Hubo una vez un hombre y una máquina voladora. Una noche mientras atravesaba un denso campo de bruma el hombre se perdió. Tenía altímetros y monitores, tenía todo tipo de agujas, botones y mandos para deslizarse sobre el cielo pero ni la danza de los indicadores ni los trazados mapas podían decirle donde estaba. Volaba sin rumbo, perdido en la niebla, sin distinguir otra cosa que retazos de mar bajo él y nubes cegándole todas las rutas. El combustible se agotaba poco a poco, y aunque el piloto no quería aceptar la muerte como una certeza escribió una ultima carta a su familia, esa carta que muchos soldados escriben sin saber si quiera si alguien llegará a leerla alguna vez. No se despidió porque quería dejar tras de sí un resquicio de esperanza. Les contó que había aterrizado en una ciudad increíble hecha de piedra, hierro, cristal y estaño. Una ciudad donde las casas se alzaban en un equilibrio imposible hasta el mismo cielo. Donde no había dos edificios remotamente parecidos. Los había feos y toscos, mientras otros eran hermosas filigranas salpicadas de pinturas y estatuas, algunos eran tan ligeros que se podían cambiar de sitio solo con empujarlos, otros tenían patas y otros flotaban gracias a hélices colocadas como molinillos en los tejados. Otros en lugar de alzarse a cielo abierto se hundían en la tierra. Era la ciudad con la que habían soñado alguna vez los sabios de todas las épocas, los soñadores, los locos, los artistas, los necios… Por sus calles torcidas los borrachos caminaban en línea recta. Antaño hubo muchas puertas para llegar a esa ciudad que acogía a cualquiera que fuese capaz de imaginarla, se podía llegar andando o subido a las espaldas de un hada verde. Pero la humanidad dejó de pensar en ella y los caminos se cerraron. Se perdió la magia y con ella los hombres perdieron la cordura, fue un tiempo de sin razón y de guerras crueles, hombre contra hombre, hermano contra hermano. Él había encontrado la ciudad y su misión era volver a abrir los caminos y deshacer el daño hecho por el olvido. Sería una ardua tarea, tardaría mucho en volver, si es que alguna vez volvía. Tenía que quedarse en la ciudad y soñar, tenía que crear nuevas puertas.
El combustible se agotó. El hombre no regresó a su casa. La máquina no fue encontrada.
Algunos creen que Retrópolis ya existía y que el piloto llegó hasta ella gracias a un camino perdido. Otros piensan que Retrópolis fue naciendo mientras la imaginaba un hombre que no quería morir. La mayoría nunca ha oído hablar de ella, ni lo harán mientras vivan. Y sin embargo todos hemos paseado alguna vez por sus calles torcidas y silenciosas. Todos hemos estado alguna vez en la ciudad que sale en los márgenes de los mapas, la que está a orillas del tiempo, al filo de nuestra memoria.
lunes, 9 de mayo de 2011
jueves, 7 de abril de 2011
Existen las hadas
Existen las hadas, podéis arquear las cejas y soltar una risilla prepotente ante semejante afirmación, podéis negarlo y argumentar con aplastante lógica los motivos de esta negación. Esta la lógica, está la ciencia, está la realidad misma con toda su tiranía para demostrar lo contrario. Se puede hablar de que son mitos basados en el folclore, dar datos, explicar el origen y el motivo de estas creencias desfasadas. Puedes decir que los ordenadores y la tele las han matado, que al final la nada ganó la batalla y se tragó la Torre de Marfil enterita. Podéis decirme lo que queráis y hablar durante horas con la sincera certeza de un premio nobel en física. Al acabar la perorata, yo como la necia que soy desafiaré todo razonamiento e insistiré con el argumento más irrefutable y menos creíble de todos: Existen las hadas, las he visto, he vivido con ellas. Llegados a este punto exigiréis pruebas y como me parece una petición razonable os ofreceré datos, hoy día los datos mandan, la imagen manda. Si alguien ha podido estudiarlas, si alguien tiene imágenes, historias contrastables, fuentes bien documentadas cualquier cosa puede atravesar el velo de la imaginación y convertirse en algo tan real como un filete con patatas (me refiero a un filete con patatas que no te estés imaginando, claro está).
Existen las hadas, yo las he visto y antes que yo las vio Joan Gómez, este hombre quedó tan impresionado que las fotografió para un libro fantástico:
http://www.joangomez.com/fotoshadas.htm,
Allí descubrí que conocía a dos hadas, como quien dice de toda la vida y que no estaba loca, él también las había visto. No hay glamour lo bastante potente para ocultarlas.
El Gaitero y la Señorita Nebel existen; viven en una casa mágica llena de libros maravillosos y cosas extrañas, tienen más llaves que cerraduras (sospecho que porque conocen puertas secretas que nadie ha visto jamás) tienen un tigre que parece un gato. Una gata feroz que de hecho puede convertirse en muchos gatos, aunque esto no es tan extraordinario, cualquier felino un poco listo puede hacerlo. Es cierto que él toca la gaita y cocina maravillas, es cierto que ambos pueden esconder tinta bajo tu piel, sortilegios poderosos con efectos inesperados si eres capaz de pasar de pasar la prueba de sus agujas. Es cierto que ella tiene una mirada fascinante y que igual te hornea galletas que te cose una marioneta. Es cierto que viajan en el tiempo para ser anfitriones de extrañas fiestas. No me estoy inventando nada. Todo es verdad. Y si aun así insistís en no creerme será mejor que os enseñe unas fotos que no he hecho yo, sino Joan, que también pudo desenmascaras a estas hadas disfrazadas de gente muy poco corriente.



Son hadas y tengo la fortuna de conocerlas bien, de quererlas y de echarlos de menos. Se hacen llamar Mireia y Raúl (O Raúl y Mireia) ante los extraños pero vosotros sabéis igual que yo que tienen otros nombres.
Y ahora que los conocéis no podéis decir que estoy loca.
Existen las hadas, yo las he visto y antes que yo las vio Joan Gómez, este hombre quedó tan impresionado que las fotografió para un libro fantástico:
http://www.joangomez.com/fotoshadas.htm,
Allí descubrí que conocía a dos hadas, como quien dice de toda la vida y que no estaba loca, él también las había visto. No hay glamour lo bastante potente para ocultarlas.
El Gaitero y la Señorita Nebel existen; viven en una casa mágica llena de libros maravillosos y cosas extrañas, tienen más llaves que cerraduras (sospecho que porque conocen puertas secretas que nadie ha visto jamás) tienen un tigre que parece un gato. Una gata feroz que de hecho puede convertirse en muchos gatos, aunque esto no es tan extraordinario, cualquier felino un poco listo puede hacerlo. Es cierto que él toca la gaita y cocina maravillas, es cierto que ambos pueden esconder tinta bajo tu piel, sortilegios poderosos con efectos inesperados si eres capaz de pasar de pasar la prueba de sus agujas. Es cierto que ella tiene una mirada fascinante y que igual te hornea galletas que te cose una marioneta. Es cierto que viajan en el tiempo para ser anfitriones de extrañas fiestas. No me estoy inventando nada. Todo es verdad. Y si aun así insistís en no creerme será mejor que os enseñe unas fotos que no he hecho yo, sino Joan, que también pudo desenmascaras a estas hadas disfrazadas de gente muy poco corriente.



Son hadas y tengo la fortuna de conocerlas bien, de quererlas y de echarlos de menos. Se hacen llamar Mireia y Raúl (O Raúl y Mireia) ante los extraños pero vosotros sabéis igual que yo que tienen otros nombres.
Y ahora que los conocéis no podéis decir que estoy loca.
lunes, 14 de febrero de 2011
Y lo que pasó despues
Mientras Marsias decidía marcharse en busca de su majestad, ocurrieron otras cosas. El amor tiene un lado amargo y otro amable
Nicasia deshizo los lazos del jubón cegada por los besos de la gata, sus manos lucharon durante un momento interminable con unos lazos atados a conciencia. Maldijo entre dientes mientras Manx se moría de risa. Por fin los nudos cedieron y la prenda se aflojó totalmente vencida, dejando a la vista unos pechos perfectos, redondos y cubiertos por una difusa lluvia de pecas cobrizas. La knocker los acaricio, eran cálidos como la arena al sol. Todo lo que había bajo la tela era precioso, la piel acaramelada que se cubría de furtivas rayas doradas a la alturas de los hombros, el suave hueco entre sus clavículas y el cuello largo y flexible que vibraba con un ronroneo feliz respondiendo a cada una de las caricias que dejó caer sobre el. Le quitó la prenda con un movimiento brusco e impaciente. La phoka se tumbo bocarriba sobre el camastro y le acaricio la nuca, atraiéndola hacia ella.
-Nunca pensé que te atreverías a hacerlo-Le susurró juguetona al oído.
-Ya somos dos-Contestó con la voz ahogada mientras sentía como los pezones de Manx se ponían duros entre sus dedos-Eres la cosa más jodidamente bonita que he visto jamás.
Su amante empezó a desabrocharle la camisa, mordiéndose la punta de la lengua. En sus pupilas alargadas había un brillo travieso.
-Es increíble haberte encontrado en mitad de una guerra-Le dijo la gata
-Olvídate de esa mierda. Esta noche no.
Manx le acaricio un hombro y entreabrió los labios, incitante.
-Hazme olvidarla tu- Susurró en un tono que hizo que se le erizara el pelo.
Nicasia se soltó las correas de su aparato ortopédico y lo lanzó a la otra punta de la habitación. Manx le abrió la camisa y dejó escapar una carcajada. La ingeniera no tenía nada que mereciera la pena sostener, así que e lugar de corpiños o sostenes usaba una sencilla camiseta de tirantes a modo de ropa interior. Antes de que le diera tiempo a avergonzarse por aquel detalle la gata se pegó a su boca.
-Eres el hada más extraña que he conocido jamás-dijo después de besarla.
-¿Como tengo que tomarme eso?-Pregunto la knocker alzando una ceja.
-Luego lo piensas-Contestó Manx mientras le guiaba las manos entre las enaguas hasta ponérselas sobre los muslos con impaciencia. La knocker pasó las yemas de los dedos sobre aquel terciopelo finísimo sintiendo que se le secaba la garganta. Le alzó la falda para descubrir un imposible laberinto de encajes. Resopló y volvió a soltar una palabrota, tras un momento de lucha solo había conseguido deshacerse de la ropa interior. La falda se presentó como un obstáculo insalvable, dispuesta a no dejarse entretener ni un minuto más metió la cabeza bajo la testaruda carpa encarnada y recorrió aquellas piernas que tantas veces había visto saltar de tejado en tejado. La respiración de la gata se convirtió en un mar de suspiros. La ingeniera se movía en una ceguera de color escarlata. Dejó caer los labios sobre el sexo de Manx. La phoka se tensó como una ballesta y dejó escapar un maullido suave. Nicasia cerró los ojos, una paz inmensa la inundó de pies a cabeza. No había otro sitio donde quisiera estar. Cuando resurgió de entre los pliegues de la falda la reclamaron una sonrisa agradecida y unos brazos extendidos.
-Te amo- Manx le lamió una mejilla con su lengua de lija-Nunca pensé que le diría esto a nadie. Pero no puedo guardármelo. Es demasiado grande para mí.
La ingeniera sonrió timidante, aquella frase se le enganchó en las entrañas como un anzuelo y la hizo dolorosamente feliz. Nadie jamás le habían dicho algo así.
