Bueno por fin nueva entrada y sale del horno en vísperas de Samhain creo que las fechas son muy apropiadas. Gracias por vuestra paciencia y gracias sobre todo a los que me insistís para que siga. Que haría yo sin vosotros... Qué haré yo sobre estos campos
Cogiendo nidos y ramas
Rodeado de la aurora
Y llena de noche el alma!
¡Qué haré si tienes tus ojos
Muertos a las luces claras
Y no ha de sentir mi carne
El calor de tus miradas!
García Lorca
Los ojos del herrero pasaron del ancestral al gato y volvieron al ancestral justo en el momento en que este barría con la cola a un par de goblins que habían intentado acercarse por la espalda, los dos duendes rodaron por el suelo como si no pesaran nada. El que había recibido el golpe de lleno tenia la coraza tan abollada que parecía que acaba de atropellarlo un carro, se quedó tirado tal como cayó. Su compañero estaba intentado incorporarse cuando un centauro le aplastó la cabeza con los cascos. Yirkash se encogió y apartó la vista.
-¿De verdad conoces a ese cosa? ¿y se llama Patrick?-Preguntó incrédulo
Dujal asintió resignado y el goblin puso tal cara de desconcierto que en otra situación habría resultado cómico. La Plaza del Mercado se había convertido en un campo de batalla, Los goblin resistían como podían, mientras la carga de los centauros los aplastaba. Patrick campaba a sus anchas, cubriendo el suelo de cuerpos rotos. Sobre sus cabezas en algún punto de la cornisa los cuernos no paraban de tocar, sonaba como un grito desesperado y continuo que llamaba a la defensa de la ciudad, de los túneles no dejaban de salir duendes, algunos aun llevaban el sueño colgando de los ojos, a medio vestir, blandiendo armas improvisadas. Sorprendidos y asustados se unían al combate sin dudarlo. Aquella era su ciudad y la defenderían mientras quedase alguien en pie para hacerlo. Era indudable que los mineros, ayudados por el Ancestral eran una fuerza considerable pero el número de adversarios no paraba de crecer, el enfrentamiento no tardaría ser injustamente desigual.
-Adelante-Ordenó el herrero- Tenemos que aprovechar todo el tiempo que puedan darnos.
El herrero se puso en marcha a toda velocidad y Dujal lo siguió casi a la carrera, no le hacía gracia abandonar a los centauros a su suerte, quiso pensar que lograrían abrirse paso y se centró en rescatar a la ingeniera. Yirkash lo condujo hasta un lujoso corredor forrado de piedra pulida y clara que debía formar parte del palacio del Administrador. El cuerno de guerra se escuchaba a lo lejos, en un recodo del pasillo encontraron una mesa sobre la que descansaba una partida de damas abandonada precipitadamente, una de las sillas estaba volcada en el suelo. Era fácil imaginarse a los soldados levantándose a la carrera, invocados por la llamada de emergencia. No tropezaron con nadie, aquella zona del palacio estaba totalmente desierta, solo los acompañaba el eco amortiguado de sus pasos. Caminaron dejando a tras la parte mas lujosa de la residencia para dirigirse hasta una serie de galerías estrechas que Dujal ya conocía, era la zona de calabozos de la que había rescatado a Airun. Por fin llegaron a una puertecilla cerrada por una verja de hierro.
-Es este calabozo-Anuncio el herrero parando ante la puerta
El pooka se quedo un poco sorprendido esperaba algo mas protegido, pero allí no parecía haber nadie mas, tampoco la cerradura era demasiado complicada. Desmontarla apenas les llevó unos segundos, solo tuvo que echar mano de los típicos trucos de fuerza y palanca que cualquier ladrón que se precie sabe usar. Aquello era demasiado sencillo, le daba una tremenda mala espina. Entraron en guardia. Dujal con la espada desenvainada y Yirkash con el mazo en la mano, tras la puerta había un pasillo corto desde el que podía escucharse una voz que no les era del todo desconocida repartiendo ordenes con el tono seguro de que quien está acostumbrado a ser obedecido.
-Sal ahora mismo, quiero un informe inmediato de la situación-Decía con total seguridad
-Pero señor-Titubeo una segunda voz no demasiado segura- Entre que voy y vengo la situación puede cambiar muchísimo, el informe que le traiga no tendrá ningún valor.
-¿Qué propones para solucionar ese problema?
-Usted es el Jefe de Guerra, para mi seria un honor custodiarlo hasta el campo de batalla…
-¿Y abandonar a mi presa por una simple revuelta?-Interrumpió el Jefe de Guerra furioso
-Señor ella está bien custodiaba
-¿Intentas dejarme en evidencia?¿crees que me falta valor para estar con mis hombres?
