martes, 20 de noviembre de 2012

Consoladores a vapor




Durante siglos, el simple hecho de ser mujer significaba que, en términos legales, dependerías durante toda tu vida de la autoridad de un varón. Esto se justificaba gracias al “carácter débil” y la “mentalidad inestable” que las mujeres poseían por naturaleza. La locura ha sido atribuida al sexo femenino hasta tal punto que la palabra “histeria” significa “útero” en griego.

Galeno pensaba que la privación de relaciones sexuales provocaba peligrosos desordenes de conducta en las mujeres más apasionadas. La cura perfecta era el matrimonio, puesto que la seguridad y las responsabilidades de la vida conyugal ayudaban estabilizar a  sus débiles sistemas nerviosos: la rutina y la sencillez de las tareas hogareñas eran perfectas para que tuviesen vidas plenas y felices. Las mujeres dominantes, o con un apetito sexual demasiado activo, eran rápidamente consideradas “histéricas”, así como solteronas, monjas, vírgenes… Cualquiera que viviese lejos de la sombra de un varón y por lo tanto (supuestamente) careciese de una vida sexual satisfactoria. Cuidado; cuando digo satisfactoria me refiero al varón, el orgasmo femenino ni se contemplaba. No era importante y durante largos periodos de la historia era condenado por la iglesia como “pecado” y “vicio”. El sexo no era una actividad recreativa, o al menos no debía serlo para las mujeres. Y así seguiría siendo durante siglos.


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En época victoriana, la histeria era un trastorno bien conocido y habitualmente diagnosticado. Algunos de sus síntomas eran: retención de líquidos, espasmos musculares, insomnio, dificultad para respirar, irritabilidad, pérdida del apetito, y mi favorito: “tendencia a causar problemas”. Un tratado de la época lo refleja del siguiente modo:

"Los trastornos motores son convulsiones o parálisis. Tradicionalmente, la crisis empieza por un aura, conformada por dolores abdominales, palpitaciones, sensación de atragantamiento y alteraciones visuales (ceguera parcial o completa). A continuación, se experimenta una aparente pérdida del conocimiento y en una caída controlada. Luego sobreviene la fase epileptoide, compuesta de paro respiratorio, tetanización, convulsiones y, finalmente, una resolución en forma de fatiga general y respiración ruidosa. Como fase final, se producen contorsiones (movimientos desordenados y gritos) y un periodo de trance, con remedo de escenas eróticas o violentas. El final de la crisis implica el retorno de la consciencia, acompañado de contracciones leves y expresión de palabras o frases inconexas relativas a temas pasionales”.

En 1859 se llegó a asegurar que una de cada cuatro mujeres sufría algún tipo de trastorno histérico, algo que no es demasiado extraño, ya que casi cualquier síntoma que padeciese una mujer se acababa relacionando con la histeria. Los tratamientos iban desde recomendar el matrimonio a las solteras a los más radicales, en los que se extirpaba a la paciente el útero y los ovarios. Por supuesto, en casi todos los casos, este último tratamiento era innecesario y tenía consecuencias nefastas en las desafortunadas que lo sufrieron.

Un tercer tratamiento, el más común y popular, era el “masaje pélvico”, que no era otra cosa que la estimulación manual de los genitales por parte de un médico o comadrona hasta que la paciente alcanzaba el “paroxismo histérico” (orgasmo). Estos masajes, como no, eran un tratamiento muy solicitado, e incluso existían balnearios y centros médicos donde se utilizaba un chorro de agua a presión para “aliviar” a las pacientes.
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Como dato curioso, os diré que entre las mujeres de “clase trabajadora”, si es que este termino se puede aplicar a la época victoriana, sufrían mucha menos histeria que las damas de buen nivel económico. Se ve que la que tenía que fregar suelos, lavar ropa, planchar, zurcir, cocinar y cuidar de sus hijos no tenían tiempo para preocuparse por el estado de sus nervios. O tal vez la cura más efectiva contra la histeria era trabajar de sol a sol.