- Podría morirme ahora mismo- contestó la ingeniera mirando al techo-Y no me importaría.
-Espera un poco para morirte-replicó burlona la otra
Manx logró bajarle los pantalones hasta las rodillas con una facilidad insultante, y su ropa interior tampoco opuso ninguna resistencia. Antes de que le diera tiempo a asombrarse unos dedos ágiles se le escurrieron entre las piernas domando cualquier intento de resistencia con una caricia tan hábil que pensó que la piel se le derretiría sobre las sabanas. Busco la boca de la gata con un ansia desconocida para que sus gemidos se ahogaran entre sus labios.
-Antes me precipité, es ahora cuando me puedo morir-Dijo en cuanto recuperó el aliento-Mañana no me importará nada de esta estúpida guerra.
-No pienses en mañana. Mañana queda muy lejos y la noche es larga.
-Es difícil no pensarlo- Nicasia se quitó los pantalones del todo y apoyó la frente en el frescor de la pared-Podría pasar cualquier cosa.
-Tienes razón. Podría pasar cualquier cosa, pero pasará mañana. Ahora estamos aquí.
-Quédate a dormir conmigo-rogó la peliblanco entrecerrando los ojos.
-¿Dormir?-contestó su amante algo decepcionada- Aun es pronto para irnos a dormir. Hay una cosa que quiero oírte decir.
-¿A qué te refieres?
La gata la obligó a poner las manos en la espalda con un movimiento mimoso. Al principio pensó que estaba la acariciando las manos, pero cuando intentó devolverle el mimo se dio cuenta de que tenía las muñecas atadas con uno de los lazos de los que tanto le había costado librarse. La knocker se revolvió asustada pero una larga caricia en la cara interna del muslo hizo que el miedo desapareciese.
-Sabes a que me refiero. Quizás creas que no…pero lo sabes- La voz de Manx tenía un tono malicioso.
Antes de dejarla contestar paseó una mano furtivamente entre sus piernas rozándola a penas. Tocándola sin tocar. Nicasia gimió y la mano repitió la maniobra algo más audaz pero también más sutil. Jugado con su ansiedad.
-Dioses- suspiró sin darse cuenta.
-Deja a los dioses. No están con nosotros.
La yema de un dedo suave se quedó inmóvil en un punto clave. La knocker cerró los ojos y se humedeció los labios.
-Te quiero –le digo con voz ahogada
El dedo hizo un movimiento lento, circular y húmedo.
-Te, quiero, te amo, te deseo-gimió totalmente desarmada-Joder, he estado soñando contigo desde que te vi luchar en la Batalla de los Tejados y desde entonces he querido tenerte a mi lado y desnudarte y amarte. Quiero que te quedes conmigo. Ahora. Siempre.
Manx la desató y le dio un besó largo y tierno, húmedo de lágrimas. Nicasia se lo devolvió en los mismos términos y después demostró que las palabras que había dicho eran ciertas, esa noche se amaron hasta quedar agotadas y el sol las sorprendió abrazadas y medio desnudas. La guerra continuaba, pero ahora era un poco menos cruel y algo más peligrosa.
Nicasia deshizo los lazos del jubón cegada por los besos de la gata, sus manos lucharon durante un momento interminable con unos lazos atados a conciencia. Maldijo entre dientes mientras Manx se moría de risa. Por fin los nudos cedieron y la prenda se aflojó totalmente vencida, dejando a la vista unos pechos perfectos, redondos y cubiertos por una difusa lluvia de pecas cobrizas. La knocker los acaricio, eran cálidos como la arena al sol. Todo lo que había bajo la tela era precioso, la piel acaramelada que se cubría de furtivas rayas doradas a la alturas de los hombros, el suave hueco entre sus clavículas y el cuello largo y flexible que vibraba con un ronroneo feliz respondiendo a cada una de las caricias que dejó caer sobre el. Le quitó la prenda con un movimiento brusco e impaciente. La phoka se tumbo bocarriba sobre el camastro y le acaricio la nuca, atraiéndola hacia ella.
-Nunca pensé que te atreverías a hacerlo-Le susurró juguetona al oído.
-Ya somos dos-Contestó con la voz ahogada mientras sentía como los pezones de Manx se ponían duros entre sus dedos-Eres la cosa más jodidamente bonita que he visto jamás.
Su amante empezó a desabrocharle la camisa, mordiéndose la punta de la lengua. En sus pupilas alargadas había un brillo travieso.
-Es increíble haberte encontrado en mitad de una guerra-Le dijo la gata
-Olvídate de esa mierda. Esta noche no.
Manx le acaricio un hombro y entreabrió los labios, incitante.
-Hazme olvidarla tu- Susurró en un tono que hizo que se le erizara el pelo.
Nicasia se soltó las correas de su aparato ortopédico y lo lanzó a la otra punta de la habitación. Manx le abrió la camisa y dejó escapar una carcajada. La ingeniera no tenía nada que mereciera la pena sostener, así que e lugar de corpiños o sostenes usaba una sencilla camiseta de tirantes a modo de ropa interior. Antes de que le diera tiempo a avergonzarse por aquel detalle la gata se pegó a su boca.
-Eres el hada más extraña que he conocido jamás-dijo después de besarla.
-¿Como tengo que tomarme eso?-Pregunto la knocker alzando una ceja.
-Luego lo piensas-Contestó Manx mientras le guiaba las manos entre las enaguas hasta ponérselas sobre los muslos con impaciencia. La knocker pasó las yemas de los dedos sobre aquel terciopelo finísimo sintiendo que se le secaba la garganta. Le alzó la falda para descubrir un imposible laberinto de encajes. Resopló y volvió a soltar una palabrota, tras un momento de lucha solo había conseguido deshacerse de la ropa interior. La falda se presentó como un obstáculo insalvable, dispuesta a no dejarse entretener ni un minuto más metió la cabeza bajo la testaruda carpa encarnada y recorrió aquellas piernas que tantas veces había visto saltar de tejado en tejado. La respiración de la gata se convirtió en un mar de suspiros. La ingeniera se movía en una ceguera de color escarlata. Dejó caer los labios sobre el sexo de Manx. La phoka se tensó como una ballesta y dejó escapar un maullido suave. Nicasia cerró los ojos, una paz inmensa la inundó de pies a cabeza. No había otro sitio donde quisiera estar. Cuando resurgió de entre los pliegues de la falda la reclamaron una sonrisa agradecida y unos brazos extendidos.
-Te amo- Manx le lamió una mejilla con su lengua de lija-Nunca pensé que le diría esto a nadie. Pero no puedo guardármelo. Es demasiado grande para mí.
La ingeniera sonrió timidante, aquella frase se le enganchó en las entrañas como un anzuelo y la hizo dolorosamente feliz. Nadie jamás le habían dicho algo así.
- Podría morirme ahora mismo- contestó la ingeniera mirando al techo-Y no me importaría.
-Espera un poco para morirte-replicó burlona la otra
Manx logró bajarle los pantalones hasta las rodillas con una facilidad insultante, y su ropa interior tampoco opuso ninguna resistencia. Antes de que le diera tiempo a asombrarse unos dedos ágiles se le escurrieron entre las piernas domando cualquier intento de resistencia con una caricia tan hábil que pensó que la piel se le derretiría sobre las sabanas. Busco la boca de la gata con un ansia desconocida para que sus gemidos se ahogaran entre sus labios.
-Antes me precipité, es ahora cuando me puedo morir-Dijo en cuanto recuperó el aliento-Mañana no me importará nada de esta estúpida guerra.
-No pienses en mañana. Mañana queda muy lejos y la noche es larga.
-Es difícil no pensarlo- Nicasia se quitó los pantalones del todo y apoyó la frente en el frescor de la pared-Podría pasar cualquier cosa.
-Tienes razón. Podría pasar cualquier cosa, pero pasará mañana. Ahora estamos aquí.
-Quédate a dormir conmigo-rogó la peliblanco entrecerrando los ojos.
-¿Dormir?-contestó su amante algo decepcionada- Aun es pronto para irnos a dormir. Hay una cosa que quiero oírte decir.
-¿A qué te refieres?
La gata la obligó a poner las manos en la espalda con un movimiento mimoso. Al principio pensó que estaba la acariciando las manos, pero cuando intentó devolverle el mimo se dio cuenta de que tenía las muñecas atadas con uno de los lazos de los que tanto le había costado librarse. La knocker se revolvió asustada pero una larga caricia en la cara interna del muslo hizo que el miedo desapareciese.
-Sabes a que me refiero. Quizás creas que no…pero lo sabes- La voz de Manx tenía un tono malicioso.
Antes de dejarla contestar paseó una mano furtivamente entre sus piernas rozándola a penas. Tocándola sin tocar. Nicasia gimió y la mano repitió la maniobra algo más audaz pero también más sutil. Jugado con su ansiedad.
-Dioses- suspiró sin darse cuenta.
-Deja a los dioses. No están con nosotros.
La yema de un dedo suave se quedó inmóvil en un punto clave. La knocker cerró los ojos y se humedeció los labios.
-Te quiero –le digo con voz ahogada
El dedo hizo un movimiento lento, circular y húmedo.
-Te, quiero, te amo, te deseo-gimió totalmente desarmada-Joder, he estado soñando contigo desde que te vi luchar en la Batalla de los Tejados y desde entonces he querido tenerte a mi lado y desnudarte y amarte. Quiero que te quedes conmigo. Ahora. Siempre.
Manx la desató y le dio un besó largo y tierno, húmedo de lágrimas. Nicasia se lo devolvió en los mismos términos y después demostró que las palabras que había dicho eran ciertas, esa noche se amaron hasta quedar agotadas y el sol las sorprendió abrazadas y medio desnudas. La guerra continuaba, pero ahora era un poco menos cruel y algo más peligrosa.
lunes, 31 de enero de 2011
La noche de las murallas
Os dejo un pequeño inciso, un salto atrás calmar a algunas que me habéis pedido saber un poco más sobre Manx
-¡Viva la capitana¡!Larga vida a la defensora de las murallas¡
El grito lo inició alguien entre las tropas apiñadas junto a las puertas de la muralla y al momento lo coreaban todas las gargantas reunidas en la plaza. Nicasia respondió con un saludo desganado y una sonrisa forzada, para la muchedumbre fue bastante y no tardaron en ponerse a entonar cantos de victoria, la obligaron a repetir el saludo un par de veces más y luego se sumieron en el entusiasmo de la celebración. Para la ocasión habían encendido dos grandes hogueras en la explanada del mercado y Costurina había decidido abrir los últimos barriles de cerveza, no era gran cosa pero en la Corte hacía mucho que no había ningún motivo para fiestas. Un grupo de músicos improvisados tocaban entre las hogueras para que se pudiera bailar al calor de fuego, las canciones parecían escalar hasta el helado cielo nocturno, alrededor de las llamas los bailarines formaban extrañas parejas de baile con sus temblorosas sombras.
Marsias apuró su segunda jarra de cerveza, tuvo que alzarla un par de veces para participar en brindis que cada vez eran más absurdos, pese a que no había bastante cerveza como para que nadie se emborrachase, las hadas estaban borrachas de euforia y de música, se sentían invencibles. No les vendría mal después de tantas desgracias. En secreto agradecía que tuviesen una ocasión para sacudirse la miseria. El mismo estuvo bailando y cantando hasta que acabó por contagiarse del entusiasmo general. Buscó con la mirada a la peliblanco dispuesto a que ella fuese su única pareja el resto de la noche, Pero no estaba en la plaza, ni en las calles colindantes. No la buscó demasiado tiempo, en cuanto se alejo de la música y pudo volver a escuchar sus propios pensamientos comprendió que no la encontraría donde hubiese jaleo.