-No osaría-Contestó prudentemente la segunda voz
-¡Pues cumple mis ordenes!-Rugió la voz al mando
Yirkash y Dujal se apretaron contra la pared temiendo que el soldado los descubriese en mitad del pasillo y diese la alarma pero los pasos se alejaron a toda prisa en dirección contraria. El pasillo acababa en una sala grande iluminada por dos grandes candelabros anclados al techo con gruesas cadenas. En está ocasión faltaba la tétrica jaula que presidía la sala donde había encontrado a Airún, tampoco se veian celdas. El pooka se acercó con el sigilo del que solo es capaz un gato y asomó un poco la cabeza. Contó ocho soldados bien armados, algunos rodeaban a un goblin que le era tristemente familiar. Unlaing estaba tras una mesa desvencijada llena de papeles, tinteros y plumas. Su rostro desnarigado se fruncía mientras paseaba la vista por el revoltijo de documentos que tenía ante él. Dujal paseo la vista por la habitación, no había ni rastro de Nicasia. Se retiró con un pellizco de angustia
-Creo que te has equivocado de sitio…-Le susurró a su compañero
El herrero se encogió de hombros y negó con la cabeza. El gato resopló frustrado, empezaba a estar harto de no poder entenderse con el goblin
-Nanyalín no-Dijo negando exageradamente con la cabeza y señalando a la habitación-Nanyalín no
-No puede ser, vuelve a mirar-Contestó el herrero con un hilo de voz
-¿Qué pasa ahí detrás?-Preguntó desde la sala
A la voz le siguieron unos pasos que se acercaban al pasillo. Yirkash se escondió junto a la puerta, al soldado goblin apenas le dio tiempo a darse cuenta de lo que se le acercaba cuando la maza del herrero lo golpeó. El ruido le echó encima al resto de los soldados. Yirkash pilló por sorpresa a los dos primeros pero no tardaron en ser demasiado para él.
-¡Ayúdame¡-suplico el herrero segundo antes de que la espada de unos de los soldados le rozara el costado con un tajo certero.
Dujal se buscó en el bolsillo y sacó un trozo de carbón con el puso a dibujar en la pared círculos concéntricos negros, cada vez mas apretados con toda la velocidad que le permitan los dedos. El esfuerzo de la magia y la tensión del momento lo hicieron sudar a mares “Oscuridad, oscuridad” farfullaba entre dientes sin dejar de garabatear. Cuando Manx le enseñó aquel hechizo le había advertido sobre sus mucho peligros y él nunca pensó que llegaría a usarlo, de hecho casi lo había olvidado y de repente había saltado a su memoria como si estuviese vivo. El pánico parecía favorecer a aquel tipo de magia, los trazos del carbón empezaron a subirle por la mano, sintió un aguijonazo helado en el brazo que casi logra hacerlo gritar, un frío seco comenzó a inundarlo desde dentro. Empezó en el estomago y se extendió por todo el cuerpo, los ojos se le volvieron negros, como si se le hubiesen llenado de tinta. Si hubiese podido ver se habría dado cuenta de que a su lado la pelea había cesado y que tanto Yirkash como los soldados lo miraban horrorizados. El cuerpo del gato se elevó por los aires sacudiéndose en mitad de un torbellino de sombras, el frío era cada vez mayor, le llenó el pecho y un puño gélido le paralizó el corazón, Abrió los labios para gritar y en lugar de su voz dejó escapar un denso humo negro que en apenas unos segundos lo cubrió todo a su alrededor. El pooka regreso al suelo temblando, necesito unos segundos para recuperar el control de si mismo, se sentía débil y enfermo. A su alrededor la oscuridad era estremecedora, era como nadar en el fondo de una piscina de alquitrán no se podía ver absolutamente nada, la habitación parecía haberse desvanecido con todos sus ocupantes. Se frotó los ojos y respiró hondo bastante asustado. Había invocado las tinieblas de su corazón, un hechizo que muy pocas hadas de la corte oscura solían usar, el solo la había hecho una vez antes, cuando estudiaba con Manx, entonces apenas había logrado invocar una tristes manchas negras. “Aun no conoces el mundo, no tienes maldad en las tripas Dujal” le había dicho su maestra con una sonrisa dulce, el se había enfadado “Puedo ser tan malo como cualquiera” Protesto enfurruñado dando una patada en el suelo. La gata se rió y le beso la coronilla “No, no puedes y eso está perfectamente bien para un niño”. En los últimos días había visto demasiadas cosas, había perdido a mucha gente, las sombras habían llegado a él casi sin pedirlo. Para ver allí necesitaba una luz. El gato recordó una canción que Marsias solía tararear, una buena canción de taberna que había acompañado mas de una noche de juerga, empezó a silbar la melodía, era un ritmo cálido plagado de recuerdos alegres y fue como abrir los ojos tras despertarse de una pesadilla, las siluetas de los goblin se recortaron contra el fondo negro como extraños fantasmas negros que se frotaban los ojos y gritaban aterrorizados. Se puso tan cerca de uno de los soldados que podía sentir su aliento, pero el goblin era incapaz de verlo. Dujal se acercó a Yirkash y le cogió la mano, el herrero se sobresaltó
-¿Eres tu, gato?-Pregunto con la voz temblorosa
-Soy yo
Yirkash se puso tensó
-¡¡¡Lo he entendido!!! No eres el gato, él no sabe hablar la lengua de la piedra.
El pooka sonrió
-En la oscuridad todos somos iguales, todos hablamos el mismo idioma.