Así que las histéricas damiselas acudían a la consulta de sus médicos, acompañadas de su marido o algún otro pariente cercano, para recibir un terapéutico masaje pélvico. Alcanzar el “paroxismo histérico” delante de tu señora madre no debía tener precio. Además, las histéricas eran consideradas pacientes crónicas, lo que, pese a que aseguraba a los médicos y comadronas una buena fuente de ingresos, no debía ser una tarea demasiado agradable, ya que en 1868, un doctor americano, George Taylor, inventó el primer consolador a vapor para aliviarse de una carga de trabajo que le consumía mucho tiempo y energía. Este primer artilugio era incomodo y no se hizo demasiado popular.

El consolador nacería en 1880 gracias al médico inglés Joseph Mortimer Granville. El aparato de Granville tenía forma fálica y funcionaba con pilas. Su patente sí fue muy bien recibida y abriría las puertas de un negocio millonario.





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Los vibradores se anunciarían como “instrumentos para combatir la tensión y la ansiedad femenina” en periódicos y revistas de venta por catálogo. Se vendían como aparatos médicos, alcanzaban las 1500  pulsaciones por minuto y tenían todo tipo de modelos: portátiles, con pie de apoyo, a vapor, a pilas y un largo etcétera. La revolución definitiva llegaría cuando el americano Hamilton Beach lanzó en 1902 el primer vibrador eléctrico para venta comercial, convirtiendo al vibrador en el sexto aparato doméstico en ser electrificado. Los vibradores llegaron a las casas mucho antes que electrodomésticos que hoy consideramos vitales, como el aspirador, que no se comercializó hasta 1910, o la plancha eléctrica, que lo haría en 1911.

Al ser considerados como instrumentos terapéuticos, se vendieron de forma respetable hasta mediados del siglo XX. Se podían comprar por catálogo, pero también estaban a la venta en grandes almacenes como la cadena americana Sears. En1952, la Asociación Americana de Psiquiatría declaró oficialmente que la histeria femenina no era una enfermedad legítima, sino un mito anticuado. Esto y su aparición como juguete sexual en películas pornográficas, acabó haciendo que el consolador dejara de ser un respetable electrodoméstico para pasar a convertirse en un tabú sexual. Aunque jamás ha dejado de ser un negocio muy lucrativo.

domingo, 14 de octubre de 2012

El Collar Maya






Me leí la primera versión de “El collar Maya” en Febrero, entonces se llamaba “El Collar del Maya”. Teo Palacios me pasó la versión explicándome que era una novela con fecha de caducidad, que la había escrito para pasárselo bien “No es como mi otras novelas”, me dijo con cierta cautela. En realidad quería decir: “No es tan buena como las otras”, como si uno tuviese que disculparse por abandonar el género histórico, que es serio y respetable, por el thriller. La verdad es que la mala propaganda consiguió intrigarme y empecé a leérmela en cuanto acabé de descargarme el archivo.

Teo tenía razón; no era como sus otras novelas. Eso no quería decir que fuese mala; tenía la principal virtud que debe tener un thriller: engancha y se lee casi de una sentada. Acostumbrada al rigor histórico con el que había trabajado en “Hijos de Heracles” (Edhasa, 2010) y “La predicción del astrologo”(Ediciones B, 2013) no me extrañó encontrar documentación rigurosa, lo que me sorprendió gratamente es que no entorpecía la narración. Las escenas de la catedral casi puedes verlas, la descripción y la acción están perfectamente integradas y eso ayuda mucho a meterse situación. Yo soy de Sevilla y además he trabajado bastante tiempo de guía turístico, y me encantó; hay algo de fotográfico en los textos de “El Collar Maya”, de buena fotografía, cuando las sombras toman forma y lo sugerido es más interesante que lo que muestra la luz.

Y aun así, tengo que revelar que no es lo más me ha gustado. Lo que más me ha gustado tiene nombre propio: Ireri Dávila. Tengo debilidad por las protagonistas femeninas, sobre todo si están bien construidas. Tal vez cumpla un poco el tópico de la mujer hermosa y solitaria que se ve enfrentada a una situación extrema (se ve que las protagonistas feas son cosa mía), pero Ireri no es una dama en apuros. Aunque no sea una heroína de acción es inteligente, es resuelta y está emocionalmente muy bien desarrollada como personaje. Es verosímil y te llega al corazón. Sus compañeros masculinos no se quedan atrás, pero Ireri te llega, es el motor de la novela.