Nicasia observaba la fiesta sentada entre las almenas de la segunda muralla, desde allí podía contemplar todo lo que ocurría en la plaza manteniéndose en un discreto segundo plano. Marsias la descubrió dando un largo trago de una frasca que parecía contener algo más fuerte que la cerveza de Costurina. La bebida le encendía la cara y el rubor se mezclaba con los dibujos de sus mejillas. No parecía estar especialmente satisfecha, ni feliz. Más bien parecía sombría y contemplaba la celebración con una mezcla de ansiedad y tristeza. Marsias sabía que la peliblanco veía mucho mejor que él en la oscuridad, así que se ocultó en el recodo de una torre de guardia cercana. Le apetecía contemplarla un momento y tratar de entrar en aquella cabeza tan terriblemente hermética, había creído que empezaba a conocerla cuando estalló la guerra. Entonces el hada silenciosa y retraída que había sido hasta aquel momento dejó paso a alguien firme y decidido, con una claridad de ideas que llegaba a asustar. El ya le intuía una fuerza de voluntad fuera de la común y aun así la sorprendía aquel carácter férreo y poco dispuesto a dejarse intimidar, que había mantenido la Corte como un bastión inconquistable cuando el gobierno la abandonó dándola por perdida. Y aun así, pese a los éxitos estaba siempre en un estado de pasiva expectación que la mantenía aislada de todo. Parecía estar esperando algo que no llegaba a ocurrir jamás.
El sátiro contempló como le daba un par de sorbos callados a su botella y se quedaba inmóvil, con los ojos clavados en la plaza, después se sentó soltando un par de palabrotas muy sonoras. Se frotó la pantorilla de la pierna tullida, aflojó un poco las correas de su aparato y giro un par de tornillos. No pareció que aquella maniobra la aliviase demasiado. Siguió bebiendo en silencio y maldiciendo en su lengua natal, el patacabra no se dio cuenta de que era lo que miraba Nicasia con tanta atención hasta que la escuchó silbar y marcar el ritmo de la música con el pierna sana: miraba a los bailarines, no con ansiedad sino con envidia. Una oleada de compasión encogió el corazón de Marsias y lo hizo salir de su escondite. Se adelantó un par de pasos.
-¿Qué carajo haces aquí?-Preguntó la nocker con voz pastosa.
-Necesitaba despejarme. Demasiado jaleo aquí abajo. Creo que los dos hemos tenido la misma idea.
Nicasia le alargo la botella sin mayores ceremonias, el patacabrá la aceptó y dio un largo trago, era un licor que no conocía con un sabor endiabladamente fuerte. Le costó tragárselo
-¿Qué es esto?-Preguntó horrorizado
-Ginebra de TocaEstrellas-Contestó ella reclamando la botella con un gesto.
-¿Licor goblin? ¿Cómo has conseguido esto?
-Lo destilo yo. Pásame la botella.
-Creo que has bebido demasiado-Le respondió negando con la cabeza
-Yo también lo creo, pero esta noche todos tenemos derecho a divertirnos.
El sátiro dejó la botella en el suelo y se sentó junto a la peliblanco, esta le apoyó la cabeza en el hombro con un gesto torpe, de marioneta sin hilos. Le hubiese gustado pasar el brazo por los hombros de ella y acercarla aun más a su lado. Podría haberle susurrado algo al oído que le hubiese hecho sonreír de verdad. No hizo nada de eso.
-No veo que te diviertas.
-No tengo motivos.
-¿Cómo que no?-Marsias exageró el tono de asombro de sus palabras- Esta semana hemos repelido a los sidhe dos veces y anoche retiraron el campamento. Casi los hemos vencido.
-Sois unos rematados gilipollas si de verdad os creéis eso. Los ataques solo han sido pruebas para medir nuestras fuerzas, no han atacado con todas sus tropas ni una sola vez. La próxima vez que vengan, vendrán en serio y estaremos jodidos…
Nicasia se puso en pie manteniendo el equilibrio de puro milagro, su cuerpo se balanceó peligrosamente al borde de la muralla. Se apoyó en una de las almenas y señaló las posiciones enemigas con una mano que no era capaz de mantenerse firme.
-Se han alejado, pero siguen en nuestra orilla del río, lo que han hecho es poner a salvo su campamento. Ya no podemos recoger agua. Tendremos que apañarnos con los pozos
-Tenemos muchos. No será problema.
-Espera que empiece a nevar y se hielen. Vas a tener que rascar el agua de los tejados y no necesito decirte lo poco saludable que es eso. No han abierto el sitio, el invierno se nos echa encima y vamos cortos de todo…de víveres, de medicinas, de armas, de leña…en cuanto estemos faltos de gente nos habrán dado por culo a base de bien.
El sátiro intentó tragar saliva, eran cosas en las que no había pensado. Y eran aterradoramente lógicas, tanto que por fuerza tenían que ser ciertas. No estaban a un paso de la victoria como habían creído, más bien a un paso de la derrota. Dio un trago al aguardiente goblin, esta vez no le parecía tan fuerte.
-Debe haber algo que podamos hacer- Se giró hacía Nicasia esperando una respuesta salvadora
-Cuando el gobierno de la ciudad huyo caballerosamente y nos dejó a nuestra suerte se llevó todas las armas que podrían habernos sido útiles, ni de lejos somos bastantes para atacar el campamento. Solo nos queda una esperanza.
-¿En que piensas?
-Tenemos que pedir auxilio a FuegoVivo y después tratar de llegar hasta el ejército de la reina para que nos mande algo. Lo que sea.
Marsias negó con la cabeza, no veía muchos motivos para ser optimista.
-FuegoVivo es neutral, no combate y la única ayuda que presta a ambos bandos es la de curar a los heridos que lleguen a su puerta.
-¿Se van quedar a salvo tras su muros del bosque mientras nos masacran? Seguro que luego tienen la delicadeza de venir a enterrar los cadáveres. Les mandaré una nota para que no toquen el mío. Que se lo queden de recuerdo.
-Tienes que entenderlos, jamás han participado en ninguna guerra. Durante siglos se han mantenido en paz
-Eso es porque hasta ahora la guerra no ha llamado a sus puertas. Eso cambiará esta vez, ya lo verás.
-¿Tus esperanzas están en FuegoVivo?
-No, están con el ejército de su majestad, pero no sé como llegar hasta ellos. Han capturado a todos los mensajeros que he enviado. Necesito a alguien bueno.
-Envía a Manx. Ella podría llegar hasta la reina.
Era una buena idea, la gata era una excelente baza a la hora se atravesar las líneas enemigas. Iba y venía como una sombra, sus informes solían ser acertados al detalle y además sabía defenderse, era una misión peligrosa pero estaba hecha a su medida. Y luego estaba el otro motivo para enviarla a ella. Las miradas que a veces compartía con Nicasia, la complicidad que estaba naciendo entre las dos. Marsias envidiaba aquella cercanía. Observó como la peliblanco se tomaba un momento para meditar sus palabras y por un momento alimentó una tormenta de sentimientos encontrados
-Manx es nuestros ojos fuera de estos muros, solo ella es capaz de cruzar sus barreras y volver sin que la vean, la información que trae es demasiado valiosa y nos provee de medicinas. Si la envío a ella perderemos a nuestra mejor baza durante mucho tiempo y no puedo darles esa ventaja. Aunque quizás sea la única solución
-¿Entonces que harás?
-Estoy pensando en ir yo
-¿Estás loca? Sin ti no aguantaremos ni tres días, eres la única que puede poner orden aquí. Eres imprescindible. Además ¿Qué vas a hacer? ¿Echar a correr y esquivarlos a todos?
Nicasia apretó los labios y miró al sátiro con tanto odio que Marsias pensó que iba a pegarle, se había dado cuenta de lo desafortunado de sus palabras mientras las pronunciaba, recordó el modo en que observaba a los bailarines, la misma mirada envidiosa con la que seguía las acrobacias de Manx por los tejados.
-Lo siento…lo he dicho sin pensar.
Una sonrisa torció el rostro de la nocker y acabo por convertirse en una carcajada amarga.
-No, tienes razón. He dicho una estupidez.
-Si hubiese sido mejor medico tendrías la pierna bien.
-Si hubieses sido peor médico estaría muerta. No te sientas mal, no me mordiste tú.
-No me entiendes, mi abuelo siempre me insistía en que algún día me arrepentiría de no haber terminado mis estudios de medicina. Y tenía razón, ese viejo cabrón siempre tiene razón.
-¿Quieres dejarlo de una puta vez? ¡Ya te lo he dicho; yo no te culpo, no me debes disculpas ni nada parecido¡ Que mi cojera te haga lloriquear no me ayuda nada, ni a ti tampoco. Las cosas salieron como salieron y hablar de ello no lo cambiará.
-Pensé que echarías de menos algunas cosas.
Nicasia logro hacerse de nuevo con la botella y apuró un largo trago, eructo con fuerza y se limpió la boca con el dorso de la mano sin ningún remilgo. Después empezó a reírse, una risa descontrolada que la sacudía de pies a cabeza y que el sátiro jamás le había escuchado. Marsias cogió la botella y la lanzó por encima de la muralla.
-¡Eh¡-Exclamo la nocker-Eso era mío
-Ya está bien por esta noche, mañana tendrás una resaca horrible.
Demasiado borracha para seguir protestando apoyó la cabeza en el pecho del sátiro. Marsias sentía su aliento contra la piel, bajo la calidez de su respiración el corazón le golpeaba las costillas con fuerza de un puño.
-¿Crees que hecho de menos pegarme una carrerita de vez en cuando? Eres tan ingenuo. No, solo me gustaría no tener que atornillarme esta chatarra a la pierna cada mañana. Duele de cojones. Y poder subir una escalera de un tirón. A veces me apetece pegarle una patada en el culo a alguien…poco más.
-Cuando llegue mirabas a los que bailaban en la plaza. Pensé que te gustaría bailar.
-¿Bailar? Ni loca. Dejé de bailar mucho antes de llegar a la Corte. Lo odiaba.
El sátiro se atrevió a abrazarla, ella no trató de evitarlo ni de soltarse.
-Yo que pensaba pedirte un baile.
-Ni borracha, ahórrate el trabajo.
-Entonces tendré que pedirte otra cosa.
Nicasia bostezó
-Hummmm-Murmuró adormecida.
El satiró sujetó la barbilla de la peliblanco y le alzó la cabeza. No era una belleza, se había pasado con el aguardiente y estaba agotada. Aun así quería besarla,
quería repetir el beso que le había arrancado en el patio de su vieja casona cuando apenas se conocían. Acercó los labios y Nicasia escapó de sus brazos, escurridiza como un pez.
-No es buena idea-Dijo luchándose por ponerse en pie-No es el mejor momento.
