decepcionada.

-Hay pocas cosas más místicas que esto. Tú deberías saberlo mejor que nadie.

La satira se sentó sobré él. Isma´il no era ningún novicio, los amores mercenarios no le eran desconocidos, ni los encuentros casuales. Es cierto que eran cosas espaciadas. En la caravana las marcas de la nigromancia despertaban demasiado temor y fuera era difícil. Siempre había otras prioridades, otros asuntos. Hacía mucho desde la última vea y cuando Mesalina se apretó contra su cuerpo, le sorprendió la calidez de su piel, toda curvas y calor como las dunas del desierto. Sintió sus pechos rozándole y tuvo que contener el deseo de acariciarlos, de calibrar su forma y su peso. El ciego imagino que tendrían el sabor salado del sudor. Ella se balanceó y el ciego se mordió los labios.

-No te muevas- Dijo con una rudeza innecesaria-No se trata de que tu hagas tu trabajo sino de que yo haga el mió. Cierra los ojos y respira hondo. Piensa en Dujal.

Puso las manos sobre las sienes de la sátira y se concentró. El familiar hormigueo de su piel le indicó que iba por buen camino.

-¡Tus tatuajes se mueven¡-Exclamo sorprendida la sátira

-Concéntrate.-Le ordenó

La niebla se deshizo, Isma´il se dio cuenta demasiado tarde de que algo iba mal. Como sospechaba la sátira estaba atada al gato, sus sentimientos le pertenecían, eso era algo con lo que contaba. Lo inesperado era la oscuridad, fue como tirarse al agua desde un acantiladado. Una sombra densa, una oscuridad más profunda que su propia ceguera lo envolvió y en cuestión de segundos parecía estar intentando inundarle el alma. Había una profunda y aterradora tristeza en aquella negrura. Empujó a la sátira lejos de él y volvió a la luz como si despertase de un mal sueño. El conocía aquellas sombras.

-Olvídate de Dujal-Le aconsejó a la cortesana aterrado.

jueves, 29 de julio de 2010

Se masca la tragedia

Os dejo un dibujillo divertido de los que hace la talentosa Aranluc, donde vemos a Cymric en su salsa y al pequeño Marsias a punto de sufrir un percance. Muchas gracias Aranluc, es una viñeta genial.


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La dedicatoria dice: Ahí tienes, una pequeña chorradilla. Si es que no se puede uno fiar de los pequeños depredadores

sábado, 10 de julio de 2010

Los jardines de Fuegovivo

He experimentado lo peor,
lo peor que el mundo puede forjar,
aquello que urde la vida indiferente,
perturbando en un susurro

Samuel Taylor Coleridge



Desde el gran ventanal de la alcoba vieja podía verse el bosque de Fuegovivo extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, las ultimas horas de las tarde se deslizaban lentamente y teñían las copas de los árboles de un profundo azul oscuro. Un mar de hojas y ramas en cuyo horizonte emergían como islas las montañas de TocaEstrellas, recortadas contra un cielo rojo y dorado. Nicasia llevaba buena parte de la tarde contemplando aquel paisaje con cierta impaciencia, esperaba visita y le parecía que el tiempo se había detenido solo para fastidiarla. Hacía un par de días que Marsias le había permitido salir de la cama, aunque solo para ocupar el enorme sillón de mimbre que el sátiro había dejado de usar hacía bien poco. No estaba mal, mirar por la ventana era preferible a pasar las horas muertas tumbada. Le daba una falsa sensación de control que necesitaba casi mas que sanar su cuerpo. No había hablado demasiado desde que los efectos del Duermedragon se disiparon y recobró la conciencia, no tenía nada que decir. Descubrirse desnuda y cubierta de vendas en un lugar que no conocía había sido un golpe duro, pero no tanto como el que recibió cuando recuperó sus recuerdos. Entonces la desbordó un horrible sentimiento de fracaso y vergüenza que intentaba contener con el silencio, tenía la sensación de que si le contaba a alguien hasta que punto se sentía culpable de sus errores no podría contener el llanto y si empezaba a llorar no podría acabar nunca. Así que le puso una mordaza a su tristeza tan eficaz que ni Marsias logró arrancársela.

De todos modos últimamente el sátiro no contribuía a mejorar su humor. Se alegraba enormemente de verlo vivo y casi repuesto de sus heridas. Los primeros días, cuando estaba demasiado débil para casi cualquier cosa, el sátiro había cuidado de ella con una dedicación que solo el amor incondicional podía alimentar. Permanecía con ella en sus peores momentos cuando pasaba tan fácilmente de la conciencia a la inconsciencia que la única diferencia entre ambos estados era el dolor, todo su cuerpo se volvía una tortura y él la calmaba con paños fríos y frases tiernas. Pero cuando empezó a recuperarse, descubrió que los ojos del patacabra se llenaban de compasión al mirarla, que aquellos ojos adivinaban lo ocurrido en la celda de los parideros porque podían leerlo en cada una de las huellas que los goblin le habían dejado sobre la piel. Podían leerlo pero no soportarlo. Marsias no tenía problema en limpiarle las heridas de la espalda personalmente, ni en cambiarle los parches. Pero solía mandar a una dríade para que la ayudase a lavarse, la misma dríade simpática y amable que le separaba las piernas para hacerle las curas que más la humillaban. En esos momentos Nicasia cerraba los ojos y se tragaba la rabia y las lágrimas.
Empezó a sentirse demasiado expuesta bajo los ojos de su amigo, le pidió que la dejara vestirse, pese a que el roce de la tela sobre la piel desollada la hacía rabiar de dolor. Si tenía que elegir entre el dolor y la vergüenza tenía la elección muy clara. Además estaba bastante segura de que el sátiro no le había contado toda la verdad sobre su llegada al santuario, le aseguró que Dujal se había marchado cuando ella aun estaba inconsciente y que fue Patrick quien los había traído a los dos, aunque tampoco le dejaba verlo. De hecho se escudaba en la debilidad de su estado para no dejarla recibir a nadie. Un día lo descubrió mirándola de reojo con tal expresión de angustia que no pudo contener su enfado.

-No me han hecho nada que no le hayan hecho a otras muchas desgraciadas antes. Yo al menos he logrado salir viva. Si no eres capaz de alegrarte de eso quítate de mi vista. Tengo bastante miseria propia para aguantar la tuya –Le gritó fuera de sus casillas

Marsias salió de la habitación sin mediar palabra, Nicasia lo conocía de sobra, sus palabras lo habían herido y al momento se sintió desagradecida y mezquina. Le pareció que pasaba toda una eternidad hasta que el sátiro volvió a aparecer empujando un enorme sillón de mimbre con ruedas. Se acercó a la ingeniera con el rostro serio y los labios fruncidos bajo la barba.

-No era mi intención ofenderte-Dijo tras un momento de silencio.

La peliblanco alzo la mano sana para hacerle callar.

-Nunca me has ofendido. No eres tu quien debería disculparse

El sátiro recuperó su sonrisa. La cogió en brazos y la sentó en el sillón de mimbre de modo que pudiese ver el gran ventanal, la mirada de la ingeniera se quedó fija en las montañas. Marsias se asomó al ventanal.

-Dicen que cuando los Sidhes vivían en ellas desde aquí podía verse la torre de TocaEstrellas brillando como si fuera de plata.

-Ese desdichado de Gelión pudo hacer bien poca cosa para defenderse.

-No te tenía a ti-Le contestó el sátiro poniéndole la mano sobre el hombro.

-¿A mi? Estoy viva de milagro ¿Qué he conseguido?¿Que un puñado de goblin se diviertan a mi costa? Todo está peor que al principio. Mis errores son peores que los de Gelión, él a menos mantuvo vivos a los suyos.


-Fuiste a por la hija de Manx y lo lograsteis, la pooka está aquí, sana y salva. Mañana la traeré para que la veas.

-Pensé que estaría con su hermano- Dijo Nicasia mirando a su compañero con suspicacia

A Marsias la contestación de la peliblanco lo pilló con la guardia baja.