Teo decía que la novela tenía una necesaria fecha de caducidad debido a la fecha de apocalipsis maya. Yo no lo creo, porque su protagonista trasciende la profecía. Querrás conocer el desenlace de su aventura incluso cuando el 21 de Diciembre de este año quede muy lejos.

Es además una gran compra, por 4.50€ euros te llevas: La novela en varios formatos (PDF, epub, movi), un archivo con el making off de cómo se editó la novela, un plano de la catedral de Sevilla y parte del material con el que Teo dio forma a la obra, incluyendo la ficha de alguno de sus personajes o el resumen original de los capítulos. Un material que completa la novela, los extras son interesantes y te revelan mucho de ese entramado que se construye cuando escribimos. Así que creo que el “El collar Maya” da mucho por muy poco. Se agradece en los tiempos que corren.

El Collar Maya es una extraña boda entre thriller y novela histórica, quizás esa sea la clave del éxito.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Que todos los días sean días de boda


El sábado veintidós de Septiembre se casó una de mis mejores amigas y la muy incauta me pidió que dijese algunas palabras en su boda. Seguramente no os lo creeréis pero lo de hablar en público no es lo mío.  Una cosa es charlar sobre libros, que es un tema que manejo y otra muy distinta arruinar una boda delante de un montón de desconocidos…Además estaba el problema de pensar que decir. Me pasé casi un mes dándole vueltas, desechando borradores. Al final escribí esto varias horas antes de la ceremonia, hay palabras que no deben pensarse demasiado porque viven con nosotros, son sinceras, son honestas y no necesitan adornos.

No creo que lo supieran cuando eligieron su fecha de boda pero coincide con una de las celebraciones más importantes de calendario celta: el Mabon, la fiesta de la cosecha (y con el cumpleaños de Bilbo Bolsón, si alguien se hace invisible en mitad de la fiesta, que nadie se extrañe)
El caso es que los celtas celebraban esta fecha por todo lo alto, es el momento de disfrutar de lo que se ha sembrado durante el verano. Es una fecha de buena fortuna, una fecha propicia. Tampoco es que importe mucho porque ellos no necesitan buenos augurios, basta con conocerlos un poco para saber que es una de esas parejas que envejecerán juntas. Porque se cosecha lo que se siembra y ellos han sembrado bien.
No puedo deciros gran cosa, estoy convencida de que ni siquiera deberíais haberme escogido para hablar en una boda. Porque todos esperan que en estas ocasiones de hable del amor, se digan cosas sentimentales y se hagan halagos de la pareja. Y yo del amor sé que muy pocas cosas, sé lo que no es. Que no os mientan los poetas ni las canciones románticas: las mariposas en el estomago no duran, los fuegos se doman, los años pasan, la rutina es el enemigo. Pero vosotros eso ya lo sabéis, sabéis que el amor está al volver a casa día tras día y saber que tu casa no son las cuatro paredes que te acogen, si no la persona que vive contigo. Ese el amor que habéis sembrado. Esa es vuestra cosecha, y lo será año tras año. Cuando os miréis a los ojos y veáis vuestro hogar en ellos.
No es hoy el día de vuestra primera cosecha, pero será la que más recordéis. Y os darán calor si el invierno acecha en vuestras vidas.
No voy a desearos que seáis muy felices porque no hace falta. Ya lo sois. Y lo seguiréis siendo.
Solo voy a desearos que tengáis muchos años por delante para disfrutarlos.

Y yo, que no tengo casa, que ando sin rumbo ni cosecha admiro lo que habéis logrado.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Curiosidades en torno a la Ouija



Este pasado sábado hablaba con unos amigos de fantasmas y casas encantadas. Soy más bien escéptica con ese tema, por eso cuando sale en la conversación yo siempre suelo hablar de fraudes y falsas leyendas urbanas, aunque tengo que reconocer que me encantan ese tipo de cuentos. Supongo que a todos nos gusta pasar un poco de miedo y que aceptar que no todo lo que brilla bajo el sol es completamente racional le da una dosis de misterio a la vida que la hace más interesante.