Existían miles de frases para explicar porqué aquel era el momento idóneo, porqué podía ser justo entonces y no en otro momento. Marsias tenía todas las cosas que podría haber dicho flotando difusas en su mente, espejismos de palabras que no acababan de hilarse en un pensamiento coherente. Intuiciones que sentía con una certeza feroz pero que no podía nombrar. No dijo nada y Nicasia aprovechó el silencio para darle un par de palmaditas en el hombro a modo de despedida y bajar las escaleras de la muralla dando tumbos. En cuanto estuvo solo en las almenas supo con exactitud que debía decirle. Fue como despertar de un trance, de repente todo estaba perfectamente claro. Bajo las escaleras a la carrera y se lanzó tras ella. Las hadas se agolpaban en las calles, tuvo que atravesar la plaza y abrirse paso entre los coros de danza. Buscaba su cara en mitad de un mar de caras. No resultó tarea fácil por fin la vio al final de un callejón, caminaba despacio, tratando de disimular su estado. Manx le salió al paso como hacía siempre creando una falsa casualidad, saltó desde lo alto de una ventana y aterrizó ante la peliblanco que perdió el equilibrio y cayó de espaldas al suelo. Al ayudarla a levantarse la gata le regaló a Nicasia su mejor sonrisa y también una generosa visión de su escote.
Marsias sintió rabia, la gata sabía lo que sentía por la nocker, eran amigos. No debería comportarse así “Da igual lo que hagas” pensó mientras trataba de esquivar a un par de parejas que giraban enredadas en sus pasos de baile “No le gusta que nadie se acerque demasiado, no te dejará tocarla” Nicasia esquivaba cualquier tipo de intimidad física con una habilidad largamente practicada. Al sátiro le había costado mucho tiempo conseguir que aceptase sus muestras de cariño mejor intencionadas, por eso se quedó paralizado cuando Manx la agarró por la cintura y ella simplemente se dejó hacer. Consiguió avanzar unos pasos, ciego de rabia. Las dos intercambiaban frases y risas mientras se perdían en una calleja estrecha lejos de la multitud. El sátiro no sabía porque las seguía, no sabía que haría cuando las alcanzase, se sentía ridículo y aun así continuaba andando tras ellas. Veía a la pooka coquetear sin tapujos, la peliblanco bajaba la cabeza para ocultar sus sonrisas y apenas sabía donde mirar. “La estas incomodando” pensó el sátiro sintiendo una satisfacción cruel “Antes de que te des cuenta se habrá marchado”. Llego a la entrada de la calle. Manx dijo algo y después dejo escapar una carcajada sincera. Entonces Nicasia hizo lo que el sátiro jamás se hubiese imaginado, arrinconó a la gata contra la pared y la beso en los labios. Manx la atrajo contra su cuerpo y respondió con otro beso mientras Marsias sentía que se deshacía en el aire como si nunca hubiese existido. Se detuvo en seco, giró y se marchó sin volverse a mirar ni un momento.
Nada le parecía real, llegó hasta su casa casi sin darse cuenta. Se dejó en caer en cualquier lado y lloró hasta que se quedó primero sin lágrimas y después sin fuerzas. Fue un llanto lleno de vergüenza y resentimiento. Que estupido, las cosas habían pasado delante de sus narices y él no había sabido darse cuenta. Ahora comprendía cada mirada que Nicasia y Manx habían cruzado, cada sonrisa. Comprendía la enorme cantidad de veces que había hecho el ridículo y quiso desaparecer. El amanecer lo encontró deshecho. Cuando hubo escupido hasta el último gramo de dolor que le quedaba dentro supo cual era su única salida. Fue a su escritorio, cogió un pliega de su mejor pergamino y escribió.
No se podía salir de la Corte, al menos teóricamente. Todas las puertas estaban vigiladas por los sidhe desde el exterior, todas menos la que usaba Manx para sus incursiones. La rueda del viejo molino. El cauce del molino estaba seco desde que los sidhe habían cerrado la presa, y se había llenado de malas hierbas. Pero esto ofrecía una cobertura perfecta, el bosque estaba cerca y si llegaba hasta el escapar de los nobles era relativamente sencillo si eras rápido. Marsias se acercó a unos de los adormilados soldados del cambio de guardia, los encargados de vigilar aquella salida normalmente no se tomaban demasiado en serio sus funciones. Nunca nadie había tratado de escapar.
El sátiro le tendió el pergamino al soldado, un sluagh que intentaba mantener los ojos abiertos a toda costa
-Ordenes de Nicasia-Le dijo entregándole el pergamino
El sluagh leyó el contenido, Marsias sabía falsificar la letra de la peliblanco casi a la perfección y no esperaba que el soldado hubiese leído nada del puño y letra de la capitana.
-Este sello es azul ¿no se usa uno rojo?
El sátiro resopló
-Estamos sitiados, el rojo se termino hace una semana. Mira voy a buscar al ejército de su majestad. Es una misión vital y cuanto mas tarde salga peor para mi ¿Vas a molestar mucho tiempo?
-Tengo que consultarlo-Contestó inseguro.
El sluagh cogió un silbato que llevaba al cuello para llamar a sus compañeros pero no llegó a soplar. Marsias lo tumbó de un cabezazo. Se aseguro de no haberle hecho mas daño del necesario, la cornada de un sátiro podía matar a un hada sin demasiadas complicaciones. En este caso solo tendría un buen chichón.
Marsias se arrastró por la salida, sin duda era perfecta para el cuerpo esbelto de la pooka pero él era más corpulento y no fue fácil. Aun así logró salir. El sol empezaba a estar demasiado alto, desde el campamento sidhe llegaban los ruidos del ajetreo de la mañana. Lo verían casi seguro. No importaba, tenía que marcharse, tenía que alejarse de la Corte todo lo que fuese posible. Respiró hondo un par de veces, calculó la distancia que lo separaba del bosque y rezó porque el fuego de su corazón lo estuviese guiando correctamente. Después puso la mente en blanco y echó a correr
-¡Viva la capitana¡!Larga vida a la defensora de las murallas¡
El grito lo inició alguien entre las tropas apiñadas junto a las puertas de la muralla y al momento lo coreaban todas las gargantas reunidas en la plaza. Nicasia respondió con un saludo desganado y una sonrisa forzada, para la muchedumbre fue bastante y no tardaron en ponerse a entonar cantos de victoria, la obligaron a repetir el saludo un par de veces más y luego se sumieron en el entusiasmo de la celebración. Para la ocasión habían encendido dos grandes hogueras en la explanada del mercado y Costurina había decidido abrir los últimos barriles de cerveza, no era gran cosa pero en la Corte hacía mucho que no había ningún motivo para fiestas. Un grupo de músicos improvisados tocaban entre las hogueras para que se pudiera bailar al calor de fuego, las canciones parecían escalar hasta el helado cielo nocturno, alrededor de las llamas los bailarines formaban extrañas parejas de baile con sus temblorosas sombras.
Marsias apuró su segunda jarra de cerveza, tuvo que alzarla un par de veces para participar en brindis que cada vez eran más absurdos, pese a que no había bastante cerveza como para que nadie se emborrachase, las hadas estaban borrachas de euforia y de música, se sentían invencibles. No les vendría mal después de tantas desgracias. En secreto agradecía que tuviesen una ocasión para sacudirse la miseria. El mismo estuvo bailando y cantando hasta que acabó por contagiarse del entusiasmo general. Buscó con la mirada a la peliblanco dispuesto a que ella fuese su única pareja el resto de la noche, Pero no estaba en la plaza, ni en las calles colindantes. No la buscó demasiado tiempo, en cuanto se alejo de la música y pudo volver a escuchar sus propios pensamientos comprendió que no la encontraría donde hubiese jaleo.
Nicasia observaba la fiesta sentada entre las almenas de la segunda muralla, desde allí podía contemplar todo lo que ocurría en la plaza manteniéndose en un discreto segundo plano. Marsias la descubrió dando un largo trago de una frasca que parecía contener algo más fuerte que la cerveza de Costurina. La bebida le encendía la cara y el rubor se mezclaba con los dibujos de sus mejillas. No parecía estar especialmente satisfecha, ni feliz. Más bien parecía sombría y contemplaba la celebración con una mezcla de ansiedad y tristeza. Marsias sabía que la peliblanco veía mucho mejor que él en la oscuridad, así que se ocultó en el recodo de una torre de guardia cercana. Le apetecía contemplarla un momento y tratar de entrar en aquella cabeza tan terriblemente hermética, había creído que empezaba a conocerla cuando estalló la guerra. Entonces el hada silenciosa y retraída que había sido hasta aquel momento dejó paso a alguien firme y decidido, con una claridad de ideas que llegaba a asustar. El ya le intuía una fuerza de voluntad fuera de la común y aun así la sorprendía aquel carácter férreo y poco dispuesto a dejarse intimidar, que había mantenido la Corte como un bastión inconquistable cuando el gobierno la abandonó dándola por perdida. Y aun así, pese a los éxitos estaba siempre en un estado de pasiva expectación que la mantenía aislada de todo. Parecía estar esperando algo que no llegaba a ocurrir jamás.
El sátiro contempló como le daba un par de sorbos callados a su botella y se quedaba inmóvil, con los ojos clavados en la plaza, después se sentó soltando un par de palabrotas muy sonoras. Se frotó la pantorilla de la pierna tullida, aflojó un poco las correas de su aparato y giro un par de tornillos. No pareció que aquella maniobra la aliviase demasiado. Siguió bebiendo en silencio y maldiciendo en su lengua natal, el patacabra no se dio cuenta de que era lo que miraba Nicasia con tanta atención hasta que la escuchó silbar y marcar el ritmo de la música con el pierna sana: miraba a los bailarines, no con ansiedad sino con envidia. Una oleada de compasión encogió el corazón de Marsias y lo hizo salir de su escondite. Se adelantó un par de pasos.
-¿Qué carajo haces aquí?-Preguntó la nocker con voz pastosa.
-Necesitaba despejarme. Demasiado jaleo aquí abajo. Creo que los dos hemos tenido la misma idea.
Nicasia le alargo la botella sin mayores ceremonias, el patacabrá la aceptó y dio un largo trago, era un licor que no conocía con un sabor endiabladamente fuerte. Le costó tragárselo
-¿Qué es esto?-Preguntó horrorizado
-Ginebra de TocaEstrellas-Contestó ella reclamando la botella con un gesto.
-¿Licor goblin? ¿Cómo has conseguido esto?
-Lo destilo yo. Pásame la botella.
-Creo que has bebido demasiado-Le respondió negando con la cabeza
-Yo también lo creo, pero esta noche todos tenemos derecho a divertirnos.
El sátiro dejó la botella en el suelo y se sentó junto a la peliblanco, esta le apoyó la cabeza en el hombro con un gesto torpe, de marioneta sin hilos. Le hubiese gustado pasar el brazo por los hombros de ella y acercarla aun más a su lado. Podría haberle susurrado algo al oído que le hubiese hecho sonreír de verdad. No hizo nada de eso.
-No veo que te diviertas.
-No tengo motivos.
-¿Cómo que no?-Marsias exageró el tono de asombro de sus palabras- Esta semana hemos repelido a los sidhe dos veces y anoche retiraron el campamento. Casi los hemos vencido.
-Sois unos rematados gilipollas si de verdad os creéis eso. Los ataques solo han sido pruebas para medir nuestras fuerzas, no han atacado con todas sus tropas ni una sola vez. La próxima vez que vengan, vendrán en serio y estaremos jodidos…
Nicasia se puso en pie manteniendo el equilibrio de puro milagro, su cuerpo se balanceó peligrosamente al borde de la muralla. Se apoyó en una de las almenas y señaló las posiciones enemigas con una mano que no era capaz de mantenerse firme.