-La pequeña estaba enferma, no era buena idea que Dujal se la llevara-El sátiro no fue lo bastante rápido con la respuesta y a la ingeniera ese momento de duda no se le pasó por alto.
“Me oculta algo” al pensarlo Nicasia volvió a enfadarse. El sátiro la sobreprotegía y por muy buenas que fueran sus intenciones aquel comportamiento la hacía sentirse como una inútil. Estaba demasiado acostumbrada a llevar las riendas de cualquier situación para sentirse cómoda en el papel de victima. Volvió los ojos al paisaje con un resoplido de desaprobación y se refugió de nuevo en el silencio. “Vale, juega a los secretitos mientras puedas”. Pensó resentida.

Un par de horas después de que Marsias le trajese la silla de mimbre, Nicasia tuvo otra visita totalmente inesperada. Aun estaba sentada, a petición suya le habían traído un par de libros, por desgracia la biblioteca de Fuegovivo solo disponía de tratados de medicina. En ese aspecto era famosa en todo en el reino pero si buscabas temas más lúdicos resultaba decepcionante. Tuvo que conformarse con un tomo de recetas de cocina que abandonó de inmediato cuando se descubrió pensando con nostalgia en los estupendos guisos de Costurita y un grueso ensayo sobre La Guerra de la Reina Durmiente. Este tampoco le causó ningún tipo de entusiasmo, leer la versión de algo de lo que había sido testigo directo consiguió arrancarle un par sonrisas sarcásticas. Con la excusa de ser objetivo la versión que el autor daba de los hechos era, en mejor de los casos, edulcorada y en los momentos más criticos, simplemente mentirosa. Hablando del sitio de la Corte,el texto lamentaba los muertos que la resistencia de la ciudad había causado, pero las describía como muertes heroicas, eso la hizo cerrar el libro. No veía que tenían de heroicos los niños que murieron de hambre aquel largísimo invierno, ni los llantos desesperados de sus madres. Recordaba las hogueras donde quemaban los cuerpos de los caían día a día vencidos por la debilidad y las enfermedades. Piras que alimentaban con los propios cadáveres porque no podía la madera escaseaba y no podía desperdiciarse para hacer fuego. Recordaba el olor, que te hacia sentir ferozmente hambriento y recordaba como muchos se acercaban al calor de las llamas a falta de algo mejor con que calentarse. Para que los muertos tuviesen al menos derecho a que recordasen sus nombres los escriban en las paredes de la muralla. Largas hileras de nombres que crecían continuamente. “He soportado mucho para que ahora venga ese idiota a pensar que no seré capaz de aguantar algo más”. Al leve crujido de la puerta la sacó de su frustración, pensó que sería Marsias de nuevo o tal vez alguien que traía la cena. La puerta se quedó entreabierta, pero la cama se interponía y no podía ver que estaba pasando. Nicasia trató de mover la silla empujando las ruedas, pero era demasiado pesada, hubiese sido difícil hasta sin estar herida. Trató de darle un empujón mágico para al menos lograr girarla, algo sencillo de no haber estado tan débil, pero en aquellos momentos no era capaz de concentrarse en la magia, se le escapaba como si tratarse de atrapar una mariposa con las manos atadas a la espalda. Nicasia aguzó el oído, tenía la sensación de que alguien la observaba desde la puerta, casi le parecía escucharlo contener la respiración y una escalofrío involuntario le recorrió la espalda.

-No haces falta que te escondas, puedes entrar-Lo dijo en un tono claro y amigable mientras aferraba el pesado libro de historia

Está vez escuchó claramente un murmullo, alguien atropellaba susurros asustados tras la puerta, era prácticamente imposible entender los que decían pero reconocío claramente el agudo timbre infantil.

-Entra de una vez o le diré a tu padre que me has estado espiando-Esta vez usó un tono algo mas autoritario.

Unos pasos precipitados siguieron a la frase y una carita conocida no tardo en aparecer tras el poste de la cama. El pequeño Marsias la miraba con los ojos abiertos de par en par, debatiendose entre la curiosidad y el miedo tras él una niña más pequeña con el pelo castaño peinado en dos desastrosas trenzas también la contemplaba con unos descarados ojos felinos de color oro. Era imposible que el fauno supiese quien era. Él había conocido a Nicasia, con su mascara de espejismo. La criatura del sillón de mimbre era mas parecida a un goblin albino, con sus orejas largas y los ojos azules flotando en un fondo de carbón brillante.

-¿Decepcionados?-Les hizo un gesto con la mano para se que se acercaran y los niños obedecieron hipnotizados. Marsias hijo parecía mucho mas reticente, pero la gatilla se acercó mas decidida con la naricilla alzada olisqueando prudentemente y las orejas tricolor agachadas. La ingeniera sonrió al verla, no podía negar que era hija de Manx, iba descalza, tenía el pelo lleno de hojitas secas y la ropa en un estado lamentable. Podía imaginársela perfectamente vagabundeando por los jardines de Fuegovivo. Al menos ella estaba viva, algo bueno salía de tanto sufrimiento.

-¿Los goblin no son verdes?-Preguntó Marsias algo extrañado

-No soy un goblin-Contestó ella

El satirillo hizo un mohín de decepcionado y se atrevió a salir de detrás del poste.

-¿Entonces que eres?

-¿No lo sabes?-Nicasia le regaló al niño una sonrisa de sierra, llena de dientecillos afilados- Tú me conoces.

El patacabra puso cara de asombro y la miró de arriba abajo, pero tras un rato de observación silenciosa, sacudió la cabeza negando con mucha energía.

-Yo no te conozco de nada, solo vine porque escuché a las driades decir que había goblins en el santuario y cuando le pregunté papá por ellos me dijo que no podía verlos.

-Y lo desobedeciste.

El sátiro bajo los ojos en un gesto culpable.

-Últimamente no me deja hacer nada, y además nunca puede estar conmigo- Refunfuñó- Antes me contaba cosa por las noches, ahora siempre ocupado o triste.

La pooka que hasta entonces había estado muy ocupada jugando con la borla que adornaba el tirador de la cortina, estiró las orejas y se quedo inmóvil mirando hacía la puerta, tras un instante de sobresalto se transformó en un diminuto gato tricolor y a toda velocidad se metió las sabanas de la cama. Nicasia escuchó pasos en el pasillo.

-Viene alguien. ¡Rápido, que no te vean ¡! métete bajo la cama!

El sátiro no tardo ni un segundo en obedecer, sus patas apenas acababan de desaparecer bajo la colcha cuando un joven boggan, un muchacho pelirrojo y rollizo, entró con la bandeja de la cena. Nicasia no lo había visto nunca, suponía que el santuario habría mas hadas a parte de sátiros y dríades pero hasta entonces no había podido confirmarlo. Normalmente era Marsias padre quien se encargaba de traer las comidas así tenía una excusa para escapar de sus obligaciones como rector para pasar un rato juntos. El boggan trataba de comportarse con naturalidad pero no podía evitar mirarla demasiado fijamente, la ingeniera le sostuvo la mirada con idéntico descaro.

-¿Dónde está Marsias?-Preguntó molesta

-No podrá venir, creo que ha surgido algo urgente. ¿Dónde dejó la bandeja?

La peliblanco señaló una mesita baja.

-Debe ser muy importante, es la primera vez que me falla a una cita.

-No me han dicho cual era el motivo, señora, simplemente que no podía venir.

-Claro que no te han contado nada, no vaya a ser que te vayas de la lengua y me entere de algo ¿no?

El boggan se estiró muy envaradamente y se volvió hacia ella

-Por supuesto, es usted una goblin y por lo tanto una enemiga del santuario.

La peliblanco contó hasta veinte en silencio antes de contestar. Sabía que sin sus espirales y con su aspecto real al descubierto tenia mucho mas de duende que de nocker, pero su aspecto no decía lo que era, su corazón siempre había pertenecido al gremio de constructores. Aunque entendía la conveniencia de que nadie la reconociese, que la confundiesen no le gustaba. Pese a todo no quería estropear su tapadera y eso la obligó ser prudente en su respuesta.

-Quítate de mi vista-Contestó en tono glacial.

-¿No necesita ayuda?-Preguntó sin inmutarse.

-No de ti.