Desgranando anécdotas y leyendas recordé una vieja casa en la Avenida de la Cruz de Campo, la clínica del Dr Guija (os juro que se llamaba así) que cuando yo era una intrépida adolescente estaba en un estado lamentable. Había sido una institución psiquiátrica hasta principios de los años setenta, cuando se cierra y cae en el abandono. Tras eso se convirtió en carne de leyenda urbana y una especie de tradición para los jóvenes de Nervión era colarse dentro alguna noche a explorar “la casa maldita” de la que se decía lo típico: gritos, apariciones en las ventanas, cuerpos enterrados en el jardín. Las distintas historias hablaban de horribles experimentos psiquiátricos sembrados de muertes efectistas y almas de chiflados que volvían del más allá para quejarse del tratamiento médico. Igual que los jubilados, pero versión paranormal.

Como buena nervionense me colé una noche en la casa del mal con mis amigos, el peligro real por aquel entonces era que las ruinas eran la residencia habitual de muchos drogadictos y sin techo, que dejaban aquello sembrado de porquería y que además no eran cariñosos con las visitas. Además el sitio estaba en un estado lamentable. En resumen: pa habernos matao. Recuerdo que quitando el miedo típico y la risa tonta, nadie sintió nada (el hormigueo típico de las hormonas, cosas de la edad) no escuchamos nada, y que aunque es cierto que a la luz de la linterna la vieja clínica era más tétrica que un decorado del Resident Evil, allí pasó bien poca cosa digna de comentarse. Se quedó justamente en lo que fue: un recuerdo de nuestras alocadas juventudes.  A principios de siglo XXI el ayuntamiento lo convierto el sede del distrito y hoy es un sitio precioso, en el que nadie ha visto nunca un mal fantasma. Con las obras no parecieron restos humanos de ningún tipo y si hay mal karma entre sus paredes es por motivos muy mundanos. El caso es que la casa del Dr Guija me llevó a pensar en las tablas de la oija, un elemento perturbador y casi obligatorio para una buena historia de fantasmas. Un objeto muy curioso, que en EEUU se vende en las jugueterías y con un origen casi desconocido para la mayoría.

La tabla de la oija es patentada el 28 de mayo de 1890 en Baltimore, Impulsada por el interés que habían despertado en EEUU dos farsantes de cuidado: las hermanas Fox (que años después confesaron que tenían montado un buen tinglado con trucos de luces y demás parafernalia para limpiar bolsillos) . La patente declara a Elijah J Bond como su inventor y a William H. A Muapin y Charles W Kennard como sus socios capitalistas. En 1891 se funda la Novel Kennard Company que comienza a comercializar las tablas. Los americanos aprovechaban así el gusto por el espiritismo y las sociedades esotéricas que reinaba en el s XIX. Se limitaron a copiar una de las famosas “planchetts” que se usaban ya en Europa para comunicarse con los muertos. La más famosa fue diseñada por M. Planchette, un espiritista francés, en 1853 y consistía en un pequeño corazón de madera dotado de ruedecitas y con un lápiz en la punta que servía para escribir los  mensajes recibidos del más allá entrando en estado de escritura automática. Ni que decir tiene que los mensajes eran en su mayor parte ilegibles y cuando lo eran resultaban un poco crípticos. A la Pitia la dejaban a la altura del betún.

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Artilugio de Planchette 


Los americanos usaron como nombre la palabra “Ouija”, supuestamente oui y ja,  que significan “Si” en francés y en alemán. Aunque ellos aseguraban que era una palabra de origen indio. También aseguraron, al igual que los espiritistas europeos, que los orígenes de su tabla se remontaban a los tiempos del antiguo Egipto (la egiptología estuvo muy del modo en el siglo XIX y muy ligada a lo esotérico) Al parecer los egipcios usaban un péndulo que hacían oscilar sobre una tabla grabada con símbolos jeroglíficos. Aunque no hay constancia de ningún tipo de semejante artificio, como no la hay del que, también supuestamente, inventó en el año 540 A.C Pitagoras, y que es idéntico al de Planchette.