-Se han alejado, pero siguen en nuestra orilla del río, lo que han hecho es poner a salvo su campamento. Ya no podemos recoger agua. Tendremos que apañarnos con los pozos
-Tenemos muchos. No será problema.
-Espera que empiece a nevar y se hielen. Vas a tener que rascar el agua de los tejados y no necesito decirte lo poco saludable que es eso. No han abierto el sitio, el invierno se nos echa encima y vamos cortos de todo…de víveres, de medicinas, de armas, de leña…en cuanto estemos faltos de gente nos habrán dado por culo a base de bien.
El sátiro intentó tragar saliva, eran cosas en las que no había pensado. Y eran aterradoramente lógicas, tanto que por fuerza tenían que ser ciertas. No estaban a un paso de la victoria como habían creído, más bien a un paso de la derrota. Dio un trago al aguardiente goblin, esta vez no le parecía tan fuerte.
-Debe haber algo que podamos hacer- Se giró hacía Nicasia esperando una respuesta salvadora
-Cuando el gobierno de la ciudad huyo caballerosamente y nos dejó a nuestra suerte se llevó todas las armas que podrían habernos sido útiles, ni de lejos somos bastantes para atacar el campamento. Solo nos queda una esperanza.
-¿En que piensas?
-Tenemos que pedir auxilio a FuegoVivo y después tratar de llegar hasta el ejército de la reina para que nos mande algo. Lo que sea.
Marsias negó con la cabeza, no veía muchos motivos para ser optimista.
-FuegoVivo es neutral, no combate y la única ayuda que presta a ambos bandos es la de curar a los heridos que lleguen a su puerta.
-¿Se van quedar a salvo tras su muros del bosque mientras nos masacran? Seguro que luego tienen la delicadeza de venir a enterrar los cadáveres. Les mandaré una nota para que no toquen el mío. Que se lo queden de recuerdo.
-Tienes que entenderlos, jamás han participado en ninguna guerra. Durante siglos se han mantenido en paz
-Eso es porque hasta ahora la guerra no ha llamado a sus puertas. Eso cambiará esta vez, ya lo verás.
-¿Tus esperanzas están en FuegoVivo?
-No, están con el ejército de su majestad, pero no sé como llegar hasta ellos. Han capturado a todos los mensajeros que he enviado. Necesito a alguien bueno.
-Envía a Manx. Ella podría llegar hasta la reina.
Era una buena idea, la gata era una excelente baza a la hora se atravesar las líneas enemigas. Iba y venía como una sombra, sus informes solían ser acertados al detalle y además sabía defenderse, era una misión peligrosa pero estaba hecha a su medida. Y luego estaba el otro motivo para enviarla a ella. Las miradas que a veces compartía con Nicasia, la complicidad que estaba naciendo entre las dos. Marsias envidiaba aquella cercanía. Observó como la peliblanco se tomaba un momento para meditar sus palabras y por un momento alimentó una tormenta de sentimientos encontrados
-Manx es nuestros ojos fuera de estos muros, solo ella es capaz de cruzar sus barreras y volver sin que la vean, la información que trae es demasiado valiosa y nos provee de medicinas. Si la envío a ella perderemos a nuestra mejor baza durante mucho tiempo y no puedo darles esa ventaja. Aunque quizás sea la única solución
-¿Entonces que harás?
-Estoy pensando en ir yo
-¿Estás loca? Sin ti no aguantaremos ni tres días, eres la única que puede poner orden aquí. Eres imprescindible. Además ¿Qué vas a hacer? ¿Echar a correr y esquivarlos a todos?
Nicasia apretó los labios y miró al sátiro con tanto odio que Marsias pensó que iba a pegarle, se había dado cuenta de lo desafortunado de sus palabras mientras las pronunciaba, recordó el modo en que observaba a los bailarines, la misma mirada envidiosa con la que seguía las acrobacias de Manx por los tejados.
-Lo siento…lo he dicho sin pensar.
Una sonrisa torció el rostro de la nocker y acabo por convertirse en una carcajada amarga.
-No, tienes razón. He dicho una estupidez.
-Si hubiese sido mejor medico tendrías la pierna bien.
-Si hubieses sido peor médico estaría muerta. No te sientas mal, no me mordiste tú.
-No me entiendes, mi abuelo siempre me insistía en que algún día me arrepentiría de no haber terminado mis estudios de medicina. Y tenía razón, ese viejo cabrón siempre tiene razón.
-¿Quieres dejarlo de una puta vez? ¡Ya te lo he dicho; yo no te culpo, no me debes disculpas ni nada parecido¡ Que mi cojera te haga lloriquear no me ayuda nada, ni a ti tampoco. Las cosas salieron como salieron y hablar de ello no lo cambiará.
-Pensé que echarías de menos algunas cosas.
Nicasia logro hacerse de nuevo con la botella y apuró un largo trago, eructo con fuerza y se limpió la boca con el dorso de la mano sin ningún remilgo. Después empezó a reírse, una risa descontrolada que la sacudía de pies a cabeza y que el sátiro jamás le había escuchado. Marsias cogió la botella y la lanzó por encima de la muralla.
-¡Eh¡-Exclamo la nocker-Eso era mío
-Ya está bien por esta noche, mañana tendrás una resaca horrible.
Demasiado borracha para seguir protestando apoyó la cabeza en el pecho del sátiro. Marsias sentía su aliento contra la piel, bajo la calidez de su respiración el corazón le golpeaba las costillas con fuerza de un puño.
-¿Crees que hecho de menos pegarme una carrerita de vez en cuando? Eres tan ingenuo. No, solo me gustaría no tener que atornillarme esta chatarra a la pierna cada mañana. Duele de cojones. Y poder subir una escalera de un tirón. A veces me apetece pegarle una patada en el culo a alguien…poco más.
-Cuando llegue mirabas a los que bailaban en la plaza. Pensé que te gustaría bailar.
-¿Bailar? Ni loca. Dejé de bailar mucho antes de llegar a la Corte. Lo odiaba.
El sátiro se atrevió a abrazarla, ella no trató de evitarlo ni de soltarse.
-Yo que pensaba pedirte un baile.
-Ni borracha, ahórrate el trabajo.
-Entonces tendré que pedirte otra cosa.
Nicasia bostezó
-Hummmm-Murmuró adormecida.
El satiró sujetó la barbilla de la peliblanco y le alzó la cabeza. No era una belleza, se había pasado con el aguardiente y estaba agotada. Aun así quería besarla,
quería repetir el beso que le había arrancado en el patio de su vieja casona cuando apenas se conocían. Acercó los labios y Nicasia escapó de sus brazos, escurridiza como un pez.
-No es buena idea-Dijo luchándose por ponerse en pie-No es el mejor momento.
Existían miles de frases para explicar porqué aquel era el momento idóneo, porqué podía ser justo entonces y no en otro momento. Marsias tenía todas las cosas que podría haber dicho flotando difusas en su mente, espejismos de palabras que no acababan de hilarse en un pensamiento coherente. Intuiciones que sentía con una certeza feroz pero que no podía nombrar. No dijo nada y Nicasia aprovechó el silencio para darle un par de palmaditas en el hombro a modo de despedida y bajar las escaleras de la muralla dando tumbos. En cuanto estuvo solo en las almenas supo con exactitud que debía decirle. Fue como despertar de un trance, de repente todo estaba perfectamente claro. Bajo las escaleras a la carrera y se lanzó tras ella. Las hadas se agolpaban en las calles, tuvo que atravesar la plaza y abrirse paso entre los coros de danza. Buscaba su cara en mitad de un mar de caras. No resultó tarea fácil por fin la vio al final de un callejón, caminaba despacio, tratando de disimular su estado. Manx le salió al paso como hacía siempre creando una falsa casualidad, saltó desde lo alto de una ventana y aterrizó ante la peliblanco que perdió el equilibrio y cayó de espaldas al suelo. Al ayudarla a levantarse la gata le regaló a Nicasia su mejor sonrisa y también una generosa visión de su escote.
Marsias sintió rabia, la gata sabía lo que sentía por la nocker, eran amigos. No debería comportarse así “Da igual lo que hagas” pensó mientras trataba de esquivar a un par de parejas que giraban enredadas en sus pasos de baile “No le gusta que nadie se acerque demasiado, no te dejará tocarla” Nicasia esquivaba cualquier tipo de intimidad física con una habilidad largamente practicada. Al sátiro le había costado mucho tiempo conseguir que aceptase sus muestras de cariño mejor intencionadas, por eso se quedó paralizado cuando Manx la agarró por la cintura y ella simplemente se dejó hacer. Consiguió avanzar unos pasos, ciego de rabia. Las dos intercambiaban frases y risas mientras se perdían en una calleja estrecha lejos de la multitud. El sátiro no sabía porque las seguía, no sabía que haría cuando las alcanzase, se sentía ridículo y aun así continuaba andando tras ellas. Veía a la pooka coquetear sin tapujos, la peliblanco bajaba la cabeza para ocultar sus sonrisas y apenas sabía donde mirar. “La estas incomodando” pensó el sátiro sintiendo una satisfacción cruel “Antes de que te des cuenta se habrá marchado”. Llego a la entrada de la calle. Manx dijo algo y después dejo escapar una carcajada sincera. Entonces Nicasia hizo lo que el sátiro jamás se hubiese imaginado, arrinconó a la gata contra la pared y la beso en los labios. Manx la atrajo contra su cuerpo y respondió con otro beso mientras Marsias sentía que se deshacía en el aire como si nunca hubiese existido. Se detuvo en seco, giró y se marchó sin volverse a mirar ni un momento.
Nada le parecía real, llegó hasta su casa casi sin darse cuenta. Se dejó en caer en cualquier lado y lloró hasta que se quedó primero sin lágrimas y después sin fuerzas. Fue un llanto lleno de vergüenza y resentimiento. Que estupido, las cosas habían pasado delante de sus narices y él no había sabido darse cuenta. Ahora comprendía cada mirada que Nicasia y Manx habían cruzado, cada sonrisa. Comprendía la enorme cantidad de veces que había hecho el ridículo y quiso desaparecer. El amanecer lo encontró deshecho. Cuando hubo escupido hasta el último gramo de dolor que le quedaba dentro supo cual era su única salida. Fue a su escritorio, cogió un pliega de su mejor pergamino y escribió.
No se podía salir de la Corte, al menos teóricamente. Todas las puertas estaban vigiladas por los sidhe desde el exterior, todas menos la que usaba Manx para sus incursiones. La rueda del viejo molino. El cauce del molino estaba seco desde que los sidhe habían cerrado la presa, y se había llenado de malas hierbas. Pero esto ofrecía una cobertura perfecta, el bosque estaba cerca y si llegaba hasta el escapar de los nobles era relativamente sencillo si eras rápido. Marsias se acercó a unos de los adormilados soldados del cambio de guardia, los encargados de vigilar aquella salida normalmente no se tomaban demasiado en serio sus funciones. Nunca nadie había tratado de escapar.
El sátiro le tendió el pergamino al soldado, un sluagh que intentaba mantener los ojos abiertos a toda costa
-Ordenes de Nicasia-Le dijo entregándole el pergamino
El sluagh leyó el contenido, Marsias sabía falsificar la letra de la peliblanco casi a la perfección y no esperaba que el soldado hubiese leído nada del puño y letra de la capitana.
-Este sello es azul ¿no se usa uno rojo?
El sátiro resopló
-Estamos sitiados, el rojo se termino hace una semana. Mira voy a buscar al ejército de su majestad. Es una misión vital y cuanto mas tarde salga peor para mi ¿Vas a molestar mucho tiempo?