El boggan observó de reojo la bandeja, era evidente que con una sola mano le resultaría muy difícil comer pero al contemplar la expresión abiertamente hostil con la que lo miraba la ingeniera decidió no insistir, aunque no soltase palabra aquel ceño fruncido era de sobra elocuente. El hada se dio la vuelta y se retiró a paso ligero. Marsias asomo la cabeza en cuanto sintió la puerta cerrarse, la gatita mas prudente, no se dejó ver.

-¿Se ha ido ya? Creo que me voy a ir, casi nos pillan-Dijo el sátiro mirando aprensivamente hacía la puerta

-No vendrá nadie en un rato, creo que tu padre se ha olvidado de los dos.

El crío trató de disimular un puchero

-La culpa es de ese elfo vestido de chatarra, no hace mas que entrar y salir. Siempre que viene papá se pone triste o nervioso.

Nicasia dio un respingo en su silla

-¿Un elfo con el peno canoso y una armadura muy vieja?¿Alto y delgado?

-Si, ese. Me cae mal.

-Sir Edward es un buen tipo, ya verás como te cae bien cuando lo conozcas mejor.

-No se llama así tiene un nombre raro, mas complicado-Marsias cerró los ojos rebuscando el nombre en su memoria.

-Caldemeyn-Dijo la ingeniera.

-¡Ese!-Respondió el niño entusiasmado-¿Cómo lo sabes?

-Ya te he dicho que conozco muchas cosas y que te conozco a ti, Marsias.

El sátiro abrió la boca casi tanto como los ojos y se quedó clavado en el suelo hasta que pudo salir de su asombro.

-¿Cómo sabes mi nombre?¿Te lo ha dicho mi papá?

-Ya te he dicho que te conozco. Si no me crees es tu problema.

-Eso es imposible, me estás engañando, seguro que te lo ha dicho él.

Nicasia fingió tener un repentino interés en el trozo de cielo nocturno, pero dejó ver una amplia e intrigante sonrisa.

-Puedes preguntarle a tu padre…

-¡No puedo decirle que he estado contigo¡!Haces trampa¡-Resopló el satirillo indignado.

-…o puedes volver mañana. Podría contarte muchas cosas de tu padre.

Marsias meditó un segundo, la idea parecía interesarle pero los riesgos aun pesaban más que la tentación, para convencerlo habría que inclinar la balanza.

-¿Sabias que estuvo en la guerra?

-¿Es tan viejo?-Preguntó extrañado.

Nicasia soltó una carcajada, la primera risa que le salía del corazón desde hacía mucho tiempo, se sintió agradecida por aquel momento y quiso que los niños no tuviesen que irse. En cambio al pequeño patacabra aquello le sonó a burla.

-Me voy-Dijo dando una patada en el suelo.

-Creo que tu amiga aun quiere quedarse un poco más-Le dijo Nicasia señalando a la bandeja de comida.

La pooka la había tirado, el en suelo mezclaban crema de calabaza y compota de fruta, aunque eso no parecía molestar a la gatita que lamía las dos cosas con una dedicación absoluta.

-¡Oh no¡!Cymric no puedes hacer eso¡-Dijo tirando de la cola a su amiga. La gata se revolvió, bufó ferozmente y continuó con su tarea. Marsias parecía avergonzado-Tienes que perdonarla, la han traído de algún sitio y creo que ha pasado mucha hambre, siempre está robando comida. Aunque también sé que guarda un poco para el monstruo del jardín. Pasan mucho rato juntos.

-¿El monstruo del jardín? No he visto los jardines de Fuegovivo pero no lo imagino un lugar para monstruos.

El sátiro se acercó a ella y hablo muy bajito.

-Nadie sabe que está aquí, pero se esconde en el bosque de los árboles de fuego porque le gusta el calor y solo se junta con Cymric.

-¿Tu lo has visto?

Marsias miró por encima de su hombro como si temiese que el monstruo apareciese de un momento a otro.

-Una vez, pero me miró y salí corriendo.

Era una información interesante, en un rato con Marsias había averiguado mas cosas que toda su estancia. Patrick debía estar refugiado al calor de los árboles. Debía tener un motivo muy poderos para ese comportamiento porque no era amigo del frío y lo normal era por esas fechas ya estuviese hibernando. “¿Será por la niña?” se pregunto mirando a como la gatita se afanaba en limpiar el suelo Al parecer Marsias padre no había mentido en ese punto, Patrick los había traído al santuario, el Ancestral de seguro podría contarle todo lo que ansiaba saber. Solo necesitaba llegar hasta él. No era buena idea darle el recado a los niños, ni siquiera sabía si realmente estaban hablando del muchacho serpiente o solo era un pasatiempo infantil, además no podía confiar en su discreción. Necesitaba un plan y desde luego y por muy variados motivos deseaba mas visitas de los crios.

-¿No te molesta que se coma tu cena?-Preguntó el sátiro preocupado.

-No está demasiado buena y además estoy harta de papillas.

-Me voy a ir, se hace tarde y a lo mejor nos están buscando.

-¿Volverás?-Preguntó con ansia.

-Creo que no debería-Contestó Marsias con un tono de alarma que hacía que su voz se volviese chillona.

-Hagamos una cosa, te he dicho que me conoces ¿verdad? Pregúntale al rey de los goblin por mí.

El niño se quedo inmóvil y contempló a la ingeniera como si la mirase por primera vez.

-¿Nicasia?

La ingeniera asintió y antes de que pudiese darse cuenta el sátiro había saltado a sus brazos con el llanto desquiciado de los críos corriéndole por las mejillas y por la nariz.

-¿Dónde has estado? ¿Por que me dejaste solo? Mesalina no quería que hablase de ti.

La ingeniera lo abrazó como pudo, el niño le aplastaba el brazo herido y la piel de la espalda le tiró como si se le hubiese quedado repentinamente pequeña y amenazase con rasgarse, pero era un dolor que merecía la pena. El abrazo apaciguó al pequeño que el estampó un beso en la mejilla tan sonoro como húmedo.

-¡No me habían dicho que estabas aquí¡¿Qué te ha pasado?¿Quien te ha hecho daño?¿Te duele?-El niño detuvo la avalancha de preguntas en seco y la miró a los ojos-Has cambiado.

-Solo un poco. Pero no en lo importante. Escuchame, no le digas a nadie que me has visto, a nadie, sobre todo a tu padre. Será nuestro secreto ¿vale? Y ven mañana a la misma ahora.

-¿Me vas a contar cosas?¿Te podré preguntar?

-Podrás preguntar lo que quieres siempre que lo mantengas en secreto. ¿Tu amiga se chivará?

-¿Cymric? Es muy pequeña, aun no sabe hablar bien y solo le interesa comer, dormir y salir al jardín a enterrar su caca- Esto último lo dijo con una mueca de asco.

-Entonces ven mañana.

-Pensé que eras como el resto de los mayores y te habías olvidado de mi-Le dijo antes de marcharse.

-No te engañes soy como el resto de ellos, nadie se ha olvidado de ti.

Marsias sonrió antes de desaparecer tras la puerta seguida de cerca por la gata.

Los niños cumplieron su palabra y aparecieron al día siguiente, Nicasia había pasado toda la mañana en un estado de expectación difícil de soportar, que se intensifico de tal manera al caer la tarde que le hicieron imposible jugar una partida de ajedrez con Marsias padre, en dos ocasiones movió las piezas negras a pesar de que ella jugaba con las blancas, además las largas pausas que el sátiro se tomaba para pensar sus jugadas se le antojaban interminables. Como el día anterior Marsias y Cymric llegaron al anochecer, el niño acordándose de que la otra noche Nicasia se había quedado sin cena traía un regalo de disculpa; había pasado por la cocina y había cogido dos trozos de tarta de crema. El detalle no podía mas acertado, la ingeniera era golosa por naturaleza y llevaba mucho tiempo añorando uno de esos pequeños placeres. Para agrandar el botín también había traído un buen puñado de moras. En los jardines de Fuegovivo los árboles siempre estaban cargados de fruta, la leyenda contaba que era una de las bendiciones del Dios de los Fuegos del Corazón había dado a los satiros de Fuegovivo pero la ingeniera era demasiado pragmática para creérselo, así que suponía que algo en la naturaleza de los árboles de fuego hacía que los otros estuviesen siempre cargados con una continua cosecha. Fuese lo que fuese las moras estaban deliciosas y tan jugosas que casi explotaban en la boca. Los tres compartieron aquel pequeño festín, la complicidad de la travesura mejoraba aun más su sabor. Fiel a su promesa Nicasia le habló a Marsias de las hazañas de su padre en la guerra, al principio al pequeño parecía costarle creerse lo que estaba escuchando pero se convencía de inmediato cuando lo peliblanco le leía algún párrafo del libro en el que se mencionase a su padre, aquel grueso volumen, lleno de palabras que el niño apenas entendía bastaba para se convenciese por completo. Entonces el sátiro hinchaba el pecho lleno de orgullo y miraba a la gatita complacido. Cymric por su parte parecía mucho mas interesada en destrozar las cortinas que en escuchar cualquier historia.