El caso es que el invento empezó a venderse con tanto éxito que llegaron a hacerse joyas e incluso se vendía con una mesa “apta” para la mejor canalización de las energías del más allá. Ya no necesitabas ser un médium, cualquier hijo de vecino podía hablar con el espíritu de su difunta abuela y preguntarle donde había dejado escondidos los ahorros. Las historias que empezaron a circular respecto a tal artilugio, la mayoría espeluznantes, no hicieron sino aumentar su popularidad, las ventas crecieron como la espuma hasta la llegada de la 1º Guerra Mundial, entonces por primera vez después de muchos años de prospero negocio comenzaron a decaer…la muerte se había vuelto algo demasiado real y la gente ya no tenía ganas de jugar con ella. A pesar de eso nunca dejaron de venderse.
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Joyeria vintage inspirada en la ouija. Diseño de Miss Nebel


¿Es real la Ouija? Decididlo vosotros. Me limito a dejaron un dato: en los años setenta los experimentos del psiquiatra Larry Bayou demostraron que si en una sesión de ouija, tapas los ojos a sus participantes, o les impides ver las letras del tablero las secuencias de palabras son erráticas y no formaban ni una sola palabra. Y otro dos datos curiosos:

-No se forman palabras si no hay dedos sobre el cursor
-Las palabras se forman más deprisa cuando su significado empieza a  quedar claro para “los médiums”

A esto se le llama efecto “ideomotriz o miokinetico” y ya fue descrito por otro psiquiatra, William Carpenter en 1882, cuando la ouija aun no existía como tal, pero ya había muchos tunantes de lo paranormal.
A día de hoy la empresa que posee la patente de la ouija es Hasbro, que la vende como juguete apto para todas las edades.


viernes, 27 de julio de 2012

Insomnio


Hay noches en la que tú quieres dormir pero tu cerebro tiene otros planes. Todos hemos tenido una noche de esas: nos vamos a la cama, nos acomodamos, cerramos los ojos y entonces empieza el show neuronal: ¿He apagado el termo?¿Debería ir mañana al banco?¿Por qué mi vecino me ha mirado así en el ascensor?¿Sabrá que soy yo la que le roba los calcetines?¿No hace mucho que no visito a mis padres? Preguntas, preguntas, preguntas…con las preguntas llega la angustia, y empezamos a dar vueltas como pollos en un asador. Si no sabes cómo ponerle freno vas listo, toca noche en vela. Pasarse la noche en blanco cuando tienes un buen motivo todavía puede tolerarse, pero llevo una larga racha de ellas y empiezo a estar cansada en más de un sentido.
Si le dices a tus amigos y familiares que sufres de insomnio todos te van a decir lo mismo “pues tómate algo”, como si las pastillas para dormir fuesen juanolas. El médico casi que también se pone en esta línea, solo que él te receta ese algo (o te recetaba, ya no sé cómo está la cosa; si me pongo a pensar en el estado actual de la seguridad social no volveré a dormir en mi vida) Soy un poco reticente con la química, en especial con la química que causa adición y además no creo que lo mío sea tan grave como para tirar de valium, tranxilium u otros fármacos acabados en um. Así que le pregunté a una amiga psicóloga y ella, en su inmensa sabiduría, me dio unos consejos bastante buenos y me recomendó unos simpáticos ejercicios de yoga, que igual no sirven para nada, pero quedan de lo mas new age.
Anoche, como tantas otras noches me di cuenta de que no iba a pegar ojo, probé las técnicas para “bloquear pensamiento” que la psicóloga me había recomendado y bueno, fue como intentar parar un tsunami con un folio, pero me sirvió para acordarme de la clave del contestador automático del móvil, algo es algo.”Nada de tretas mentales” me dije ”voy a tirar del yoga” Me siento en la cama, postura básica del loto y tal como me han aconsejado me concentro en la respiración. Todo muy sencillo: inspirar, aspirar, inspirar, aspirar, inspi…”¿Eso que me ha zumbado en el oído es un mosquito?”Abro un ojo, evidentemente ni rastro del bicho. Vale, no voy a perder el hilo, si me quiere picar que me pique, tampoco es tan grave. Vuelvo al ejercicio: inspirar, aspirar, inspirar, aspiaaaatchuuuuus. De repente la nariz me hormiguea cosa mala. No, no me hormigue, me mosquitea, porque se me acaba de meter dentro el maldito nematócero.  Comienzo un bucle de estornudos contundentes. Cuando acaba estoy sentada en la cama, casi sin aire y con todo el pelo por la cara. Con la recuperación de la conciencia llega el horror y descubro instalado en mi flequillo el cadáver de un mosquito de gran calibre, bien cubierto de mocos. Me levanto de la cama a toda velocidad camino del cuarto de baño, apartándome el mechón de pelo contaminado y muriéndome de asco. Por supuesto el suelo está limpio y pulido, desliza que da gusto ¿Por qué privarme del placer de un buen costalazo para acabar de redondear tan sublime momento? Pues al suelo que voy.
Ya en el cuarto de baño me lavo el pelo, me froto las costillas y bostezo. Ni yoga , ni leches, no hay nada como una buena subida de adrenalina para que te entre sueño. Vuelvo a la cama. Mañana ya veré que me invento, esta noche doy gracias a la evolución por crear al mosquito. 