-Tengo que consultarlo-Contestó inseguro.
El sluagh cogió un silbato que llevaba al cuello para llamar a sus compañeros pero no llegó a soplar. Marsias lo tumbó de un cabezazo. Se aseguro de no haberle hecho mas daño del necesario, la cornada de un sátiro podía matar a un hada sin demasiadas complicaciones. En este caso solo tendría un buen chichón.
Marsias se arrastró por la salida, sin duda era perfecta para el cuerpo esbelto de la pooka pero él era más corpulento y no fue fácil. Aun así logró salir. El sol empezaba a estar demasiado alto, desde el campamento sidhe llegaban los ruidos del ajetreo de la mañana. Lo verían casi seguro. No importaba, tenía que marcharse, tenía que alejarse de la Corte todo lo que fuese posible. Respiró hondo un par de veces, calculó la distancia que lo separaba del bosque y rezó porque el fuego de su corazón lo estuviese guiando correctamente. Después puso la mente en blanco y echó a correr
domingo, 26 de diciembre de 2010
Muérdago, acebo y otros hierbajos navideños
¿Nunca os habéis preguntado por qué usamos el acebo como adorno navideño?¿Por qué los anglosajones se besan bajo el muérdago o porque se adornan los abetos? Puede que las navidades sean una de las fiestas cristianas por antonomasia pero están plagadas de supersticiones herederas de los antiguos mitos paganos. Otro años que me pille con mas ganas os hablaré de las Brumalias y las fiestas del Sol Invicto porque sería un tema para hablar largo, tendido, tumbado…la postura es lo de menos, pero desde luego es uno de esos asuntos que exigen que te pongas cómoda antes de empezar a contar y esta vez servidora anda un poco justa de tiempo. Así que solo puedo dejaros un par de datos curiosos:
Estos días es muy común ver hojas y frutas de acebo (Ilex aquifolium) usadas como adorno navideño, una costumbre que los países mediterráneos heredamos de países con climas más fríos. No solo porque aquí el acebo no sea una planta común (que también) sino porque su uso lo impuso la Iglesia para desbancar al muérdago (Viscum álbum) como adorno navideño. El muérdago común es una planta parasitaria que crece en ciertos árboles a la que los druidas celtas tenían en alta estima como panacea para todo tipo de males (aunque en dosis altas es tóxica y puede producir bradicardias), solo se podía recoger de ciertos robles que los druidas consideraban sagrados y al parecer recolectaban cortando las ramas con cuchillos y hoces de oro (acordaos que Panoramix siempre una pequeña hoz de oro atada al cinturón, ahora ya sabéis para que). La costumbre era colgar estas ramas de muérdago en las puertas de la casas para protegerlas de cualquier mal, también era el modo de dar la bienvenida a los viajeros. Era obligatorio entrar desarmado en una casa protegida con esta planta sagrada, si invitabas a tu casa a un enemigo acérrimo, hacerlo pasar por un arco adornado con muérdago era un modo de asegurarte que no te causaría ningún mal mientras estuviese bajo tu techo. ¿Pero por qué los besos? Tenemos que irnos a Escandinavia para explicar esto. Para los escandinavos el muérdago estaba vinculado a la diosa de la fertilidad y el amor, Frigga. En su honor las parejas de amantes se besaban bajo esta planta, esperando que de este modo la diosa bendijera su amor con una tropa de pequeños y rubios escandinavitos…Esta gente viajaba mucho y era amiga de compartir su cultura con otros pueblos (los ingleses solían recibir con mucho jolgorio las visitas de los hombres del norte, a los que ellos llamaban normandos y con los que solían intercambiar largas jornadas de hachazos, flechazos, quema de aldeas, robo de ganado, rapto de féminas…cosas agradables) Los ingleses heredaron la tradición del muérdago de los normandos y también el gusto por compartir su cultura con otras gentes (tanto si la otra gente quería como si no) y así se extendió lo de de repartir cariño (y hachazos)
Cuando en el 330 d. C la iglesia fija la fecha del nacimiento de Cristo el 25 de Diciembre (7 de enero si eres ortodoxo) se prohíbe por completo el uso del muérdago debido a su asociación con los cultos paganos e imponen el acebo como sustituto ya que sus hojas picudas recuerdan las espinas de la corona del Salvador y las bayas rojas las gotas de su sangre, motivo por el que se hacen coronas circulares con el acebo y es que los padre de la Iglesia siempre han sido unos tipos muy alegres. Desgraciadamente lo de besarse bajo el muérdago era mas divertido que mirar una planta y pensar en la mortificación de la carne, así que ambos usos persisten hoy en día. Solo que el muérdago está prohibido por la Iglesia y de hecho no se puede adornar ningún templo consagrado con esta planta. (Por cierto tampoco puede llevarse corsé en las iglesias, steampunkeros, gotikos y gente con problemas de espalda: toca joderse)
¿Y el abeto? Quienes piensan que adornar tu casa con un abeto es una americanada deberían replanteárselo, ya que de hecho es una costumbre alemana. Ellos fueron los primeros en adornar el interior de las casas con estos arbolitos durante la Navidad, lo hacen desde el S XVI y la creencia mas extendida es que fue Lucero, sorprendido por la belleza con la que nieve brillaba sobre las agujas de este árbol, el primero que usó este adorno como sustituto del belén,llevando un abeto a su casa y adornando las ramas con velas. En el s XVII ya era una costumbre extendida por todos los países protestantes y un símbolo anti católico. En todos menos en Gran Bretaña. Seria Alberto, esposo de la reina Victoria, que era de origen alemán quien introduciría esta costumbre por primera vez en un hogar inglés y ya sabéis como eran los ingleses con la reina Victoria, si ella lo hacía, los demás no iban a ser menos.
En EEUU serian las oleadas de inmigrantes alemanes del s XIX y principios del XX las que instaurarían el abeto como árbol navideño y desde ahí, vía Hollywood a todo el mundo. Curiosamente los países católicos no deberían tener árboles de navidad, ya que nacieron como una costumbre anti papista pero bueno, ahora ya sabéis que un belén junto a un abeto puede ser o una enorme ironía o un símbolo de tolerancia y convivencia religiosa
Estos días es muy común ver hojas y frutas de acebo (Ilex aquifolium) usadas como adorno navideño, una costumbre que los países mediterráneos heredamos de países con climas más fríos. No solo porque aquí el acebo no sea una planta común (que también) sino porque su uso lo impuso la Iglesia para desbancar al muérdago (Viscum álbum) como adorno navideño. El muérdago común es una planta parasitaria que crece en ciertos árboles a la que los druidas celtas tenían en alta estima como panacea para todo tipo de males (aunque en dosis altas es tóxica y puede producir bradicardias), solo se podía recoger de ciertos robles que los druidas consideraban sagrados y al parecer recolectaban cortando las ramas con cuchillos y hoces de oro (acordaos que Panoramix siempre una pequeña hoz de oro atada al cinturón, ahora ya sabéis para que). La costumbre era colgar estas ramas de muérdago en las puertas de la casas para protegerlas de cualquier mal, también era el modo de dar la bienvenida a los viajeros. Era obligatorio entrar desarmado en una casa protegida con esta planta sagrada, si invitabas a tu casa a un enemigo acérrimo, hacerlo pasar por un arco adornado con muérdago era un modo de asegurarte que no te causaría ningún mal mientras estuviese bajo tu techo. ¿Pero por qué los besos? Tenemos que irnos a Escandinavia para explicar esto. Para los escandinavos el muérdago estaba vinculado a la diosa de la fertilidad y el amor, Frigga. En su honor las parejas de amantes se besaban bajo esta planta, esperando que de este modo la diosa bendijera su amor con una tropa de pequeños y rubios escandinavitos…Esta gente viajaba mucho y era amiga de compartir su cultura con otros pueblos (los ingleses solían recibir con mucho jolgorio las visitas de los hombres del norte, a los que ellos llamaban normandos y con los que solían intercambiar largas jornadas de hachazos, flechazos, quema de aldeas, robo de ganado, rapto de féminas…cosas agradables) Los ingleses heredaron la tradición del muérdago de los normandos y también el gusto por compartir su cultura con otras gentes (tanto si la otra gente quería como si no) y así se extendió lo de de repartir cariño (y hachazos)
Cuando en el 330 d. C la iglesia fija la fecha del nacimiento de Cristo el 25 de Diciembre (7 de enero si eres ortodoxo) se prohíbe por completo el uso del muérdago debido a su asociación con los cultos paganos e imponen el acebo como sustituto ya que sus hojas picudas recuerdan las espinas de la corona del Salvador y las bayas rojas las gotas de su sangre, motivo por el que se hacen coronas circulares con el acebo y es que los padre de la Iglesia siempre han sido unos tipos muy alegres. Desgraciadamente lo de besarse bajo el muérdago era mas divertido que mirar una planta y pensar en la mortificación de la carne, así que ambos usos persisten hoy en día. Solo que el muérdago está prohibido por la Iglesia y de hecho no se puede adornar ningún templo consagrado con esta planta. (Por cierto tampoco puede llevarse corsé en las iglesias, steampunkeros, gotikos y gente con problemas de espalda: toca joderse)
¿Y el abeto? Quienes piensan que adornar tu casa con un abeto es una americanada deberían replanteárselo, ya que de hecho es una costumbre alemana. Ellos fueron los primeros en adornar el interior de las casas con estos arbolitos durante la Navidad, lo hacen desde el S XVI y la creencia mas extendida es que fue Lucero, sorprendido por la belleza con la que nieve brillaba sobre las agujas de este árbol, el primero que usó este adorno como sustituto del belén,llevando un abeto a su casa y adornando las ramas con velas. En el s XVII ya era una costumbre extendida por todos los países protestantes y un símbolo anti católico. En todos menos en Gran Bretaña. Seria Alberto, esposo de la reina Victoria, que era de origen alemán quien introduciría esta costumbre por primera vez en un hogar inglés y ya sabéis como eran los ingleses con la reina Victoria, si ella lo hacía, los demás no iban a ser menos.
En EEUU serian las oleadas de inmigrantes alemanes del s XIX y principios del XX las que instaurarían el abeto como árbol navideño y desde ahí, vía Hollywood a todo el mundo. Curiosamente los países católicos no deberían tener árboles de navidad, ya que nacieron como una costumbre anti papista pero bueno, ahora ya sabéis que un belén junto a un abeto puede ser o una enorme ironía o un símbolo de tolerancia y convivencia religiosa
miércoles, 15 de diciembre de 2010
El otro proyecto
Bueno algunos ya sabéis de la nueva aventura en la que estoy embarcada, esa que me está haciendo currar mas horas que un reloj, pero de la que no me quejo nunca porque me tiene totalmente emocionada. No he podido resistirme a dejaros un pequeño aperitivo de una de las cosas que escribí hace tiempo, cuando el proyecto era aun una nebulosa sin formato claro. Hoy que ya tiene cara y ojos veo que por entonces aunque no sabía muy bien como lo contaría, tenía muy claro que era lo que quería contar.
Os dejo con una historia nueva, mucha mas épica que "La Corte". Es paradójico pero si tiene éxito no la podréis leer...
Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.
Miguel Hernández
Cansado y miserable
Desde que había entrado en el Yermo de SecaGargantas estas eran las únicas palabras que podían describir su ánimo y eran una carga mucho más pesada que su mochila de viaje. Eran peores que el sol y el viento cargado de polvo, peores que la sed que había convertido su boca en un infierno seco y áspero.