-Los dos podéis estar orgullosos, vuestros padres fueron muy importantes para ganar la guerra.

-¿Ella también?_Pregunto Marsias señalando a Cymric.

Nicasia miró a la gatita, al verla sentía una extraña mezcla de sentimientos. Le recodaba muchísimo a su madre, tenía la misma cara redondita y la misma de manera de apretar los labios cuando se concentraba en hacer algo, pero sobre todo tenia los mismos ojos dorados e intensos que lo miraban como si quisieran devorar el mundo. Manx nunca cerraba los ojos para besarla, los mantenía muy abiertos. “Quiero recordarlo todo” solía decir a menudo. Ni la muerte fue capaz de cerrárselos.

Durante un par de día la peliblanco siguió recibiendo sus visitas clandestinas, eran una bendición, le mejoraban el humor y le hacían las jornadas más aceptables, eso sin contar que siempre traían alguna delicia del jardín o de la cocina. Además al menos Marsias hijo le contaba que pasaba fuera de la habitación, aunque fuese poca cosa las novedades siempre eran de agradecer en comparación con el total desconocimiento en el que había estado hasta entonces. Además ella confiaba que tarde o temprano aquellas visitas darían algún fruto y así fue, una de las noches Marsias le dio la clave para contactar con Patrick. Ese día había llovido con fuerza y los niños no habían podido salir fuera, así que algunas dríadas los llevaron a un largo corredor desde donde podía verse el jardín, porque pensaban que Cymric, a la que lluvia había puesto más intratable de lo normal, quería estar cerca de los árboles de fuego.

-Pero Cymric no quería ver los árboles, quería ver su amigo y yo he tenido miedo toda la mañana-Confesó Marsias avergonzado.

Nicasia sonrió y cambió el tema a uno que preocupara menos al sátiro, mas tarde cuando Marsias padre apareció con la cena fingió estar deprimida y desganada. Le contó que si no la mataban las heridas lo haría el aburrimiento y le solicitó un paseo por el santuario con la silla, ya estaba lo bastante fuerte como para aguantarlo. El patacabra se negó en principio, pero cuando la ingeniera le propuso al menos que la llevase a ver el jardín, que era famoso en toda la Corte y que ella no conocía, el sátiro le prometió que al día siguiente la dejaría pasar un rato en la galería del jardín.
Como no podía ser de otro modo Marsias cumplió su palabra, a la mañana siguiente la ayudo a sentarse en la silla y la empujó hasta una larga galería abovedada. Era un pasillo ancho, el techo curvado estaba cubierto por un mosaico de cristales de colores sostenidos por nervios de madera que semejaban las raíces de algún árbol fantástico. La pared exterior también estaba acristalada y daba a los jardines, que no eran mas que un trozo de bosque muy poco domesticado, largas enredaderas creían sobre el techo en una feroz competencia con la ramas de los árboles más cercanos, algunas tan gruesas como el brazo de un troll. Era un rincón tranquilo y silencioso que comunicaba directamente con el gran recibidor de la entrada. Seguramente debía ser un maravilloso en primavera, con la luz entraando con fuerza entre el verde y el brillo del cristal. Presidiendo la entrada había una espectacular fuente cascada. Nicasia como cualquier nocker la conocía muy bien, fue un regalo de la Corte al suntuario por su labor durante la plaga de la lengua azul, que atacó la desvalida ciudad poco después de la guerra y que hubiese sido catastrófica sin los sanadores. El gremío de constructores la fabricó con todo su esmero para que trajese el agua de unos de los manantiales del bosque al interior del edificio. El rumor del agua debía crear una atmósfera perfecta en aquel corredor, pero en aquel momento estaba seca.

-Algo se estropeó- Le dijo Marsias cuando pasaron por delante-y no han sido capaz de arreglarlo. Y eso que llamabas a varios de los mejores talleres del reino.

-Pero no a mi…-Observó la ingeniera.

-Me temo que no podemos pagar tus honorarios.

-Eso era antes. Un día vendré a haceros una desinteresada visita.

Marsias dejó a Nicasia en el corredor, tenía que marcharse a dar una de las clases de la mañana pero esta vez le dejó un fascinante tratado sobre cultivo de plantas medicinales en climas de alta montaña. La ingeniera tuvo que contener sus ganas de prenderle fuego. A fin de cuentas no había ido allí a leer a la sombra de la floresta. La peliblanco estuvo observando el exterior, nunca antes había visto los legendarios árboles de fuego y la verdad era que resultaban impresionantes. Tenían las hojas anchas y de cinco puntas, como manos sanguinolentas que se agitaban incluso cuando no soplaba el viento igual que las llamas de una hoguera. Sus tronco anchos y lisos eran de un color casi ambarino, destacaban sobre el verde profundo del resto del jardín y casi podía sentirse su calor. Aquellas criaturas centenarias que habían estado a punto de desaparecer durante la guerra tenían, entre sus muchas virtudes, misteriosas cualidades curativas. Bastaba verlos alzarse en la quietud de su danza silenciosa para comprender que estabas en presencia de algo tan antiguo y sagrado como la propia vida.

En mitad de aquella estampa, totalmente inmóvil había una figura sentada sobre la hierba, en mitad de una mancha de sol. Había que estar muy atenta para verla, Nicasia vio primero a la gatita que dormitaba despreocupadamente y tardó un momento para darse cuanta que estaba hecha un ovillo sobre un regazo. La figura del chico serpiente se camuflaba entre las plantas de un modo tan mimético que solo la traicionaba un poco el lento movimiento de su respiración. El muchacho había oscurecido incluso el color de su escaso cabello. La ingeniero los contempló maravillada, que el Ancestral aceptase sin problema a la pequeña pooka era del todo extraordinario, hasta donde ella alcanzaba a conocerlo, Patrick no había desarrollado nunca lazos de cariño con nadie y no pudo evitar una sacudido de pánico, quizás Cymric no estuviese a salvo. El ancestral pareció adivinar que lo estaban mirando, porque abrió los ojos y sus pupilas rasgadas, dos finos cortes negros sobre un amarillo imposible, miraron fijamente a Nicasia. Sonrió y tras apartar a la pooka se puso de pie y caminó hacia el cristal.
La ingeniera se estremeció, al Ancestral le faltaba el brazo derecho, cercenado por encima del codo. No podía imaginar que había sido necesario para ocasionarle esa herida al chico serpiente y de repente no estaba segura de querer averiguarlo.

martes, 29 de junio de 2010

La monja alférez

Hoy me había prometido escribir, madrugué, hice mis recados y salí a casa de mi madre a recoger un paquete que me acababa de mandar Vero de Barcelona y que estaba esperando como agua de Mayo en Julio. Dentro de ese paquete venía un libro que para mi era un viejo amigo, amigo perdido para mas inri, porque lo presté y ya sabéis lo que suelen decir “Hay dos tipos de tontos: los que prestan libros y los que los devuelven”. En fin tuve que volverme un poco loca para comprarme otro ejemplar, pero allí estaba y era como reencontrarse con alguien a quien hace tiempo que no ves. Lo envolví bien y me lo guardé con cariño en el bolso. Porque mi idea era volverme de inmediato a casa y ponerme a escribir. Huelga decir que no lo conseguí, en cuanto puse el culo en el asiento del tren desenvolví el libro y me puse a releer. Mala cosa porque no lo he soltado hasta ahora que me quedan cuatro capítulos para acabarlo.