viernes, 20 de julio de 2012

Como NO escribir novela fantástica




A veces, por muy bueno que sea el libro que estás leyendo, te apetece leer algo ligero. Anoche estaba intentando leer “shogun”, la maravillosa novela de James Clavell, y tuve que desistir al poco tiempo; no estaba concentrada, los diálogos se me escapaban y estaba pasando las hojas sin apenas notarlas. Eso, cuando tienes un buen libro por delante, como era el caso, es un delito. Estaba desperdiciando el placer de una buena lectura y eso debería considerarse pecado; a día de hoy no abundan. Cada vez estoy más convencida de que las editoriales están apostando por inundar el mercado de material, a la caza del best seller sin primar para nada que el libro sea digno de ser leído. Cantidad, antes que calidad. Quizás me tiro piedras al tejado, porque a veces pienso que, a título personal, me ha beneficiado esta política editorial del “todo vale” y que gracias a ella voy a publicar una novela sobre la que albergo toda clase de dudas y alguna más. En fin…
El caso es que anoche no tenía la cabeza ni el ánimo para disfrutar de las aventuras de John Blacthorne y pensé en algo más ligero. Sobre la mesa tenía un libro por el que sentía cierta curiosidad. Adoro la literatura fantástica y tal vez un poco de magia era lo que necesitaba.
La verdad es que me decepcioné muy rápido. Soy una ávida lectora de novelas fantásticas; es mi género, el que más me gusta leer, el que mejor conozco y, precisamente por eso, al que más le exijo. Al cuarto capítulo la historia me tenía de mala hostia. Porque es un libro que jamás se habría publicado sin la estela de Harry Potter, que tantos hijos mediocres ha engendrado.
La protagonista es una niña rica, huérfana (esta vez solo de madre ¿o tal vez no es huérfana y su madre no era del todo humana?) y solitaria de la que todas sus compañeras de colegio se ríen porque es diferente.
Primero: me niego a tenerle pena a una millonaria. Una adolescente que vive en una mansión, y cuyo amantísimo padre la cubre de regalos caros en todos sus cumpleaños, me inspira poca lástima.
Segundo: una novela escrita en el 2008 no puede pretender que me crea que chicas de esa edad se rían de otra por llevar pintas extrañas, cuando hoy lo raro es encontrar a una adolescente que no le dé a su vestuario o a su aspecto un toque exótico.
Tercero: técnica de la cáscara vacía ¡Otra vez! ¿Cómo es la protagonista? Pues no lo sabemos; sabemos que es una adolescente insegura, que se siente fea, lo que encaja con el 95% de las adolescentes. No sabemos si es alta, baja, si es delgada… Nada de nada. Tampoco sabemos qué música escucha, ni qué le gusta leer (solo que, como es una solitaria, adora leer, los libros son sus únicos amigos. Que original, de verdad que es la primera vez que leo algo así). Eso sí, está plagadita de sentimientos, inseguridades y complejos que la llevan a portarse como una autentica gilipollas. Sí, esto es lo que yo llamo un personaje femenino bien trabajado.
Cuarto: Todo cambia cuando, ¡oh, que giro de argumento más inusual!, recibe un regalo, herencia de su difunta madre, que resulta ser, maravilla de maravillas, un objeto mágico que cambiará su vida para siempre, hará que olvide sus sufrimientos y deje de ser una triste marginada para convertirse en alguien super guay.
En serio, estoy cansada de las niñas tristes cuyas vidas cambian a mejor gracias a su herencia sobrenatural, o a un encuentro sobrenatural o a un amor sobrenatural. Hartita. Porque, además, la vida no es así; nadie acude nunca al rescate de las niñas tristes y solitarias. Ni siquiera la magia. En “La Historia Interminable” Bastian no deja de ser un niño gordito, lo que sí gana es a su padre. Siempre me ha parecido uno de los finales más hermosos de la literatura fantástica; esa vuelta a la normalidad, en la cocina de casa, delante del desayuno, mientras padre e hijo hablan de verdad por primera vez en su vida. Y tú ya intuyes que las cosas van a cambiar a mejor. Aunque se sigan riendo de él en el colegio, porque al final del día tendrá a su padre.
Creemos erróneamente que la literatura fantástica es un género de menor, de evasión, dirigido a adolescentes, al que no hace falta exigirle demasiado. No puedo estar menos de acuerdo. No son tontos, no puedes acostumbrarles a leer libros que no exijan pensar un poco. Las lecturas fáciles no están mal de vez en cuando, pero al cerebro también hay que desafiarlo, no importa la edad del lector. Los adolescentes merecen, igual que cualquiera de nosotros, una literatura de calidad. Y no hace falta que los protejamos de nada con argumentos almibarados. Ellos ya saben que el mundo está ahí fuera y que no es fácil. Saben que la magia no va a salvarlos. No esperan que lo haga, solo esperan que los libros les ofrezcan algo. Ese algo debería ser más que argumentos pobres y palabras vacías.