-Dame una prueba de que eres tú-Exigió
-Busca algo que te hiciera feliz- Le dijo al oído-Y podrás ver
El herrero se frotó los ojos y miró al pooka como si lo viese por primera vez.
-Vaya, Airun no mentía al decir que eras un hechicero.
-Déjate de tonterías y vamos a por tu hermana.
Entraron en la sala, Unlaing gritaba y unos cuantos goblin mas andaban ridículamente despacio extendiendo los brazos a la oscuridad sin saber siquiera que buscaban. El gato se acercó a la mesa del Jefe de Guerra y tras ella encontró a Nicasia. Había un calabozo excavado en la pared tras la mesa, apenas un agujero con una gruesa reja de hierro. El cuerpo de la ingeniera destacaba en la oscuridad como un jirón de niebla a la luz de una vela. Estaba tumbada sobre el costado derecho, encogida sobre el suelo como si tratase de esconderse de algo. Dujal olfateó el aire tratando de exorcizar aquel olor a carne muerte que tantas desgracias había preludiado en los últimos días, sin atreverse a mover músculos. Recordaba la mirada congelada de Manx, la agonía de Marsias en la cabaña de los centauros. “Hazle creer que aun queda algún esperanza” le había dicho con voz desfallecida. Ahora era él quien se aferraba a sus esperanzas porque no quería más muertes, quería llevar a la nocker bajo la luz del sol y poder asegurarle que viviría para ver muchos otros días, para gritar y enfadarse, para recordar, para vengarse. Apretó los dedos contra los barrotes, sabía que tenía que entrar y acercarse porque la oscuridad se movía en sus tripas como una tormenta dentro de un frasco, helada y amarga, luchando por salir y tragárselo entero. No tenía mucho tiempo, no sabía hasta cuando podría contener el hechizo y no tenia ni la menor idea de que pasaría cuando lo liberase. Respiró hondo, una bocanada de aire helado le llenó el pecho de agujas de hielo. “Mala hierba nunca muere” se dijo a si mismo antes de entrar.
Al abrir la puerta de la jaula le dio la sensación de que pesaba una tonelada, el suelo bajo sus pies estaba resbaladizo, avanzo despacio, con una extraña sensación de vértigo cerrándole la garganta. Cuando pudo ver mejor la espalda de la peliblanco, dio un respingo de asombro y uno de sus pies resbaló por aquel suelo inmundo haciéndolo caer a su lado. Por todo el cuerpo de Nicasia faltaban pequeñas cuadraditos de piel, parcelas pulcramente cortadas repartidas desde el cuello hasta los muslos. Las heridas mas viejas tenían un desagradable aspecto arrugado y un color poco tranquilizador. Dujal dio la vuelta para verla de frente y se atrevió a dejar escapar una exclamación de triunfo, el pecho de la ingeniera se movía penosamente. De entre los labios agrietados se le escapaba un hilillo de aire irregular, tenia la mano derecha apretada contra su vientre. Al verla recordó el martillazo que había recibido y el grito que le siguió, el gato tragó saliva y se obligó a permanecer en calma. Los dedos se retorcían en varios ángulos como un puñado de ramitas rotas, hinchados y oscuros. El gato pensó en cuantas cosas habían salido de aquella mano y se preguntó si alguna vez volvería a moverse. En ese momento comprendió hasta donde llegaba la crueldad de los goblin, ellos eran un pueblo de inventores y artesanos, sabían cual era la más importante de sus herramientas y se la habían quitado. El gato sacó la manta de su mochila murmurando todo tipo de maldiciones, cortó una tira de de la tela y le ató el brazo al pecho, quería inmovilizarle la mano pero no se atrevía a tocársela y era lo único que se le ocurría hacer. Al tumbarla boca arriba la nocker gimió
-Por favor, por favor- Susurró con un hilo de voz casi inaudible - Déjame en paz. No puedo mas…no quiero más…déjame…
-No se te ocurra tirar la toalla ahora- Le susurró al oído
No quería apretar el nudo porque le daba miedo estar haciendo algo mal y no quería hacerle daño aunque no tardó en darse cuenta que era imposible que la tela no rozara ninguna de las zonas desolladas. La peliblanco abrió un poco los ojos intentado enfocar la vista.
-Por favor…-Le rogó con un sollozo
-Solo un poco, vieja, solo un momento-Le dijo acariciándole la línea de la mandíbula con un gesto tierno.
La envolvió en la manta y le quitó un mecho de pelo empapado de sudor de la cara. La ingeniera se quedó mirándolo y después fijó la vista en la oscuridad que se extendía a su alrededor
-¿Manx?-preguntó asombrada.
Un grito ahogado atravesó las tinieblas, algo metálico resonó contra el suelo
-¡¡Dujal!!-Lo llamo Yirkash con un grito cargado de rabia.
El gato dejó a la ingeniera en el suelo y la beso en la frente.
-Manx no, solo su magia- Le dijo antes de salir corriendo hacia el herrero.
Lo encontró sosteniendo su martillo casi en la cara de Unlaing, que estaba doblado contra la pared de una manera muy poco digna, con las rodillas juntas y apretándose la entrepierna con las manos. A juzgar por la cara del goblin el golpe había sido de lo más certero. Su espada había rodado por el suelo. El pooka la mando bien lejos de una patada
-Le he dado con el mango-Se defendió el herrero al ver aparecer al gato-Casi se nos escapa.