Recuerdo la primera vez que vi a Ricard Ibáñez (como olvidar ese físico imponente) y recuerdo perfectamente que fue lo primero que me dijo. Yo estaba encantada de conocer al autor de mi juego de rol favorito, que me firmó el manual sin dudarlo un momento y a quemarropa me preguntó “¿Sabes quien es la monja alférez?”Me quedé alucinada. No, no tenía ni puta idea de quien era la monja alférez. Ricard se me quedo mirando con muy poco interés me dio el nombre de la monja en cuestión y sin hacerme mas caso se dio la vuelta para continuar tomándose el pésimo café que ponían en el recinto de las CLN. Fue un planchazo, cuando mi novio me pidió que le enseñará el libro y me preguntó que tal tipo era mi ídolo rolero le contesté: Es un pedante gilipollas.

Mantuve esa firme opinión hasta que me fui a vivir a Barcelona donde, casualidad de casualidades, resultó que teníamos amigos comunes y que tuve la oportunidad de conocer a Ricard muy distinto, a un hombre tan grande de corazón como de estatura, un tipo terriblemente afable y divertido, lleno de anécdotas increíbles (algunas poco decentes)y con una visión de la vida tan particular que es imposible que te deje indiferente. Entonces me enteré de que acababa de sacar la novela de la monja alférez, por entonces yo no tenía una perra y fue de las últimas cosas que me compré antes de volverme a Sevilla. Me fui con la pena de no poder pedirle una dedicatoria, pero lo leí en un verano muy triste, cuando me sentía miserable y derrotada y me hizo compañía, comprendí las miserias de esa mujer indómita y en cierto modo me consoló. Catalina de Erauso se convirtió en una amiga y me ayudó a empezar a forjar a Nicasia.

Hoy he vuelto a abrir el libro; la principal ventaja de la relectura es que te fijas en los detalles, ya no tienes el ansia de averiguar que pasará y puedes recrearte en la escritura. El autor conoce su oficio, eso es indudable. Hay energía y personalidad en sus frases, sabe contarte una historia y hacerla fascinante, pero lo mas importante para los que amamos la novela histórica es que esta escrita con rigor (de eso podrían aprender muchos autores del genero) y aun así puedes ver el universo que lo fascina: sus personajes son gentes marginales cargados de luces y sombras, admirables a ratos y a ratos abominables. Aprendí mucho la primera vez que leí “La monja alférez” y hoy he vuelto a aprender.

Ricard te diría que eres un tío grande, y que te deseo todo lo mejor, pero eso tú ya lo sabes. Así que te diré otra cosa: Me debes una dedicatoria.

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jueves, 24 de junio de 2010

El señor de los Cuervos de Invierno

Las que mantos de escarlata
lucen con regio donaire,
y las que hienden el aire
con su varita de plata.
Rubén Darío


El mediodía se coló sin ninguna compasión por la ventana del dormitorio, obligando a Willhem a abrir los ojos. Tardó un momento en reconocer al mozo que aun dormía a su lado, un chico que parecía mucho más guapo la noche anterior, con el pelo no tan rubio como había llegado a creer y unas bastas manos de campesino que, de repente, no quería recordar recorriendo su cuerpo. Se pasó la lengua por los labios, espesa y torpe, a juzgar por el sabor era como si se le hubiese muerto dentro de la boca. Se sentó en el borde de la cama y se restregó la cara con las manos intentando que su cerebro despertase al mismo tiempo que su cuerpo, era difícil, tenía la sensación de que sus pensamientos nadaban a duras penas en un puré muy espeso. Quizás fuese un acto de misericordia, no estaba muy seguro de querer recordar lo que había pasado la noche anterior.
Se puso de pié, la habitación giró violentamente y le puso el estomago del revés, tuvo que sentarse de nuevo. No estaría en aquella situación de haber tenido algunas monedas en la bolsa, entonces habría pasado el rato en cualquier burdel decente, no tendría que haberse llevado la compañía a casa y desde luego no se habría conformado con el pésimo vino que servían en las tabernas cercanas a la Puerta de Poniente. Aunque no podía negar que pasear por aquellas callejas tenía un cierto encanto primario, jugar a las cartas con los viajeros y los comerciantes, buscar una compañía fugaz, mezclarse con gente que lo miraba con reserva e incluso con cierto miedo. Entre los gentiles ciertas cosas eran más fáciles y si no lo eran bastaba con sacar la espada, normalmente la chusma de las tabernas no quería problemas con una casa noble.
Recordaba haber salido sin más dinero que unas cuantas lanzas de bronce en los bolsillos, pobre y con demasiadas ganas de juerga había acabado en una casa de juego, apostando a los dados. La fortuna no solía sonreírle y aquella vez no fue una excepción, al poco rato había perdido todo lo que tenía. La noche se presentaba terriblemente decepcionante hasta que entró en el local aquel pooka, un muchachito inquieto con unas nerviosas orejas de ratoncillo campestre, un simple con la bolsa llena que pisaba la Corte por primera vez y que quería celebrar la exitosa venta de dos vacas. Willhem, bastante achispado ya y con muy pocas ganas de volver a palacio no pudo dejar pasar la oportunidad que se le presentaba. Fue fácil ganarse su confianza, fue fácil seducirle y aun mas fácil desvalijarle. Con oro en las manos los dados fueron más emocionantes y el vino más aceptable. Eso había sido su perdición, de no haber mejorado la calidad del vino nunca habría bebido hasta el punto de llevar a aquel palurdo a sus estancias. Palurdo al que encima le debía al menos unas diez lanzas de oro.
Se enrolló las sabanas a la cintura y volvió a ponerse de pie, esta vez la habitación se quedo en su sitio y pudo acercarse hasta el aguamanil de mármol que reposaba junto a la ventana, lo lleno hasta arriba y metió dentro la cabeza esperando que aquello le despejase las ideas, casi al momento el agua comenzó a escarcharse. Cogió la toalla, se secó y derritió los pequeños copos de nieves que se le habían formado en el pelo. El espejo le devolvió la imagen de un joven de una palidez extrema, con un ligerísimo toque azul en los labios que le daba el aspecto de vivir congelado. Todo en él trasmitía frío; el pelo azul claro, los ojos como trozos de cielo helado, la piel de nieve… Pero no era solo por su aspecto, su propia mirada era glacial fija e impasible. Willhem era como un paisaje invernal, engañosamente tranquilo.

Algo mas sereno, se puso unos sencillos pantalones de lana negros y empezó a pensar que hacer. Sería muy difícil sacar al pooka de allí discretamente. No le importaba que otros nobles o incluso la nube de cortesano que pululaba por palacio, tuviesen noticia de otros de sus deslices. Esos estirados hipócritas hacían exactamente lo mismo que él, solo que ellos lavaban mucho mejor sus trapos sucios y creían que eso les daba derecho a hablar. Tal vez desconocían que en el Palacio de Cristal de su majestad Silvania todos eran tan trasparentes como algunos de sus muros. Apenas ninguna de sus escandalosas conductas eran capaces de escapar de la red de espías y cotillas, lo que los diferenciaba era que él sus opiniones le preocupaban realmente poco, lo único que le impedía llevar su estilo de vida de cara al público era su padre. El señor de TocaEstrellas no toleraba que nada manchase el honor de su casa, aunque su hijo consideraba que o bien su padre tenía la memoria muy corta en la referente a sus propios actos o lo del honor intachable solo afectaba a sus hijos. “Tal vez mi señor padre considere que su comportamiento en la guerra fue intachable, debería hablar con los otros Señores del Alto Consejo, a ver que opinan ellos al respecto. Seguro que si supiese lo que sé yo se sorprendería bastante” Pero Willhem no tenía tiempo para rencores familiares. Esos los resolvería a su debido tiempo, ahora la prioridad estaba en deshacerse de aquel tipo sin demasiado escándalo. Estaba claro que no podría hacerlo solo y al pensarlo sintió que lo invadía una enorme apatía.