domingo, 17 de junio de 2012

Desfachatez


Hace pocos días, la vicepresidenta del gobierno, Soraya Saenz de Santamaría, tuvo la desfachatez de decir que los españoles tenemos que resignarnos a la idea de que nuestros hijos van a vivir peor que nosotros.
Hay una frase que suelo usar mucho: “no achaques a la maldad lo que puede ser culpa de la estupidez”. Suelo abrazarme a ella, porque me resulta más fácil pensar que algunas cosas se dicen o se hacen sin pensarlas demasiado. En este caso no me vale el consuelo, porque  para ser una puñalada en toda regla, a esta frase de la señora Vicepresidenta solo le falta una coletilla: “y os jodeos porque es lo que hay”. A ella le importa muy poco lo que tenga que sufrir una serie de generaciones de españoles, porque gracias a nuestros impuestos puede pagarse un ejército de niñeras que cuiden a su retoño mientras va a trabajar en coche oficial. Sabe que a su hijo no le van a faltar universidades privadas, ni médicos, ni empleo, ni una pista de padle. Si el resto no puede pagarse lo mismo, que se busque la vida, que para eso está el capitalismo salvaje.
Soy tan gilipollas que me ofende la desfachatez de nuestros políticos, que disparan este tipo de frases a sangre fría sin que se les pase por la cabeza por un solo momento que algo de lo que suelten por la boca vaya a pasarles factura, y solo tengo en cuenta lo que dicen porque si me pongo a pensar en lo que hacen (o no hacen) no reúno fuerzas para terminar de escribir esto. Porque está claro que hace mucho tiempo que a la clase política no les preocupamos. No sé si es que han perdido por completo el sentido de la realidad y se piensan que hemos vuelto a la sociedad estamental donde unos tienen que partirse el lomo para que a otros no les falte de nada porque el orden democrático de las cosas es ese; o si sencillamente es que mientras ellos llenen la saca lo demás no les preocupa en absoluto.
La señora Saenz de Santamaría dice que mis hijos vivirán peor que yo. Déjeme explicarle: Tengo 34 años, una carrera, un doctorado, hablo inglés, lengua de signos. No he tenido hijos porque no he querido, pero tampoco habría podido hacerlo porque en toda mi vida jamás he tenido un sueldo que alcanzase los 1000 euros, ni un contrato fijo. ¡Qué carajo!, ni siquiera he tenido contratos dignos de ese nombre, solo porquerías “por obra y servicio” que no me permitían ni cobrar el paro. Nunca he tenido derecho a unas vacaciones pagadas, tengo cotizada tal ridiculez de tiempo que probablemente jamás me jubile. Parece ser que mi única opción es marcharme fuera, pero resulta que no quiero. Esta es mi vida.  He visto cómo iban recortando derechos laborales año tras años, el curriculum me ha servido de poco y los sindicatos… bueno de los sindicatos prefiero ni hablar.
Y parece ser que nuestros hijos lo van a tener peor.
Dependerá de quienes sean sus padres…