-Yo se lo habría estampado en la cara.-Aseguró.
-No me faltan ganas.
-¿Y los otros?
-Esos si que se me han escapado, así que mejor darse prisa. ¿Pero como demonios es que este es capaz de ver?
Era una buena pregunta, Unlaing debía tener un alma realmente negra si podía atravesar el hechizo. El goblin los miraba con una sonrisa despectiva, enseñando la punta de la lengua por el hueco que dejaban sus dientes ausentes. Dujal esperaba encontrar una maldad inexpresable en aquellos ojos amarillos. Pero la maldad no era más evidente en ese rostro que en cualquier otro, lo único de especial que tenia aquella cara es que la cicatriz que le sustituía la nariz la hacía más fea de lo normal. El jefe del Clan de la Fragua los miraba con toda la serenidad que le permitía su maltrecha masculinidad. El gato tenía tantas ganas de devolverle dolor por dolor que sencillamente no sabía que hacer. Todo le parecía poco. Levanto el pie, tenía algo en la suela del zapato que le hacía resbalar cada dos por tres. Lo despegó con cuidado y sintió que la sangre se le detenía en las venas. Era un trocito de piel blanca. Lo sostuvo en la palma de la mano y lo miró un segundo. Aquella pequeña muestra de barbarie le despejó la cabeza. Sabía lo que iba a hacer y se sentía en paz, perfectamente capaz. Sonrió.
-¿Te has divertido con esto?-Le preguntó mostrándole su hallazgo.
Yirkash contempló el trozo de piel y alzó el martillo, Dujal logró detenerlo casi de milagro. El goblin no se intimidó ni un momento
-Era mi deber. Tenia que proteger a mi gente, saber a que venía.
-¿Y te lo dijo?
-Tiene la carne muy dura-Contestó escupiendo al suelo
-No te dijo nada.
-No
-Pero seguiste cortando
-Tengo una ciudad que proteger
El herrero se deshizo de la presa del gato y colocó un puñetazo en la cara de Unlaing.
-¿Has estado despellejando a mi hermana?-gritó mientras descargaba un golpe tras otro sobre el goblin, su adversario intentaba defenderse pero el herrero no le daba tregua, al pooka le costo mucho trabajo separarlo de su presa.
-¡Ya basta¡!Déjame a mi¡
Unlaing se puso de pie con un gemido
-¿A ti? Si eres un niño-Saco su puñal del cinturón y se lo tendió-¿Te ves capaz de cortarme? Hazlo, a ver si puedes tapar esos agujeros con mi pellejo
Dujal cogió el puñal y lo contempló un momento. Era un arma bonita, sin adornos. El mango tenia incrustaciones de hasta y la hoja era de acero gris. Hizo una mueca de desprecio y lo arrojo por encima de su hombro despreocupadamente
-No voy a cortarte. Los gatos solos jugamos con la comida y yo no como mierda.
-Muchachito, creo que solo tienes cojones para hablar.
-Eso piensa mucha gente-Reconoció-Pero no dejo que me afecte. No voy a cortarte, no voy a pegarte, no voy a matarte.
El goblin le sonrió con desprecio limpiándose la sangre de la nariz
-Ya lo imaginaba, estas muy verde.
-Pero vas a morir…
Unlaing soltó una risotada llena de prepotencia-
-¿Crees que lo hará el borracho de tu amigo? No ha tenido valor de hacer nada todos estos años ¿Que te hace pensar que ahora va a cambiar?
El gato deslizó la palma de la mano izquierda por la hoja de su espada. La sangre brotó negra y espesa. Se mojó con ella el índice de la mano derecha y miró al goblin
-Ni siquiera podré oír tus últimas palabras. Lastima porque seguro que es todo es un espectáculo-Se volvió hacia el herrero- Yirkash ¿Te importa agarrarlo?
.-Encantado-Contestó se colocó a la espalda de Unlaing antes de que este tuviese tiempo a reaccionar y le puso el mango del martillo contra la garganta, apretando con tanta fuerza que al goblin pronto empezó a faltarle el aire. Dujal le dibujó un símbolo en la frente con su sangre, algo parecido a una S, con dos puntos en los extremos del trazo. La magia burbujeaba a su alrededor, la oscuridad lo reclamaba, algo le susurraba en el oído con una saña feroz, el símbolo se estremeció y se enroscó sobre la piel verde del duende, plagándola de espirales hasta que toda su cara estuvo cubierta de trazos irregulares y puntos.
-¿Ya está?-Yirkash no parecía muy convencido de su resultado-No pasa nada.
Dujal se llevo la mano al costado intentado recuperar el aliento, se sentía como si llevase toda la mañana corriendo sobre polvo de hielo. Unlaing se tocaba la cara intentando quitarse los dibujos, pero los trazos eran ya como un tatuaje imborrable.
-¿Qué has hecho?-grito el goblin rascándose las mejillas con desesperación.