El pooka dormía placidamente acunado por el vino, era bastante obvio que no estaba acostumbrado a beber y que si lo dejaban dormiría un rato más. Si le pasara una daga afiliada por el cuello el desdichado ni siquiera se enteraría del momento en que dejó de respirar, podría dejar el cuerpo en la cama hasta la noche y quitárselo de encima mucho mas tranquilamente cuando todos durmiesen, tras haberse ocupado de todos sus compromisos. Desgraciadamente siempre existía la posibilidad de que lo descubriesen y las consecuencias por un asesinato siempre eran peores que las de un simple desliz con un gentil. Solía decirse que desde que la reina gobernaba los gentiles habían ganado ciertos derechos elementales pero la realidad era que los nobles habían perdido privilegios. En los viejos tiempos antes de la guerra, nadie se habría preocupado por la suerte de un labriego y él no tendría que estar allí malgastando diplomacia con alguien tan vulgar. De nada valía pensar en eso ahora, los viejos tiempos eran solo un montón de historietas que ciertos ancianos recordaban con una mezcla de nostalgia e indignación. Willhem pertenecía a otro momento, el presente, y tenía obligaciones, así que no le quedaba que mas remedio que afrontar sus problemas. Se sentó en el borde de la cama y paseó su dedo corazón, helado como un carámbano, delicadamente por la espalda del pooka. El hada se estremeció y abrió los ojos. El elfo adoraba la expresión de ese momento; la inocencia que ronda en los rostros el instante antes de regresar a los recuerdos le transmitían una extraña serenidad, un deseo terrible de olvidar él también, de dejarlo todo atrás y empezar otra vez.

-Señor-Murmuró el pooka con una sonrisa avergonzada

“Que joven suena su voz” Pensó obligándose a tensar los labios en una sonrisa amable.

-Dulce despertar, querido- Le respondió recostándose a su lado-Me temo que ambos hemos holgazaneado mas de lo debido.

-Perdonadme mi señor, nunca duermo hasta tan tarde pero no estoy acostumbrado al vino-El hada se incorporó de golpe, mirando a su alrededor con la inquietud propia de los ratones. Movió los delgados bigotillos con un gesto nervioso.

-No te disculpes soy tan culpable como tú, creo que yo estoy menos acostumbrado al vino de lo que esperaba.- Acercó su rostro al del pooka con un gesto cómplice y le acarició el pelo-Además quien querría salir de la cama en tan buena compañía.

El ratoncilló bajó la cabeza con las mejillas encendidas.

-No creáis que suelo frecuentar las tabernas. Casi nunca entro en ninguna, pero esta vez no me arrepiento.

-Por supuesto, los buenos chicos como tu no entráis en esos sitios. Y menos a semejantes horas, simplemente anoche tuve suerte-Contestó encogiéndose de hombros- Pero toda suerte toca a su fin y tengo obligaciones de las que debo encargarme, igual que tu seguramente.

-La verdad es que debería volver a casa…-Reconoció cabizbajo- Pero no puedo volver sin el dinero, mi señor. Madre me mataría.

Willhem tiró de una cuerda plateada que había cerca de la puerta, a lo lejos se escuchó el repiqueteó de una campanilla.

-Por supuesto, es algo que tenemos que arreglar de inmediato. Yo tengo algo de prisa, pero voy a llamar a mi mayordomo, es mi mano derecha para estos asuntos, designado directamente por la reina.

El elfo empezó a vestirse apresuradamente. Se puso una camisa de algodón blanco y encima una sencilla túnica de terciopelo negro, si mas adorno que el emblema de la Casa de TocaEstrellas, una estrella solitaria en la cumbre de una montaña escarpada, bordada en plata sobre el pecho. Nunca se consideraba totalmente vestido hasta que no se ceñía el cinto de la espada y acariciaba la hebilla de metal negro. El pooka se apresuró por imitarle y recogió su ropa del suelo, incluida su bolsa vacía. Ambos estaban presentables cuando llamaron a la puerta.

-¿Podrías abrir querido?-Rogó mientras se calzaba una bota.-Es mi mayordomo, Dalendir.

Willhem estaba sentado en un escabel bajo y se giró para ver la expresión de Dalendir. No había mentido, el jovencito que se quedó clavado por la sorpresa ante la puerta era realmente su mayordomo y tal como había dicho había sido designado para ese honor por la misma reina como gesto de cortesía y afecto hacia su familia. Aunque el sidhe no entendía que honor había en tener a un mestizo con sangre goblin como criado. Dalendir tenía el pelo de un feo rubio verdoso del que asomaban orejas demasiado largas, y pese a que su piel era rosada y sus ojos no tenían el fondo negro de los duendes ni su repugnantes iris ambarinos, no podía evitar esa forma de mirar, inquisitiva y vagamente inquietante que caracterizaba al Pueblo de las Minas. Era pequeño y fibroso, de aspecto ágil. No podía negar lo que era, pese a su cara infantil y la belleza de sus rasgos elficos. “Alguien se divirtió con quien no debía” Pensaba siempre al verlo. El muchacho era bastardo de alguna casa noble y su padre, o tal vez su madre, lo trajo consigo tras la guerra. Los motivos que habían llevado a Silvania a aceptarlo bajo su protección eran una incógnita, aunque desde luego Willhem si sabía porque era su mayordomo. La reina lo cedió a su padre como pago por sus servicios a la corona, como ayudante para su heredero y estaba muy seguro de que la tarea de Dalendir era mas vigilarle que servirle.

El mayordomo superó con perfecta diplomacia la sorpresa de encontrar al pooka en los aposentos de su señor, a fin de cuentas aquel tipo de percances no eran del todo infrecuentes, entro en la habitación y se dobló en una perfecta reverencia.

-Ya puedes levantarte, querido Dalen.

-Gracias mi señor- Contestó en tono neutro al tiempo que se enderezaba

Willhem se dirigió a su escritorio, cogió la pluma y escribió "Escuchad su historia, dadle lo que pida", después estampó su sello y le entregó el pliego al pooka

-¿Qué es esto? –Pregunto el ratón manoseando el papel

-Una letra de cambio, lo que tienes entre manos es tu dinero. ¿Ves que llevas mi sello? Dalendir te indicará donde debes ir a cobrarlo.

Lo que el mayordomo no sabía es que aquel prestamista, un leprechaunt que vivía en una buena casa cerca de la Plaza del Mercado y Willhem tenían un trato: El prestamista se libraba de acreedores, habitualmente sin pagarles ni una miserable lanza de cobre. A cambio él solía ayudarle en sus negocios prestando su firma en los documentos de paso de mercancías, de este modo el mercader solía ahorrarse sustanciosas cantidades en impuestos. El leprechaunt agradecía muchos estos favores y era terriblemente eficaz librandolo de sus deudas. Mas de una vez habían aparecido flotando en el río hadas que insistían en recuperar su dinero-

-Pero señor…-El hada quiso protestar.

-No, no hace falta que digas nada. Dalendir, asegúrate que dan de comer a mi pequeño amigo, luego dale la dirección de mi prestamista y guíalo fuera de palacio.

-Es un placer estar a vuestro servicio-Respondió el pequeño Dalendir con una nueva reverencia, aunque el tono glacial de su voz no decía lo mismo.

El mestizo le hizo un gesto amable al pooka para indicarle la salida. Ante la puerta el pooka se giró y miró a Willhem con unos ojos que empezaban a entender su triste suerte.

-¿Os volveré a ver, mi señor?

-Por supuesto- Mintió con su sonrisa mas imperturbable- No lo dudes.