La primera noche una tormenta le sorprendió al raso, llovió con tanta furia sobre aquel suelo arrasado que pronto el agua, el barro y las piedras formaron un caudaloso torrente que inundó la cañada que estaba cruzando. Tuvo que ponerse a escalar a toda prisa por la pared de una garganta resbaladiza y traicionera para ponerse a salvo, enredándose con su ropa empapada, mientras la lluvia lo envolvía en una ceguera húmeda que se le clavaba en los ojos como agujas heladas. Consiguió alcanzar un punto lo bastante alto como para alejarse del terreno inundado que se extendía bajo sus pies y no se atrevió a buscar ningún refugio, no había llegado a un desierto para ahogarse. Pasó la noche tiritando, azotado por una tormenta en la que le parecía poder escuchar la risa de los dioses. Se sentó sobre una roca y se envolvió en su manto empapado. Que se rieran. Él no pensaba maldecir, ni lamentar su fortuna. No les concedería esa diversión. Si querían jugar les había tocado un juguete muy poco dispuesto. Se limitó a permanecer en vela, aferrado a la esperanza. Pronto sería libre o estaría muerto. En ambos casos sería un alivio.
El sol llegó deshaciendo las nubes, aprovechó las primeras horas para secar la ropa y espantarse el frío del cuerpo, no tardo demasiado, al mediodía el calor se había adueñado de tal modo de la llanura que no quedaba ni un charco. Caminó con el sol siempre a su izquierda, tal como le había recomendado Ayazir. Caminó sin tregua dos días enteros, con los escorpiones y sus pensamientos como única compañía. No sabría decir cual de las dos cosas era más ponzoñosa. Ya no podía comer, la maldición convertía en cenizas cualquier cosa que intentase tragar, exceptuando el elixir del brujo y empezaba a acabarse. Tenía que encontrar a aquella cosa cuanto antes o estaría demasiado enfermo para luchar.
Encontró una larga pared de roca, se sentó a la sombra, aflojó el manto y se permitió el fugaz alivio de mojarse la cabeza y la cara. El agua era un lujo y no podía desperdiciarla aunque ahora no pudiese beberla la necesitaría para la vuelta. Estuvo un rato sentado, con la espalda apoyada contra la piedra, el tiempo se acababa y no había ni rastro de la criatura. Ayazir le había advertido que huiría de él, que lo presentiría como las bestias presienten la hora de su muerte. Aun así empezaba a inquietarle no ser capaz de encontrar ni el más leve rastro, era como si no existiera. Al pensar en esa posibilidad le entró pánico por primera vez en mucho tiempo. Si los Guardianes no existían entonces su único destino era convertirse en un ser parecido al que él mismo había matado en el bosque, estaría condenando a arrastrarse y sufrir hasta que otro desgraciado acabase con sus días y ocupara su lugar. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza. No, cualquier cosa antes que eso. El Guardián existía ¿Por qué iba a mentirle el viejo brujo?¿Para qué lo habría enredado Baro en aquella espiral si la bestia no existía?
Cerró los ojos, se obligó a dejar la mente en blanco, respiró despacio hasta que el miedo se disipó como una mala niebla. No tomaría aquella decisión llevado por el pánico. Por muy pesimista que se sintiese en aquel momento, por acorralado que pudiese estar su muerte no le pertenecía, si moría Myrka se quedaría sola. Recordó la risa desvalida e inocente de su hermana. No dejaría que otros cargaran con esa responsabilidad, era suya. Aquellos pensamientos lo ayudaron a decidir, no buscaría más, basta de jugar al escondite con aquella cosa. La sacaría de su guarida a la fuerza. Ayazir le había advertido de los peligros de la invocación, usar ese tipo de magia sin tener ninguna experiencia era peligroso. Se arriesgaría, era eso o seguir vagabundeando por aquel yermo de mierda hasta que se le secase la carne sobre los huesos.
Tomó un largo trago del elixir, con un poco de suerte no volvería a necesitarlo. Como era habitual se sintió mucho mejor casi de inmediato, lleno de fuerza. Tenía que aprovecharlo. Dejó la mochila bajo un montón de rocas para ponerla a salvo de las alimañas y salió de nuevo al sol. Contempló el cielo, si aquello iba a ser lo ultimo que viese, era un visión gloriosa, azul, infinita, radiante. Sonrió. Era la hora.
Se quito la capucha, iría a la batalla con la cabeza descubierta, desafiante y preparado para cualquier cosa. “Reza por mi, Myrka, reza por tu hermano” pensó mientras sacaba la daga de su funda y se hacía un profundo tajo en la palma de la mano. Como siempre la marca reaccionó y un dolor terrible le subió por el brazo mientras la sangre corría hasta la tierra en repugnantes borbotones. Negra, espesa, inhumana. Apretó la mano y se obligó a soportarlo, no era necesario recitar ningún hechizo, su sangre llamaba al Guardián. “Ven” susurró lleno de rabia, “Ven para que te lleve al infierno” El corazón le latía como un tambor de guerra, marcando la cadencia con la que la sangre salpicaba el polvo.
El suelo tembló, al principio casi no se notaba, pero la vibración fue a aumentando su potencia hasta convertirse en un pequeño e intenso terremoto que estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio. En apenas segundos el temblor levantó piedras y resquebrajó la dura corteza del desierto, el suelo explotó lanzado rocas en todas direcciones. Se cubrió incapaz de ver nada. Cuando el viento despejó el paisaje sintió que la respiración se le helaba en el pecho. No estaba preparado para encontrarse con semejante ser, no hubiese estado preparado aunque se lo hubiesen descrito con pelos y señales. La imaginación era incapaz abarcar la existencia del Guardián y las palabras no hubiesen sido sino un pobre reflejo. Era enorme, su cuerpo alargado se alzaba de tal modo que parecía tocar el cielo, tenía algo de inmenso ciempiés acorazado, con afiladas patas quitinosas, pero su cabeza repleta de ojos redondos de un profundo rojo oscuro estaba rematada con unas inmensas mandíbulas que no se parecían a las de ningún animal que hubiese visto antes. Se quedó petrificado un segundo, temiendo respirar demasiado fuerte y que eso hiciese que el monstruo se fijase en él. El brujo no le había dicho que sería tan grande. No podía vencerle, era como si una pulga pretendiese matar a un perro. Quiso arrojar las dagas al suelo y huir. Algo imposible. Si escapaba solo le quedaba ser una marioneta de los dioses. El monstruo era su destino. Recordó a Ivrian; sus ojos maliciosos, la dulzura que sus labios le regalaron y el calor de su piel contra la suya. Aquel encuentro demasiado fugaz le había devuelto la humanidad por un momento. Quería presentarse ante ella de nuevo, libre de su carga, sin ser ya el cazador de Guardianes. Siendo solo un hombre. Tal vez podría tener una vida que mereciese tal nombre.
Aferró con ganas sus armas, desató toda la fuerza y toda la rabia que la maldición había ido dejando sobre su alma y se lanzó contra el monstruo.
No sabía si era el cazador o la presa.
Tampoco le importaba.
Era todo o nada.
Os dejo con una historia nueva, mucha mas épica que "La Corte". Es paradójico pero si tiene éxito no la podréis leer...
Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.
Miguel Hernández
Cansado y miserable
Desde que había entrado en el Yermo de SecaGargantas estas eran las únicas palabras que podían describir su ánimo y eran una carga mucho más pesada que su mochila de viaje. Eran peores que el sol y el viento cargado de polvo, peores que la sed que había convertido su boca en un infierno seco y áspero.
La primera noche una tormenta le sorprendió al raso, llovió con tanta furia sobre aquel suelo arrasado que pronto el agua, el barro y las piedras formaron un caudaloso torrente que inundó la cañada que estaba cruzando. Tuvo que ponerse a escalar a toda prisa por la pared de una garganta resbaladiza y traicionera para ponerse a salvo, enredándose con su ropa empapada, mientras la lluvia lo envolvía en una ceguera húmeda que se le clavaba en los ojos como agujas heladas. Consiguió alcanzar un punto lo bastante alto como para alejarse del terreno inundado que se extendía bajo sus pies y no se atrevió a buscar ningún refugio, no había llegado a un desierto para ahogarse. Pasó la noche tiritando, azotado por una tormenta en la que le parecía poder escuchar la risa de los dioses. Se sentó sobre una roca y se envolvió en su manto empapado. Que se rieran. Él no pensaba maldecir, ni lamentar su fortuna. No les concedería esa diversión. Si querían jugar les había tocado un juguete muy poco dispuesto. Se limitó a permanecer en vela, aferrado a la esperanza. Pronto sería libre o estaría muerto. En ambos casos sería un alivio.
El sol llegó deshaciendo las nubes, aprovechó las primeras horas para secar la ropa y espantarse el frío del cuerpo, no tardo demasiado, al mediodía el calor se había adueñado de tal modo de la llanura que no quedaba ni un charco. Caminó con el sol siempre a su izquierda, tal como le había recomendado Ayazir. Caminó sin tregua dos días enteros, con los escorpiones y sus pensamientos como única compañía. No sabría decir cual de las dos cosas era más ponzoñosa. Ya no podía comer, la maldición convertía en cenizas cualquier cosa que intentase tragar, exceptuando el elixir del brujo y empezaba a acabarse. Tenía que encontrar a aquella cosa cuanto antes o estaría demasiado enfermo para luchar.
Encontró una larga pared de roca, se sentó a la sombra, aflojó el manto y se permitió el fugaz alivio de mojarse la cabeza y la cara. El agua era un lujo y no podía desperdiciarla aunque ahora no pudiese beberla la necesitaría para la vuelta. Estuvo un rato sentado, con la espalda apoyada contra la piedra, el tiempo se acababa y no había ni rastro de la criatura. Ayazir le había advertido que huiría de él, que lo presentiría como las bestias presienten la hora de su muerte. Aun así empezaba a inquietarle no ser capaz de encontrar ni el más leve rastro, era como si no existiera. Al pensar en esa posibilidad le entró pánico por primera vez en mucho tiempo. Si los Guardianes no existían entonces su único destino era convertirse en un ser parecido al que él mismo había matado en el bosque, estaría condenando a arrastrarse y sufrir hasta que otro desgraciado acabase con sus días y ocupara su lugar. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza. No, cualquier cosa antes que eso. El Guardián existía ¿Por qué iba a mentirle el viejo brujo?¿Para qué lo habría enredado Baro en aquella espiral si la bestia no existía?
Cerró los ojos, se obligó a dejar la mente en blanco, respiró despacio hasta que el miedo se disipó como una mala niebla. No tomaría aquella decisión llevado por el pánico. Por muy pesimista que se sintiese en aquel momento, por acorralado que pudiese estar su muerte no le pertenecía, si moría Myrka se quedaría sola. Recordó la risa desvalida e inocente de su hermana. No dejaría que otros cargaran con esa responsabilidad, era suya. Aquellos pensamientos lo ayudaron a decidir, no buscaría más, basta de jugar al escondite con aquella cosa. La sacaría de su guarida a la fuerza. Ayazir le había advertido de los peligros de la invocación, usar ese tipo de magia sin tener ninguna experiencia era peligroso. Se arriesgaría, era eso o seguir vagabundeando por aquel yermo de mierda hasta que se le secase la carne sobre los huesos.