Dujal le puso la punta de su espada sobre la nuez y apretó.
-No te muevas. Yirkash saca a tu hermana de ahí.
El herrero se encogió de hombros extrañado pero obedeció y cogió a Nicasia en brazos. Los goblin intercambiaron unas elocuentes miradas al cruzarse. Yirkash llevaba el odio dibujado en los ojos y Unlaing una despreocupación tan brutal que al gato le entraron ganas de saltarle al cuello. Solo pudo contenerse porque sabía que el guerrero tenía las horas las horas contadas y que su muerte no seria agradable.
-Métete ahí dentro-le ordenó
-¿Por qué debería hacer eso?
-Porque mi amigo está deseando arrancarte la cabeza y lo único que lo detiene soy yo.
El goblin se encogió de hombros divertido y obedeció. Dujal cerró la puerta y echó el cerrojo.
-Dentro de un rato, mi gente volverá y me sacará de aquí.
El pooka negó con la cabeza sonriendo.
-Dentro de unas horas tu gente volverá y vera que Nanyalin sigue en su cárcel, la verán tal cual, no le faltará ni un rasguño.
Por primera vez hubo una sombra de miedo cruzó la cara del goblin.
-¿Lo entiendes?¿entiendes a quien van a subir al patíbulo?¿tenias planeado como querías matarla?¿era lento y doloroso? Espero que si
-No es posible- Balbuceó empezando a comprender-Se lo explicaré, me soltaran.
-Inténtalo, veremos si te dan la oportunidad-Sonrió cruelmente- Mientras toda tu tropa de soldados vuelve a violarte, yo estaré alejándome de aquí con ella.
-Me escaparé- Chillo en un tono patéticamente agudo,
Yirkash sonrió satisfecho, no era la sonrisa amable que había visto por primera vez antes de entrar la Ciudad, este era un gesto más cínico, mas amargo. Sus labios se estiraban dejando ver sus dientecillos irregulares. Dujal lo miró de reojo y se preguntó que estaría pasando en ese preciso momento por la cabeza del herrero. La oscuridad le susurraba cosas desagradables, necesitaba dejar de lado sus pensamientos o no sería capaz de seguir.
-Hazlo-Dijo con bastante sorna, el sonido de su voz lo ayudo a recuperar la calma- Estas maldito, cualquier criatura que te vea, hasta la mas miserable de las lombrices verá en ti a su peor enemigo. Tarde o temprano, espero que tarde, alguien acabara contigo. Sea como sea, tienes los días contados.
Unlaing se quedó clavado en el suelo, arañándose las mejillas hasta hacerse sangre, su rostro se crispó, sus ojos deambularon por la celda desesperados y de repente, al clavarse en él se tiñeron de rabia.
-¡!Hijo de puta¡¡-Rugió escupiendo espuma-¡¡Te voy a romper el cuello!!
El goblin se lanzó contra los barrotes y sacó la mano entre las rejas, el gato solo tuvo que dar un rápido paso atrás para quedar fuera de su alcance.
-¡!Ven aquí¡¡-Aulló-¡¡Ven aquí sin trucos de mierda!!
Lo siguiente ocurrió tan deprisa que al pooka solo le dio tiempo a ver un destello seguido de un golpe metálico y un crujido seco. Unlaing chillaba retorciéndose como algo clavado en un anzuelo, su muñeca derecha formaba un ángulo muy extraño con respecto a su brazo y el hueso asomaba de la carne como un colmillo sangriento. Dujal se volvió hacia el herrero que estaba deteniendo el giro de su maza, Yirkash había dejado a su hermana en el suelo, estaba tan tranquilo que parecía que aquello lo había hecho otro duende.
-Hay que acabar de perfeccionar el disfraz ¿No crees?. Las cosas hay que hacerlas bien
El herrero abrió la puerta de la jaula, cogió a Unlaing por el pelo ignorando sus sollozos y lo tiró al suelo. El gato intento detenerlo pero Yirkash le cerró la puerta en las narices
-¿Cuántas veces dejaste que la violaran?
El goblin se limitó a gemir
-¡¿Cuántas veces, pedazo de animal?¡-Aulló Yirkash
Dujal se acercó a Nicasia, solo tuvo que ver la manta manchada de sangre para comprender que lo había puesto así. No era una mancha grande, solo significativa.
-¡¡No lo mates!! Gritó- Lo necesitamos vivo para escapar
Yirkash le lanzó una mirada cargada de furia, sin bajar la maza.
-No me mates-Suplicó el goblin a lagrima viva- Por favor no me mates.
El herrero retrocedió dos pasos y dejó caer el arma, estaba temblando y contemplaba al Jefe de Clanes con una impotencia casi dolorosa. El gato pensó que iba a mearse encima de alivio, por un momento su plan de huida había estado a punto de irse al garete.
-Sal de ahí. Vámonos cuanto antes de esta puta casa de locos.
Yirkash limpió la cabeza del martillo en su mandil de cuero y se la colgó del cinturón antes de salir de jaula y coger a su hermana en brazos con toda la ternura de la que era capaz. Dujal no podía creerse lo que acaba de ver, intentó decir algo pero no le salían las palabras, era como si le hubiesen congelado el cerebro.