Cuando la pareja dejó la habitación se sintió extrañamente liberado, calculó el tiempo necesario para no tropezarse con ellos por los pasillos mientras terminaba de vestirse. Lo último que se ponía siempre era un colgante de plata blanca con forma de pluma, aquella era su enseña personal y confiaba que algún día sería el escudo de su casa. Rozó el adorno con los dedos y sopló sobre el una brisa gélida. Algún día los astros de TocaEstrellas se apagarían y sobre su cielo solo quedaría el planear de hermosas plumas de nieve.
Salio de sus aposentos. Las estancias de su familia incluían un pequeño torreón donde se cuidaba una de las más estimadas tradiciones de sus antepasados. Era una construcción sencilla, circular, con dos anillos de saeteras que no habían sido construidas para ninguna guerra sino para permitir entrar y salir a los enormes cuervos que reposaban en sus perchas. Los TocaEstrellas siempre habían criado estas aves, a ojos ajenos no tenían ningún propósito, ni mensajeros, ni aves de presa, los pájaros iban y venían a su antojo. A Willhem le habían explicado miles de veces que aquellos pájaros eran los herederos de la bandada de cuervos que salvo a la primera sidhe de TocaEstrellas, Alysse AlmaEscarcha en la batalla que la llevaría a conquistar las montañas que luego serían su hogar. Tal vez fuera cierto, tal vez no. Eran eso y mucho más. Él los adoraba, criarlos era una tarea que no encargaba a nadie, los alimentaba y cuidaba, incluso cuando estaban muy enfermos. Los conocía a todos y era capaz de diferenciarlos con un solo vistazo. Hizo bocina con las manos e imitó perfectamente un graznido ronco, de su percha bajó una hembra gigantesca, totalmente blanca con los ojos como dos gotas de sangre y el pico gris, salteado de vetas oscuras como si fuera de roca. Ella y sus hijos eran orgullo de Willhem y el motivo por el que todos lo llamaban “El señor de los cuervos de invierno”. Cuando se posó sobre su hombro le dio un trozo de manzana seca.

-Hola Ventisca-Le dijo acariciándole el pecho

El pájaro graznó y le picoteó una oreja con fuerza. Ambos salieron de la torre, era día de consejo y fiel a su costumbre él se retrasaba. Lo que su padre llamaba “asuntos de estado” no eran mas que las pantomimas de alguien que no se daba cuenta que no tenía nada sobre lo que gobernar. Eran señores en el exilio y de la grandeza de la que tanto le gustaba hablar a su padre no quedaba más que lo que la cortesía de la reina les permitía conservar. Sin embargo el Alto Señor de TocaEstrellas, Gelión de los picos de Ondolir se aferraba a títulos y honores que no valían nada, a un ceremonial ridículo que solo servía para apaciguar su orgullo. Parte de este ceremonial incluía una reunión en la “Sala del Consejo” cada cinco días. Tal vez en sus buenos tiempos, allá en la vieja fortaleza de la reina, estas reuniones fueran algo imponente, con vasallos y consejeros llenando el salón del homenaje. Pero para Willhem aquello era historia antigua, él era hijo del exilio y solo había conocido la modesta sala de palacio donde se reunían unos pocos y ancianos nobles menores tan venidos a menos como ellos mismos, algunos consejeros fieles y un par de criados. Destellos del antiguo esplendor, normalmente se sentaba con cara de circunstancia junto a su padre y luchaba por no bostezar, casi nunca había abierto la boca en uno de aquellos consejos si no era para hacer un comentario hiriente.

Ese día la sala del consejo estaba vacía, su padre estaba sentado presidiendo la sala, pero no llevaba su armadura de ceremonia sino un sencillo caftán plateado con pequeñas estrellas bordadas y su única compañía eran su señora madre y su hermana mayor Arminta. Willhem sintió que un escalofrío le recorría la espalda, algo pasaba, las mujeres no tenían derecho a formar parte del consejo. Su padre seguía esa vieja regla a rajatabla al igual que otros nobles, pese a que al hacerlo desobedecían abiertamente a la reina. El sidhe contempló la escena, especialmente a Arminta. Su hermana era una belleza largamente celebrada en la Corte, siempre vestía de riguroso negro, guardando el luto que toda su familia debía llevar por sus tierras perdidas. Pese a ello se las arreglaba para estar deslumbrante, había aprendido a sortear con gracia el obstáculo de no poseer apenas joyas con las que arreglarse, lo remendaba con peinados extravagantes y una elegancia que había cosechado no pocas envidias en la Corte. Pero ni siquiera ella había tenido tiempo de arreglarse demasiado, llevaba su larguísima melena blanca suelta sobre los hombros le caía por la espalda hasta la cintura como un manto de nubes y su vestido cumplía demasiado las reglas del decoro. No era nada normal en ella. Lo único habitual era su mirad de rapaz, ávida y cruel. Los hermanos se miraron con estudiada hostilidad, Arminta era mayor que él, pero nunca poseería un titulo que él despreciaba. Alysse AlmaEscarcha habia sido la única señora de TocaEstrellas.
Su madre, una mujer menuda y discreta, parecía, como siempre, demasiado nerviosa. Desde hacía mucho tiempo hacía una vida retirada y tranquila “Ya luché mis batallas” solía decir, se escudaba en ese frase para no aceptar ninguna obligación desde hacía años y gracias a ella había podido desentenderse hasta de criar a sus hijos. Seguramente su presencia allí era meramente formal. Miraba a su alrededor con aquel eterno aire de indefensión suyo, como un gorrión rodeado de aves de presa, retorciéndose las manos sobre el regazo.

El elfo hizo una reverencia corta y formal, no le apetecía doblar el lomo ante su familia más de lo necesario.

-Señores padres, hermana.

Su padre lo miró con el disgusto de quien calibra una mercancía dudosa.

-Llegas tarde-Se limitó a decir mientras ocupaba su lugar en el sillón del consejo.

Willhem no pudo dejar de observar que su hermana había ocupado su asiento. “Puedes quedártelo si tanto lo quieres” Pensó. Se sentó junto en frente de su padre. De igual a igual y disfruto al ver la expresión contrariada de Arminta al ver que le pasaban por alto lo que en cualquier otra ocasión sería una impertinencia.

-Hoy podría ser un gran día para nuestra familia y te presentas tarde. Supongo que tus únicas prioridades son las tabernas.

-Las tabernas me gustan tanto como a cualquiera, padre, pero de saber que la familia iba a reunirse hoy, anoche me habría acostado temprano. Hace falta estar muy descansado para sobrellevar tanta dicha.

Su padre ignoró el comentario. Sentado en su imponente trono Gelión de
TocaEstrellas parecía pequeño, que no llevase la armadura, una pieza magnifica de plata adornada con pequeños cristales tallados que brillaban como el hielo bajo el sol, no le favorecía. Willhem recordaba a su padre en la guerra, montando un corcel enorme, con el mayal en la mano. Entonces era una estampa magnifica y terrible que sus enemigos aprendieron a temer, entonces aun no le había perdido el respeto. Hoy pese a que la estampa: alto, de hombros anchos, con el pelo blanco recogido con una simple diadema ceñida a las sienes y los unos feroces ojos grises era muy parecida a la de sus días de gloria algo había cambiado, el tiempo y las decepciones se cobran un precio, incluso en los elfos de la vieja sangre y con el paso de los años Gelión se fue volviendo cada vea menos imponente a ojos de su hijo, hasta que al final era solo el esqueleto de su vieja gloria.

-Padre- La voz de Arminta era un arroyo de miel deslizándose sobre el filo de una espada-¿A que se debe esta inusual reunión? Imagino que no nos has convocado a madre y mí para pedirnos nuestra opinión sino para anunciarnos algo. Supongo que hablo por las dos al decir que estamos deseosas por conocer cualquier noticia que tengas que compartir.


Willhem sonrió para sus adentros, su hermana temía que la noticia a revelar fuese la de su compromiso. Nada lo hubiese complacido más que verla encajar semejante impresión pero dudaba que se tratase de eso, no habría sido necesario esquivar a amigos y consejeros para tratar ese asunto

-Perdimos nuestras tierras ancestrales en la Guerra de las Tres Noches-Dijo Gelión contemplando a sus hijos-Antes de la Guerra de la Reina Durmiente, antes de que vosotros nacieseis. Desde entonces hemos rodado mucho, de corte en corte, dependiendo de la hospitalidad de otros, como si fuésemos señores menores, mientras los goblin infectaban lo que nos pertenecía.