Tomó un largo trago del elixir, con un poco de suerte no volvería a necesitarlo. Como era habitual se sintió mucho mejor casi de inmediato, lleno de fuerza. Tenía que aprovecharlo. Dejó la mochila bajo un montón de rocas para ponerla a salvo de las alimañas y salió de nuevo al sol. Contempló el cielo, si aquello iba a ser lo ultimo que viese, era un visión gloriosa, azul, infinita, radiante. Sonrió. Era la hora.
Se quito la capucha, iría a la batalla con la cabeza descubierta, desafiante y preparado para cualquier cosa. “Reza por mi, Myrka, reza por tu hermano” pensó mientras sacaba la daga de su funda y se hacía un profundo tajo en la palma de la mano. Como siempre la marca reaccionó y un dolor terrible le subió por el brazo mientras la sangre corría hasta la tierra en repugnantes borbotones. Negra, espesa, inhumana. Apretó la mano y se obligó a soportarlo, no era necesario recitar ningún hechizo, su sangre llamaba al Guardián. “Ven” susurró lleno de rabia, “Ven para que te lleve al infierno” El corazón le latía como un tambor de guerra, marcando la cadencia con la que la sangre salpicaba el polvo.
El suelo tembló, al principio casi no se notaba, pero la vibración fue a aumentando su potencia hasta convertirse en un pequeño e intenso terremoto que estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio. En apenas segundos el temblor levantó piedras y resquebrajó la dura corteza del desierto, el suelo explotó lanzado rocas en todas direcciones. Se cubrió incapaz de ver nada. Cuando el viento despejó el paisaje sintió que la respiración se le helaba en el pecho. No estaba preparado para encontrarse con semejante ser, no hubiese estado preparado aunque se lo hubiesen descrito con pelos y señales. La imaginación era incapaz abarcar la existencia del Guardián y las palabras no hubiesen sido sino un pobre reflejo. Era enorme, su cuerpo alargado se alzaba de tal modo que parecía tocar el cielo, tenía algo de inmenso ciempiés acorazado, con afiladas patas quitinosas, pero su cabeza repleta de ojos redondos de un profundo rojo oscuro estaba rematada con unas inmensas mandíbulas que no se parecían a las de ningún animal que hubiese visto antes. Se quedó petrificado un segundo, temiendo respirar demasiado fuerte y que eso hiciese que el monstruo se fijase en él. El brujo no le había dicho que sería tan grande. No podía vencerle, era como si una pulga pretendiese matar a un perro. Quiso arrojar las dagas al suelo y huir. Algo imposible. Si escapaba solo le quedaba ser una marioneta de los dioses. El monstruo era su destino. Recordó a Ivrian; sus ojos maliciosos, la dulzura que sus labios le regalaron y el calor de su piel contra la suya. Aquel encuentro demasiado fugaz le había devuelto la humanidad por un momento. Quería presentarse ante ella de nuevo, libre de su carga, sin ser ya el cazador de Guardianes. Siendo solo un hombre. Tal vez podría tener una vida que mereciese tal nombre.
Aferró con ganas sus armas, desató toda la fuerza y toda la rabia que la maldición había ido dejando sobre su alma y se lanzó contra el monstruo.
No sabía si era el cazador o la presa.
Tampoco le importaba.
Era todo o nada.
martes, 7 de diciembre de 2010
George MacDonald, el horizonte de los sueños
Vale, vale no me matéis. La proxima entrega será de "La Corte de los Espejos" pero mientras, para abrir boca os dejo un pequeño homenaje a un autor tan grande como desconocido
Aun recuerdo como llegó a mis manos el primer libro que leí de George MacDonald, me lo regaló Círculo de Lectores para compensar mi fidelidad como cliente, o por conseguirle algún nuevo socio, o cualquier cosas de esas. Se trataba de “La princesa y los trasgos” y la verdad con semejante titulo tardé un tiempo en animarme a leerlo, tuve que verme sin nada que leer y con un viaje de tren bastante largo por delante para sacarlo de la estantería y quitarle el polvo.
Me gusta hacer el viaje a Cádiz en tren, normalmente voy escuchando música y pensando en mis cosas, no suelo leer porque el paisaje me encanta y cuando el tren llega al mar siento que el corazón me late mas despacio, me gusta verme rodeada de agua, me gusta ver el horizonte y el sol sobre el agua. Aquel día no levanté un ojo del libro, estaban totalmente hechizada, a la mierda el mar y las gaviotas, solo me interesaba ir devorando páginas. Cuando llegué a la estación ya no tenía interés por mi trabajo sobre las ilustradas gaditanas. Pasé por la biblioteca de la universidad casi sonámbula. Tenía otra pregunta mucho más interesante en la cabeza ¿Quién era George MacDonald? Averiguarlo me costó Dios y ayuda. Apenas había información es español sobre él y la que encontré en inglés era escasa. Tuvieron que pasar los años, entonces Siruela se decidió a editar las obras completas de MacDonald y Carmen Martín Gaite escribiría la biografía de este modesto escritor escocés que sería la inspiración de autores como Tolkien y del C S Lewis se consideraba heredero. No voy a explayarme con una biografía suya, primero porque ya hay varias publicadas en nuestro idioma y segundo porque él nunca quiso que se hablara de él. Era un hombre sencillo, sus hijos tuvieron el privilegio en ser de los primeros en leer “Alicia en el país de las Maravillas” aunque luego por motivos evidentes, MacDonald decidió alejar a los niños de Lewis Carroll (de hecho le prohibió al autor de Alicia que volviera a acercarse a su familia).Tuvo una vida dura, con grandes problemas económicos, debido en parte al empeño con el que siempre defendió sus ideas y sus escritos. Lo hacía con tal pasión que esto le dificultó en gran medida su vida laboral y sus relaciones sociales. Era un hombre de firmes convicciones en una época en la que creer en la igualdad social y predicarla desde un púlpito no estaba nada bien visto por la férrea sociedad victoriana, pero lo hizo, lo hizo durante toda su vida; defendió la educación y emancipación de las mujeres, la necesidad de cambiar las condiciones de vida de los obreros y sobre todo habló de la importancia de formar a la infancia en estas ideas de igualdad. MacDonald se consideraba un soñador pero sabía que había un horizonte de realidad en lo que soñaba y que este horizonte sería inalcanzable para él, pero no para sus hijos o sus nietos.
Los libros de MacDonald están llenos de niños humildes y valientes que caminan entre la dureza de su vida cotidiana y la belleza del folclore escocés. Curdie, el niño minero que protagoniza tanto “La princesa y los trasgos” como “Curdie y la princesa” es un retrato de todos estos niños sin voz a los el autor solía referirse en sus sermones. Niños a los que siempre honraba en sus relatos convirtiéndolos en héroes inteligentes, rebosantes de sabiduría popular, que no conocen el desaliento. Los hermanos Pevensie de “Las crónicas de Narnia” están claramente inspirados en los niños creados por MacDonald
Pero si algo hace grande a este autor que nunca quiso destacar en nada es en el uso de la magia en sus relatos. Una magia salvaje y poderosa que no necesita de brujas y magos, ni de complicados hechizos porque está en el corazón de todos los hombres. Una magia que asombra y asusta por igual. Capaz de hacer maravillas y calamidades. El tipo de magia que me gusta. El tipo de magia sobre la que siempre trato de escribir. La brújula de coherencia y serenidad con la trato de guiarme cuando creo un personaje. Se que estoy a mucha distancia de su maestría, pero no me importa, Macdonald siempre será el horizonte de mis sueños.
Aun recuerdo como llegó a mis manos el primer libro que leí de George MacDonald, me lo regaló Círculo de Lectores para compensar mi fidelidad como cliente, o por conseguirle algún nuevo socio, o cualquier cosas de esas. Se trataba de “La princesa y los trasgos” y la verdad con semejante titulo tardé un tiempo en animarme a leerlo, tuve que verme sin nada que leer y con un viaje de tren bastante largo por delante para sacarlo de la estantería y quitarle el polvo.
Me gusta hacer el viaje a Cádiz en tren, normalmente voy escuchando música y pensando en mis cosas, no suelo leer porque el paisaje me encanta y cuando el tren llega al mar siento que el corazón me late mas despacio, me gusta verme rodeada de agua, me gusta ver el horizonte y el sol sobre el agua. Aquel día no levanté un ojo del libro, estaban totalmente hechizada, a la mierda el mar y las gaviotas, solo me interesaba ir devorando páginas. Cuando llegué a la estación ya no tenía interés por mi trabajo sobre las ilustradas gaditanas. Pasé por la biblioteca de la universidad casi sonámbula. Tenía otra pregunta mucho más interesante en la cabeza ¿Quién era George MacDonald? Averiguarlo me costó Dios y ayuda. Apenas había información es español sobre él y la que encontré en inglés era escasa. Tuvieron que pasar los años, entonces Siruela se decidió a editar las obras completas de MacDonald y Carmen Martín Gaite escribiría la biografía de este modesto escritor escocés que sería la inspiración de autores como Tolkien y del C S Lewis se consideraba heredero. No voy a explayarme con una biografía suya, primero porque ya hay varias publicadas en nuestro idioma y segundo porque él nunca quiso que se hablara de él. Era un hombre sencillo, sus hijos tuvieron el privilegio en ser de los primeros en leer “Alicia en el país de las Maravillas” aunque luego por motivos evidentes, MacDonald decidió alejar a los niños de Lewis Carroll (de hecho le prohibió al autor de Alicia que volviera a acercarse a su familia).Tuvo una vida dura, con grandes problemas económicos, debido en parte al empeño con el que siempre defendió sus ideas y sus escritos. Lo hacía con tal pasión que esto le dificultó en gran medida su vida laboral y sus relaciones sociales. Era un hombre de firmes convicciones en una época en la que creer en la igualdad social y predicarla desde un púlpito no estaba nada bien visto por la férrea sociedad victoriana, pero lo hizo, lo hizo durante toda su vida; defendió la educación y emancipación de las mujeres, la necesidad de cambiar las condiciones de vida de los obreros y sobre todo habló de la importancia de formar a la infancia en estas ideas de igualdad. MacDonald se consideraba un soñador pero sabía que había un horizonte de realidad en lo que soñaba y que este horizonte sería inalcanzable para él, pero no para sus hijos o sus nietos.
Los libros de MacDonald están llenos de niños humildes y valientes que caminan entre la dureza de su vida cotidiana y la belleza del folclore escocés. Curdie, el niño minero que protagoniza tanto “La princesa y los trasgos” como “Curdie y la princesa” es un retrato de todos estos niños sin voz a los el autor solía referirse en sus sermones. Niños a los que siempre honraba en sus relatos convirtiéndolos en héroes inteligentes, rebosantes de sabiduría popular, que no conocen el desaliento. Los hermanos Pevensie de “Las crónicas de Narnia” están claramente inspirados en los niños creados por MacDonald
Pero si algo hace grande a este autor que nunca quiso destacar en nada es en el uso de la magia en sus relatos. Una magia salvaje y poderosa que no necesita de brujas y magos, ni de complicados hechizos porque está en el corazón de todos los hombres. Una magia que asombra y asusta por igual. Capaz de hacer maravillas y calamidades. El tipo de magia que me gusta. El tipo de magia sobre la que siempre trato de escribir. La brújula de coherencia y serenidad con la trato de guiarme cuando creo un personaje. Se que estoy a mucha distancia de su maestría, pero no me importa, Macdonald siempre será el horizonte de mis sueños.
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