-¿Qué pasa?-Preguntó el herrero ofendido- A nuestra manera todos somos monstruos.
-Una frase digna de tu hermana- Le contestó, habría querido que su tono sonase a broma pero no lo consiguió.
Salieron de la mazmorra casi a tientas, en el pasillo la oscuridad era tan densa que parecía resbalar sobre la piel como el aceite, se les colaba por la nariz y la garganta dejando cercos helados a su paso. El hechizo se hacía cada vez mas fuerte y Dujal luchaba por mantenerlo a raya, cuando su tutora se lo enseñó le había advertido que jamás intentase si no era capaz de mantener una luz en su corazón para desconvocarla. Algo difícil en aquel lugar. Siempre se había considerado una persona optimista, de un modo u otro conseguía tener la suerte de su lado. Veía el mundo como un camino interminable con más luces que sombras, o al menos eso creía hasta que entró la Ciudad de Piedra. Cuando se decidió a rescatar a la hija de Manx estaba convencido de que los goblin no podían ser tan terribles como los pintaban, ahora pensaba que las leyendas no estaban a la altura de la realidad, ellos habían convertido el mundo en un lugar algo más sórdido. Se sentía desengañado. Mantener aquella luz encendida era mas duro de lo que nunca llegó a creer. Por fin llegaron a la verja por la que habían entrado, la salida era como una boca de luz enmarcada de negro. Antes de cruzarla Yirkash se volvió
-Si cruzo esta puerta ya no podré entender una palabra de lo que dices.
-No, volveremos a estar como antes.
-Ojala nos hubiésemos conocido de otro modo. Creo que podrías llegar a caerme bien.
-Tendremos tiempo de sobra fuera- Dujal sonrió, durante un segundo la luz de la esperanza espanto las tinieblas.
-¿Tu crees?- El herrero dudó un momento y luego sonrío esperanzado-Esperemos que si…
De vuelta al pasillo la calma era inquietante, el cuerno de guerra ya no se escuchaba. El gato apoyó contra la espalda contra la pared para recuperar el aliento, apenas habían recorrido unos cuantos metros pero estaba agotado, la primera bocanada de aire le abraso la garganta e hizo que la cabeza le diese vueltas. Reprimió una arcada, su cuerpo trataba por todos los medios de deshacerse de la oscuridad que aun guardaba y sabía que antes o después tendría que dejarla salir. El instinto le decía que aun no era el momento.
-¿Te encuentras bien?-Le preguntó Yirkash
Asintió apretándose la nariz a la altura de las cejas.
-Pues vamonos antes de que llegue alguien. Vamos a reunirnos con las esclavas. Deben estar esperando. Ven por aquí.- Le apremió el herrero.
El gato lo obedeció casi como un zombi, por mucho que intentaba aguzar el oído no escuchaba ni el cuerno de guerra, ni ningún otro sonido que le hiciese pensar que en la plaza del mercado la batalla continuaba. Tal vez era que estaban demasiado lejos y él tenia la cabeza completamente embotada, o tal vez, prefería no pensar en esa posibilidad todo había acabado demasiado rápido. En un cruce de pasillos se toparon con una pareja de goblin, un soldado que se apoyaba en un cadete mucho mas joven, avanzaban despacio. El soldado tenía el tobillo totalmente fuera de su sitio, su compañero, apenas un crío caminaba con los ojos clavados en el suelo con el rostro desencajado y la mirada empeñada de horror. Pasaron a menos de dos metros pero ni siquiera los miraron. Yirkash los observo alejarse
-Esto ha acabado demasiado deprisa- Gruñó acelerando el paso-Mala cosa, mas nos vale darnos prisa
El punto de encuentro era el meandro de un arroyo que se deslizaba tranquilamente con un suave susurro, a lo lejos había un pequeño resplandor, una promesa de luz y aire fresco. El gato miró hacía aquel esperanzadora cabeza de alfiler luminosa. No parecía tan lejana, la salida estaba allí y por primera vez en muchos días sintió que por fin todo llegaba a su fin. Se acercaron a la orilla con cierta cautela.
Las esclavas estaban escondidas tras un grupo de estalagmitas blancas. Airun sonrió al verlos llegar y Xarin miró a su alrededor con la cautela que era habitual en ella. La mestiza se acercó a Dujal con la cesta colgada del brazo.
-¡La encontramos gato¡-Exclamó entusiasmada levantado la tapa de la cesta.
El fondo estaba forrada con la tela de varios pañales que ya no estaban demasiado limpios, el característico olor a pis de gato se dejaba sentir con fuerza. La gatita estaba agazapada con las garras clavadas en el mimbre, agachó las orejas y siseo preparándose para saltar. Aquellos ojos que la miraba furiosos eran inconfundibles, igual que la piel tricolor y morro pintado en blanco y negro. Dujal se apresuró a tapar la cesta de nuevo para evitar que se escapase. Tal vez estaba más sucia y algo más delgada pero no era nada que un buen baño y una par de buenas comidas no pudieran solucionar. El pooka agarró a Airun por la cintura y la hizo dar una vuelta en el aire, lo que consiguió arrancar un maullido de protesta por parte de la ocupante de la cesta. Frenó de inmediato y le besó las manos con entusiasmo.