El sidhe se tapo la boca con la mano y ahogó un bostezo. Conocía esa historia y le aburría hasta la desesperación. “Tu perdiste la guerra y las tierras, tu erraste, tu mendigaste, tu aceptas casarte con la heredera de una casa insignificante para tener al menos donde estar parado. Tú, no yo” Pensó hastiado, odiaba que su padre extendiese su vergüenza a toda la familia. Quizás no hubiese sido tan malo, recordaba su infancia en el diminuto feudo de su madre como un lejano y feliz periodo de su vida. La casa de AureaSombra era modesta y su castillo una simple torre del homenaje en mitad del bosque, era un lugar tranquilo, sin grandes sobresaltos ni obligaciones, lleno de gente simple y amable. Pero a Gelión no le bastaba aquello y sin escarmentar por haber perdido una guerra se metió en otra, y de nuevo no la ganó. Willhem siempre le había reprochado aquello en secreto. Las tierras de su madre, la existencia apacible, los gloriosos días a cielo abierto. Todo lo que perdieron por el orgullo herido de su padre.

-Eso lo sabemos, padre-Dijo cáustico mientras se servia una copa de agua con limón, le supo a rayos pero al menos dejo de sentir la lengua pastosa como un gusano muerto-Ahórranos la historia reciente.

-Hay historia aun más reciente que deberían hacerte callar a ti y mostrar un poco de respeto por tu padre. Al menos yo perdí mis guerras luchando, no intentando asesinatos por la espalda- Le respondió Gelión en un tono helado que no dejaba entrever ninguna emoción.

Arminta sonrió al escuchar aquello y Willhem se mordió el labio inferior.

-Siempre he sabido que recuperaríamos TocaEstrellas algún día, que volveríamos a nuestra grandeza, he esperado el momento y he vigilado. Tal vez no ha sido en vano, los cuervos dicen que hay piras fúnebres en los alrededores de la montaña, que los arroyos escupen cadáveres. Algo les ocurre a los goblin de la Ciudad de Piedra.

-Tal vez estén sufriendo alguna plaga-Dijo Arminta

-Los goblin no enferman fácilmente, tal vez los cuervos se equivocan…-Observo Willhem extrañado.

-Tal vez, pero ellos dieron la primera voz de alarma y después llegaron los informes a la mesa de la reina para confirmarlo.

Willhem tuvo que reunir fuerza de voluntad para mantenerse en silencio, no quería parecer demasiado interesado.

-Pensaba que nadie conocía la ubicación de la Ciudad de los goblin- Arminta no tenía ninguna intención de disimular su interés, ella siempre había querido recuperar su posición de gran dama.

-Saben que se esconden en las montañas, pero es casi lo mismo que no saber nada. Nunca se han podido encontrar las entradas. La ubicación exacta solo la conozco yo.

-Padre, conoces la ubicación del antiguo palacio, como la conocemos todos, pero esas entradas fueron selladas y hoy día nadie sabe como entrar, ni cuantos goblin hay, ni siquiera donde viven. Las montañas son enormes y unas cuantas hogueras no quieren decir nada.- Willhem apenas se podía creer lo que estaba oyendo

-No te corresponde a ti decidir si es importante o no, te corresponde averiguarlo. Quiero saber que si realmente ocurre algo TocaEstrellas, quiero saberlo antes que nadie y a tu serás quien me lo diga. Yo no puedo husmear demasiado lejos sin levantar sospechas, pero tú no haces otra cosa que vagabundear por los burdeles, nadie se extrañará de verte entrar y salir. Nunca has sido discreto.

-Gracias padre- Respondió-Supongo que es un halago.

-Siempre has sido una vergüenza para mí y para tu madre. Es la última oportunidad que te doy de demostrar lo contrario.

-Eres generoso, continuamente me estas ofreciendo oportunidades que no te pido. Supongo que es más fácil asumir mis fracasos que los propios.

Gelión se puso de pie y alzó la mano, Willhem no tuvo oportunidad de reaccionar, escuchó las palabras retumbando por la sala casi al tiempo que salía despedido varios metros, el sillon se hizo añicos a su alrededor y el rodó por el suelo en medio de una nube de madera astillada. Cuando abrió los ojos su padre estaba en pie y avanzaba hacía él, tenía las manos envueltas en luz azul y el rostro congestionado de odio. Aquel era el Señor de TocaEstrellas que él recordaba.

-¡Fuiste tu ¡! Tu y estupida altivez lo que desequilibró la balanza de la Guerra en nuestra contra! ¡Lo que hiciste nos obliga a ser mascotas de Silvania ¡!Tuvimos que abandonar las tierras de tu madre¡¿O tal vez quieres volver a las Puertas del Viento? Seguro que los Guardianes se alegran de verte.

El sidhe escuchó las palabras de su padre mientras la rabia le crispaba los puños. Se llevo una mano a las costillas, resentidas por el golpe y la otra a la espada.

-No te atreverás…-Gelión dicho aquello con un tono de desafió y casi una chispa de alegría en los ojos.

Willhen desenvainó la espada y al mismo tiempo la voz de su padre se alzó como el teñido de una campana. Pero no paso nada. Ninguno de los dos sidhe pudo moverse, estaban envueltos en luz dorada, extraños insectos atrapados en ámbar. La sombra de su madre se extendía desde sus pies hasta ellos, volviéndose espesa como la melaza. La dama tenía la mano izquierda sobre el corazón y la derecha alzada en un puño.

-Gelión no castigues a tu hijo-Rogó, la voz de su madre siempre parecía temblar de miedo- Has dicho que ibas a darle una oportunidad. Hazlo y después ya podrás actuar en consecuencia.

Gelión bajo la mano. Willhem tardó un poco más en volver a guardar la espada, pero en cuanto lo hizo la sombra los dejó libres.

-Dale las gracias a tu madre. Y ahora ve a hacer lo que te he pedido.

Willhem se dio la vuelta y salio de la sala sin mediar palabra. Camino por el pasillo con la misma tranquilidad que si volviese de rondar a una dama, saludo a cuantos se encontró por el camino con una suave sonrisa y al llegar a su habitación sacó la espada y atravesó con ella el respaldo de una silla. Fue consciente de aquel primer momento pero después la rabia lo cegó por completo, destrozó todo lo que puso a su paso casi sin darse cuenta. Arminta lo encontró en medio de un remolino de plumas provenientes del colchón, jadeando aun con la espada en la mano. La Dama miró a su alrededor.

-Tendrás que explicar que ha pasado en tu cuarto. Parece que se ha desencadenado una tormenta aquí.

-Lárgate-Le ordenó Willhem-Eres la última persona a la que me apetece ver.

-Pensé que ese sería padre.

Su hermano se giró hacia ella.

-Lárgate por tu propio pie ahora que aun puedes.

-No me das miedo, eres tu quien debería estar asustado. Aquí no está madre para salvarte.

Willhem se lanzó sobre su hermana, Arminta lo infravaloraba. Era más rápido y mas fuerte que ella. La cogió por el cuello y la colocó ante la ventana.

-Madre no me protege a mi, sino a padre.

-No me das miedo, eres patético hasta cuando te sales de tus casillas- Le dijo antes de escupirle.

Hubiese sido fácil lanzarla al vació, lo complicado sería dar explicaciones que nadie creería. La soltó y retrocedió dos pasos.

-¿Sabes que voy a hacer? Voy a devolveros a todos a esa montaña asquerosa, para que os peléis el culo de frío en las ruinas del palacio. Y tú date prisa en abrirte de piernas para algún noble no tan viejo como para darte un hijo. En cuanto tengas descendencia le daré a él el titulo de heredero que tanto deseas.

-Podrías dármelo a mí ahora, podrías hacer que padre te repudie.

-¿Y darte ese regalo? Jamás, No serás Señora de TocaEstrellas, tendrás que conformarte con ser esposa y madre. Nunca tendrías otra cosa.

-No quieres ese titulo.¿Qué te importa?

-Es verdad, no lo quiero- Willhem se subió al alfeizar-Pero me gusta demasiado humillarte.

Saltó al vació antes de escuchar la respuesta de su hermana, el silbido del aire en sus oídos ahogó los gritos, desde la ventana de su habitación había una buena caida. Rozó la pluma de plata y sintió a Ventisca volando hacía él, el pájaró se colocó a su espalda con un graznido, sintió sus garras arañarle la espalda y después aquella tensión familiar en los omoplatos, el rasgar de la ropa. El cuervo blanco había desaparecido y Willhem planeaba sobre la Corte con dos hermosas alas blancas.