-Gracias, gracias de verdad- Repitió varias veces.
-¡Para tu ya¡- Le dijo Airun ahogando la risa-Xarin también ayudó
Dujal se giró hasta la esclava pelirroja y ella alzó las manos con un gesto seco, cortando cualquier intento efusivo de agradecimiento. En su lugar gruño un par palabras.
-Dice que mejor nosotros fuera deprisa- Tradujo Airun
-¿Y Patrick?¿Y los centauros?¿no deberíamos esperarlos?- Sabia que no había muchas razones para ser optimista respecto a la batalla de la Plaza del Mercado, pero era algo que no podía dejar pasar sin más.
Airun le repitió la pregunta a Yirkash
-Los centauros no pueden salir por aquí, está demasiado alto-Explicó el herrero-Por eso le dije que escaparan por la Puerta de las Fauces. Si alguno ha sobrevivido, no saldrá por aquí. En cuanto a esa otra cosa…no creo que tenga problemas para salir por su cuenta.
Era bastante obvio que Yikash no quería tener demasiado cerca de Patrick, la verdad es que si alguien podía encontrar una salida sin problemas ese era el chico serpiente, todavía se estaba preguntando como demonios había logrado entrar. Dudó un poco antes de decidirse
-Esta bien, salgamos de aquí- Aquellas palabras lo hicieron sentir derrotado, hubiese preferido no dejar a nadie atrás.
Yirkash asintió y se puso al frente del grupo, cruzaron el arroyo que por suerte no era demasiado profundo aunque el agua bajaba con fuerza. A ese lado había una estrecha rambla que siguieron disciplinadamente en fila india sin mediar palabra, a lo lejos la luz era un esperanza que se acercaba cada vez mas. El pooka no miraba al frente, cada paso le dejaba mas claro que no sería capaz de llegar al final por su propio pie, tenia la sensación de que su estomago no paraba de dar vueltas, revolviendo un liquido denso que le subía por la garganta y le dejaba en la boca un asqueroso sabor a ceniza. Una arcada lo obligo a detenerse, se tapo la boca con la manos y vio como entre los dedos se escapaban un par de volutas negras y espesas que se elevaron hacía el techo como gotas de aceite en un vaso de agua. Tuvo que apoyarse en la pared de la gruta porque a su alrededor todo giraba a un velocidad de vértigo que lo obligó a cerrar los ojos. Quería dejar escapar la balsa de sombra que le apretaba el pecho y hacía que le zumbasen los oídos. Respiró hondo, el hechizo no iba a poder tan cerca del final, se aferró al brillo de sus esperanzas, había rescatado a la gatita, se llevaría fuera a las esclavas y a Yirkash, llevaría a Nicasia a un lugar donde pudiese curarse. La salida estaba casi al alcance de la mano y todo era posible. Su estomago se calmó un poco, el grupo se había parado.
-Ya estoy mejor, no os preocupéis, seguid andando- Dijo apartando la mano de la boca.
No tuvo respuesta, todos miraban al frente con una mezcla de miedo y sorpresa pintados en el rostro. Giró la cabeza en la dirección en la que estaban mirando sus compañeros de fuga y se quedo paralizado. Una reja cerraba completamente el camino, era un sistema sencillo pero eficaz, una serie de gruesos barrotes de hierro paralelos firmemente fijados al suelo y al techo de la cueva, lo bastante pegados los unos a los otros como para que nadie pudiese colarse entre ellos, sin puerta ni cerrojos que forzar. Yirkash miraba aquel obstáculo como si fuese una alucinación
-Comprobé la salida hace dos días- Dijo desesperado-Esto no estaba aquí. Esto nunca ha estado aquí.
Se giró hacia las esclavas
-Ha tenido que ser una de vosotras.
-También has podido ser tú- Le acusó Xarin
-¿Te has vuelto loca? ¿Para qué? ¿Para que me ahorquen más deprisa en agradecimiento?-Replicó el herrero alzando la voz.
-Nos dejaste solas en aquella habitación- Airun parecía dudar de sus propios argumentos-Cuando dijiste que ibas a buscar a los cuatro patas, nos dejaste allí para esperásemos al gato.
-Nos dejó allí para vendernos-Dijo Xarin
El rostro del herrero se puso casi negro de rabia, las palabras se le atropellaban en la boca y pasaban a ser una serie de tartamudeos ofendidos .El gato miro a sus compañeros perplejo, una traición no le cabía en al cabeza ¿Por qué nadie iba a preferir traicionarlos si podían salir de aquel antro? Era demasiado irracional y más idiota aun era pelearse de aquella manera justo cuando estaban atrapados como ratas. En su cabeza las ideas se movían a un ritmo extraño, giraban a tanta velocidad que apenas lograba aclararse lo bastante para detener aquello. Lo único que realmente quería es que todos se callasen, se acercó a Yirkash y le desenganchó la maza del cinturón, después se acercó a los barrotes y comenzó a golpearlos. Era una reacción absurda, como detener las olas a puñetazos, pero no podía parar, estaba cansado, se sentía enfermo y desesperado, había llegado al límite de sus fuerzas y solo podía descargar un golpe tras otro y esperar un milagro.
No se dio cuanta de que los gritos habían cesado, no se resistió cuando el duende le quitó la maza de las manos y le pasó el cuerpo de Nicasia para que lo sostuviese.
-Quizás haya método mejor- Había recuperado su habitual calma resignada y su voz era de nuevo sosegada.
Yirkash devolvió la herramienta a su sitio y agarró dos barrotes, apretando los puños contra ellos. Cerró los ojos. Los goblin son hijo de fuego y de la montaña. La oscuridad no oculta nada a sus ojos porque nacieron en las entrañas de la roca donde nunca llega la luz, las llamas no los queman porque se criaron al calor de los fuegos ocultos en el interior de las cavernas. Ningún duende conocía mejor esos fuegos que los herreros, podían llamarlo para que les facilitase el trabajo. Así que eso hizo, recordó el calor de su fragua, el metal de color rojo vivo chisporroteando como una criatura viva. El hierro comenzó a calentarse lentamente al abrigo de aquellos recuerdos. Desde el final del túnel le llegaba el eco de unos pasos, retumbaban débilmente, pasos ordenados y marciales que se acercaban para poner fin a sus planes. Rogó que no llegasen demasiado deprisa y siguió concentrando el calor.
Dujal veía lo que estaba pasando sin comprenderlo demasiado bien, escuchaba los pasos con una ansiedad casi dolorosa, el cuerpo de la ingeniera pesaba cada vez mas. El agudo silbido que cortó el aire del túnel lo hizo estremecerse, Xarin se alejó de los barrotes.
-¡!!Se escapan¡¡Estamos aquí daos prisa.-Grito haciéndose bocina con las manos
Airun dejó la cesta en el suelo y salto sobre su compañera para hacerla callar, las dos esclavas rodaron por la estrecha zanja de piedra y faltó muy poco para que acabasen en el agua. El gato hubiese querido decirle que no se molestase, que ya no importaba pero sabía que si separaba los labios dejaría escapar algo horrible. Además tenia la lengua pegada al paladar y una sensación de derrota tan pesada que el simple hecho de mantenerse en pie era una agónica batalla.
-¿Por qué? ¿Como puedes preferirlos a ellos?-Le pregunto la pelirroja, la decepción hacia temblar las palabras de la esclava
Xarín trató de quitársela de encima, pero Airun le puso el cuchillo en la garganta, un par de gotas de sangre le deslizaron sobre la piel verde.
-Porque fuera no hay nada para nosotras. Ellos me dejaran volver a mis cocinas
-Y cualquier noche un esclavo te rajará el cuello por chivata.
-Eso ya lo veremos, desde luego no serás tu quien lo haga.- La pelirroja agarró a Airun por el cuello-
-¡Quietos todos¡ Dejad lo que estáis haciendo y acercaos a nosotros de uno en uno.
El túnel había quedado bloqueado por un buen grupo de soldados que los apuntaban con sus ballestas. El goblin que había gritado se adelantó unos pasos.
-Si os entregáis pacíficamente no seréis ejecutados. Podréis trabajar en las minas como reemplazo de los centauros.
Airún alzó la cabeza y miró a los soldados.
-Si que seré yo-Dijo mientras hundía el cuchillo en el cuello de Xarin- Seré yo
Tres ballestas soltaron un chasquido de madera y metal engrasado. La primera flecha le rozó la sien derecha, la segunda alcanzó a la mestiza en el vientre y la tercera se le hundió en la garganta, giró por inercia como una marioneta de tela a punto de empezar una danza. Sus ojos se clavaron por un segundo en Dujal, brillaron un segundo, un destello amatista que se apagó mientras su cuerpo caía al agua.
El pooka sintió que los músculos se le volvían lana mojada, las piernas no lo sostuvieron y las esperanzas tampoco, soltó su carga y pudo dar un par de pasos tambaleantes antes de caer de rodillas. Los ojos le quemaban, lloraba alquitrán hirviendo. Separó los labios y dejó escapar una oscuridad, densa y espesa como el lodo de un pantano, sentía que estaba vomitando hasta los huesos, hasta el alma, arcada tras arcada. Esta vez la oscuridad pesaba y abrasaba la piel, lo envolvía todo y ahogaba todos los sonidos, lo arrasaba todo obedeciendo la voluntad de su anfitrión que solo quería librarse de aquella carga de amargura que lo envenenaba y le pudría los sentimientos, quería que las sombras lo borrasen todo, la muerte, la barbarie, la traición... si junto a las tinieblas hubiese escupir los recuerdos lo habría hecho sin ningún remordimiento. Solo quería que el dolor desapareciese, el cuerpo saca vez le pesaba menos, lo notaba desinflarse, los huesos se le adelgazaban y al final era solo un armazón de alambre sosteniendo una fina cáscara de papel de seda. Lo único que quedaba de Dujal era su tristeza y su rabia anegando el túnel, una protesta que no tenía voz, ni luz, solo desespero.
Fuera de la montaña un nuevo día empezaba